martes 25 de agosto de 2009

Construcciones

Una lectura sobre dos elecciones: el Reutemann bipolar, las dudas del socialismo y el auge de la Franja Morada.

Por Juan Pascual

Recapitulemos. En las recientes elecciones primarias en Rosario, la cuna del proyecto oficial, triunfó el PJ y, dentro de éste, la línea kirchnerista de Agustín Rossi y Héctor Cavallero: un ex intendente (otrora socialista) bien recordado por algunos en un lugar donde Carlos Reutemann jamás terminó de hacer pie. Cabe recordar que Rosario fue uno de los muuuy pocos departamentos en los que el 28 de junio ganó Rubén Giustiniani. El domingo pasado, por sí sola, la candidata ganadora del Frente Progresista obtuvo 24.200 votos más –6 puntos porcentuales por encima sobre el total de votos efectivos– que el futuro cabeza de lista del PJ. Así que la cosa va a estar bien caliente en las generales del 27 de septiembre.
Por otro lado, hace un mes el 53% del electorado de nuestro departamento apoyó a Reutemann, quien sacó una diferencia de 20 puntos sobre el candidato socialista. Pero hace menos de una semana, los dos candidatos del reutemanismo –en tanto el ex automovilista salió (¿más allá de su voluntad?) en las carteleras de 100% Santafesino junto al joven Sebastián Pignata (cuya mayor virtud política es ser nieto de Alberto Maguid y, por ende, el laborioso apoyo de los empleados y militantes de UPCN) y presentó como línea interna en el PJ a Chiquito Campanella– si hubieran sumado sus votos no habrían llegado ni al 25% del electorado.
De hecho, cada uno de ellos por separado no llegó a igualar la marca del precandidato derrotado del Frente Progresista Cívico y Social (FPCyS), Jorge Henn, quien los superó por 3 puntos porcentuales, también considerando el total de votos. Ni qué comparar con el resultado del Frente Progresista como un todo: sus dos precandidatos más importantes, ambos de cuño radical, sumaron el 44%, contra el 26% y 15% del PJ y del partido del Oscar “Cachi” Martínez. La mitad de los votos triunfadores (22% respecto del total, obviamente) fue a la estrella de la jornada, el secretario de Gobierno de la Municipalidad José Corral. Es más, la presencia territorial del FPCyS fue abrumadora: sólo cayó en El Pozo (34 votos), Alto Verde (294) y La Guardia (49).
Un primer dato: el ya clásico menosprecio de Reutemann respecto de la estructura y militancia del PJ. Como dicen algunos adherentes locales, “cerró durante 15 años al partido... ¿qué va a quedar si el tipo se muere?”. Ungido bajo el calor de la ley de lemas –que fue a la vez un producto de un pacto con un actual compañero de asados, roscas y urnas, su ex contendiente y ahora presidente de Rosario Central, el radical Horacio Usandizaga– y el dedo farandulesco del menemismo, Reutemann le encajó al PJ local una larga ristra de parientes y amigotes, más o menos vinculados con el jet set vernáculo, de todas las edades y de dispar desarrollo cognitivo, parasitando verticalmente la estructura y vaciando la producción de cuadros políticos y técnicos. El partido pagó gustoso el anquilosamiento –bien lo valía el arrastre de esa figura– para desnudarse finalmente en el 2007 como una cáscara a la que se le tuvo que importar un candidato eminentemente porteñizado, Rafael Bielsa. Arrugador nato en los momentos complicados (la presidencia en 2003, el gobierno provincial en 2007), apoltronado en su bancada de senador, todavía se recuerda cómo supo hacerle más de una vez un insidioso acorralamiento interno a Jorge Obeid, con quien alternaba en la Casa Gris. Dicho más cortito, el tipo siempre trabajó –y con mucho éxito– para sí mismo, sosteniéndose en mayores o menores aparatos de asistencia social –en su versión más repugnante está Adriana Cavutto y los galpones de (inutilizadas) donaciones para inundados y en su variante más picaresca los vales por descuentos para garrafas, en la última contienda legislativa– y en un fluido contacto material y espiritual con lo más granado del capital concentrado local: un sojero privatizador.
Por su parte, el socialismo dio cuenta de dos desaciertos: uno coyuntural, otro histórico. El último acaso haya sido la causa del primero.
La más chinchuda agrupación universitaria sabe que un partido encarna en sí mismo una opción de gobierno en el Estado y que para eso hay una sola vía legal: ganar elecciones. Tal vez sin haber meditado conscientemente sobre los tiempos electorales, el FPCyS pareció esperar manso desde el inicio de su gestión a la postulación del tanque suizoalemán pejotista, quizá creyendo que el envión del 2007 se iba estirar, quizá minusvalorando el peso de esa contienda, que al fin se reveló en todo su alcance: se trataba justo de la más importante, la que no se podía perder, contra el rival más significativo a batir. ¿Cómo soportar ahora a Juan Carlos Mercier o a Mario Lacava, más envalentonados que antes, en la Legislatura? Y no pasaron varios años: el socialismo perdió en la primera elección de la gestión. Y fue con mucho ruido: el ganador fue tildado otra vez como presidenciable; el perdedor, en vez de reducir el impacto de la mínima distancia de dos puntos, la embarró feo con aquello del “síndrome de Estocolmo”.
Dos preguntas se abren a partir de los resultados de junio. Una: ¿qué hará el socialismo para anclar de una vez en ese territorio que hoy, con un eufemismo de falsa nostalgia, se llama “los barrios”? Los 20 puntos de diferencia en La Capital se constituyeron, sobre todo, en el oeste de la ciudad de Santa Fe. Eso no puede no indicar una defección y un imperativo de autocrítica. Sin un sistema de porosidad entre Estado y exclusión que reemplace con efectividad al puntero –figura vilipendiada en los medios, la mayor de las veces único canal de asistencia y ordenamiento en la miseria–, sin construcción y tiempo vital compartido, sin la presencia (al menos) de un santafesino en las listas, no hay obra pública, hospital, titularización docente o reforma institucional que supere la más cercana sonrisa del dos veces ex gobernador. Y dos: habiéndose presentado de diferentes formas como defensores de lo que se dio en llamar “el campo”, ¿cómo digerirán que el voto rural también haya apoyado masivamente al PJ, hasta en dos departamentos tamberos como Las Colonias y Castellanos, donde Reutemann sacó 20 y 18 puntos de distancia?
El segundo error, el histórico, adquirió su dimensión y su carácter casi irreversible a la luz de los resultados. Como es casi habitual, la plaza lo vaticinó con su crítica. “¡Dejen de joder con las pruebas incompletas y entreguen las que tienen bajo llave para que sean analizadas por la Justicia! Y si no, serán cómplices ante la historia. Si los delincuentes que nos inundaron los acusan de prevaricato, ¡juégensela como nosotros!”, según se pudo oír el último 29 de abril, en el acto por los seis años de la inundación del Salado. El reclamo del movimiento de inundados indica un fondo de inconsistencia en los gestos oficiales. Cuando cierto y eficaz, el gesto, en su presentarse, es indistinguible respecto de lo que significa. Una asistencia, una escucha, una declaración, terminan oliendo a nada (peor, dan lugar a victimizaciones y acusaciones de campaña sucia) cuando todavía no se empeña por entero el esfuerzo en pos de justicia. El gesto que se esperaba era el de un gobernador cruzando la plaza, hacia Tribunales, con las pruebas. En la falta de ese gesto, en esa omisión, se fundó y se sostuvo la intangibilidad pública de la figura de Reutemann.
Al avance del PJ, el socialismo ahora deberá sumar la nueva posición interna que adquirió el intendente de Santa Fe. La sonora –aunque todavía temporaria– derrota del PJ local muestra a su vez las características del proceso de construcción de la fuerza política que triunfó el domingo 2. En casi 15 años, fueron solidificando una mística, tropa, métodos, cuadros, territorio y conexiones propias, a partir de una serie de experiencias cruciales.
Trazando un relato sobre sí mismos algo opaco, aunque aglutinador de ciertas diversidades (ligaron una gestión flexible con precarización laboral y arancelamiento de carreras junto a un alfonsinismo casi compulsivo y la apropiación de la memoria de Juan José Saer y Jorge Conti, por ejemplo), aguantaron a mano firme las riendas de la universidad local, superando la interna que los dividió nacionalmente tras el Pacto de Olivos. Supieron encorsetar, minimizar o desactivar cualquier atisbo de oposición, teniendo el ojo preciso para –sistemáticamente– integrar a los rivales, si son imprescindibles en lo técnico. Manteniéndola como sea, armaron una red que crece todos los años y que cruza todos los estamentos de esa institución. No dudan en el manejo de dos frecuencias radiales. Dialogan con el entorno: fueron ampliando su espectro social a partir de ligarse con los actores de la zona, yendo desde Mc Donald’’s (que rubrica varios carteles de la Reserva Ecológica) al Credicoop (uno de los “padrinos” más importantes), desde el empresario Carlos Fertonani en la peatonal hasta el gremio de estatales ATE en el campus deportivo, por nombrar los más visibles. Su sello está en casi todos los eventos culturales. Solicitaron asesoramiento en reingeniería de gestión y cumplieron con el requisito de mandar militantes a las escuelas de formación de cuadros. Funcionaron como una aspiradora de diseñadores gráficos y comunicadores sociales: su política de imagen pública es de una contundencia implacable. Tuvieron su verdadero bautismo en la inundación de 2003, cuando (quizá con sorpresa) notaron que se habían convertido en la Municipalidad de hecho.
Ahora, seguramente, verán internas y divisiones más feroces que las del pasado (sin contar el próximo recelo del socialismo). Son los precios haber llegado. Felicitaciones, y un reconocimiento por la voluntad, para los militantes de la Franja Morada.

Publciado en Pausa #42

viernes 7 de agosto de 2009

Prohibido girar a la izquierda

Las claves de una elección que consolidó el crecimiento de la derecha: los errores en las estrategias de Binner y Kirchner y el advenimiento de la política de las camisas blancas.

Por Ezequiel Nieva

De entre las muchas conclusiones que se desprenden de las elecciones del 28 de junio, hay una que aparece como rezagada de los principales discursos y que sin embargo quizá sea la que mayor interés tiene para el futuro inmediato de la provincia: una provincia donde se está jugando buena parte de la suerte del país. Esa conclusión deriva de la lectura de los resultados de las elecciones legislativas y da cuenta de un claro avance de la derecha, que por primera vez desde abril de 2003 logró imponerse al mismo tiempo en los principales distritos electorales: provincia y ciudad de Buenos Aires y provincia de Santa Fe incluidas. (Córdoba emerge como la única provincia de peso en que el kirchnerismo cayó ante una opción progresista y no ante una conservadora).

Aunque la consolidación de la derecha no puede interpretarse como un fenómeno aglutinante a nivel nacional –al fin y al cabo los vencedores no conformaron un cuadro de unidad, ni a nivel de estructura ni en lo programático–, la sensación imperante el 29 y los días siguientes fue que está más abroquelada que el progresismo. De ahí la necesidad de una construcción que se proponga al menos dos postulados de mínima: consolidar los avances que en materia de equidad y de bienestar social se produjeron desde 2003 y contrarrestar el embate del triple combo Macri-De Nárvaez, Reutemann y Duhalde, que aparecen como las opciones más viables hacia la restauración neoliberal.

Ese doble objetivo sólo puede tener éxito si se apoya en un postulado de máxima: disputarle el poder formal a la derecha en el –cada vez más cercano– 2011. Algún tibio avance se percibió en los meses previos a las últimas elecciones: el acercamiento entre Hermes Binner y Luis Juez, el crecimiento de las fuerzas alternativas que, sin renegar del kirchnerismo, han expuesto la necesidad de ir por más partiendo de la base construida en el último lustro (el ex intendente de Morón, Martín Sabatella, aparece como referente de esos espacios) y el no menos importante crecimiento de un sector que en la ciudad de Buenos Aires desplazó a la ex Coalición Cívica al tercer lugar: Proyecto Sur, con Pino Solanas a la cabeza, el mismo que desde el ala izquierda del peronismo alzó su voz –casi dos décadas atrás– contra la fiesta de las privatizaciones y el desguace del Estado.

Aquel discurso, entonces marginal, ganó relevancia conforme se avizoraban los resultados de las políticas neoliberales de los 90. En los últimos seis años hubo otro discurso que se ubicó en el centro del debate político: un discurso que volvió a hablar del rol del Estado, de la necesidad de intervenir en la economía y de la redistribución de la riqueza. Los resultados del 28 difícilmente puedan leerse como el principio del fin de ese discurso; las expresiones políticas que vencieron al kirchnerismo ya habían decidido, antes de la campaña, presentarse como asépticas ante un electorado repolitizado –los intensos debates del año pasado en torno a la política agropecuaria son una prueba del fenómeno– y a la vez hastiado de la discusión pública. “Nosotros no somos ellos”, fue la frase que no dijeron Francisco De Narváez ni Gabriela Michetti y que sin embargo resume sus discursos de campaña.

Carlos Reutemann basó su estrategia en despegarse del kirchnerismo, y quizá allí esté el principal error de Rubén Giustiniani: forzar al Lole a definirse –algo que, de todos modos, no le costó demasiado– con la esperanza de que el electorado eligiese no apoyar a un dirigente cuyas convicciones están atadas al humor circunstancial de las mayorías. El frente que gobierna la provincia decidió que con recordar ese hecho –el efímero y ya apagado fervor de Reutemann por el matrimonio K– y unirlo a otro recuerdo –las políticas económicas de las gestiones del ex piloto cuando fue gobernador– bastarían para que Giustiniani se alzara con el triunfo. Las urnas demostraron que no y, tal vez, también demostraron que una estrategia más tradicional podría haber tenido más éxito: confrontar las gestiones de los dos senadores que iban en busca de su reelección, forzar un debate no ya de pertenencias o simpatías partidarias sino de proyectos concretos de cara a un futuro que, en este rincón del mundo, se presenta azaroso.

LOS ERRORES K. En Santa Fe el candidato de Binner obtuvo más del 40% de los votos. En Córdoba se impuso Juez, pero con poco más del 30%. En Buenos Aires la ciudad Pino Solanas obtuvo un histórico segundo lugar pero no llegó al 25% de los votos. Y en Buenos Aires la provincia Sabatella sorprendió, no con su cuarto puesto sino con el volumen alcanzado: 10% del electorado, sin estructura y con una miseria invertida en la campaña, en la elección que los grandes medios vienen denominando desde hace años como “la madre de todas las batallas”.

Salvo Juez, todos cayeron ante opciones que se opusieron al kirchnerismo por derecha: Reutemann, Macri-Michetti y De Narváez-Solá. Por eso no sorprendió que, unos días después de perder las elecciones y entregar la conducción del Partido Justicialista, Néstor Kirchner haya elegido al Lole como blanco de sus bravatas: “Esto no es una carrera de automóviles ni un partido de fútbol. Acá estamos para construir un país distinto. Ya lo veremos disputando por las ideas del país, si es que tiene alguna idea”. Es que Reutemann representa, en 2009, lo que Cobos representó en 2008, y los dos aspiran a convertirse en opciones en 2011. (Ambos –Reutemann y Cobos– retuvieron o mejoraron sus cuotas de poder en sendas alianzas con el kirchnerismo: el ex piloto en la última elección de la que había participado antes del 28; el vicepresidente en 2007).

Cobos llegó a su actual puesto aliado con el matrimonio K desde su gestión como gobernador de Mendoza, pero a la primera tormenta fuerte abandonó el barco y se dedicó a cultivar ese perfil presidenciable que tanto centimetraje ocupa en los diarios. Reutemann, en cambio, se valió de los votos K en 2003 para –ley de lemas mediante– llegar al Senado tras un controvertido segundo mandato como gobernador: las muertes en Rosario en diciembre de 2001, la inundación de abril de 2003, su fallido apoyo a Menem –por tanto contra el binomio Duhalde-Kirchner– en las presidenciales de ese año parecían haber sellado su suerte. Y sin embargo ganó aquella elección y logró que su socio Jorge Obeid –que entonces se proclamaba kirchnerista a los cuatro vientos– se impusiera ante Binner, a pesar de haber obtenido menos votos que el socialista (un escenario casi idéntico al de 1991, cuando Reutemann hizo su debut en la vida política santafesina).

Reutemann pasó los primeros cinco años de su gestión como senador nacional en un silencio casi absoluto; el conflicto por la renta agraria lo despertó del letargo y al reaparecer en el debate público se definió como “un productor” afectado por las políticas fiscales del gobierno nacional. A los votos no positivos de Cobos, Reutemann y otros 31 senadores siguió una errática redefinición de alianzas que tuvo en el ex presidente su principal operador: surgieron los mismos apoyos de siempre –la CGT de Moyano, algunos intendentes del conurbano bonaerense y sectores de la burocracia partidaria– que, lejos de mejorar las expectativas de Kirchner, le pusieron un techo que acabó asfixiándolo.

Como ocurriera con las retenciones móviles, la estrategia de alianzas del ex presidente también tuvo su toque de queda en el Congreso: Felipe Solá encabezó una de las huidas; Reutemann –rápidamente escoltado por Obeid y sus diputados– otra; Cobos ya había hecho lo propio. ¿Era tarde para que el kirchnerismo buscara aliados en otros sectores? Es una pregunta retórica. El embate de la derecha, amplificado como nunca por los principales medios porteños –el dato no es casual: está en juego una nueva ley de medios que persigue, entre otros muchos puntos, limitar el poder y la concentración de la propiedad de radios y canales–, se centró en la figura de Kirchner pero salpicó a cuanto discurso progresista circulara en el espacio público. (Ahora K ya no controlará tampoco el Congreso).

Las llaves para abrir una nueva construcción que detenga ese embate están en manos de Binner, de Juez, de Sabatella, de Pino Solanas y del propio Kirchner. Son ellos –los distintos frentes progresistas que se construyeron en los últimos años en los más diversos rincones del país y lo que quede de kirchnerismo con contenido político sustentable (ya está visto que a las huidas de Reutemann y Solá seguirá seguramente la de Daniel Scioli)– los que pueden crear un espacio de entendimiento que parta de los avances del último lustro como piso y que se imponga un techo más alto de lo que se discutió, en público, en la última campaña. De lograrse ese encuentro el panorama habrá quedado un poco más claro y la multitud de dirigentes que forman parte del nebuloso Acuerdo Cívico y Social comandado por Elisa Carrió sabrán de qué lado ponerse en 2011.

LOS ERRORES B. La pregunta retórica consignada antes tiene como sustento una declaración reciente de Néstor K sobre Reutemann: “Sería importante que aclarara su participación en los hechos de 2001, en las inundaciones de Santa Fe y todos aquellos problemas que hubo en Rosario”. La frase fue pronunciada después de las elecciones. Obviamente, ya era tarde para todo excepto para aclarar posiciones. Y el reto, por sí solo, tampoco bastará para que los santafesinos identifiquen en el ex presidente un referente del progresismo que resiste con sus conquistas el embate restaurador que el Lole representa. Sólo un entendimiento más amplio –algunas veces ensayado y nunca puesto en marcha– que incluya definiciones comunes en lo programático tanto a nivel nacional como provincial podrá ser leído como una estrategia seria de cara a 2011: la tan mentada concertación que los Kirchner pergeñaron y que, a la fecha, les ha traído más sinsabores que otra cosa.

La primera reacción del gobernador no fue feliz: atribuyó al Síndrome de Estocolmo la paliza que Reutemann le propinó a Giustiniani en la capital provincial. Binner luego pidió perdón por haber apelado al argumento de la víctima que acaba por enamorarse de su victimario –que fue el paralelo planteado para intentar explicar por qué Reutemann ganó en la ciudad inundada bajo su gestión–, pero ya era tarde. El desliz sólo sirvió para regocijo del PJ, cuyos dirigentes en masa salieron a criticar al socialista, incluso después de las disculpas (en el amplio abanico de pronunciamientos se destacó la propuesta de la concejala Alejandra Obeid de declarar a Binner “persona no grata”).

Con menos impacto en los medios, otro dolor de cabeza se le presenta al socialismo: la gobernabilidad. El diputado provincial Darío Boscarol (UCR) le dijo a Rosario/12: “Hay algunos actores del PJ, no todos, que han demostrado cierta madurez en la Legislatura y entienden que no hay que destruir al adversario que tienen enfrente para convertirse en alternativa en la provincia. Se puede encontrar un espacio de relación y convivencia con el justicialismo, pero si no se logra va a ser muy difícil sacar alguna ley en los dos años que quedan de gobierno. Será muy difícil gobernar buscando leyes esenciales, cuando una de las cámaras (el Senado) está en manos de la oposición. Esto genera una intranquilidad en el oficialismo”.

Tras el fallido Estocolmo, otros voceros del Frente Progresista buscaron instalar la idea de una “gran elección”, argumentando lo parejo de la disputa Reutemann-Giustiniani y el fuerte envión que supuso la participación de Binner en la campaña, que al arrancar mostraba al ex piloto muy por encima de su rival (de 10 a 20 puntos según distintas mediciones). “Estamos muy satisfechos porque hicimos una gran campaña: más del 40% de la ciudadanía aprobó y apoyó nuestra propuesta, si bien nuestro objetivo era ganar las elecciones. Pero si analizamos el desarrollo de esta campaña y cómo estaba instalado Reutemann a través de los medios nacionales, fundamentalmente de las grandes corporaciones mediáticas, nosotros hicimos una elección muy buena”, declaró el presidente de la Cámara de Diputados de la provincia, el socialista Eduardo Di Pollina.

La tesis de una elección reñida “voto a voto” se acomoda mejor a los intereses del frente de gobierno, que ahora deberá encarar la segunda mitad de su gestión con el lastre de haber perdido el primer desafío electoral desde que ganó la provincia en 2007. En esos comicios, el actual mandatario se había impuesto a la fórmula Bielsa-Galán por 10 puntos. Pero en el departamento La Capital Binner no ganó: logró 112 mil votos contra 115 mil de Rafael Bielsa, apadrinado entonces por Obeid y, casi a disgusto, por el propio Kirchner (su candidato “natural”, Agustín Rossi, había caído en las primarias ante el ex canciller). En esa elección, como en las de 2005, Reutemann se había declarado prescindente. Este año el Lole obtuvo en el departamento –que, hay que aclararlo, no es solo la ciudad de Santa Fe– 138.256 votos (53%) contra los 86.391 (33%) de Giustiniani. Unos 25 mil votos menos para el Frente Progresista si se compara con la elección que llevó a Binner al gobierno. ¿Es un castigo a la gestión de Binner o es simplemente que Giustiniani no es Binner y que el “arrastre” –del que tanto le gusta hablar a Reutemann– es una cosa más bien improbable?

Tal vez esta segunda hipótesis se acerque más a la realidad: basta extender la misma comparación a los resultados de 2007. La fórmula Binner-Tessio logró 864.524 votos (48,71%) contra 688.197 del PJ (38,78%). Esto es: la reaparición del Lole supuso para el peronismo provincial mejorar en casi cuatro puntos aquella marca, mientras que el Frente Progresista cosechó ocho puntos menos que entonces. Dicho de otro modo: sin Binner en las boletas, hubo 710.580 votos para Reutemann y 682.614 para Giustiniani. Son apenas 20 mil votos, y poco más, los que sumó el Lole respecto de Bielsa. Y 180 mil menos para Giustiniani ahora que para Binner entonces.

En aquella elección se había registrado un fenómeno particular: hubo más apoyo para la figura del candidato a gobernador que para sus compañeros de fórmula (candidatos a diputados y senadores provinciales, intendentes y concejales). Un ejemplo: 864.524 personas votaron a Binner como gobernador mientras que la lista de diputados del Frente Progresista obtuvo 790.927 (44,57%, es decir: cuatro puntos menos), un número que se acerca más a lo sumado por Giustiniani este año. Binner logró 75 mil votos más que su lista de diputados y ese desgrane se tradujo en otro fenómeno anexo: en el resto de los partidos sacaron más votos los candidatos a diputados que los candidatos a gobernador, de lo que se desprende con claridad una fuga de votos no-independientes a favor de Binner.

¿Binner podría haber logrado que esos votos –o al menos algunos– fueran para Giustiniani? Es improbable. En cambio, es más probable que otra estrategia de alianzas lo hubiese favorecido. Por caso: el Partido Comunista, que aún forma parte del Frente Progresista, decidió abrirse de la coalición en las elecciones nacionales –no hará lo mismo en las comunales– y apoyó las candidaturas de Proyecto Sur. La fuerza que conduce Pino Solanas obtuvo en la provincia el 3,54% (58.662 votos) en diputados (con Carlos del Fradea la cabeza) y 2,53% (42.588 votos) en senadores: aún computando ese porcentaje de mínima como caudal propio, a Giustiniani le bastaba para vencer a Reutemann.

Cuando decidieron ir por fuera del Frente Progresista, los dirigentes del PC explicaron su desacuerdo con el acercamiento de Binner y Giustiniani a la Mesa de Enlace. El propio Solanas dijo, la noche del 28, que su crecimiento estaba directamente relacionado con la radicalización de su discurso: “Es un triunfo del auténtico progresismo, que nosotros representamos”. El dardo, que puede entenderse dirigido al Acuerdo Cívico de Carrió –que llevó a un ex colaborador de Domingo Cavallo, Alfonso Prat Gay, como primer candidato– e incluso al candidato K Carlos Heller, también se oyó en Santa Fe. El embate de la derecha y el retroceso del progresismo son escenarios posibles en 2011; de la sociedad dependerá si es así o al revés.

Publicado en Pausa #40

lunes 20 de julio de 2009

Una deuda pendiente

Por Mabel Busaniche (*)

La escuela argentina tuvo una larga espera en dar respuestas a cómo y qué incorporar en las aulas sobre la “educación sexual”.

La ley 26.150, sancionada en octubre de 2006, instauraba la obligatoriedad de la enseñanza de esta temática en las escuelas, pero, su puesta en marcha se da a partir de la Resolución del Consejo Federal de Educación Nº 45/08 que aprobó en forma definitiva el documento “Lineamientos Curriculares para la Educación Sexual Integral”, que se elaboraron para definir los contenidos básicos para que la normativa pudiera comenzar a efectuarse. Sin dudas, esta es una muy buena noticia porque el enfoque integral de la educación sexual permite que en todos los niveles del sistema educativo (desde el inicial hasta el superior de formación docente) se aborde la “construcción de la sexualidad desde dimensiones culturales, históricas, sociales, afectivas, éticas y también fisiológicas y biológicas”, considerando a las personas involucradas como sujetos de derecho desde la perspectiva de género.

La concepción de sexualidad de los contenidos se enmarca en la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que nos dice: “El término sexualidad se refiere a una dimensión fundamental del hecho de ser humano (...) se expresa en forma de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, actividades, prácticas, roles y relaciones. La sexualidad es el resultado de la interacción de factores biológicos, psicológicos, socioeconómicos, culturales, éticos y religiosos o espirituales. La sexualidad se practica y se expresa en todo lo que somos, sentimos, pensamos y hacemos”. Por lo tanto la educación sexual en la escuela implica promover aprendizajes en tres niveles: el pensamiento, los sentimientos y las prácticas concretas.

Vale resaltar el valor del enfoque integral de la sexualidad, que no se reduce al modelo tradicional biologista. La propuesta –de acuerdo a la opción y posibilidades de cada jurisdicción– se aplicará en forma transversal en los niveles inicial y primario y abre la opción de que sea un contenido específico en el secundario para que las y los adolescentes puedan desarrollar contenidos más complejos y precisos. De esta manera, para su implementación en el nivel inicial, los “lineamientos curriculares” proponen desarrollar los contenidos en el marco de los siguientes ejes: conocimiento y cuidado del cuerpo; distinción de cuándo una interacción física con otra persona puede ser adecuada y cuándo no lo es, y tener autorización a decir “no” frente a estas últimas; conocimientos básicos del proceso de gestación y nacimiento; identificación y valoración de las diferencias entre mujeres y varones, etc.

En la escuela primaria y secundaria se propone que el abordaje se dé fundamentalmente desde las áreas de Ciencias Sociales, Formación Ética y Ciudadana, Ciencias Naturales, Lengua y Literatura, Educación Física y Educación Artística. En la escuela primaria se trabajarán temas tales como: reconocimiento de los Derechos Humanos y los Derechos del Niño; reflexión sobre las formas en que los derechos pueden ser vulnerados: el abuso y violencia sexual, explotación y “trata de personas”; exploración crítica de las relaciones entre varones y mujeres y sus roles sociales a lo largo de la historia; reflexión acerca de los modelos corporales presentes en los medios de comunicación y en la publicidad.

Y en la escuela secundaria se plantea –entre otros puntos– el conocimiento de todos los métodos anticonceptivos y la regulación de la fecundidad; el conocimiento de las situaciones de riesgo o de violencia vinculadas con la sexualidad: distintas miradas sobre la problemática del aborto (como problema ética, de salud pública, moral, social, cultural y jurídica; las enfermedades de transmisión sexual, el acoso sexual, el abuso y la violencia sexual, el maltrato, la explotación sexual y la trata; el respeto por la diversidad de identidades; la reflexión y el análisis crítico sobre la construcción social e histórica del ideal de belleza y del cuerpo de varones y mujeres; la reflexión crítica en torno a los mensajes de los medios de comunicación social referidos a la sexualidad y la necesidad de luchar contra las discriminaciones y los estereotipos.

Por otra parte, la propuesta incluye diversas estrategias para la búsqueda de consensos entre educadores y familias partiendo del reconocimiento de los derechos de estas últimas a participar activamente en la educación de niños, niñas y adolescentes.

Además, también se incluyen estrategias posibles de formación docente: talleres, asesoramiento, elaboración de planes de trabajo y materiales apropiados que cada jurisdicción desarrollará de acuerdo a sus planificaciones y posibilidades.

En suma: la educación sexual no es un asunto nuevo en las escuelas, la novedad consiste en que la normativa posibilita homogenizar los contenidos, estableciendo la equidad en el acceso a la información y formación de todo el alumnado. De esta manera se reafirma la responsabilidad del Estado en lo que hace a la protección de los derechos de los niños, niñas y adolescentes en cuanto a garantizar la igualdad y calidad educativa. Y formalizar y sistematizar saberes que históricamente habían quedado circunscriptos a la esfera de lo privado o a iniciativas dispersas.

(*) Coordinadora de Educación Sexual del Ministerio de Educación de la provincia.

Publicado en Pausa#39

La casa en problemas

Un acercamiento a lo doméstico del conflicto ecológico global

Por Celeste Medrano

Cuando comenzaba a desarrollar mis capacidades para recordar y comprender, mi mamá me leyó un cuento. En el relato se festejaba el cumpleaños del protagonista y su madrina le había llevado de regalo un alcornoque (árbol del que se extrae corcho, principalmente). El personaje, ofuscado porque esperaba juguetes o golosinas, rechazó el regalo y comenzó a hacer berrinches ante la mirada comprensiva del resto de los invitados. Su benefactora, que poseía además el don de la magia, disgustada por el rechazo, le dijo a su ahijado “¡Ahora no solamente me llevaré el alcornoque, sino también todo lo que en esta casa sea producto de algún vegetal!” Y el cumpleaños no pudo celebrarse: habían desaparecido las sillas y la mesa que eran de madera, el jugo de naranja, los sándwiches que eran de harina de trigo, y hasta la torta que era de chocolate (un producto que se obtiene de las semillas del cacao, árbol nativo de Sudamérica). Finalmente y, para que el lector no sufra las angustias de un final inconcluso, el protagonista del relato le pidió perdón a su madrina, quien restableció el orden y todos pudieron gozar del festejo.

Comparto este pasaje de mi biografía con la intensión de subrayar una moraleja superadora de lo que comprendí cuando era una niña. Me preocupan y ocupan las cuestiones que tienen que ver con el ambiente y me sorprendí varias veces relatando la historia ante un público adulto, en un intento por definir nuestro grado de participación en los problemas que denominamos ecológicos globales. El término Ökologie –introducido en 1869 por el prusiano Ernst Haeckel– está compuesto por las palabras griegas oikos (casa) y logos (estudio, tratado, razón o palabra), por ello la ecología es la ciencia que estudia “la casa” entendida como aquel espacio que posee los recursos que permiten la vida de un individuo (abrigo, alimento, agua, afectos). Mi propuesta, ante los datos apocalípticos que reflejan nuestro modo depredador de vivir en el mundo, es volver a pensar en “nuestra casa”. Aquí es donde cobra sentida el cuento del cumpleaños. Hasta que la historia relatada no tuvo un episodio trágico, el protagonista no pudo comprender que vivía en una “casa” totalmente dependiente de recursos aportados por la naturaleza.

Nosotros también recibimos a diario noticias de las tragedias: la contaminación del aire y los ríos, la extinción de las especies animales, los efectos mortales del cambio climático y el agujero en la capa de ozono. Sin embargo, cuando prendemos una lámpara, por ejemplo, no pensamos que la energía necesaria para que se haga la luz se origina, probablemente, por el funcionamiento de una represa. Para construir una represa hay que tabicar un río. Las construcción y puesta en marcha de la obra genera un gran espejo de agua, cuyo poder inundador motiva el traslado de pueblos enteros; las especies de peces migratorios ven interrumpido su normal ascenso para la reproducción; estos espejos se comportan como reservorios de parasitosis que impactan en las poblaciones humanas. La alteración drástica de las condiciones del ambiente se cristaliza en hechos fáciles de observar. Los nuevos ecosistemas empobrecidos ya no sostienen a las poblaciones ribereñas tradicionalmente ligadas al río, porque el río ya no existe.

A modo ilustrativo, es interesante revisar el caso de la represa de Yaciretá. La construcción de esta obra iniciada en 1983, con la anuencia del gobierno de turno y la cooperación de fondos internacionales, para proveer de luz a los ciudadanos, es motivo de actuales conflictos ambientales y por lo tanto, económicos y sociales. Las familias relocalizadas que perdieron su sustento y calidad de vida se manifiestan solicitando soluciones. Los ambientalistas declaran la peligrosa amenaza que la presa genera sobre los Esteros del Iberá, un sistema de singular valor por la diversidad de especies que soporta y por su potencial para el desarrollo de proyectos científicos, educativos y ecoturísticos. Los científicos, sin la necesidad de grandes comprobaciones, advierten sobre la inminencia de desequilibrios ecológicos que genera un cambio tan dramático en el ambiente.

No es necesario que cada vez que prendamos la luz pensemos en los problemas ambientales, sociales y económicos que esa acción conlleva, pero sí que lo pensemos al menos una vez. Es necesario revisar, con un sentido de globalidad, las acciones que implican nuestro modo de vivir. Ampliar el universo de lo que percibimos como “nuestra casa” para que, como en el cuento, podamos comprender cuán entramados estamos con los distintos elementos naturales que a través de un continuo nos permiten la vida, como el aire, el agua o la luz solar, los animales y vegetales.

Ahora bien, la percepción, a diferencia de la información, implica pasar por el cuerpo, poner en concurso los sentidos, establecer con los objetos y las personas un vínculo sensible. Cuando creamos este tipo de relación con nuestros parientes, amigos o el lugar en que habitamos, podemos protegerlos, prestamos atención a sus necesidades, los defendemos. Este tipo de vínculo debemos construir con la “casa”, pensada en amplio sentido, como una primera instancia de participación en la resolución de los problemas ambientales y su eco estricto en conflictos económicos y sociales.

Según este enfoque, es interesante considerar y ampliar la cuestión de los límites. En este sentido también “habitamos” la calle, el trabajo, el colectivo en el que viajamos, la plaza en la que nos reunimos. Muchos de los problemas ambientales que sufren las ciudades podrían ser atenuados si percibimos estos lugares como propios y establecemos vínculos sensibles con ellos. Es más, los bordes se extienden más allá: ¿dónde va la basura que descartamos?, ¿de dónde proviene el agua potable?, ¿qué impacto genera la extracción de gas natural que usamos para la cocina y la calefacción? Todas estas preguntas amplían los límites de nuestras “casa” y para todas podemos actuar positivamente en busca de un mejor vivir.

Sin duda, esta perspectiva implica involucrarse: apela a la modificación de prácticas poniendo en juego sólo los recursos domésticos que cada uno de los habitantes poseemos. Se trata de percibir la “casa” en la que vive el hombre junto a otras especies, con sentido solidario. Volviendo al cuento que me relató mi madre: la idea es festejar, celebrando la vida.

Publicado en Pausa #39

viernes 26 de junio de 2009

¿Medio o miedo ambiente?

Por Graciela Cristina Gómez (*)

El 5 de junio fue el Día Mundial del Medio Ambiente. Mucho se publicó sobre la fecha. Los medios más hipócritas cubrieron sus páginas con loas a la Pachamama; a su vez, en el suplemento obligado, loas al agrocidio y sus voceros, publicitando los venenos que asolan a nuestra gente. Y al día siguiente, nada. Como nada se hace hoy para tratar de dejar a las generaciones futuras un “futuro común”, donde nace el concepto de “desarrollo sustentable”.

Muchos usan y abusan de esa frase. La escuchamos en los ámbitos menos imaginados, queriendo convencernos así de que la idea está planteada, pero sólo es una burla. Una de las tantas políticas erradas y huecas de contenido de los farsantes de turno. Esos que en plena campaña se olvidan de las inundaciones que asolaron a nuestra provincia, de la sequía histórica producto en gran medida de la deforestación irracional cometida con la venia de anteriores y actuales figuritas repetidas, que cambian de bando y de discurso, aunque de sus caras no logran liberarse.

Esos que poco saben de los cientos de casos de leucemia y sangre con cromo existentes en Las Toscas, y otro tanto en Esperanza, contaminados por los desechos de curtiembres. Del agua contaminada con arsénico que bebe cada día el santafesino de Firmat, Venado Tuerto, Máximo Paz y otras localidades. Poco les importa el grupo de vecinos de San Lorenzo que exige hasta el cansancio medidas, a autoridades y cerealeras, que eviten la contaminación del medio ambiente que vienen padeciendo desde hace años. Los vecinos del barrio Malvinas de Rosario, con más de 200 casos de casos de cáncer. Poco les importa que en Las Petacas la mitad del pueblo sufra alergias y los niños humildes sean usados de banderilleros, dato que los ¿inspectores? jamás reconocieron. Poco les importa que en la provincia los casos de cáncer de testículos y gástricos en varones sean tres veces más que la media nacional, los de hígado casi diez veces más y los de páncreas y pulmón, el doble. Seguramente los funcionarios respondan con total desfachatez que éstos “son casos aislados” o por mala praxis de “algunos” fumigadores, porque los colegiados recetan maravillosamente bien la dosis, tan bien que en Romang comprar glifosato para fumigar camalotes es como ir al quiosco, y toda la provincia lo usa de “matayuyos” en parques y plazas cuando la plaga a combatir sólo está en la soja. Pero se capacitan con gente de Syngenta, en un laboratorio regalo de Monsanto, sin explicarnos en qué parte de la ley que los agrupa se permite eso.

La palabra “ética” no está en el marbete del herbicida, se aprende y se ejecuta cada día; no practicarla es repudiable, actuar en contrario denigra e insulta más que un escrito, porque en ello se va la vida y la salud de la gente. En el mundo del revés todo es posible: el “Estado de derecho” es una frase más, usada para otras ocasiones. Mañana, San Martín Norte y Colonia Dolores seguirán sufriendo el nauseabundo olor que emana de las pestilentes aguas donde otrora se sumergían y jugaban los niños, donde hoy la capa grasosa que la cubre proviene de una cooperativa ganadera de la zona, a la que poco le importa el agua, los niños, los filtros o la contaminación. Aquellas granjas perdidas, aquellos tambos cerrados, aquel ganado pereciendo por la sequía, tampoco serán recordados. Los niños del puerto de Rosario y San Lorenzo caminarán como cada día, con su broncodilatador, sus pulmones enfermos pedirán aire puro y sólo tendrán como respuesta el frío invierno. Los niños de las escuelas rurales dejarán de jugar para encerrarse en el aula, hasta que pase la avioneta que fumiga. Como ellos, cientos de pueblos... Eso también es incumplimiento de deberes de funcionario público, por acción u omisión de una gestión ineficiente o inadecuada.

La Ley 25.675 (General del Ambiente) enumera los instrumentos de la política y la gestión ambiental: 1. El ordenamiento ambiental del territorio; 2. La evaluación de impacto ambiental; 3. El sistema de control sobre el desarrollo de las actividades antrópicas; 4. La educación ambiental; 5. El sistema de diagnóstico e información ambiental; 6. El régimen económico de promoción del desarrollo sustentable. Ninguno de ellos se respeta. Hoy la soja traspasó cada uno de esos instrumentos. El agrocidio sistemático se lleva a cabo con la complicidad de cada ente a su servicio. El otrora granero del mundo hoy produce alimentos, pero para ganado; la falacia de alimentar al mundo sólo engorda unos pocos bolsillos.

Francisco Loewy nos enseña: “La agricultura ha de cumplir por lo menos, con tres tareas: mantener al hombre en contacto con la naturaleza viva, humanizar y ennoblecer el hábitat del hombre, hacer posible la existencia de alimentos y otros materiales necesarios para el sustento de la vida. No creo que una civilización que reconoce sólo la tercera de estas tareas y la persigue con tanta desconsideración y violencia, que no sólo olvida las otras dos sino que sistemáticamente las ataca, tenga alguna posibilidad de sobrevivir”. La biodiversidad nos ayuda a entender el papel que cada especie tiene en el ecosistema. La naturaleza nos da señales constantes que no son tenidas en cuenta. El 5 de junio es el día de Molinos, Vicentín, Cargill y Bunge; el 5 de junio es el día de Santa Fe sin ambiente: el día del miedo ambiente.

(*) Abogada (UBA) y escribana (UNR). Militante ecologista.

Publicado en Pausa #38, 12 de junio de 2009

domingo 14 de junio de 2009

Un año no es nada

Pausa cumplió un año desde su salida a la calle; aquí, un texto a mitad de camino entre la celebración y el balance.

Por Ezequiel Nieva

36 ediciones, 560 páginas bien cargadas de información, casi 40 mil ejemplares que circularon en la ciudad a lo largo del último año: algunos de los números que ilustran este primer aniversario de Pausa. El tango dejó establecido para siempre que 20 años no es nada; cabe pensar que un año ha de ser la nada a la vigésima potencia. Nada de nada de nada. Apenas 365 días.

Eso: 365 días. Los que pasaron –ahora un poco más– desde que el 16 de mayo de 2008 pusimos en la calle la primera edición de este periódico. Y, desde entonces, tantas cosas... Una breve, incompleta recapitulación quizá sea necesaria: aunque acabemos cayendo en el poco elegante hábito de hablar de nosotros mismos.

La mera existencia de Pausa es, a menudo, motivo suficiente para que recibamos inflamadas felicitaciones. No hay queja ni ingratitud: las tomamos como un reconocimiento al esfuerzo que hacemos, número a número, por sostener con profesionalismo cada centímetro cuadrado del periódico. Las tomamos como una caricia, no como la supuesta postura de un lector acerca del estado actual de los medios. Los supuestos y el periodismo no se llevan bien; no queremos que se lleven bien. Nos gustan los hechos, los datos. Por eso tampoco nos llama la atención ese hecho –el elogio– si analizamos el contexto: es una celebración de la pluralidad. Y no mucho más.

Desde nuestra aparición y hasta hoy, el inmenso y variopinto universo de los medios habló del campo, de la riqueza, de la inseguridad, de la crisis; nosotros también hablamos de eso, y hablamos de soja, de equidad y de injusticias, de urgentes materias pendientes y de nuevas formas de articular lo público y lo colectivo. Hablamos de construcciones –siempre tan arduas– y tratamos de hablar, de mostrar mejor, las ideas de los que tienen ideas para mostrar.

En las páginas de este periódico reprodujimos algunas de las voces contemporáneas más críticas o más lúcidas, nunca con el objetivo de adoctrinar al lector; simplemente como un modo de reflejar con fidelidad algún aspecto, mínimo, acotado, pero aspecto al fin de la insondable realidad. No somos un medio que habla de “todo lo que pasa”. Y no sólo porque es una pretensión imposible –y más en un humilde cuerpo de 16 páginas, por atiborradas de texto que salgan a menudo– sino porque nunca fue nuestra intención.

Aprendimos en las aulas y en la práctica del oficio que la realidad sólo puede abordarse luego de un recorte previo. Desde esa premisa tratamos de pensar el periódico en general y también las notas. Internet y el formateado de diseño que hoy caracteriza a los medios gráficos nos tientan con la idea de que “todo lo que pasa” puede ser reflejado en un solo lugar; nosotros elegimos desistir de esa utopía y nos contentamos si alguna vez, al menos, rozamos la profundidad, que es uno de los objetivos de largo plazo que nos hemos planteado.

Uno de los objetivos; no el único. (Para ahondar más será pertinente esperar un tiempo; vamos de a uno por año).

Con esa motivación, la de tratar de ser profundos, desandamos el camino que nos llevó a este punto y por eso creemos que no es pura vanidad reflejar nuestro cumpleaños: es también una forma –acaso la menos elegante, sí, pero una forma al fin– de hacer periodismo, una forma de indagar y profundizar acerca de un hecho que es tan real como la crisis, el miedo o la codicia. Nuestro primer añito. El más difícil: algo que puede sonar a lugar común y que no por eso deja de ser una verdad irrefutable.

A lo largo de este año, Pausa se ha dedicado a reflejar –decíamos– algunas de las voces que los medios masivos eligen dejar de lado en su carrera por la primicia. En muchos casos, son voces que cuestionan las supuestas verdades que se nos presentan indiscutibles. Pasaron por estas páginas opiniones que son valiosas sobre todo porque desafinan del concierto monótono que se escucha en los medios: Abraham Gak y Máximo Sozzo, Luciano Alonso, Oscar Vallejos y Alejandro Horowicz, Mary Hechim y nuestro Juan Pascual.

También reflejamos datos que discuten aquellas opiniones disfrazadas de verdades absolutas. Así los informes sobre las alternativas al modelo productivo vigente o aquellos textos pensados desde una mirada ecológica. O las notas de opinión, que acompañamos con datos puros escarbados y exhumados de las profundidades de “la realidad”. La elección de ese estilo –que demarca con claridad cuándo opinamos y cuándo informamos– creemos que es una de las características que más valoran nuestros lectores.

Por eso no rehusamos tratar los temas instalados en la agenda de los medios masivos; pensamos que siempre existe la posibilidad de aportar nuevas miradas sobre los viejos problemas. La inflación, los proyectos de desarrollo urbano y sus contradicciones, la salud, la política, la economía, los cambios y las reacciones, siempre tuvieron lugar en nuestras páginas.

Pero también otros temas, que no suelen ocupar las portadas de los diarios: el exilio moderno, los consumos culturales, los hábitos de la juventud, el hambre, el encierro como castigo y el encierro como elección, algunos nuevos fenómenos sociales y otros añejos –la intolerancia, la discriminación, los pedidos de garrote y mano dura–, el derecho al agua, el derecho a la tierra, el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, el derecho a integrarse de las personas con capacidades diferentes, el derecho de todos –mujeres, niños, niñas– a no ser abusados ni violentados...

Y en ese caleidoscopio periodístico, algunos hallazgos que merecen ser recordados: las voces de los internos del hospital Mira y López que regentean su panadería y su radio, la voz de un preso que participa de la edición de una revista que trasciende los muros, las nuevas corrientes que piensan la salud mental, el silencioso trabajo y las innovaciones de nuestros científicos... En definitiva: el intento que hacemos número a número por recuperar aquel viejo concepto del interés general, cuyo primer –y quizá más importante rasgo– es que supone lo opuesto del interés particular, mezquino, individualista.

Este panorama sería incompleto si no destacáramos la búsqueda de un modo distinto –ya que decir “original” es harto pretencioso– para el tratamiento de aquellas secciones que en los medios tradicionales son consideradas blandas: el tiempo libre, la cultura, los deportes, las crónicas de viajes. Ahí los textos de Gerardo Moyano. Textos que narran, camuflada entre sus peripecias por el ancho y ajeno mundo, una historia que es siempre la misma: las desigualdades latentes y los pequeños y heroicos esfuerzos en pos de una integración que los teóricos de la aldea global daban por descontada y que, cada día que pasa, se nos presenta como más difícil de alcanzar.

Ahí también los textos de Gastón Chansard en la sección de Deportes, su rescate de esas historias mínimas que pueden ser contadas como una odisea –y viceversa–, la demostración de que hay todavía muchas cosas por las cuales asombrarse más allá del fulgor que desprenden las pantallas de TyC. Y también el espacio que dedicamos a Ocio y Cultura –una de las más importantes del periódico– y la apuesta de contar con redactores especializados en su materia: toda una rara avis en tiempos de flexibilización a la McDonald’s, en tiempos de repetición mecánica y de periodistas que posan –o que trabajan– de todólogos.

Hasta ahí, pura seriedad –lo mismo pensamos mientras armábamos este proyecto–, por eso la sección que para muchos es la estrella del periódico: Cocoliche. Porque no quisimos rehusar del humor en ninguna de sus variantes; todo lo contrario: quisimos hacer una jugada fuerte a favor de un formato y de un lenguaje que en los últimos tiempos viene perdiendo peso específico en los medios más grandes, y también en los chicos. Y por eso la cruza ecléctica, heterodoxa y casi bizarra de estilos que representan las viñetas de los maestros Montt y Boligan y los cuadritos de nuestro vecino paranaense Maxi Sanguinetti, que también es un maestro –él se presenta como docente y no sólo como humorista.

Y un párrafo aparte para la misma sección: los textos de Adrián Brecha y los de su alter ego Alan Valsangiácomo. El juego y el cruce con los lectores que se da en cada edición a través de las Preguntas Pausa. Una demostración cabal, hecha aquí, ahora y en las mismas condiciones de producción que el resto del periódico –esto es: contra reloj y sin echar mano a otros recursos que el talento o la inventiva– de que es posible escribir humor, no sólo actuarlo o dibujarlo.

Si alguien leyera este texto fuera de su contexto podría pensar que Pausa cumple 100 años. Y sin embargo recién llegamos al primero. El camino es largo. Recién lo estamos comenzando a andar; la gente que es optimista pero también sensata estima que cualquier proyecto serio demora cuatro o cinco años en consolidarse y que recién entonces uno puede ocuparse de pensar en trabajar las cuestiones secundarias –un estilo, una estética, una voz particular– que vaya más allá de la cotidiana pelea por la supervivencia o la permanencia.

Nosotros opinamos igual. Apenas pasó un año: nada más. No es plazo para sacar grandes conclusiones, ni siquiera un esbozo de conclusión. Pero no queríamos dejar de compartir con ustedes este balance íntimo e incompleto. Nada es definitivo; nada está terminado al cabo de 365 días. Esto recién empieza. Nos conformamos con el hecho de poder seguir creciendo y cumpliendo un año una vez por año. Como se debe.

Publicado en Pausa #37

viernes 29 de mayo de 2009

“Cuando los candidatos se convierten en políticos electos no toman decisiones para combatir la exclusión social”

Entrevista a Máximo Sozzo, abogado, investigador y docente especializado en Criminología (*)

–¿Considerás que es posible la recuperación y reinserción social de las personas que han cometido delitos graves?

–En líneas generales no creo en la reinserción social a través de la privación de la libertad. El mecanismo de la privación de la libertad en las prisiones ha sido, después de 250 años, un mecanismo completamente negativo para su fin declarado que es lograr que las personas se reinserten en el tejido social y abandonen una vida ligada a la actividad delictiva. Lo que no quiere decir que uno no deba luchar para que las personas no recaigan en la actividad delictiva, a pesar de la prisión. Lo que quiero decir es que la prisión, en lugar de ser un instrumento para la realización de la resocialización o reinserción social, es en realidad un obstáculo. Y es un obstáculo del cuál es muy difícil deshacernos en las sociedades contemporáneas porque hay mucha presión social que demanda que la prisión sea la herramienta fundamental para castigar a las personas por haber cometido delitos y, además, porque está muy instalado en nuestra manera de pensar que la única forma de castigar a alguien es privándolo de la libertad. Creo que es posible trabajar, a pesar de la prisión, desde adentro, para darles oportunidades a las personas que pasan por ella y que por lo general tienen trayectorias vitales que están marcadas por falta de oportunidades y por privaciones materiales y culturales. Cuando uno discute sobre este problema tiene que tener en claro que la población penitenciaria en nuestras prisiones es una población que está integrada, en su gran mayoría, por personas que provienen de los territorios de la exclusión social y que comúnmente cometen determinados tipos de delitos, en los que exclusivamente se concentra el sistema penal, que trabaja selectivamente sobre una franja de delitos que son los que típicamente llevan adelante las personas excluidas socialmente. Porque el sistema penal no trabaja sobre otro conjunto de delitos que suceden en la vida social, que a veces producen más daño incluso que los delitos de los débiles desde el punto de vista económico y social, y que son los delitos de los poderosos. En líneas generales uno tiene que tener claro que cuando pretende plantearse un programa de intervención, en el sentido de tratar de generar las oportunidades para la reinserción social a pesar de la prisión, está trabajando con personas cuyas trayectorias vitales están marcadas por la exclusión, es decir por privaciones materiales y culturales. El trabajo es doble, porque supone ir contra los efectos negativos de la prisión, contra la degradación que el mero encierro produce y contra los efectos negativos de las privaciones y la falta de oportunidades. La dificultad no debería llevarnos a cejar en los esfuerzos para lograr ese objetivo.

–Las alternativas para lograr la reinserción social pasan por lo general por el estudio o aprendizaje de algún oficio. En provincia de Buenos aires, las estadísticas indican que el 56% de los presos estudia. ¿Cómo estamos en Santa Fe?

–Todos los años el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación lleva adelante el Censo Anual Penitenciario, que establece en cada una de las unidades penitenciarias quiénes están llevando adelante actividades educativas a nivel primario, secundario o universitario. En Santa Fe ese porcentaje es menor que el de Buenos Aires. De todas maneras, ese número que parecería ser alto indica que la mitad de la población penitenciaria bonaerense no está ejerciendo su derecho a educarse mientras está privado de la libertad. Otro tema a discutir es la calidad de la educación que se ofrece en las unidades penitenciarias. En ese sentido creo que en la provincia de Santa Fe hay toda una asignatura pendiente porque las escuelas que funcionan dentro de las unidades penitenciarias son escuelas que fueron muy descuidadas desde la transición a la democracia y hasta este momento. Han sido algo así como el último orejón del tarro del sistema educativo, y ese descuido se traduce luego en una calidad educativa que deja mucho que desear. Esto es así en ciertas escuelas que están ubicadas dentro de los penales de la provincia, aunque también hay que decir que hay muchos docentes que se esfuerzan por generar un servicio de calidad.

–¿En qué consiste el Programa de Educación Universitaria en prisiones?

–Lo que busca el Programa es crear un canal para que las personas de estas cárceles que deseen estudiar en la Universidad puedan acceder a ella a través de una vía que es la educación universitaria a distancia modalizada para quienes están en un contexto de encierro. El estudio es como el de cualquier otra persona que está cursando una carrera a distancia en la UNL pero lo hacen acompañadas por un grupo de coordinadores y tutores que trabajan presencialmente con ellos toda la semana y que de alguna manera funcionan como un remedio frente a las dificultades que trae aparejado estudiar en estas condiciones. Además, buscamos un acercamiento con directores y docentes de las distintas carreras que los internos eligen, que también es algo interesante porque les permite a los estudiantes a distancia, tomar contacto con docentes universitarios de manera directa y no solamente virtual. Por otra parte, este espacio de la universidad dentro de las prisiones, lo hemos visto a lo largo de este tiempo, sirvió no sólo como un espacio para que la gente ejerza su derecho a educarse sino también, en el caso de algunos, como una herramienta para luchar contra la degradación de la cárcel.

–¿Qué pensás del pedido de pena de muerte? ¿Hay un descreimiento de la gente acerca de la rehabilitación?

–Está claro que quienes exigen la pena de muerte no pueden pensar en términos de rehabilitación. Pero no nos olvidemos que lo que se publica en los medios no es la opinión pública sino lo que quienes gobiernan los medios deciden publicar. Por qué digo esto, porque las pocas investigaciones serias que hay sobre opinión pública en relación a temas de delito y castigo en la Argentina, nos muestran en realidad un panorama bastante distinto al que presentan los medios de comunicación. La UNL junto con la Municipalidad hizo el año pasado una gran encuesta a 2800 hogares de toda la ciudad acerca de estos problemas. Entre otras preguntas, una fue sobre cuáles eran los mejores remedios para combatir el crimen. La pena de muerte recibió el 5% de adhesión, mientras que posibles soluciones tales como disminuir la desocupación o la circulación de las drogas ilegales o generar una mayor y mejor educación recibieron niveles de adhesión del 30%. Entonces, que la gente reclame pena de muerte es una invención, una construcción discursiva de los medios de comunicación. O al menos este estudio pone un interrogante sobre cuán difundida está la adhesión a la pena de muerte. De todas maneras la oposición a esa adhesión a la pena máxima debería combinar esta discusión a una más profunda acerca de cómo en la cuestión del delito en las sociedades contemporáneas nos focalizamos exclusivamente en los delitos de los sujetos débiles y no hablamos de los delitos de los poderosos: por ejemplo nadie pide la pena de muerte para los responsables del affaire IBM-Banco Nación.

–Y ese silencio en torno al delito del sujeto que no es débil...

–Esa es una discusión fundamental, porque nos permitiría entender que hoy el delito de los débiles ya no está desvinculado del delito de los poderosos, que hay muchos mercados ilegales que sólo pueden existir porque hay poderosos que cometen delitos. Por ejemplo, el pequeño traficante de drogas ilegales que vende en un barrio al menudeo marihuana o cocaína sólo puede existir porque hay alguien que trafica grandes volúmenes de esas sustancias y los distribuye. Y ese alguien no vive en la villa miseria donde vive el pequeño distribuidor, sino que vive por lo general en los sectores de mayores ingresos urbanos de este país. Entonces hasta que no pongamos en debate esto estaremos mirando siempre sólo una parte del asunto. Otra discusión que debe plantearse con respecto al delito de los débiles es que si todos estamos de acuerdo con el diagnóstico de que la exclusión social es el proceso que genera la mayor parte de estos delitos y queremos atacarlos, la lógica conclusión es que tendríamos que combatir la exclusión social. Sin embargo cuando los candidatos se convierten en políticos electos no toman decisiones para combatirla, sino que sostienen la estructura punitiva como la única manera de pensar una política pública con respecto al delito.


(*) Máximo Sozzo trabaja desde 2004 en el penal de Coronda y en las cárceles de Las Flores y de mujeres de nuestra ciudad, como responsable del Programa de Educación Universitaria en Prisiones que lleva adelante la Universidad Nacional del Litoral.

viernes 24 de abril de 2009

Otro paradigma

Por Juan Pascual

Con una dedicación “a los socialistas de todos los partidos” comienza Camino de servidumbre, libro del premio Nobel en economía Friedich August von Hayek. Dirigido a un público amplio, el texto tiene como blanco a la planificación económica estatal de la Unión Soviética (y su parentesco directo, según el autor austríaco, con la política nazifascista). Fue escrito entre 1940 y 1943: von Hayek también estaba maquinando para Alemania el después de la segunda guerra, una salida capitalista contrapuesta, a su vez, respecto de los triunfantes y extendidos preceptos de John Maynard Keynes, un rival con el cual ya había sostenido varios debates. Allí, en esa sola escena, están presentes tres de las formas que dominaron el modelo de relación entre Estado y producción desde la primera guerra mundial hasta la década del '90. La cuarta, la de von Hayek, tendría que recorrer un camino más largo.

Para reconstruir ese sendero, basta con indicar ciertas políticas de difusión de Camino de servidumbre. Ya en 1945 Reader's Digest, un formateador mental para el middle american, hijo de las guerras, el puritano anticomunismo y el consumismo del Welfare, resumió el libro y lo hizo llegar a 600.000 lectores. General Motors convirtió la obra en un folleto de circulación masiva. Reagan, por su parte, aplicaría el término “Welfare queen”, reina del Estado de Bienestar, en un discurso de 1976, en la campaña de las primarias para la presidencia: aludía a una mujer que tiene “doce tarjetas de seguro social y recibe pensiones de viudez por cuatro inexistentes maridos veteranos de guerra”. La violenta exageración recuperaba el goteo persistente que se derramaba desde principios de la década del '60 en la cultura norteamericana. Aquí también Reader's Digest es ejemplar, con sus repetidas notas sobre el funcionamiento de la keynesiana ayuda estatal y las conductas femeninas de desbocada reproducción extramarital, en pos de cobrar mayores estipendios a ser derrochados en drogas. (Nada de qué espantarse: el pasado 5 de abril Clarín publicó una obscena pieza titulada “La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”; hace pocos días se pudo leer un cartel con la frase “Control de natalidad” en una de las movilizaciones por el asesinato de Daniel Capristo ).

Esos excesos son constitutivos del discursete sobre los “parásitos del Estado”, contrapartes fieles de los “inútiles burócratas”. La organizada y sistémica debacle del Welfare (transformación del capital vía explosión del desarrollo y reconversión tecnológica de la gestión laboral y los procesos de producción, obesidad financiera y desguace del Estado mediante) allanó el pasaje hacia la instauración del sueño de von Hayek, cristalizado en un término hoy más que conocido: neoliberalismo.

Algunos de los subtítulos de Camino… rezan Por qué los peores se colocan a la cabeza o La ilusión del “control” democrático o El valor último es la libertad, y no la democracia. El proyecto de un Estado impotente, reducido a la observación del capital en posición de mando económico (eso que se suele llamar “seguridad jurídica” para la vida de un “libre mercado” que se extiende hasta sobre el comando concreto de las fuerzas represivas) mostró sus límites durante 2008, con las sucesivas quiebras y estatizaciones de las megaentidades financieras globalizadas. Hoy, estamos ante la persistente existencia residual de los paradigmas del siglo XX y frente a la completa y absoluta ausencia un nuevo texto que pueda disolver y redefinir las categorías que estructuraron las relaciones entre Estado y producción. Un texto que recupere la potencia creativa tecnológica de la libre cooperación democrática con una forma pública del mando económico. Una invención que supere y subsuma acciones que todavía son gestos –a veces no menores– como la estatización de correos, aerolíneas y las AFJP, la presencia de Aldo Ferrer en Siderar, el proyecto “Tren para Todos”, la soberanía energética venezolana, la fabricación de fertilizantes por el Estado brasileño o la práctica nacionalización norteamericana de la paleopetrolífera GM. No otra cosa está en la discusión del futuro, ni frente a otra cosa se suelta el feroz bramido de los conservadores.

Publicado en Pausa #35, viernes 24 de abril de 2009
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viernes 27 de marzo de 2009

Reconocimiento y paradoja

El reclamo sojero toma formas cada vez más explícitas frente a la débil potencia de un Estado demolido.

Por Juan Pascual

Pasaron nada más que dos años. El 9 de marzo de 2007, tras una serie de negociaciones realizadas por el ministro de Planificación, Julio De Vido, se firmaron en Olivos varios convenios comerciales con Venezuela. Uno de los principales acuerdos, largamente trabajado, implicó el compromiso de aumentar la producción (y la superficie cultivada) de soja en el país presidido por Hugo Chávez, además de realizar transferencias tecnológicas por aproximadamente 400 millones de dólares. El operador económico crucial, Gustavo Grobocopatel, fue parte de las comitivas de sucesivos viajes oficiales previos a las firmas. Los Grobo, su empresa agrofinanciera especializada en soja, siembra en casi todo el Mercosur. Pocos meses después, en octubre de 2007, Cristina Fernández triunfaría en las elecciones presidenciales. Uno de sus apoyos electorales de mayor contundencia tuvo como sede los departamentos de Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe más directamente vinculados al agro, antes que las ciudades más pobladas (el dato está disponible en el Blog de Andy Tow, cuyo link está también en el Blogroll). Ambos extremos imaginarios ya caminaban en alegre yunta de intereses, previamente al inicio de los piquetes de 2008.

Un Estado reducido a su función de ordenador del control y la asistencia, constreñido a la sola regulación económica y a la (siempre tardía) acción social, es uno de los resultados de la transformación neoliberal cuajada en los 90. Las privatizaciones constituyeron el medio para terminar de demoler la capacidad de mando del Estado sobre la actividad económica. Los estrechos límites intrínsecos de los entes de control –claudicantes ante las empresas prestadoras, torpes y lentos frente a la flexibilidad de la producción privada– son paralelos al alejamiento estructural de lo público respecto de la actividad productiva. Es que no hay mejor modo de regular una actividad que haciéndola; esa es la diferencia, hasta en la idoneidad técnica, entre Ferrocarriles Argentinos y el Onabe, por ejemplo.

Así, el ejercicio del gobierno dentro de esa forma de Estado consiste en producir el mejor tipo de entorno para el desarrollo de las fuerzas del mercado. En un marco de descomposición productiva, el tipo de cambio 3 a 1, de alta competitividad exterior, fue el eje con el que Duhalde creó ese ambiente necesario para la gobernabilidad política y económica dentro de esa forma de Estado. También estuvo allí la explícita transferencia de recursos que fue la pesificación asimétrica. Y, específicamente en lo que refiere a lo rural, se otorgaron las extendidas y muy amables refinanciaciones de las deudas con el Banco Nación, que no poco implicaron: casi 60 mil productores pudieron regularizar un rojo total de más de 3.000 millones de pesos.

El aumento de la renta agropecuaria en manos de los productores rurales tuvo claros efectos reactivadores –generales– en el territorio donde el tejido de las industrias ralea. No se trata de observar que en las cuentas nacionales sean las manufacturas de origen industrial las que proveen los mejores números; ésta es una indicación del orden de la geografía económica, política y electoral. El interior al que remiten permanentemente los ruralistas es ese lugar donde existen o la industria y los servicios que dependen de la tierra –Armstrong y Las Parejas son los dos nombres hoy en boga– o la industria que es muy poca y tecnológicamente corta –casi cualquier capital provincial–, mucho empleo público, una actividad comercial endogámica y una feroz dependencia de la liquidez de los chacareros. Con creciente tono amenazador, esa dependencia fue varias veces explicada, muchas con sincera posición didáctica y prolongadas enumeraciones, por Alfredo De Ángeli. Para este interior, cuya historia refleja ese cuadro, cada sequía grande, con sus políticas paliativas, es un hecho importante. Lo mismo sucede con la postergación –consciente y dañina– de la venta del grano ensilado.

Los más claros ejemplos de esa reactivación fueron la inversión en maquinaria agrícola y, sobre todo, en renta inmobiliaria. Simbólica y socialmente, además, el sector rural se constituyó como el –públicamente asumido desde el último acto en Leones– consumidor top de fierros: donde estuvo la rústica F-100 hoy está esa cápsula llamada Toyota Hilux. Reconversión tecnológica hacia los organismos genéticamente modificados –crecimiento del porcentaje relativo de territorio sembrado de soja, aumento de la escala productiva y concentración de la propiedad, multiplicación del precio por hectárea, reproducción ampliada del arrendatario (es decir: desplazamiento de otros productos y productores por la menor competitividad) y ajuste al mando de Monsanto–, transformación vertical del paisaje urbano –y extensión de la organización rentística de la producción– y explosión de una nueva tipología de look corporal son los términos paralelos.

En 2008, la efectividad del modelo iniciado en 2002 (y de sus alianzas) mostró su límite inherente con el brutal aumento especulativo de los precios agropecuarios (los cuales, no obstante, poseen una perspectiva a largo plazo de demanda (muy) sostenida, al menos hasta lo que el planeta aguante). No fue la posibilidad de terminar con ese proceso ascendente lo que determinó la primera batalla rural: fue la apropiación de la renta extraordinaria. Por eso el único punto de importancia demostró ser, al comienzo, durante y actualmente, pura y esencialmente la soja. Y del proceso y resultado de esa batalla surgió la discusión por la potencia de mando. Fue entonces cuando se mostraron, en su raquítica desnudez, los límites de la forma de Estado actual: sólo puede quedar en el plano de la regulación, mientras que la dirigencia rural (fue reconociendo que) posee una posición privilegiada para perpetuar y endurecer las protestas y, al mismo tiempo, los logros de sus negociaciones. La disputa por esa posición no es (únicamente) simbólica o ideológica. No se trata (sólo) de una cuestión de discurso. Se trata de una cuestión del orden del gobierno del Estado: de posicionarse dentro de los límites de la regulación y la asistencia o bien de abrirse a un Estado con funciones productivas dentro del mercado, como en el caso de la política previsional.

Desde este punto se comprende que una astucia del orden de la política institucional federal, la coparticipación de parte de las retenciones a la soja –más allá de que fuera un pedido repetido durante los más de 100 días de piquete– como modo de derramar su necesidad y utilidad en los complicados ejecutivos más pequeños, esté trocando fácilmente en una nueva justificación para pedir la suba del precio de la oleaginosa: “Nosotros las coparticiparíamos mejor”. Anteriormente, las 17 modificaciones al texto original de la Resolución 125, la legislación de arrendamientos, la suspensión de las retenciones móviles, la emergencia agropecuaria o el muy vasto pack de medidas surgidas de los encuentros recientes constituyeron una serie de caricias. En el medio, los ataques institucionales que supusieron la estatización de las cartas de porte, los encuentros entre Guillermo Moreno y grupos de chacareros, la publicación de las negociaciones secretas con la Sociedad Rural o las torpes dilaciones respecto de las promesas para con los tamberos. Ninguna de estas tres variantes permite correr al gobierno de su posición expectante, combatiendo en la palabra –desde el comienzo monopolizada por unas pocas y completamente interesadas cadenas de información– con un sector con el que finalmente no puede no sentarse a negociar. En ello no sólo le va su política de subsidio al mercado interno (vía desacople de precios internos y externos): se decide la gobernabilidad territorial y la recaudación fiscal. Y de allí que nada garantice, entre los vaivenes de una mayor o menor legitimación mediática o “social”, que los reclamos ruralistas no prosigan. En 2008 demostraron que, en tanto son los productores concretos, las fuerzas del mercado, pueden decidir cuándo el conflicto termina o empieza. En 2009 exhiben con sencillez qué es lo que es “el campo” dentro de la producción rural: el desarrollo descontrolado de la soja avanzando sobre cualquier otro tipo de actividad rural, fuera del imposible escenario de un subsidio que iguale la rentabilidad. Incluso, las patronales sumaron un pedido de mayor flexibilidad en las condiciones de empleo rural; reclamo macabro frente a todos los datos de pauperización laboral y sanitaria de los peones.

Las decisiones necesarias para disolver la paradojal posición del gobierno (volviendo fructífero al conflicto por medio de la transformación de su eje), su paso a una intervención productiva superadora del control regulador asistencial –sea por la fabricación de insumos, como se anunció en Brasil, por la ejecución directa de actividad agrícola para la seguridad alimentaria o por la participación como agente de peso en el comercio exterior– implicaría un nuevo cambio de fundamentos en las relaciones del Estado y el mercado. Mientras tanto, los ruralistas han reconocido que ya son capaces de modificar en su favor las relaciones que permitieron y ampararon su transfigurado renacimiento (en otro cuerpo, de muy otra forma respecto de aquellos que fueron los quebrantados de los 90). Es más: día a día la expresión de su posición es más desembozada, lo cual no deja de producir cierto rechazo y renuencia inéditos. La discusión presente no consiste (solamente) en la rentabilidad de un sector; consiste, cada vez con mayor claridad, en cómo su fuerza (por las vías que considere necesarias) avanza hacia una reestructuración legal que se ajuste ceñidamente a su posición social y económica de hecho: el patronazgo del pueblito.

Publicado en Pausa #33, 27 de marzo de 2009
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viernes 13 de marzo de 2009

Ley de radiodifusión: un debate por la propiedad de la palabra



En medio de los vertiginosos cambios en los modos de experimentar, sentir y pensar el mundo, los medios masivos juegan un rol decisivo; aquí, algunas claves para entender la inminente discusión por el negocio de la información.


Por Juan Pascual

La discusión de una ley sobre la circulación de información bajo las exigencias de los soportes tecnológicamente constituidos supera con mucho la guerra explícita entre los intereses y propietarios de las principales empresas oligopólicas de medios y el gobierno nacional, ya pasadas las caricias mutuas de los tiempos en que Néstor Kirchner firmó el decreto 527, por el que se extendieron 10 años los plazos de las licencias de radio y televisión. Es la discusión sobre las tecnologías digitales, las que con mayor aceleración se han desarrollado en los últimos 20 años, diseminándose y transformando prácticamente todo lo viviente en sus opiniones, saberes y prácticas: en su experiencia de la vida. La segunda revolución del dispositivo de medios de comunicación ha cambiado otra vez la forma en que existe la experiencia de nuestra vida: cómo vivimos la política, cómo miramos las acciones de nuestros hijos, cómo sentimos miedo, cómo deseamos.

Unos pocos puntos atractivos tenía la oferta del primer –y local– Cablevideo, cuando todavía estaba tendiendo su cableado y no había atravesado aún los “bulevares”, esa cuasi trascendental frontera territorial de la ciudad. Había He-Man para el niño, María Amuchástegui para una madre aún sin el mandato de lucir como su hija –la que, a su vez, aprende cómo ha de mostrarse en las páginas de las revistas farandulescas–, los canales de Rosario (que no eran más que las repetidoras de los de Buenos Aires) y poco más. Cerca de los '90 apareció el ESPN original, completamente en inglés. Aquellos que permanecían con Canal 13 y ATC (sólo activo después de las 19 horas) exigían prueba empírica (y, por ende, televisiva) de que era posible recibir una señal desde Estados Unidos. No existía el zapping, un concepto ya hundido en los meandros de la web.

Casi al mismo tiempo, bajo el descuartizamiento del Estado, se privatizaron los canales de aire 11 y 13. En ese entonces, en una entrega de los Martín Fierro, Mirtha Legrand exigió a Carlos Menem no vender la señal de “La aventura del hombre”; veremos qué pasa con la opinión de la señora este año. Clarín y Editorial Atlántida lideraron la corta caminata hacia las redes concentradas de medios.

Muy (pero muy) difícil es reconocer una existencia si no se encuentra dicha bajo la voz mediática. A la vez, esa existencia, cuando pasa por esa voz, nunca vuelve a ser la misma. (La propia memoria de los medios se encuentra bajo esta lógica, de allí la facilidad con la que pueden mantener su minúsculo discurso autocrítico y su mayúsculo gusto por hablar de sus propios contenidos). Con la venta de la empresa telefónica estatal y el desarrollo de los celulares, la TV digital, Internet y los soportes digitales de datos, los medios masivos de comunicación tomaron un tipo de forma nunca visto antes, absorbiendo para sí la égida de los lenguajes humanos posibles, subsumiendo estilos, formatos, voces, pluralidades y, al mismo tiempo, abriendo o cerrando la ventana de la visibilidad (entonces, la de la existencia, casi).

Las actuales condiciones de la contienda política prometen un debate al menos intenso. El gobierno nacional avanzó con el anuncio producido en la apertura de las sesiones legislativas y con la prometida presentación pública del anteproyecto, el miércoles 18, bajo el probable título de “ley de servicios de comunicación audiovisual”. La convocatoria a esta presentación comprende prácticamente a toda la dirigencia social y política argentina: Iglesia, sindicatos, embajadores extranjeros, Universidad, partidos políticos. También se convocó a las cámaras empresariales de los medios de comunicación. Los mismos que van a hacer visible la noticia.

Para conocer las posiciones de quienes en Santa Fe se dedican a pensar y actuar sobre estos problemas y, sobre todo, para acercanos más a una cuestión que parece árida, apelamos a tres especialistas y tres preguntas.

a) ¿Cuáles son los puntos más cuestionables y los vacíos más significativos de la normativa vigente?

b) ¿Cómo evalúa la actualidad del trabajador de prensa y de las empresas periodísticas en relación con los derechos a la información y a la libertad de expresión?

c) ¿Qué cambio de posición debería asumir el Estado respecto del sistema de medios?

DOMINGO RONDINA. Abogado Constitucionalista, miembro de la Fundación Derecho Social.

a) La falta de adecuación de la ley a la tecnología actual es quizás la grieta más grave que está trayendo más dificultades en su aplicación. Y la falta de atención al fenómeno de la concentración mediática y de capitales poderosísimos en las empresas de medios.

A partir de allí hay graves fallas en la reducción de los monopolios, la libre competencia, el acceso del público a la expresión y el derecho a una buena información.

Y los problemas se han ido multiplicando por la cantidad de parches (reformas) que se aplicaron a la ley, lo cual fue creando un caos normativo, sin una idea rectora.

Por mi parte, sueño con que Internet se convierta en el principal medio de comunicación, por su absoluta libertad, su capacidad de burlar censuras y fronteras, y por la igualdad que garantiza en la difusión y el acceso a la información.

b) Creo que la profesionalización y los grandes contratos económicos de los periodistas, así como la vocación multiemprendimiento de las empresas periodísticas, desnaturaliza el criterio prevalentemente informativo que debería orientar la actividad. Pero de nada sirve llorar contra el viento, esa es la realidad, y lo que debemos hacer es buscar mecanismos que aseguren la competencia, que es la solución de casi todos los males.

También se deben fomentar políticas de subsidio a los medios probadamente comunitarios, o de interés social, pero por breve tiempo de modo de no limitar su independencia bajo la excusa de ayudarlos. O convertir medios independientes en órganos de difusión del gobierno.

Es cierto: no todos tenemos la posibilidad de llegar a un micrófono, o de editar un periódico, pero debemos tener la posibilidad de hacerlo y de informarnos a través del medio que elijamos.

c) No soy partidario de las regulaciones de contenido, y menos aún de los controles ideológicos de cualquier tipo. Sí creo que se debe favorecer el desarrollo de medios temáticos y de interés sectorial. El Estado debe intervenir lo menos posible, pero sí debe asegurar la libre competencia entre los medios, evitar los monopolios, y asegurar el acceso de toda la población. Y fortalecer la educación del consumidor de medios que es quien, en definitiva, asegura la subsistencia de una u otra señal.

ALDO QUIROZ. Periodista de la radio comunitaria FM Chalet. Integrante del Foro Argentino de Radios Comunitarias.

a) La parte más cuestionable de esta ley es que refleja el pensamiento de lo que significaba la doctrina de la seguridad nacional. Hay disposiciones vaciadas de contenidos, se falta respeto a los valores democráticos y a la Constitución Nacional. También, la ley quedó obsoleta por los avances tecnológicos. Hoy las grandes empresas periodísticas pertenecen a los multimedios. Deben existir límites a las corporaciones en lo que son las explotaciones de radio-televisión asociadas a los medios gráficos. En nuestro país no existe libertad de prensa, sino libertad de empresa. Y esto es totalmente distinto.

Hay una propuesta, elaborada por la Coalición por una Radiodifusión Democrática, que está integrada por distintas organizaciones sociales, gremiales, culturales y ONGs. En ella se acordaron 21 puntos básicos como núcleo de una futura Ley de Radiodifusión (ver en www.coalicion.org.ar).

b) Se puede afirmar que hoy el trabajador de prensa es un trabajador con un salario mal remunerado y esto va en contra de la libertad de expresión y la calidad de la información. Además, las empresas periodísticas condicionan a los periodistas y les imponen los temas que tienen que tratar y aquellos que deben dejarse de lado.

Las corporaciones manejan agendas que responden a sus propios intereses económicos y, por lo tanto, la realidad que expresan es totalmente sesgada. La información es como una mercancía que se ofrece a la sociedad. Y es así aun cuando los multimedios tengan distintas empresas con distintos discursos, informaciones y también posturas.

c) La radiodifusión es una forma de ejercicio del derecho a la información y la cultura, no un simple negocio comercial. Es un servicio de carácter esencial para el desarrollo social, cultural y educativo de la población, a través del cual se ejerce el derecho a la información. La promoción de la diversidad y el pluralismo debe ser el objetivo primordial de la reglamentación de la radiodifusión.

El papel del Estado es fundamental para definir una comunicación democrática. La nueva ley tendrá que garantizar que toda la sociedad pueda acceder al derecho a investigar, buscar, recibir y difundir informaciones, opiniones e ideas, sin censura previa, en el marco del respeto al Estado de derecho democrático y los derechos humanos.

La publicidad oficial es uno de los elementos a definir: deberá ser administrada en forma democrática por el Estado a todos los medios. Las frecuencias radioeléctricas pertenecen a la comunidad, son patrimonio común de la humanidad y están sujetas por su naturaleza y principios a legislaciones nacionales y a tratados internacionales. Deberán adoptarse políticas efectivas para evitar la concentración de la propiedad de los medios de comunicación. La propiedad y control de los servicios de radiodifusión deben estar sujetos a normas antimonopólicas: los monopolios y oligopolios conspiran contra la democracia, al restringir la pluralidad y diversidad que asegura el pleno ejercicio del derecho a la cultura y a la información de los ciudadanos. Las repetidoras y cadenas deben ser una excepción a la regla, a fin de priorizar el pluralismo y la producción propia y local, salvo para las emisoras estatales de servicio público o la emisión de acontecimientos de carácter excepcional. También se deberá definir a los medios estatales como públicos y no gubernamentales.

Es necesario, además, garantizar la seguridad intelectual y estética de los trabajadores de la comunicación y de todos aquellos que participan en la producción de bienes culturales y mantener un registro público y abierto de licencias de efectivo control del Estado: la explotación de los servicios de radiodifusión es indelegable y debe ser prestada por el propio titular de la licencia.

ALEJANDRO RAMÍREZ. Profesor de Políticas de la Comunicación en la carrera de Comunicación Social de la UNER.

a) Hay dos grandes grupos de problemas: por un lado, los de tipo técnico-político y, por el otro, los sociales. Entre los primeros –partiendo del origen espurio de la actual Ley de Radiodifusión Nº 22.285, decretada por la dictadura y firmada incluso por Videla y Martínez de Hoz, que los sucesivos gobiernos democráticos avalaron con modificaciones parciales–, podemos mencionar que en todo el texto aparece la mención a la radiodifusión y no a la comunicación. La diferencia radica en la concepción de “servicio” (así se lo denomina en la ley), situando la actividad como una mera transmisión de información desde unos medios a su público. En cambio, cuando se habla de comunicación se rescatan las diferencias (culturales, étnicas, políticas, religiosas, etc.) para promover el entendimiento, la comprensión, el acercamiento, incluso entre pueblos y naciones. La actual ley habla de “servicio” de “interés público” (art. 4), lo cual permitió que este “servicio” se vendiera como una simple mercancía y que incluso las propias licencias, que oportunamente fueron adjudicadas, se vendieran entre particulares sin control del Estado. Debe quedar claro en la próxima ley que la comunicación es un derecho humano y social que no puede asimilarse a un simple producto que se compra y vende, ni mucho menos que esté sometido a las reglas de la publicidad (privada o pública). Otro punto técnico-político cuestionable es que está habilitada la concentración de hasta cuatro licencias para una “misma persona física o jurídica” (art. 43), por 15 años y con posibilidad de 10 años más de “prórroga”, con el solo requisito de la “solicitud de los licenciatarios” (art. 41).

Entre otros puntos cuestionables (de la actual ley, pero también de la que está gestando el PEN), quisiera remarcar uno, que tiene directas consecuencias sociales: la ausencia de la población en la discusión y debate sobre un aspecto que afecta directamente no sólo a la democratización (o no) de la comunicación, sino fundamentalmente al involucramiento de la gente en los nuevos medios de comunicación, al punto tal de pasar a ser emisores de sus propias cuestiones y problemáticas comunitarias.

Al sentirse tan lejana a estas discusiones, la gente no sabe que está perdiendo la oportunidad de reclamar un espacio (una frecuencia para TV o radio comunitaria, por ejemplo) que le corresponde por derecho. De allí que se entienda el limitadísimo espacio que le brindan a esta cuestión los grandes medios nacionales, ya que no les conviene que la gente tome conciencia de sus derechos.

b) Salvo honrosas excepciones, tanto a nivel nacional como local creo que el trabajador de prensa hoy ocupa una de dos opciones: o es un instrumento generador de información que rellena espacios en los medios, o es un instrumento del poder político de turno, con el que –a cambio de publicidad oficial, canje por trabajo en una dependencia, etc– establece una relación de dependencia que lo transforma en un vocero del poder, con piel de “periodista”.

En un contexto donde los medios de comunicación se han concentrado –incluso los canales de aire de TV del interior, como Santa Fe y Córdoba– en manos de Clarín y Telefónica, los conceptos de “derecho a la información” y “libertad de expresión”, se han visto reducidos a mero “derecho a ver y escuchar la programación de ambos emisores” y “libertad para expresar el interés de estas empresas”.

c) Cualquier canal de televisión o estación del radio del mundo, para poder transmitir, requiere de un permiso de su Estado, que –a través de diferentes sistemas– le adjudicará el derecho a emitir. El Estado es fundamental e irreemplazable cuando se habla de comunicación: es el que administra las frecuencias. Hablar de Estado supone, a su vez, separarlo administrativa y políticamente del gobierno de turno, de modo tal de asegurar su independencia para respetar un principio democrático. Esto se logra creando –por ejemplo– un Consejo de Comunicación Social integrado por especialistas, representantes de la cultura, la educación, los trabajadores de la comunicación, las Universidades y los actores de los medios de comunicación comerciales y comunitarios, con consulta abierta a toda la comunidad. Expresada someramente, así habría una marcada presencia estatal pero sin control del gobierno, donde se contemplaría la participación de distintos sectores de la sociedad, respetando el sistema federal y garantizando la pluralidad.

Publicado en Pausa #32, 13 de marzo de 2008.
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viernes 12 de diciembre de 2008

Guía práctica para ir a la juguetería

Por Virginia Torres (*)

El mejor regalo que podemos darles a los niños es jugar con ellos, ayudarlos a que exploren y conozcan las pequeñas cosas del mundo, a que se sorprendan e imaginen nuevas formas de jugar, así como de divertirse con sus amiguitos.

El juguete es fundamental, pero nos hemos olvidado de la acción que nos permite: el jugar. Eso es lo más significativo de la infancia, lo que los niños hacen, lo que sienten con el juguete; no el objeto por sí mismo. Los adultos deben “recordarles” a sus hijos la seria ocupación de jugar permitiéndoles disfrutar de sus juguetes, así como les enseñamos a hacer las cosas de la escuela o a alimentarse. Esto es: propiciar el placer de jugar, logrando que se sorprendan y se diviertan pensando nuevas formas de hacerlo. Para ello, debemos como adultos darnos tiempo para disfrutar con nuestros hijos. Podemos permitirnos jugar, es sólo una cuestión de darse permiso de adulto para volver a disfrutar de ese placer. Y podemos empezar esta navidad, buscando en la juguetería un juguete que nos guste a nosotros como adultos, y niños que fuimos. Algo que disfrutemos ahora o en la infancia. Quizá a su niño no le interese ese juguete o juego en sí mismo, pero disfrutará de verlo a usted con la misma actitud de juego que la de él, y seguramente en otra ocasión le volverá a pedir “vamos a jugar de nuevo a...”.

GUÍA PARA IR A LA JUGUETERÍA. Esta cuestión no sólo debe preocuparnos en estas fechas; también podemos empezar a reflexionar sobre lo que ofrecemos a nuestros niños con cada juego o juguete. Veamos algunos aspectos clave:

1. No se deje llevar por los vendedores, usted conoce mejor a su niño. Pregúntese: ¿con qué lo he visto jugar muy entretenido? ¿A qué juega cuando viene a mi casa?¿Qué objetos de mi casa le llaman la atención? ¿Está mucho tiempo jugando sentado solo o le gusta jugar con sus amiguitos? ¿Dónde y con quién juega? ¿Cuál es el juguete preferido y que le han regalado últimamente? ¿Qué cosas está aprendiendo (agarrar, golpear, contar, escribir, nadar)? De esta forma se irá haciendo una idea de sus intereses, sus habilidades, aquellas cosas que todavía no ha explorado y sería bueno fomentar o aquellas cosas con las que se divierte mucho. Si no responde a estas preguntas, pregunte a los familiares más cercanos.

2. No se fíe de las clasificaciones impresas en los juguetes, como “de 0 a 3 años”: muchas veces no concuerdan con su niño, puesto que el desarrollo es personal e individual. Un juguete “para fomentar su desarrollo y que aprenda” puede no motivar a su niño, porque no tiene que ver con su carácter, sus intereses y experiencias de juego.

3. Hágase estas preguntas mientras mira las estanterías: ¿hay espacio en su casa para jugar con esto?, ¿qué puede el niño con esto?, ¿cuántas veces puede repetir el juego sin cansarse?, ¿para qué sirve el juguete: para que el niño se mueva, para que se concentre y piense?, ¿permite imaginar otros juegos o da sólo una posibilidad?, ¿con esto se podrá divertir con sus amiguitos y/o hermanitos?, ¿es adecuado a su edad?, ¿es seguro?, ¿es un material que podría romperse?, ¿fomenta la violencia?, ¿es muy ruidoso?, ¿tiene otros juguetes que cumplan la misma función?, ¿tiene juguetes que se complementen con este?

Luego de pensar en todo esto y de haber recorrido la juguetería seguramente encontrará algo para su niño. El juguete no debe “Hacer muchas cosas” o “Llamar mucho la atención”, debe propiciar que el niño haga muchas cosas, que explore y descubra con él a través de su juego El niño debe ser activo y protagonista, no el juguete.

Muchas veces, un simple camión de madera o de plástico fuerte da más posibilidades que uno automático, con luces, a control remoto: con el primero el niño puede disfrutar de llenarlo con otros juguetes, trasladar muñecos, empujar, treparse arriba y andar por diversas superficies sin miedo de mojarlo; con el juguete eléctrico quedará atrapado sólo en el primer momento (o hasta que se termine la batería) observando lo que hace el camión. Sólo le permitirá apretar un botón, no se podrá subir porque se puede romper, no podrá mojarlo porque se arruinaría el mecanismo eléctrico. “Es en este caso de contemplación sin juego donde lo infantil se consume en la soledad material de la cosa juguete” (Esteban Levín).

Puede no hallarse el juguete perfecto en el negocio: se abre otra posibilidad, que necesita de su tiempo y creatividad. Quizás ya sabemos con qué se divertiría mucho nuestro niño, pero eso no existe en la juguetería. Hay que animarse a armarlo: un juego o juguete personalizado; ningún otro niño va a recibir uno como ese.

Para armar un “Set de juego”podemos usar cosas que encontremos por separado en diferentes lugares. Por ejemplo: comprar un espejito de cartera, un lápiz labial y un necesser y, así, regalaremos a una niña su propio bolso de maquillaje “con cosas de verdad” y con los colores que sólo a ella le gustan. Otra posibilidad es salirnos del estereotipo (y muchas veces gastar menos dinero). Por ejemplo: comprar un envase de plástico grande con tapa y colocar envases más pequeños de diversas formas y colores, cajitas forradas de diferentes tamaños, y así...

¿COMO REFRENAR LA ACUMULACIÓN SIN SENTIDO? Muchas veces encontramos los cuartos llenos de juguetes y los chicos dicen estar aburridos, que “no tienen nada para jugar.” Los grandes se sienten bien por regalar en las fiestas, pero no tienen tiempo para jugar con los chicos. Esta es una consecuencia de la euforia por el consumo permanente y el objeto-producto. La atracción de “lo novedoso” anula el disfrute de recrear diferentes situaciones con el mismo juguete. Entonces, ¿cómo podemos refrenar la acumulación sin sentido?

1. ¡No es imposible! Los papás deben encontrar la forma de propiciar un juego saludable de sus hijos. Esto no significa negar los juguetes que “están de moda”; es cuestión de refrenar la acumulación haciendo pensar a los niños: ¿cuántos autos o muñecas tenés?, ¿podes jugar con todos a la vez?, ¿cuántos necesitas para jugar a...?, ¿si vienen tus amiguitos y traen los suyos, cuántos tienen en total? Ellos mismos se darán cuenta de las cosas que tienen sin sentido. Somos los adultos los que podemos (y debemos) equilibrar el consumo y la influencia de lo que nos vende la tele para navidad, primeramente a través del ejemplo: aquella mamá que se compra ropa todos los meses difícilmente logrará que su hijo no quiera cambiar de juguetes todos los meses también.

2. Otra cosa que podemos hacer los adultos, para contrarrestar la acumulación desmedida y propiciar que el juguete sea algo significativo, es pensar la navidad como una oportunidad de regalar complementos o agregados a juguetes ya existentes. De esta manera, haremos que el juego del niño se enriquezca, en vez de caer en la búsqueda reiterada de nuevos juguetes.

3. Y, si es posible, podemos invitarlos a que en esta navidad regalen los juguetes que dejaron: no todos pueden comprar juguetes nuevos.

(*) Estudiante de Terapia Ocupacional, UNL

Publicado en Pausa #31, 12 de diciembre de 2008.
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viernes 21 de noviembre de 2008

El vestido imperial

La potencia superior de una nación que, a veces, pocas pero decisivas, percibe su complejidad y su diversidad para poder reinventarse. Cabalgando una memorable crisis económica, los estadounidenses pasaron de un blanco texano republicano y levemente bestial a un negro hawaiano demócrata y de habla fluida, el futuro Imperator Barack Hussein Obama.

Por Juan Pascual

Enero de 1999. Clinton presidente, las torres gemelas en pie.

En Florida existen unos parajes muy extensos, llamados Disneylandia. Esos paisajes son gloriosos, más allá del idiota Mickey, de Donald, el marine, y del querible y fronterizo Tribilín; las montañas rusas, los cines en 3D y los espectáculos de fuegos artificiales producen una euforia difícil de igualar en quien visita los gigantescos predios, dentro de los cuales hay hoteles, comedores, negocios de recuerdos, todo lo necesario para el turista. Ahora bien: en perspectiva, lo que para nuestras tierras es un fasto infantil irreproducible, en el norte es algo así como un camping más o menos bien organizado de un gremio cegetista.

En las entradas hay unos pequeños carritos motorizados que los visitantes pueden alquilar. Generalmente son usados por obesos, que suben a toda su familia y se desplazan por los senderos. De hecho, esos obesos –en su mayoría rubios, chillones, agresivos– parecían ser la población objetivo de esos autitos. En realidad, constituían el punto principal del mercado de los parques: los puestitos de comidas, donde el recargado del vaso de coca era gratuito, se sucedían en pocos metros; los precios de todo eran realmente populares; los valores promovidos, explícitamente patrioteristas; la diversión, controlada y pasiva, pero electrizante.

Delante de un puestito, un nene de no más de 5 años, parte de una extendida familia de obesos orgullosa de ser texana, de acuerdo a sus remeras, gritó una vez:

–¡Banana!

Ante la falta de respuesta recurrió a repetir el alarido:

–¡Banana, banana, banana! –exclamó. Y cada vez más agudo y con más volumen–: ¡Ba-na-na! ¡Ba-na-na! ¡¡¡Ba-na-na!!!

Su familia terminaba el almuerzo. Era el mediodía; el sol picaba. La madre acudió a satisfacer la demanda y compró una enorme banana, que el vendedor bañó en un chocolate tibio que se secó con un rociado de maní molido.

En ese momento tuve una sensación. Sentí que los estadounidenses iban a estar en un muy ajustado brete el día en que tuviesen que afrontar las consecuencias reales de una crisis de las serias.

RESIGNAR LA FELICIDAD POR UN POCO DE SATISFACCIÓN. A muy grandes rasgos, la posmodernidad fue definida por Alexander Kojève, uno de los tantos filósofos que pensaron ese concepto, a partir de una pequeña variación: si la modernidad se cifra en la búsqueda de la felicidad, aún al precio de la vida en una lucha con el otro en pos de obtener su reconocimiento, la posmodernidad es la renuncia a esa lucha y el trueque del deseo de felicidad por la inmovilidad de la simple satisfacción.

Esta fórmula vio la luz cuando todavía el Estado de Bienestar existía; Estados Unidos, al parecer del pensador, constituía el paradigma de lo posmoderno. Así, la obesidad norteamericana no indica tanto una cuestión sanitaria o estética: es la marca de cómo la estabilidad imperial se traspasó a los cuerpos del norteamericano medio.

No se construye de la nada el país más gordo del mundo. El estado más “delgado” casi llega al 20% de obesidad; en Mississippi una de cada tres personas padece el problema. Para llegar a ese punto es necesario el culto al menú de Mc Donalds –la alimentación barata y pesada, donde hasta la ensalada tiene azúcar–, a la televisión como vía de socialización en general, al “one person, one car”, a las dos horas de viaje entre la oficina computarizada y la abúlica casa de suburbio, a todo aquello que implique consumo, sedentarismo, goce de la quietud. O sea: es necesaria toda una regulación general, una economía, de la forma de vida de los cuerpos de la población. El cuadro cierra con un dato más: a mayor pobreza, mayores problemas de sobrepeso. Se sabe, la capacidad de elegir el menú y la compulsión mediatizada a la delgadez están reservadas a los pudientes.

Cuando sonaron los crujidos de un país de deudas tóxicas a todo o nada, cuando la crisis finalmente llegó a la hoguera por cable, recordé inmediatamente la escena de Disney. Pensé en la (inaccesible) mirada del nene hoy, con sus probables 14 o 15 años, en Texas. Pensé en las diferentes formas de relatar ese hecho (ver Pausa #20 o “Tres miradas sobre la crisis” en pausaopinion.blogspot.com). Pensé en cómo esos relatos se entremezclan con otros. Y pensé en ese relato bajo la extraña forma de rumor que es Internet. Se dice que en un momento se vieron deudores hipotecarios quemando sus casas, que hay lugares atestados de carpas iglú y middle americans viviendo dentro de ellas y hocicando para entrar a dormir. Que General Motors y Ford están acogotadas, lo mismo que General Electric. Que la sinuosa curva del índice Dow Jones Industrial entre 1925 y mediados de 1930, punto de gesta de la Gran Depresión, muestra una asombrosa similitud con la trazada entre 2003 y julio de 2008. Y que todavía no se llegó al punto más bajo en la comparación: julio de 1932.

IMPERATOR HUSSEIN. Ese es uno de los intríngulis que recibe el nuevo presidente norteamericano, ungido por un sistema electoral donde el ganador puede haber recibido menos votos que el perdedor. Décadas de política financiera de Estado dedicadas a abrir el lugar y las regulaciones para el flexible mercado de finanzas devinieron en esta bola tóxica, amasada entre 2005 y 2007, de créditos y papeles sobre papeles. En estricto rigor, las finanzas se volvieron ampliamente más ineficaces, corruptas, torpes, imprevisoras, omnímodas, enormes y deliradas que antes. Y se plantea en el futuro no sólo la cuestión hipotecaria: restan las deudas de las tarjetas de crédito y el desempleo producido por la recesión en ciernes, resultado de la feroz caída de la demanda.

A la normativa de producción y distribución hogareña se suma la defensa de la casa. Economía y espada. Allí, las guerras abiertas, con sus más de 200 centros de detención (más o menos clandestinos, según el caso) alrededor de todo el mundo. Los más conocidos: Abu Grahib, en Irak, y Guantánamo, en Cuba, con las fotos digitales de internos torturados rodeados de sonrientes soldados.

Obama ganó claramente en los estados donde hay grandes megalópolis –por ejemplo, Nueva York, California, Illinois, con Chicago, donde se festejó el triunfo– cuyas cuotas de diversidad, en todos los órdenes, ilusionan tanto como asombran. Obama ganó en la ciudad, en todo lo que ella representó como proyecto, en todo lo que ella implica hoy como crisis. Ganó en un archipiélago urbano.

Y allí donde estuvieron los votantes que en 2004 recompensaron las guerras de Afganistán e Irak, el cierre feroz a la inmigración, la prédica del club del rifle y el rechazo explícito del matrimonio homosexual, base discursiva de la campaña de Bush, Obama perdió. El mapa electoral de quienes no lo votaron es muy significativo. Es la notable mayor parte del territorio. Incluye, en su totalidad práctica, los lugares de residencia de esas clases medias y medias bajas cuya gastronomía y dieta guardan una cifra oculta acerca de su modo de fagocitarse al mundo. Lugares en los que, en su mayoría, se promueve una educación pública estatal que todavía sigue rechazando la teoría de Darwin: el evolucionismo. Allí están la tierra del Katrina, Louisiana, el Mississipi, Texas: lugares que fueron el núcleo electoral del republicano Mc Cain y que vienen votando a Bush desde el 2000… Parece que allí viven los que nunca dudan.

Simbólicamente, la famosa “esperanza en el cambio” encarnada en los votantes de Barack Hussein Obama de por sí tiene como epicentro otro cuerpo, el del Imperator nuevo. Es el cuerpo del mismísimo Obama el que sirve de soporte de la imagen construida por el marketing electoral, mucho más allá que sus acciones previas como senador (entre las que hay varias en la línea del, por él favorecido, “Acta del Muro Seguro”, eufemismo barato para denominar la estúpida idea de construir un muro de separación en el límite con México). De un saque, con un movimiento bascular fenomenal, Estados Unidos pasó de un texano bruto, homofóbico, delirante místico, muy blanco, defensor a ultranza del guerrero estado de excepción, descendiente de una familia de la política, republicano, a un hawaiano de verba atildada, egresado de la escuela de leyes de Harvard, defensor de los derechos civiles, con nombre musulmán, hijo de padres divorciados de los 60 con presencia de inmigración keniata, negro, demócrata.

Es que la potencia imperial misma está en esa capacidad productiva e innovadora. Aun frente a un panorama de declinación general de su destino manifiesto, Estados Unidos tiene un producto bruto nacional equivalente a las cuatro potencias que vienen detrás (Japón, Alemania, Inglaterra y la ascendente China). De hecho, el tamaño económico de California equivale al de Francia, el de Texas al de Canadá, el de Florida a Corea del Sur, el de Nueva York a Brasil, el de Nueva Jersey a todo Rusia, el de Louisiana a Indonesia. Argentina equivale Michigan.

Con todo, Estados Unidos sigue siendo la nación decisiva. Con todo, lo decisivo todavía sigue pasando por una nación.

Obama, entonces, tiene por delante el problema de una nueva forma Estado –ese es el campo abierto de su posibilidad y aquello que como promesa entraña su cuerpo como gesto. Forma de Estado para una otra forma de gobierno del capital globalizado, cuyo imperio seguirá vigente –tal es el límite intrínseco de Obama; tales son los rigores reservados para quienes poseen la dignidad y los vestidos del Imperator.

Publicado en Pausa #28, 21 de noviembre de 2008.
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sábado 15 de noviembre de 2008

Seguridad y distribución del ingreso

Por Miguel Antonio Rodríguez

Por estos tiempos es un lugar casi común que los medios refieran al tema de la “inseguridad” como eufemismo de la violencia (en la forma de delito) con más o menos honestidad, con más o menos fortuna, pero casi normalmente –dadas sus necesidades, ya que el tiempo periodístico es un déspota prácticamente inhumano – con escasa capacidad de análisis.

Tanto las crónicas periodísticas como las declaraciones de funcionarios, y hasta las manifestaciones de especialistas, son prácticamente calcadas y presentan una deficiencia algo grave: no arriban a criterios que puedan producir solución alguna, con paupérrimas afirmaciones como “es un problema complejo” o “profundo” –dicha sin exponer en qué consiste esa complejidad o profundidad–. Se nos deja exactamente en el mismo lugar del que partimos pero con el sabor desagradable de estar ante un fenómeno inexplicable.

Lo mismo sucede con las (innumerables) marchas de una sociedad que se ha tornado en mendicante de un Estado que pareciera serle indiferente en razón de una maldad que tontamente es presentada como ontológica.

Debemos advertir que, desde el inicio, no tomamos “delito” o “seguridad” con el contenido que hoy le da la opinión pública. Esto es: “algunos” delitos que tienen como víctimas a “algunas” personas. A partir de esta concepción, no causa sensación de inseguridad el terrible maltrato al que son sometidos los menores (pobres), violencia que lleva a que en el Hospital Alassia se atiendan un promedio de 13 chicos severamente golpeados por semana. Casi dos por día. O lo peligrosísimo que es ser hoy un niño Toba, prácticamente destinado a morir como mosca por la infamia de la desnutrición.

Primero habría que indicar que el delito que causa la sensación de inseguridad es aquel que se perpetra contra la propiedad, que a su vez es causa de otros. Tanto desde el punto de vista del origen del delincuente como de su objetivo, entonces, estamos frente a un fenómeno económico, cuestión que es férreamente negada o directamente ignorada.

El objetivo primario del ladrón no es el homicidio o la violación. El delincuente, que está y que amenaza, el ladrón, busca dinero, de una u otra forma. Si quitamos esta pretensión, desaparece el delito que lleva a la concepción pública de inseguridad. Se podrá objetar que de hecho los ladrones también dañan, violan o matan, pero deberá aceptarse que no es eso lo que primero buscan, lo que pone al delincuente en marcha.

Cuando, como también ocurre en Santa Fe, un ladrón ingresa al domicilio de una señora y termina asesinándola, no es el homicidio la causa por la cual se entra en la casa; ya adentro –por una u otra razón– se desata la tragedia.

EL DELITO ES UNA REDISTRIBUCIÓN DEL INGRESO. Entendido el móvil real de quien roba, es claro que el delito es una forma de redistribuir el ingreso, la peor. Donde no llega el trabajo con remuneración digna o el rostro vergonzante de la asistencia social, fatalmente llegará el delito con su inevitable secuela de dolor.

No podemos dejar de observar que si por un lado hay una presión sin piedad para un consumo casi sin límite, a través de los medios masivos de comunicación, por el otro se le niega a una gran parte de la población la posibilidad misma de adquirir legalmente esas casi infinitas cosas: habiendo o no trabajo, lo que se gana es insuficiente para no ser un fracaso económico según el estándar mediático. Los actores de la inseguridad están así ya en el escenario.

En este marco, las soluciones que se proponen, como las que se piden, son meros parches que sólo pueden demorar un delito que, ya vimos, está en el aire como la flecha salida del arco. Son manotazos a la desesperada, de los que nadie puede seriamente creer que tengan la propiedad de solucionar este problema, en tanto que no apuntan a la causa que lo produce.

Si no se termina con la cuestión de fondo, la económica: ¿cuántos policías puede tener una comunidad, cuántos presos? Los que hoy demencialmente sostienen que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra tal vez no hayan reparado en que todas cárceles del país están colapsadas. Es más, hemos recibido una advertencia de las Naciones Unidas por el hacinamiento. Hasta hay presos superpoblando las comisarías.

¿Los jueces y la justicia? No se ignora la venalidad que existe en la Justicia, cuestión que puede ser extendida a casi toda institución argentina. Ahora bien, ¿realmente se piensa que un grupo nuevo de jueces impolutos solucionará la delincuencia?

¿Son las leyes? Pensemos con un ejemplo: como solución, se pretende bajar la edad de la imputabilidad penal. ¿Cuál es el límite? De seguir así, tendremos cárceles guarderías para chicos de 11 o 12 años y “delincuentes” de 10, 9 y menos. Recuérdese la sanción en serie de el paquete de leyes Blumberg: con ellas la situación es casi exactamente igual que antes.

También hay iniciativas supuestamente ingeniosas, como el canje de armas. Promovido desde el Estado nacional, de cierta forma deviene en la mera renovación del parque de armas, pero con financiación del estado. Los delitos con armas no han disminuido.

LA SOLUCIÓN TAMBIÉN ES ECONÓMICA. Es también de destacar que todos los opinantes, tarde o temprano, hacen referencia a la situación socioeconómica como la verdadera solución de la delincuencia productora de la inseguridad. Esto es cierto.

Sin embargo, gobernantes y gobernados ubican un cambio de este tipo en el mediano y largo plazo, sin indicar siquiera un camino para cumplir con una reforma socioeconómica de inciertos lapsos, en una especie de utopía de la cual otros serán responsables y que, en definitiva, nada tiene que ver con el hoy, dado que hoy nada se hace –ni se pide–. Ni siquiera se siente culpa por el incumplimiento con ese futuro.

El delito como casi cualquier problema solo tiene solución por donde se produjo. Si se ubica la redistribución en el largo plazo, allí se esta colocando la solución del delito.

Por lo tanto no estamos ante un problema insoluble ni mucho menos, sólo que la forma en que la sociedad plantea todos los problemas “sociales” lo prolonga.

Lo que no se le dice a doña rosa es que debe demandar (o realizar) la redistribución de la riqueza en el corto plazo o continuará –hasta ese inasible plazo mediano o largo–siendo víctima de la delincuencia.

Finalmente, anticipando una objeción, digamos que lo económico no desterrará el delito en su totalidad. No llegará la delincuencia cero de la mano de la redistribución, porque la sociedad produce delincuentes también por otros motivos, pero estos (desde la pedofilia a las estafas, o de la corruptela del funcionariado a la trata de personas) son enormemente minoritarios y no componen la llamada sensación de inseguridad.

Publicado en Pausa #27, 14 de noviembre de 2008.
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viernes 7 de noviembre de 2008

Teología y AFJP

¿Qué hay detrás de la consigna “basta de política”? El autor sugiere dos respuestas: dictadura y menemismo.

Por Juan Pascual

Las pesadillas políticas que la fácil y mala ciencia ficción ingenia deben su poca verosimilitud a los ángulos rectos con que delinean sus fantasías: son muy cuadradas para ser arte. Torpemente, esas pesadillas plantean una causa única, opresiva e identificable, para una serie ilimitada de fenómenos desastrosos, que existen sólo como efectos.

Sin embargo, el modelo de ese infierno, el motivo de esa forma de narrar, es muy antiguo (acaso ancestral, milenario, fundante) y más eficaz que las amenazas de la ficción científica berreta. En este modelo, la causa estipulada como fuente de todo efecto, la causa única presente–más allá de (y gracias a) las variaciones– tiene un nombre corto y conocido. Es el Mal (con mayúscula). La construcción mítica del Mal es uno de los ejes de la argumentación política. Detrás del Mal, de la amenaza, está el cercano infierno, del cual hay que defenderse.

Desde los cielos sale la línea paralela a la del Mal: la que se halla en su reverso. Es la imaginación de un mundo carente de todo tipo de roce y fricción. Todos aquellos que estén allí son salvos, nada les faltará: serán completos como círculos. No se trata del Edén, ya que la culpa (si originaria, mejor) sigue siendo necesaria en esta gramática. Se trata de un mundo anterior al castigo a Babel, en el que todos somos una unidad y nadie discute, pues hablamos el mismo lenguaje. Un mundo del Bien.

Pero cuando se es soñado por este tipo programa político, sólo una opción es posible: la eliminación de los conflictos en pos del Bien. En breve: el conflicto (y toda acción que lo produzca) es el Mal; el Bien es la ausencia del conflicto (y toda acción que de éste nos defienda).
Bien y Mal se complementan, en tanto se crea que los conflictos vienen dados por un algo, un otro, una cosa externa y extraña (la subversión marxista leninista, el terrorismo islámico, los movimientos populares, el Mal), que viene a alterar lo que naturalmente es beato (el occidente cristiano, los defensores de la libertad, el mercado, el Bien). Esa clave política y teológica obtura una cuestión básica: los conflictos se producen por la lógica misma de las relaciones en la que los mismos conflictos se encuentran.

Son las características de origen (génesis), las redes y posiciones existentes (estructura) y la variación de los movimientos (dinámica) de las relaciones sociales las que construyen y son construidas por los conflictos, las contradicciones, las diferencias, las diversidades, las subversiones. Soñar un Mal y un Bien puros, a erradicar o a imponer en la sociedad, es continuar bebiendo sangre de los otros, que no son los nuestros, hasta volverlos cadáveres, si es necesario.
Sin embargo, lo político también se relaciona con los momentos en que sí se percibe que el conflicto es inmanente a la sociedad. No sólo eso: que el conflicto es productivo para la sociedad. Que del conflicto viene la innovación, la posibilidad: lo impensado. Y que desde el conflicto puede surgir un ejercicio de la justicia que no demande tanto exterminio.

En la última contienda de local que tuvo a Alfio Basile como DT de la Selección, el director de cámaras de la transmisión desde el circo de River supo detenerse varias veces, de ostensible y explícito modo, en una bandera colgada de la platea. Con visible letra negra rezaba: “Basta de política”. Era el símbolo de la Argentina el que repudiaba a la política, en el centro del espectáculo cultural más multitudinario, festivo, nacional y comunitario del país: el de los gladiadores. La eficacia simbólica del gesto radica en la forma teológica de ese Bien y ese Mal allí presentes.

Hay que defender al país de la política.

Nuestra historia reciente reconoce dos versiones en las que este repudio cobró efectividad. La primera entendió que el Mal se adhería a los cuerpos. Entonces, seleccionó 30.000 humanos, incluyendo nonatos, los enlistó, los secuestró, los mantuvo cautivos, los torturó y luego los desapareció, siempre en defensa del Bien: una sociedad segura (estos es: más que sin organizaciones armadas, sin política de base) y una democracia de libertad mesurada y sin excesos (traducido: de gobierno determinado por la caótica dirigencia de los sistemas corporativos de defensa del capital). Y la segunda versión entendió que lo que hay que licuar son las relaciones sociales desde las cuales surgen los conflictos. Que hace falta mucho más que matar. Que la respuesta requiere una activa política del Estado en pos de que el mercado pueda actuar en su plenitud sirviéndose libremente de la potencia de lo público y lo privado.

Y esa es la diferencia crucial de la economía de la dictadura y del menemismo. Para el gobierno militar el achicamiento estructural de la fuerza pública –vender YPF– era un límite. Límite que, justamente, hace visible todo lo que entrañó la reforma del Estado –privatizaciones–, el fin de la promoción industrial y la apertura externa a las importaciones –destrucción de la vetusta industria local–, la pérdida de la soberanía monetaria –conocida como convertibilidad– y la transformación del sistema previsional –las AFJP, regulación inseparable del déficit y el aumento exponencial de la deuda externa.

La construcción de ese Estado para el mercado se hizo en nombre de la modernización y de la defensa de la libertad. El Bien fue el ajuste final de lo que era ser un ciudadano postdictadura a lo que es, en los 90 y hoy, ser un consumidor (des)empleado. Y el Mal fue lo que detenía la libertad de lo económico. Como todo fue una fiesta de crédito, viajes al exterior y licuadoras, no faltó el promotor audiovisual que se regocijase curtiendo a los docentes, jubilados, empleados del Estado o, luego, piqueteros que indicaban, sin error alguno, la ineluctable proximidad del 2001.

En el “basta de política” hay que reconocer la voz de esa política constituida. Es decir, el odio al conflicto, en tanto odio al otro. No es el “que se vayan todos”: la consigna, rodeada de asambleas populares y barriales, ONGs, fábricas recuperadas y organización de la gestión piquetera, apuntaba a los problemas de la representación y de la participación directa. “Basta de política” apunta más lejos: es la (teológica) forma política de asfixiar la política. Eso significa dos cosas: dictadura o menemismo. Más bien, una sola: dictadura y menemismo. Hoy, eso es seguridad policial “dura” y jurisprudencia “firme” a medida de las leyes del mercado.

También eso que ahí se llama “la política” está discutiendo la recuperación de las cajas previsionales. Se trata del fin de una aberración reconocida casi por todo el arco partidario. Las AFJP no cumplieron ninguno de sus legítimos objetivos financieros: jamás aliviaron de su carga al Estado, nunca abrieron un mercado para capitales productivos, no les interesó –no necesitaron de– la inscripción de los trabajadores en negro. Ni ofrecieron mejores jubilaciones, ni podrían haberlas ofrecido jamás. Sí fueron efectivas en el cobro de las comisiones, usurarias por lo demás.

Nótese la dimensión. Las rutas estuvieron cortadas más de 100 días en una puja por la distribución de no más de 2 mil millones de pesos. Hoy, en la cartera de las AFJP están los bancos Macro, Patagonia y Galicia, grandes proveedoras de luz y gas, Molinos, Metrovías, Telecom, el grupo Clarín, por ejemplo. Las AFJP, funcionando como ordenado oligopolio, son el principal accionista de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires: una gota en la tempestad internacional, que en el pago chico moja y mucho. El Estado nacional puede comenzar a recibir un flujo anual de poco más de 14 mil millones, más un total aportado que supera los 80 mil millones de pesos. Eso significa también que puede liberar ingresos de la masa de impuestos comunes que hoy utiliza para pagar las jubilaciones, y darles otro uso (o coparticiparlos).

Hace 15 años que “la política” no tiene una oportunidad como ésta para reconstruir lo público. Eso comprende al oficialismo, la oposición y los diferentes movimientos sociales. Y eso demanda, primero, que el gobierno abra el proyecto a la discusión, evitando genuinamente cualquier defecto técnico en la forma del debate o de la letra. Luego, requiere afinar la capacidad imaginativa para producir un instrumento legal que regule no sólo la intangibilidad de una gran caja de aportes, como garantía de mejores jubilaciones, sino la movilidad de un fondo que se valorice financiando la producción y la obra pública. Y, finalmente, obliga a dejar de lado las acusaciones que no comprenden que la oportunidad del retorno de las cajas al Estado supera la contingencia de cualquier gobierno. Porque por delante hay un conflicto que hoy en lo financiero transciende nuestras fronteras y que en lo demográfico y laboral presenta un problema inédito: la estructural y creciente falta de aportantes para el aumento de los beneficiarios.Ese conflicto no será productivo si se evita o se bastardea la discusión actual. Y lo que se opone a la productividad del conflicto es lo mismo que aviva su demonización: el juego del Bien y Mal, la política teológica.

Publicado en Pausa #26, 7 de noviembre de 2008.
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viernes 24 de octubre de 2008

Contar las muertes

¿Qué hay detrás de la noción de la (supuesta) “memoria completa”? El autor ensaya una respuesta en este artículo.

Por Luciano Alonso

Aunque quizás ya no exista como actor colectivo y se disuelva en una miríada de organizaciones que van desde la oposición acérrima hasta la asociación estrecha con el poder gubernamental, el movimiento argentino por los derechos humanos consiguió en tres décadas de desarrollo algunos reclamos compartidos. Al decir de Sebastián Pereyra, instaló en la sociedad una noción de justicia y dio a otros actores elementos para pensar sus propios reclamos y su relación con el Estado. Construyó también una memoria social sobre los crímenes del terrorismo de Estado, a pesar de la oposición de casi todos los gobiernos y medios de comunicación empresariales. Y logró que el Estado nacional reasumiera el problema la aplicación de justicia respecto de esos crímenes y que los tribunales recomenzaran a condenar a los culpables, luego de exculpaciones e indultos varios.

La política de promoción de los juicios a represores por el Estado nacional es el elemento más visible de esa tercera dimensión. No es que el gobierno de Néstor Kirchner haya producido una apertura inédita hacia los reclamos de los organismos; al menos desde la gobernación de Eduardo Duhalde en Buenos Aires éstos fueron revirtiendo su exclusión respecto del Estado. Sin embargo, hay que admitir un vuelco en la política de derechos humanos y la obtención de resultados concretos en las acciones legales.

Esos logros, traducidos en convocatorias judiciales, imputaciones, condenas y cárceles –aún con números reducidísimos y ventajas de las que no gozan los ladrones de gallinas–, produjeron el surgimiento revulsivo de una contra-memoria y de variados intentos por detener tales avances. Tras la inflexión de 2001-2002 se relanzaron las fuerzas de derecha en el plano cultural y mediático. Interpenetrando a casi todas las organizaciones políticas, crecieron con la campaña de Blumberg y con el llamado “conflicto del campo”. La noción de una supuesta “memoria completa” va en ese camino.

Mientras amplios sectores de la sociedad asumen discursos derechistas, otros se pliegan desempolvando la “teoría de los dos demonios”. Esta representación imaginaria de un pasado en el cual extremismos de signo político contrario y violencia equivalente se habrían abatido sobre la sociedad argentina se presenta ahora matizada, pero no por eso menos clara. En ese contexto, el ataque a los organismos de derechos humanos más controversiales y la rememoración de los crímenes de “la guerrilla” cumplen la función de deslegitimar los juicios a los genocidas.

Recurrentemente surgen la prensa personajes que ponen en cuestión los reclamos de justicia mediante la impugnación de la cifra de detenidos-desaparecidos que arrojó el terror de Estado. Asumiendo los 8.900 casos registrados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), imputan a distintas agrupaciones o a una nebulosa intelectualidad de izquierdas la supuesta mentira de los 30.000 desaparecidos.

La operación mediática es al menos de mala fe ya que esa cifra nunca pretendió ser un conteo claro de muertes. Es más: hasta que se establezca el destino de cada uno con una certeza mayor, ni siquiera pueden ser consideradas realmente muertes. No es que los detenidos-desaparecidos estén en Madrid o en Cuba, como todavía pueden aullar con total desparpajo y mala conciencia personajes como Cecilia Pando, sino que las Fuerzas Armadas y de Seguridad –el Estado– no respondieron aún sobre el destino dado a cada uno de ellos. Que la tortura, el asesinato y el ocultamiento de los cuerpos fueron los métodos represivos de la lucha antipopular es sabido; no en cambio qué es lo que ocurrió con cada secuestrado. Ese dato oculto configura un crimen permanente.

La cifra de desapariciones pone en juego el régimen de verdad sobre la dictadura construido trabajosamente por los organismos de derechos humanos. Falta decir con Elena Cruz que habrían sido “apenas” 200 ó 400 “terroristas” para cerrar el círculo y negar el carácter del aniquilamiento planificado. Los que impugnan la cifra de 30.000 no están interesados en la construcción de ninguna “verdad histórica” sino en la relativización del politicidio. “No fueron tantos” y “algo habrán hecho” son dos clásicos de la justificación de los crímenes de lesa humanidad.

Algunos detalles muestran una represión aún más sanguinaria y capilar que la constatada por la Conadep. Ateniendo su pesquisa al período iniciado en marzo de 1976 ese organismo recibió unas mil denuncias adicionales; hacia 1975 la violencia paraestatal ya se había cobrado la vida de más de 1.500 militantes de las izquierdas peronistas y marxistas, sin contar Ezeiza. La reciente desclasificación de documentos en Estados Unidos, disponibles en el Archivo de Seguridad Nacional de la Georgetown University, hace ahora que la cifra declarada por el movimiento de derechos humanos parezca razonable e incluso limitada: un agente de la DINA chilena informaba en julio de 1978 que el área de inteligencia del Ejército Argentino había computado para esa fecha 22.000 opositores eliminados.

El impacto en los sectores sociales más humildes es todavía un horror por descubrir. La identificación de pequeños pueblos donde la totalidad de los varones adolescentes y adultos pasaron por un campo de detención y los desaparecidos representan un porcentaje altísimo de la escasa población, nos pone frente a una dimensión inconmensurable del terror. Como lo apuntó Ludmila Da Silva Catela, la memoria es muchas veces un estigma, una marca al interior de una comunidad que no ha denunciado jamás los crímenes de los que fue objeto. Es fácil suponer, desde la relación privilegiada con las reparticiones policiales y judiciales que tienen las clases medias y altas, que se denuncian las violaciones, robos, asesinatos y secuestros. Otra cosa es estar en la posición de extrañamiento respecto de esos poderes que tienen las clases más humildes.

Sea cual fuera la cantidad, lo más relevante fue el intento exitoso de liquidar disidentes y cortar el ciclo de movilizaciones populares. Si toda muerte es una tragedia personal y familiar, ese cúmulo de muertes tiene un sentido trágico agigantado: un conjunto de agrupaciones –equivocadas o no–, miles de militantes, millones de individuos que trataron de ser clases sociales, enfrentados con fuerzas que no pudieron superar y aniquilados ora en sus cuerpos, ora en sus voluntades.

Pero además de contar los muertos, las operaciones comunicacionales de la derecha conservadora, liberal o peri-fascista también se preocupan en dar un contenido cualitativo a la “teoría de los dos demonios”. Así, en los últimos tiempos hemos asistido a descripciones pormenorizadas de los asesinatos de José Ignacio Rucci, Arturo Mor Roig o Julio Argentino del Valle Larraburu. Para los “intelectuales” derechistas, se trata ahora de contar las muertes. El terror de Estado se diluye con el uso intencional de estrategias discursivas que otorgan entidad a unos crímenes en tanto callan o disminuyen otros.

Es defendible que esas muertes y muchas otras fueron asesinatos, en ocasiones atroces. Y fueron también errores políticos mayúsculos, que enajenaron el apoyo popular y variadas alianzas a las “formaciones especiales”, que ya perdían el rumbo de la revolución y se dirigían hacia su inmolación. Pero, pregunta incómoda: ¿Se le dedica a los militantes, profesionales, trabajadores o vecinos eliminados por los agentes del terror estatal tanta letra escrita y tanto recordatorio audiovisual? Pongámonos cuantitativos: ¿Qué cantidad de información se vuelca en función de la cantidad de bajas? Como lo mostrara hace más de dos décadas Noam Chomsky, un cura asesinado en la Polonia comunista tenía más centimetraje de diario que centenares de religiosos masacrados por la derecha latinoamericana. Algo parecido se perfila ahora. Los pocos muertos por la violencia insurgente aparecen con nombre propio, ideales, actitudes valorables; los muchos muertos por la violencia estatal seguirían mayormente en el anonimato, de no ser por los recordatorios de compañeros y familiares.

Desde el más puro posicionamiento ciudadano (ni siquiera militante) exijo, reclamo un recuerdo detallado de lo que le ocurrió a cada uno de los detenidos-desaparecidos. Pido con firmeza de parte de testigos, funcionarios o comunicadores la misma cantidad de páginas que las dedicadas a Rucci para la vida, los sueños, las torturas y el trágico destino de cada uno de los 30.000. Por favor, cuenten en detalle en las páginas centrales de la prensa local los asesinatos de todos los militantes populares. Describan desde el suplicio de Floreal Avellaneda, mil veces dicho en una línea morbosa sin más datos sobre su vida, hasta el aniquilamiento del último de los detenidos de una localidad jujeña en la cual nadie denunció las desapariciones. Y después discutan las responsabilidades.

De seguro que este reclamo cae en saco roto. Primero porque los muertos de la derecha, de las agencias del poder, tienen más valor en el imaginario de los medios hegemónicos que los cuerpos de los pobres o de los izquierdistas. Segundo, porque dar información sobre los propios crímenes es lo que los ejecutores del terrorismo de Estado nunca hicieron.

Publicado en Pausa #24, 24 de octubre de 2008.
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viernes 17 de octubre de 2008

El quinto peronismo

Tres escenas para comprender la actualidad del Partido Justicialista. ¿A quiénes acosa el 17 de octubre de 1945, a quiénes dio vida el 1º de mayo de 1974? Vigencia y permanente mutación del menemismo: qué significa hoy lealtad.

Por Juan Pascual

Perón es el pueblo es la patria es la nación es el líder es el padre es el macho es el facho, el demagogo, el proxeneta corruptor, el tirano prófugo, el traidor a la patria, es Perón. Perón salvó al pueblo, al país lo hundió Perón. Perón dio casa, hospitales, vacaciones a los trabajadores con los lingotes de oro que vinieron de la guerra y que despilfarró Perón. De este lado te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo de este lado.

Sobre el 17 de octubre de 1945 se ordenó, durante 30 años, la cuestión política en la Argentina. En los dos polos de ese espacio se encuentra Perón: principio y fin estaban en cómo se lo definía. Perón se instituía a sí mismo como voz de la patria y del pueblo. Eso quería decir que no había término medio para la oposición o para los mismos peronistas. Y, en segundo lugar, que no había modo de circunscribir a Perón en una forma única: por definición patria y pueblo (esto es: la voz de Perón) albergan a Apold y a Cooke, a la Triple A y la Tendencia. La imbecilidad del rancio pasado criolloespañol –que jamás pudo darse un proyecto industrial y, por ende, un partido de masas– se encargó de cristalizar ese sentido: erotizó la voz del viejo a fuerza de reprimirla a bayoneta y bombazos, al tiempo que, obviamente, así se excluyó de la democracia electoral.

Te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo. Acaso como un residuo del pasado, un motivo de tediosas letanías de la nostalgia o el rencor, de furiosas catilinarias online o de algún tirito sindical, todavía hoy sigue repitiéndose esa controversia vetusta, cuando Perón mismo se encargó de zanjar la cosa.

Más allá de sus manifestaciones explícitas, la expulsión de Montoneros de la plaza hoy supera a la sepia imagen de 1945 y su lógica. Pueden durar los retazos de los viejos rituales, despedazados y huecos. Pueden montarse encuentros entre el líder y el pueblo, besos a los niños y arengas de barricada al son del bombo. Puede pervivir la repetición teatralizada del 17 de octubre, pero sólo bajo la difracción del lente de la plaza del 1º de mayo de 1974. Porque en esa plaza se terminó la voz que a todos reunía, porque en esa plaza esa voz, ese líder, tomó una decisión y un partido, así hoy eso sea denegado.

Tres escenas son imprescindibles para un cuadro de la actualidad del justicialismo en relación con sus relatos míticos, su posición en el sistema electoral y su modo de gestión. Esto es: su historia, su acción para y desde el Estado, su forma de conducir los hombres mediante diferentes dispositivos de poder específicos. La primera escena refiere a un estallido, la segunda a una diseminación, la tercera a un ordenamiento.

El estallido es esa expulsión, en la propia voz del líder, de la agrupación político militar más dinámica del movimiento peronista de la década del '70. Lo que estalla es el líder mismo y, con él, toda la constelación que giraba sobre su eje. Nunca más el peronismo va a admitir juntos a todos los hermanos, que en lo sucesivo se deglutirán por la herencia. No obstante, el punto es ver qué posibilidades abrió ese estallido: allí la escena de la diseminación, en la contienda de la cual saldría ungido Carlos Menem como presidente reelecto.

Quienes se hayan escandalizado con el “pankirchnerismo”, rótulo previo al conflicto por la renta agraria, no sólo deben recordar que la elección presidencial de 2003 fue la disputa interna del partido: la ya lejana contienda de 1995 tuvo como fórmulas principales a dos duplas de peronistas. Las astillas de la explosión de 1974 explican esas escenas.

Es posible rastrear la existencia de un peronismo de izquierda: para algunos es un orgullo, para otros una perversión y para otros más una contradicción. Empero, es imposible la concepción misma de un menemismo de izquierda o de un kirchnerismo militarista. Si la figura de Perón trascendía los peronismos particulares, la decisión de 1974 marcó cómo los peronismos, en lo sucesivo, irían más allá de sus líderes. Eso explica cómo el menemismo superó a Menem por medio de De la Rúa, su avatar blanquito y marketineramente “incorruptible”, y cómo la Renovación de Cafiero pedaleaba en el vacío: ya Perón había renovado la gramática del peronismo en la plaza del 1º de mayo.

Se puede distinguir una primera etapa del PJ entre 1945 y 1955, una segunda de la resistencia y una tercera que va del retorno al país a la retirada de la plaza. La cuarta se inicia con ese estallido y culmina en 1989. Porque fue Menem quien inauguró el quinto peronismo, el peronismo con un contenido específico, abierto por lo que ese 1º de mayo posibilitó: el que salta liviano por diferentes mojones de la historia propia –sea el león herbívoro de la pacificación y la unidad, sea (vaya paradoja) la juventud maravillosa del Tío y el General, o sea la alianza entre el trabajo y la burguesía nacional–, el que se juega en la palabra “modelo” y lo que ella signifique –en 1993, en 2008 o en 2011–, el que frente a la derrota siempre apela, como niño desvalido, al Padre –en 1999 o en la reciente conmemoración de los bombardeos del '55–.

Hubo una época gloriosa del programa de TV Polémica en el bar. En las emisiones de 2004 de esa aberración de los hermanos Sofovich, quienes gustamos del humor de Alfredo Casero encontramos la oportunidad de ver una obra que repetía su estética, claro que sin quererlo. Gerardo, Chiche Gelblung, González Oro y Rial, en suma, daban risa. Mientras tanto el quinto integrante, el más lúcido, maldito y retorcido de todos, daba en la tecla: “El peronismo es un conglomerado de barones provinciales” sentenció una madrugada Jorge Asís, el escritor, el funcionario menemista, el vice del puntano que conversa con aliens. Eso es el ordenamiento.

La tercera escena –que permite delinear la lógica de una serie central de tensiones, acuerdos y coacciones propias del sistema electoral y de los dispositivos de gobierno– tiene como teatro una sucesión de reuniones durante los últimos días de diciembre de 2001 y como actores a los entonces gobernadores del PJ. La debacle del Menem blanco, el nombre de la sucesión, y el control y represión del 19 y 20 fueron jugados allí. Y de allí emergieron Adolfo Rodríguez Saá, Ramón Puerta, Eduardo Duhalde. Allí se percibe la transformación del movimiento en partido (previa reducción de la columna vertebral sindical a apéndice del Poder Ejecutivo o mera fuerza de choque, sin el tercio histórico de representación obrera en las cámaras legislativas y con la carga de haber entregado sus representados al desempleo), la configuración del partido como conglomerado de diferentes líderes con diferentes doctrinas (en lugar de un solo líder, superior a cualquier forma doctrinaria) y del conglomerado de líderes en el único grupo (diverso) que sostiene en el tiempo un dispositivo de gobernabilidad en el territorio. Allí se comprende qué significa que la tasa de reelección de gobernadores (cuando ello es posible) ronde el 70%, y qué implica que la gestión de los jirones del Estado previo a los 90, con el sistema educativo y de salud, esté bajo la égida provincial. Allí se comprende qué conlleva, también tras la desaparición del Estado de Bienestar, una interna territorial y local por el manejo de una Unidad Básica y los planes sociales que ésta tramite.

La reinvención de la política clientelar por parte del quinto peronismo no es más que la forma de incluir una población económicamente excluida y un pueblo políticamente vaciado por la modalidad neoliberal de gobierno. Es una necesidad: el clientelismo más que ser propio al peronismo es inherente al neoliberalismo. Sólo con el dispositivo clientelar en la mano se puede gestionar el país neoliberal. Y por vía del peronismo se introdujo efectivamente el neoliberalismo bajo su forma democrática: lógica se hace la asistencia social de las manzaneras duhaldistas.

Las posibilidades abiertas por el quinto peronismo son infinitas: a cada nuevo líder, una nueva promesa, una nueva doctrina. A cada nueva gestión, una reinvención más del pasado. A cada crisis, el resguardo de la gobernabilidad en la figura de un peronista –recientemente Duhalde o Felipe Solá, hasta Pino Solanas o, con la crisis financiera, nuevamente los Kirchner–. Expandido sobre todo el arco de la posibilidad política electoral, manejando el dispositivo gubernamental, clientelar, territorial, dibujando diariamente su pasado, desde 1989 el peronismo se pliega sobre sí mismo, muta y crece.

Mientras tanto, a veces pareciera verse a los partidos y partidarios del no peronismo buscando a un pueblo que, en el mejor de los casos, se ve lejano, que en privado suele concebirse como obnubilado a base de chimi y choris o que, en la peor de las formas, se figura como una masa de negrobrutodrogadictopiqueteroladrón culpable de todo que ni debiera recibir una chapacartón. Con las coordenadas de un sistema electoral que ya caducó hace rato, perdieron de vista que el quinto peronismo también los penetró y transformó hasta el tuétano en sus estructuras y prácticas, (también) dividiéndolos, absorbiéndolos, convocándolos o, inclusive, sosteniéndolos. Y que (también), sin embargo, les dejó un hueco.

Pareciera, a veces, que lamentan como robado algo que nunca tuvieron. Algo así como un 17 de octubre.

Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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Y ya nada nunca volvió a ser igual

Una fecha que es también un quiebre en la historia argentina del siglo pasado. Una tesis acerca de lo privado y de lo colectivo, o de cómo la voluntad de las mayorías puede torcer cualquier destino. ¿Hay una “hora luminosa” en la vida de cada hombre?

Por Claudio Chiuchquievich

Dijo alguna vez Samuel Butler: “Si una verdad no es lo bastante sólida para soportar que se la desnaturalice y que se la maltrate, esa verdad no pertenece a una especie fuerte”.

Seguramente, la historia de nuestro país ha desnaturalizado y maltratado muchas de sus verdades, pero ninguna ha sido tan fuerte como los hechos que ante el almanaque hoy, 63 años después, nos vemos inclinados a recordar.

17 de octubre de 1945: punto de inflexión en la Historia Argentina. Momento que marca el preciso instante en que las masas, la multitud o, como dijo Scalabrini Ortiz, “el subsuelo profundo y sublevado de nuestra población”, hacen su ingreso en la política del país. Día en el que un pueblo decidido, sin saber las consecuencias que devendrían de su accionar, sale a las calles a pedir por la libertad de su líder o, simplemente, a manifestar su descontento porque éste ha sido puesto en prisión.

Nadie sabía qué iba a suceder. Ninguno de los que marcharon hacia Plaza de Mayo podía prever lo que luego pasaría; mucho menos las diversas interpretaciones con que ese hecho sería analizado. Tampoco nadie puede afirmar que la movilización popular haya sido planificada tan meticulosamente como los interesados y mezquinos constructores de mitos populares se esforzaron por intentarnos hacer tragar.

Es cierto que Evita movió cielo y tierra para liberar a Juan Domingo Perón, pero las cartas que en esos días se escribían Perón –desde la Isla Martín García– y Evita –desde alguna habitación semiclandestina de la Capital Federal– demuestran cabalmente que ninguno de los dos tenía otra aspiración por esas horas que la de reencontrarse y poder tenerse el uno al otro, para luego retirarse a algún poblado lejano de provincias y proyectar juntos un futuro común que, durante esos días, les resultaba imposible vislumbrar.

De esas pequeñas grandes ilusiones dan cuenta las líneas que por esos días Juan y Eva se hicieron llegar. A eso se veían circunscriptas las aspiraciones de la pareja que luego dominaría por 30 años la escena política nacional: a tener la posibilidad de proyectar una familia, construir un hogar y envejecer juntos en paz.

Y no es que no hubieran tenido elementos para pretender otro futuro; el por entonces coronel Perón habías sido el hombre que más poder había acumulado en los tres años previos a ese 17 de Octubre de 1945: concentraba en su persona los atributos de la Secretaría de Trabajo, del Ministerio de Guerra y de la Vicepresidencia de la Nación.

De sobra tenían argumentos para proyectar otros anhelos; sólo que, en esos días, todo lo que con tanta parsimonia y acabado esmero habían construido, parecía esfumarse para siempre, de un modo ineluctable y final.

Hasta que pasó lo que nunca antes... Y ya nada volvió a ser igual.

La potencia de la multitud en las calles demostró que las leyes sólo son una construcción humana que cristaliza determinadas relaciones de poder; y que el poder instituido tiembla y se resquebraja, se fisura y agrieta cuando una porción importante de un pueblo se decide a modificar las injusticias que esas relaciones jurídicas establecen.

“Las leyes existen porque los hombres callan más de lo que deben”, dice José Saramago en su libro Todos los nombres, y no falta a la verdad. Y mientras los “bienudos” y la “oligarquía” se atrincheraban en sus casas y palacios, los negados, los ninguneados, los explotados de siempre, hacían suyas las calles para desafiar a un poder que encerraba tras las rejas al único tipo que los había escuchado y actuado para modificar sus condiciones objetivas de trabajo: concretas conquistas que hicieron que los olvidados del tiempo se sintieran parte de esos logros.

De allí las movilizaciones: porque, por aquellos días, las conquistas se ganaban o dirimían en el espacio público. De allí una conciencia: la certeza de saberse protagonistas de un contexto que los excedía, pero también los contemplaba; en el poker del poder, ellos querían uno de los suyos sentado a la mesa. Para bien y para mal, de allí en más, en el banquete tendrían su porción.

Aprendieron una de las formas que adquiere la voluntad del poder: estar en la mesa del juego mayor en las ligas; y ellos en las tribunas y en las plazas, permitiéndose expresar con sus cuerpos la conciencia de su voluntad.

Y mientras el 16 de octubre Perón y Evita se encontraban casi condenados a anhelar un futuro compartido, retirado y familiar... Eva juntaba voluntades para liberar a su hombre; y ante el rechazo de la oligarquía representada en las cúpulas de las Fuerzas Armadas y eclesiástica, desahuciada y “envenenada” por tanto rechazo y desprecio, encontró en los obreros urbanos de la capital y el cordón del gran Buenos Aires, a los únicos capaces de poner el cuerpo por su hombre: Juan... y fueron ellos los que salieron a las calles, y llegaron a la Plaza, y se reconocieron innumerables, y pidieron por su hombre: Perón... y ya nunca nada en este país volvió a ser igual.

Dice Gastón Bachelard en su libro La intuición del instante: “Cada hombre tiene en su vida esa hora luminosa, la hora donde comprende de pronto su propio mensaje, la hora en la cual el conocimiento, al iluminar la pasión, revela a la vez las reglas y la monotonía del destino, el momento verdaderamente sintético en que, dando conciencia a lo irracional, se transforma sin embargo en el éxito del pensamiento. Allí está situada la diferencia del conocimiento, la fluxión newtoniana que nos permite apreciar cómo el espíritu surgió de la ignorancia, la inflexión del genio humano sobre la curva descrita por el progreso de la vida. El coraje intelectual consiste en conservar activo y viviente ese instante del conocimiento naciente, en convertirlo en la fuente inagotable de nuestra intuición, y en dibujar, con la historia subjetiva de nuestros errores y faltas, el modelo objetivo de una vida mejor y más clara”.

Por aquellos que lo lograron, por los que honran su memoria sin necesidad de perderse en la nostalgia y por los que luchan, como nosotros, por construir y protagonizar alguna nueva síntesis que incluya tamaño aprendizaje de sabiduría popular... Para que en este país, en el de hoy, ya nunca nada vuelva a ser igual.

Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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viernes 10 de octubre de 2008

Carta a los amigos

Por Mary Hechim

Quiero comentarlo con la gente que, como yo, está a un paso de los sesenta años y con quienes están a años luz de ello. Quizá, aunque esté lejos de mi ánimo, algunas de las cosas que estoy pensando en este momento parezcan quejas lastimosas que muevan a algunos a la conmiseración; pido disculpas por ello. Pero no quiero dejar de escribir, porque quiero conocer lo que ustedes opinan.

Envejecer no tiene nada de sublime. Ni siquiera se incrementa la sabiduría. Las pocas cosas que uno ha aprendido sólo por andar por ahí, por haber leído tantos libros, por haber conocido a tanta gente, ven disminuido el fulgor de su riqueza por los miserables achaques que la edad conlleva: la artritis en las rodillas, la tos de la mañana, la falta de gracia en los movimientos. No has podido adelgazar lo suficiente, no hacés toda la gimnasia o las caminatas que te harían más liviano, fumás como un alocado jovenzuelo que no puede prever que es muy posible que el pucho te mate.

¿Cuál es la ventaja de envejecer? Unos pocos años más y tus hijos, como dice Susana P., te invitarán al cine y de pronto te encontrarás conque la película es un hogar para ancianos en donde a nadie le interesa tu opinión. Ahora vivo sola, y aunque una de mis gatas se ha ido, ha quedado otra. Y ha quedado toda esa cantidad de cosas que me ha dado una educación universitaria: amigos cultos, la posibilidad de amar un libro, una película, una puesta de sol, un gato.

La mente, más lenta para entender indirectas, implicaturas, sobreentendidos y sutilezas, se ha vuelto muy torpe, a veces intolerante. Antes de encontrarte con un amigo lo pensás dos veces: ya sabés de qué se va a hablar. De lo de siempre. Esto es, por un lado, un poco tranquilizador, y, por otro, irritante. Depende del estado de ánimo. Entonces te decís: ¿por qué no me quedo a leer el libro de ese escritor yanqui que se suicidó hace poco, maldito sádico que escribe un cuento con descripciones varias de arañas venenosas, dios de la literatura cuyas palabras fluyen como cascadas interminables, iluminadas por un sol de perpetuo mediodía? ¿Por qué no me quedo a ver de nuevo esa película de Alain Resnais donde hay ese personaje que se desdobla con un candor tan horrible que, en la habitación donde conversa, hace caer una nieve tan fría que toda la pantalla se oscurece y se hiela?

Pero un día es al revés. Los libros te parecen poco y querés salir a encontrarte con la gente que amás y sabés que te ama, para entrar en conversaciones tipo comunión, porque sí. Las mismas discusiones de política, las risas por las cosas de siempre, un asadito, un vino.

Uno sigue siempre listo para la belleza. La belleza opera como una sustracción inusitada, preciosa, ante la visión de lo Real, abominable, que la vejez ofrece. Uno sigue siendo sensible.

¿Todos nosotros? ¿Todos los que tuvimos la suerte de apreciar las infinitas manifestaciones de la belleza?

Amigos, ¿qué nos pasa cuando nos ponemos a exaltar, de viejos, las cosas que despreciamos a los 20 años? ¿Qué ha sido de nosotros cuando nos ponemos a pensar que los republicanos de España nos siguen conmoviendo, pero quizá porque están lejos de nosotros? ¿Cómo se han vuelto tan lábiles las convicciones que teníamos como para que hagamos referencia a tanta gente tan querida, que dio su vida por un mundo mejor y que recordamos ahora como idiotas útiles, como “perejiles”, con las mismas palabras que en la cana les escuchábamos decir a los idiotas y que le escuchamos llorar hace poco a Luciano Benjamín Menéndez? ¿Qué nos pasó que de jóvenes fuimos valientes, cantamos con Serrat, nos aprendimos de memoria las canciones de la guerra civil española, leímos Reportaje al pie del patíbulo, nos reímos con los poemas desafiantes de Roque Dalton, de Ferlinguetti, de Allen Ginsberg, y ahora tenemos el mismo lenguaje miserable de los dictadores?

Quizá algunos me dirán: “Crecimos. Hemos mirado hacia atrás y hemos visto nuestros errores”. ¿Cómo estar tan seguro de no estar equivocándonos ahora?

De jóvenes, nos dábamos el lujo de discutir todo a nuestros padres, a nuestros maestros, a nosotros mismos. Pero todo, todo. Mirábamos de frente, seguros de que el presente era de lucha y el futuro, nuestro. Y decíamos, proclamábamos, nuestras verdades. ¿Quién se apropió de nuestro futuro, qué es ahora?

Supongamos, dice mi amigo Jaime, que no sean ni siquiera 8 mil los desaparecidos. Supongamos que hayan sido 4 mil. Nadie duda de que las diferencias de cantidad puedan volverse, en algún momento, de calidad. Pero, en el caso de nuestra historia, ¿qué queda afectado por la diferencia numérica? Simplemente, la credibilidad de las Madres, de los organismos de Derechos Humanos. Como en cualquier tribunal del mundo, la puesta en duda de la consistencia moral del testigo incide negativamente sobre la credibilidad de su testimonio.

Supongamos, entonces, que las Madres mienten. Esto es grave, puesto que, dada la alta valoración que nuestra sociedad dice tener de las madres –desmentida, entre otras cosas, por las mujeres que se quedan sin trabajo por estar embarazadas o por los jueces y los católicos fundamentalistas que obligan a asumir la maternidad a una niña–, que una madre mienta la vuelve ruin y la llena de vileza. Así, supongamos que las Madres mienten. ¿En qué afecta esta impostura al rol histórico de guardianas de la dignidad que ellas ostentan? ¿Podemos mirar de frente a las Madres y asegurarles que no tienen ninguna credibilidad, porque los organismos de derechos humanos mienten al decir que los desaparecidos no son 30 mil, son apenas 8 mil? ¿Qué es esta moral de contadores de cuarta?

Hagamos la prueba. Digámosle de frente a una Madre: “Su hijo no ha muerto, usted está llorando a un idiota útil o un perejil que debe estar paseando por París”. Digo: las palabras son un muro que nos separa y nos relaciona de la realidad, pero el acto de hablar nos constituye en sujetos de la enunciación, y nos remite al primer enunciador, al lugar desde donde vienen las palabras que decimos. Y ese lugar, ese enunciador, en este caso, está en todos esos llorones que no comprenden que, cumplida su misión histórica de torturadores y asesinos, son descartados y van al muere. O sea: decirle a una Madre que miente es obsceno.

A la derecha le gustaría escribir la historia con el triunfo de la desgraciada teoría de los dos demonios. A propósito: historiadores con conocimientos seguros de sociología aceptan, en la teoría, que una sociedad conflictiva es más democrática que otra en donde el consenso se asimila a la pax romana. Pero en lo que a mirar de frente se trata, ¿qué le proponemos a los viejos dictadores? ¿“Hagamos un acuerdo: que no exista más conflicto entre la dictadura y la historia”? ¿“Finjamos que no existió una dictadura cuya crueldad no tuvo nada que envidiarle a los franceses en Argelia, a los fascistas en España, a los yanquis en Vietnam o en Irak”? ¿“Olvidemos”? ¿“Perdonemos”? ¿Qué acción de olvido restituirá a los 4 mil –8 mil, 30 mil, elija el número– secuestrados, torturados, desaparecidos, a sus vidas, a sus familias, a sus madres, a sus hijos, a su país? ¿Tanto se nos ha derretido la mente que comparamos a, supongamos, una organización que se pretende revolucionaria con el aparato de Estado más criminal y sistemático habido y por haber en nuestra América? Porque asesinaron obreros, abogados, científicos, periodistas, amas de casa, estudiantes universitarios y chicos del secundario, escritores, etc. Y de qué modo. Porque pegarle un tiro en la cabeza a otro es algo monstruoso, sin duda. Pero cortarle los pechos a una jovencita antes de tirarla al mar, abombada por las drogas, ¿no es de una perversidad abominable? ¿No es que es función del Estado castigar un crimen con un juicio y, eventualmente, la prisión? ¿Adónde nos ha llevado nuestra inconsistencia si creemos que podemos reconciliarnos con funcionaros públicos asesinos, que torturaron tan salvajemente que no podemos ni imaginar lo que significó ser enterrado vivo, ser picaneado delante de la pareja de uno, ser despojado de su hijo, ser violado en mitad de una fiesta atroz?

No me voy a referir a este asunto actual referido a quienes caen bajo la figura de crímenes de lesa humanidad –ya que en el Estatuto de Roma queda margen para la interpretación política, como ocurre con todas las leyes–, porque para mí es clarísimo: sirve, en este caso, para justificar la teoría de los dos demonios. Por otra parte, como lo dice Feinmann, en pocas palabras: “Los guerrilleros ya fueron juzgados. Los tiraron vivos al Río de la Plata. ¿Qué otro juicio piden?”.

Digo yo, si tan lejos quedamos del espíritu de nuestra juventud, ¿quiénes somos? Pero, más triste aún es otra pregunta: ¿quiénes fuimos? ¿Cómo afectan nuestras acciones actuales el significado de lo que fuimos? ¿Qué clase somos de traidores, de canallas, que ahora preferimos olvidar? Ahora, que somos intelectuales del sistema capitalista: que estamos aquí para decir lo que ellos piensan pero de forma más precisa –para eso somos cultos–, más artera –para eso somos sutiles–, más reaccionaria –para eso fuimos revolucionarios.

Amigos, contéstenme.

Publicado en Pausa #22, 10 de octubre de 2008.
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viernes 3 de octubre de 2008

El gran encierro

Una historia del sistema penitenciario moderno: de la “resocialización” a la “incapacidad selectiva”

Por Esteban Montenovi

Transitando el elenco de los medios de control social –formales o institucionalizados, es decir, aquellos localizados en instancias estatales– encontramos a la institución carcelaria como protagonista estelar.

La vida de la prisión posee una larga historia de crisis. Pero en las últimas décadas se produjo una transformación de la racionalidad que fundamentaba las ideas resocializadoras producidas por el despliegue del Estado de Bienestar de los países centrales, fundamentalmente Europa y Estados Unidos. Las orientaciones político criminales subsiguientes se desarrollaron bajo la lógica de “custodia” y de “máxima seguridad”, las que pasaron a ser las imágenes habituales del espectro con que se representa la privación de la libertad, dentro de los muros que esconden el dolor de miles de hombres. De esta manera se retornó a la función clásica inherente de “guarda del reo”, agotándose infinitamente las capacidades de almacenamiento como consecuencia de la inflación del sistema penal. Estas formas de encierro son, por otro lado, la expresión final de una política criminal presidida por lo que se ha dado en llamar “cultura de la emergencia”, caracterizada por la reducción del gasto público del sector y el deterioro consecuente de las condiciones de encarcelamiento, de la condición humana de los reclusos y de las garantías de sus derechos no afectados por la condición de condenados. Estas características se expandieron y se expanden por la mayoría de los países del mundo.

Es decir: se hace necesario indagar sobre las condiciones políticas, económicas, demográficas, sociales, culturales, que han hecho posible que la práctica del encarcelamiento haya sido aceptada en determinado período histórico, actualmente y para el futuro, como pieza fundamental del sistema penal, considerando también su importancia e influencia en la racionalidad misma que da sentido al encierro. Ensayaremos algunas aproximaciones.

En el contexto norteamericano surgieron diversas ideas. Dentro del pensamiento actuarial o la corriente de análisis económico del derecho, se dice que la prisión puede hallar su sentido en una “funcionalidad incapacitadora”. Esto es, la “custodia” de los detenidos, que resulta poder ser un fin en sí mismo. No obstante, el carácter “selectivo” de esa orientación segregadora obliga también a realizar una detenida reflexión sobre el segmento de infractores e infracciones que debe ser (o de hecho es) destinatario de esas sanciones con sesgo neutralizador (como consumidores de drogas, migrantes en Europa, autores de delitos contra la propiedad, personas con ideas distintas a los gobiernos de turno, religiosos que cargan la culpa del terrorismo; la clientela se amplía hasta los sectores socialmente más vulnerables).

Uno de los dispositivos más eficaces para garantizar la incapacidad selectiva del sistema penal, y de la pena de prisión en particular, consiste en incrementar los límites medios y máximos de cumplimiento de la privación de la libertad hacia el horizonte de su conversión en perpetua. Así, en febrero del 2000, la cifra de reclusos estadounidenses llegaba a dos millones, de un total de algo más de nueve millones mundiales: se trata de casi un cuarto de los presos del mundo. Alcanzando de este modo unos índices de encarcelamiento desconocidos en cualquier otro país del planeta, cinco años después las penitenciarías estadounidenses albergaban a 186.000 personas más. A esto se suma el relanzamiento de la pena de muerte (60 penados ejecutados en el 2005, más de mil desde su reinstauración en 1976).

En suma: la incapacitación no ha sido en absoluto selectiva; el proceso de extraordinario y sostenido crecimiento de la población penitenciaria puede interpretarse como un experimento de incapacitación absoluta y colectiva.

Desde la visión del pensador francés Michel Foucault, los sistemas punitivos, y más concretamente la prisión, formaron parte de una verdadera y peculiar economía política de cuerpos, que para el sistema capitalista industrial desarrollado durante la última parte del siglo XVII y primeros años del siglo XVIII, no se convierten en fuerzas útiles sino como cuerpos productivos y sometidos. En su trasfondo, el nacimiento de la prisión se justificó tanto en la necesidad de mantener un control estricto sobre gran parte de la sociedad, llevado por el miedo de la burguesía a los movimientos populares imperantes, como en la necesidad de proteger una riqueza que el desarrollo productivo ponía en manos del proletariado bajo las formas de materias primas, maquinarias, instrumentos de trabajo. De esta manera la burguesía se reservó a sí misma de los ilegalismos de derecho –bajo la forma de evasiones fiscales, fraudes, operaciones comerciales irregulares– persiguiendo y castigando sólo los ilegalismos de bienes –pequeños robos o hurtos– con penas privativas de la libertad. Precisamente sobre esta premisa, la burguesía no poseía la potestad para acabar con los ilegalismos imperantes sino sólo para controlarlos de manera de que cayeran determinados grupos bajo las redes de su sistema. El castigo carcelario no era un castigo sin más; su fin era la búsqueda de la reforma y reinserción del delincuente (proletario) para la defensa de la sociedad (bajo dominio burgués). Así la función manifiesta de la cárcel ha sido la universalización y homogeneización del castigo contra el “monstruo moral” que atentara contra la vigencia del contrato social y de los valores burgueses...

La cárcel ha resultado esencial para mantener la escala vertical de la sociedad, participando en la producción y mantenimiento de la desigualdad social, de una subordinación a la disciplina y de un control total del individuo. Entre otros, el Marqués de Sade escribió una recomendación donde proponía la eliminación de la pena de muerte, seguida de un proyecto sobre el empleo que debe hacerse de los criminales para conservarlos con utilidad para el Estado, fundamentalmente en la producción de mano de obra y defensa.

No obstante, como antes dijimos, contemporáneamente las orientaciones político criminales hegemónicas han logrado mantener una prisión que cada vez atiende menos a aquella lógica resocializadora. Ahora bien: el cuestionamiento a la resocialización y a la ideología de tratamiento pudo llegar a consolidarse sin que por ello la prisión viese tambalear su sostén teórico. No ha sido necesario reconstruir una nueva racionalidad que sustituya el pensamiento rehabilitador. Resultó suficiente admitir que la prisión, antaño como ahora, cumple una función de custodia, la cual pudo tornarse ser un fin en sí misma.

La cárcel argentina también encuentra su fundamento legal del encierro en las ideas “re”. Si existe una verdad evidente es que este fin no se cumple, pues si hay algo imposible es aprender a vivir en libertad sin gozar de ella: la esencia del encierro también está condenada al fracaso; respondemos a la exclusión con más exclusión, respondemos a la violencia con más violencia. La cárcel expulsa, segrega, incapacita ¿pero por qué?

En realidad, nunca resocializó, nunca cumplió aquella filosofía de aquel tiempo (y muy lejos estamos de poder volver a las condiciones materiales del Estado Benefactor como para intentar volver a fundamentar el fin de la Prisión en esa ideas resocializadora; más aun: difícil es volver a un lugar donde nunca se estuvo). Como si fuera poco, ni los territorios o países en los que más se emplea la prisión son aquellos con menores tasas de criminalidad, ni las etapas en las que el nivel de encarcelamiento crece de forma más acelerada son las que se ven seguidas por mayores descensos de la delincuencia. Esto demuestra que el aumento de las penas y del encierro han de descartarse como políticas a seguir en la lucha contra el delito.

La respuesta al delito en una sociedad de exclusión, desigualdad, desempleo, miseria, violencia, no podría ser la expansión del sistema penal, sobre todo si pensamos en una sociedad libre e inclusiva, con planteamientos serios de la distribución de la riqueza y de soluciones estructurales, donde se respeten las garantías constitucionales, los espacios de libertad sean cada vez mayores y no se restrinjan con la avanzada de políticas criminales que responden a voces populistas ancladas en un eco del sentido común: las de los responsables públicos que orientan su acción con la intención de conjurar los sentimientos de inseguridad colectivos, porque lo contrario les jugaría una mala pasada electoral. O sea: se hace necesario comenzar a redibujar una nueva hoja de ruta en materia criminal, pero necesariamente también social.

Publicado en Pausa #21, 3 de octubre de 2008.
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Familia, amor y un adelanto

Por Juan Pascual

No es la única imagen que se mantiene viva desde el tiempo del ñaupa: amarillenta, deteriorada, con una esquina doblada y la otra rota, cuando se escucha la palabra “familia” suele emerger la foto del padre de saco y bigotitos, la madre con el delantal de cocinarylavarlosplatos, la niña con dos colitas y el pibe con los cortos (si quieren, un exceso: muñeca con pecas para la nena, pelota para el niño). Ya todos sabemos que esa forma de vida varió, y mucho, pero si pensamos en la normalidad, la foto retorna. Es que esa es nuestra familia normal, o familia de los normales.

Despejemos el tema con una didáctica caricatura. Entre las dos guerras mundiales, por primera vez la mujer fue masivamente convocada como trabajadora, en tanto los varones viajaban a los frentes de combate. Tras 1945, el reencuentro de esa pareja fue paralelo a una especie de gran alarido de reproducción, extendido hasta mediados de los '60 en los países con Estado de Bienestar: se trató del baby boom, un espectacular y sin precedentes crecimiento de la natalidad. Difícil es no vincular a los bebés de entonces con la posterior génesis y formación de una cultura juvenil –exterior al hogar y a las disciplinas pedagógicas para la niñez; cada vez más interior a las ofertas del mercado–, cuyos hitos comenzaron con el rock y la TV masiva, siguieron con las diferentes militancias políticas y devinieron hoy en las capacidades diferenciales de uso y adaptación a la innovación tecnológica. Llegadas a la adultez, las generaciones del boom vieron cómo el ajuste del Estado, la reestructuración de los mercados y el desempleo general fueron los resultados de la forma de gobierno nacida en Estados Unidos e Inglaterra, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, bajo el nombre de neoliberalismo: papá ya no paraba más la olla y, además, tenía en casa e inactivos a sus padres y a sus hijos en edad de trabajar. Tras 1989 esa forma se derramó en todo el mundo.

Además de contener al sometimiento de la mujer y a la represión de la voz de los niños y jóvenes, la familia de los normales, la de la foto, es también una imagen occidental de vínculo hogareño ideal, trazada hace poco más de 200 años: en un período particular de la historia, de acuerdo a los fines específicos de ese momento y en pos de ser productiva para ese tiempo. Poco había de ella en épocas de coronas y vasallos, cuando la aristocracia bregaba por casamientos consanguíneos –modo de alianza para mantener el poder soberano de la realeza dentro del clan– y los plebeyos convivían en una especie de cúmulo extendido de cuerpos con confuso parentesco. (No hay que irse tan lejos en espacio y tiempo: el centenar de hijos de Urquiza dice mucho sobre qué significaba familia en nuestro siglo XIX).

Necesariamente urbana y nuclear, la familia normalizada es una tecnología política construida a fuerza de miles de campañas de higiene, de pudor, de buenas costumbres, de miles de libros de lectura infantiles, de miles de miradas religiosas incriminatorias, de miles de exámenes, castigos, sanciones, confesiones, vigilancias, adiestramientos. La legitimación de esa normalidad familiar radicó en la posición que se le asignó desde distintos discursos, tanto religiosos como científicos: fue entendida como la forma de vida más “sanamente natural”. Exactamente: lo que se entendiera como “natural” pasó a ser lo “normal”. En realidad, la construcción de esa familia fue un esfuerzo cultural, institucional y estatal, en los primeros siglos del capitalismo, en pos de poder ordenar la producción de una fuerza de trabajo –cuyas características, hoy ya claro está, son obsoletas–. En el camino, bajo el discurso de la naturaleza propia de la vida humana, se catalogó a la masturbación como fuente de toda perturbación mental, se entendió a la homosexualidad como perversión o enfermedad y se consideró a determinadas grupos sociales como degenerados o, sencillamente, no humanos.

Así, sin hablar del escozor religioso frente a la pastilla anticonceptiva, el sida, el movimiento de gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales y la explosión mediática de la pornografía (habitual y cotidiana: si gusta de emociones fuertes revise el “Historial” de la PC de su casa y desayúnese con la cuestión, si es que no notó que reunidos a la luz de la hoguera electrónica hoy el niño se descubre mayor con el baile del caño y el adulto se fantasea menor con las animadoras infantiles vedette), sólo con el relato antes hecho alcanza para entender algunas líneas que explican por qué la foto del comienzo está tan vieja.

Entonces, ¿se disuelve la familia? ¿Sufrirán los niños? ¿Peligra la salud mental de la población?

Recién en 1987 los matrimonios argentinos pudieron divorciarse. Antes, con la desaforada vehemencia que las caracteriza, todas las fuerzas reaccionarias repitieron excitadas las tres preguntas, respondiendo tres veces que sí. Hoy, frente a la unión civil, las mismas voces reiteran las mismas cuestiones, y otras renovadas. Más allá del error en las predicciones (o más acá: si por ese discurso fuera todavía careceríamos del elemental derecho vincular), la falla está en otro lugar.

El problema es creer que el amor se practica de una sola manera, cuando hay miles de formas de hacerlo. Creer que sólo una es válida es impugnar las otras, es tratar de domesticarlas, dominarlas, anularlas si es preciso: es usar la violencia para defender a la “buena, sana y natural” vida social. Y no es esa forma de amar, seca, amarga y sofocante, sino tantas otras –la de una madre, un padre, ambos, o cualquiera o cuantos sean quienes cumplan con ello– las que diariamente, con su fuerza, hacen feliz a los niños, los hacen crecer, les garantizan que su relación con el mundo no es la de la locura.

Esa es la potencia que, por ejemplo, hizo que una mujer soltera de los 70 caminase, en el fin del verano, con la panza hinchada y con la alegría en todo el cuerpo, así fuere bajo la recriminación de los (más cercanos o lejanos) murmullos de la a veces aburrida y conservadora Santa Fe. Esa alegría es la que me hizo ser.

Feliz día, má (por adelantado).

Publicado en Pausa #21, 3 de octubre de 2008.
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viernes 26 de septiembre de 2008

Tres miradas sobre la crisis internacional

Por Juan Pascual

Economistas de diferentes cátedras de la UNL ofrecen sus perspectivas sobre la crisis financiera: cuáles son sus causas, cómo puede impactar a nivel local y qué sucederá de aquí en más con el discurso tantos años repetido.

El rescate estatal de la crisis bancaria e hipotecaria –es decir: la socialización de las deudas privadas– puso en relieve a nivel mundial el carácter profundamente político de las relaciones de mercado: fue objeto de una propuesta ejecutiva de Estado y el centro del debate legislativo estadounidense. Prácticamente un millón de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos (algo así como 10 veces nuestra deuda externa o entre 4 y 5 veces todo lo que todos los argentinos produjimos en todo el 2007) serán aspirados por el agujero negro financiero, sin contar los aportes que también realizan una serie de Estados centrales, que van desde Japón a Canadá, y sin tener asegurada otra cuestión: nadie puede prever si no continuará la caída encadenada de los torpes gigantes financieros.

Al menos desde 1989, a nivel global una serie de enunciados dominaron la escena general del discurso económico, tanto el apuntado a la gran audiencia como el del cenáculo político, tanto el cotidiano como el de la reflexión académica, sea por adhesión u oposición. La ineluctable fuerza de los hechos históricos, pesada como cada trozo de cemento del Muro de Berlín, impulsó ese texto, fondo de legitimación de una economía global signada por el desarrollo de nuevas y complejísimas herramientas financieras y el mando diferencial y dinámico de unas pocas empresas de capital tecnológico.

Pero así como muchos deudores hipotecarios norteamericanos volvieron llamas a sus hogares, que no podían pagar ya desde antes de firmar las hipotecas basura, esos enunciados, en su juego de delimitar qué cosa dicha puede llegar a ser verosímil o no, hoy también se vuelven ceniza. (No obstante, eso no quita que haya que evocar una cuestión elemental: hace mucho tiempo que el discurso neoliberal vive, muy dentro está de nuestro cuerpo y de nuestras prácticas políticas y, además, demasiadas veces ya incumplió con sus deberes y sus promesas, no ya sin mayores apremios o vergüenzas: sin siquiera inmutarse al hacerlo. La triple jugarreta de Cavallo –la estatización de las deudas de varias empresas “amigas” de la dictadura, primero, el corralito, como modo de sostener un sistema bancario y financiero putrefacto de Convertibilidad con los ahorros de la clases no altas, después– quizá sirva de doloroso recordatorio de lo presente y de la peculiar semántica del verbo oficial “desendeudar”).

En busca de reactivar la discusión, de conocer cuáles son las posiciones de quienes en Santa Fe se dedican a pensar la economía y de, antes que nada, tratar de entender un poco mejor este vértigo, enviamos tres preguntas a X profesores de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNL, que nos ayudan con su mirada.

a) ¿Cuáles son las causas centrales de esta crisis? ¿Qué datos básicos puede seguir alguien no muy entendido en economía para poder entenderla y poder seguir su evolución?
b) ¿Qué efectos actuales y potenciales puede producir esta situación en nuestro país y en nuestra provincia?
c) ¿En qué condiciones de legitimación queda el discurso de libre mercado y neoliberal frente a la masiva intervención de los Estados centrales?


NÉSTOR PERTICARARI, Jefe del Departamento de Economía. Profesor de Introducción a la Economía, de Historia del Pensamiento Económico y de Macroeconomía Superior.
a) Si bien se presenta como el estallido de la denominada “burbuja inmobiliaria”, que se va gestando en Estados Unidos a partir de 2001 con la disminución a niveles inéditos de la tasa de interés y el cambio de regulaciones en materia de posibilidades de acceso al crédito hipotecario, y su posterior apalancamiento y transformación en otros instrumentos financieros (básicamente bonos con garantía en esas hipotecas), a mi juicio el origen hay que buscarlo bastante más atrás. Concretamente, en las reformas fiscales y la desregulación al sistema financiero que se producen en la época de Reagan (en los ‘80), que generaron una gran masa de recursos cuyo destino fue la especulación. A ello se sumó la creación de nuevos instrumentos financieros originados en esa desregulación, lo que posibilitó en gran medida el aventurerismo financiero y el fuerte desarrollo de un sector especulativo, que luego experimentaría otras crisis en épocas cercanas (quiebra de Long Therms, la crisis de las punto com, etcétera)

b) Es muy escasamente probable la transmisión a nuestro país de la crisis en la forma en que se observa en los Estados Unidos, sobre todo debido al prácticamente nulo desarrollo, en nuestro país, de un sistema financiero con esas características. Por lo tanto, descartaría corridas bancarias y otros instrumentos de poco grato recuerdo para nosotros (corralito, corralón). Pero eso no quiere decir que no pueda alcanzarnos de otra manera. Concretamente, si se produce una recesión en la actividad económica de los países centrales afecta a nuestra demanda externa con caídas de precios de venta de nuestros productos exportables, lo que afecta a su vez a los superávits comercial y fiscal, bases del actual modelo de crecimiento.

Sin embargo, todavía es demasiado pronto para realizar pronósticos en ese sentido, ya que aún se observa una volatilidad muy alta en precios de productos de alta transabilidad internacional. Valen las mismas consideraciones para nuestra provincia, ya que tiene instalado el polo exportador de derivados de la soja más grande del mundo.

c) Es obvio que el fundamentalismo de mercado –que propugnaron los implementadores y los beneficiarios de los procesos de desregulación del sistema financiero– quedó totalmente fuera de lugar, ya que los costos del salvataje son inmensos. En el caso de Estados Unidos, aparentemente irá sobre la espalda de los contribuyentes, y encima de la clase media, ya que los ricos siempre tienen reformas impositivas a su favor en las administraciones republicanas (Reagan, Bush y Bush). Si bien no se espera una revolución teórica en la economía, al estilo de la que planteó John Maynard Keynes en la década del ‘30, en estas circunstancias el paradigma de desregulación y mercados “sabios” asignando el riesgo quedó herido de muerte. Estos son casos claros de asimetría de información entre los participantes en estos mercados. Se impone en esas situaciones una vuelta a las tradicionales medidas de regulación de los mercados financieros, camino que aparentemente ha comenzado a recorrerse con la desaparición, por absorción o quiebra, de los principales bancos de inversión.

ALBERTO PAPINI. Profesor de Desarrollo Económico.
a) Para entender estos casos debe recordarse que la demanda de dinero reconoce en la teoría económica tres motivos: transacción, especulación y precaución.

Si todo el dinero se destinase al mercado de transacciones y no existiera capacidad de acumulación por parte de ningún agente, estos desequilibrios no se producirían. Pero el capitalismo no funciona así, y menos en la actual etapa. Hoy existen enormes masas acumuladas en los mercados especulativos, produciendo continuos desequilibrios al ir del mercado inmobiliario al petróleo o a los cereales, alterando los precios en forma constante.

En este caso específico (que es uno más dentro de las crisis financieras recientes: sudeste asiático, tequila, vodka, etcétera) hay una clara irresponsabilidad de las autoridades monetarias y bancarias en el inducir préstamos en base a un valor inmobiliario “inflado” por la especulación financiera, los que, además, contaban con alto riesgo de incobrabilidad.

Eso es una burbuja que implota y que sólo se mantiene con la inyección de dinero por parte de organismos públicos, que salen a rescatar la irresponsabilidad de los gurúes del mundo financiero especulativo.

b) El efecto dependerá del grado en que esta crisis afecte al resto del sistema bancario. Si la intervención pública logra que no se expanda al resto del sistema bancario, será una crisis más y pasará. Si se expande al resto, y luego al mercado real internacional (más allá de lo que suceda en Estados Unidos), sus efectos pueden ser perjudiciales al disminuir la demanda internacional y disminuir la fase actual de crecimiento. Aunque no se puede hacer futurología, sólo digo debemos estar atentos y tomar las medidas oportunas, manteniendo en el país un adecuado manejo de las cuentas fiscales y del sector externo, regulando lo que sea necesario regular.

c) El neoliberalismo no se cuestiona su legitimidad porque la ética está ausente en el planteamiento neoliberal, cuestión que sí era importante el pensamiento clásico.

El discurso mediático seguramente tratará de personalizar el error y de decir que tal o cual funcionario fue el culpable, y no se preguntará otra cosa. Aunque esto demuestre que sin la intervención pública el sistema no se mantiene, ese discurso dirá que las malas intervenciones públicas fueron el problema. Por otra parte, el tema no sólo es quién lo dice y qué dice, sino quién lo lea.

FRANCISO SOBRERO. Profesor de Evaluación de proyectos.
a) Si bien el antecedente lejano del escenario actual es la declaración de inconvertibilidad del dólar (10 de agosto de1971) y su devaluación del 10% frente al oro, las condiciones de esta “enorme burbuja” especulativa se generan a fines de los ‘70 con el inicio de la desregulación extrema del movimiento internacional de capitales y la persistente retirada de los Estados nacionales de sus funciones de conducción de política macroeconómica y de control de variables relevantes.

Paralelamente, en el mundo de la economía real, se profundizó el predominio hegemónico del capital financiero sobre otras formas del capital (el industrial, por caso).

El primer peligro de este cambio es la presencia de enormes masas de capital líquido, concentradas en cada vez menos operadores, en condiciones de violentar la estabilidad relativa de mercados diversos, ya sean países, comoditties, o competidores. Esta desregulación, sumada al fenómeno de globalización de las tecnologías de la información y comunicación, transformó las antiguas especulaciones locales en un fenómeno global (en 1992, Soros especuló contra la libra y la derrumbó, ganando la friolera de 9.000 millones. El Long Term Capital Management, con dos premios Nobel de Economía en su directorio –Myron Scholes y Robert C. Merton–, promovió arbitrajes entre bonos y distribuyó dividendos 10 veces superiores a las “ganancias capitalistas normales”, durante 3 años, hasta que se derrumbó. El petróleo cuadruplicó su valor en 18 meses. Luego la soja... y así).

Las luces amarillas sobre la crisis se ven desde hace dos décadas (caída de las sociedades de ahorro y préstamo en Estados Unidos en los 80, derrumbe del LCTM en el 98, colapso de las empresas de la “nueva economía” en los 90). Todo ello en el marco de crisis que hicieron estallar países que siguieron las recetas (Thailandia, Turquía, Rusia, Argentina). Hoy, cinco naves insignia del capitalismo global hacen agua. Tres grandes compañías (Bearn Stearns, Merril Lynch y Lehman Brothers), a la lona. Las dos restantes (Morgan Stanley y Goldman Sachs) a punto de caer si no se socializan sus pérdidas. Es decir, si Bush no las pone “sobre las espaldas de los plomeros y los carpinteros Norteamericanos” (y también sobre otros pobres del resto del mundo).

b) Habrá consecuencias para la Argentina y para la provincia, pero no son ineluctables. Depende de lo que se haga en el pago chico, en el país y también del rumbo que se adopte afuera. Nuestra posición frente a la crisis es de gran fortaleza. Todo lo que la satrapía denominó “problemas argentinos” hoy son fortalezas, capacidades y una oportunidad para resistir la crisis. Más que nunca el escenario internacional permite –y reclama– continuar el desarrollo fortaleciendo el mercado interno, el empleo, la distribución del ingreso y la integración regional. Esto depende de la gestión de gobierno, de su lucidez estratégica y de la capacidad de resistir la mediocridad de miras del poder económico, que está obnubilado por su estrechez ideológica y su incapacidad de pensar el largo plazo.

c) Las instituciones financieras están abarrotadas de “economistas”, financistas, arbitristas, analistas y toda una fauna variopinta de explicadores de crisis… ajenas, como la de Argentina. Hace apenas una semana uno de estos cagatintas agredió las decisiones de política económica local con motivo de la cancelación de la deuda con el Club de París (calificó al país como “defaulteador serial” y otras lindezas por el estilo). Nada de lo sucedido inhibe a nuestro coro de repetidores y alcahuetes de reproducir a pie juntillas las sabias recomendaciones de los “analistas internacionales”. Ya aburre por repetitivo el sonsonete ideologizado. El verdadero problema argentino no está en el Papa sino en los papistas. Este conglomerado de Académicos Vulgares, de divulgadores a sueldo, de medios monopólicos, parece inmune a la realidad. Peor aún, están sus repetidores de segundo orden, que padecemos en estos lares.

Está en deuda la Academia, con debate escaso. Están en deuda los medios de prensa, que dan status de ciencia a las opiniones de los sátrapas financieros. Está en deuda el gobierno, con mora en generar medios plurales de comunicación...

Llevará un buen tiempo poner las explicaciones sobre sus pies. No obstante, no todo está perdido. En el fondo se escuchan murmullos, ruidos a veces. Parece haber comenzado un incipiente clima de debate, débil, desorientado, pero debate al fin. Es signo de vida.

Publicado en Pausa #20, 26 de setiembre de 2008.

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viernes 19 de septiembre de 2008

Toda empresa es política

Por Juan Pascual

La oficina del Organismo Nacional de Administración de Bienes (Onabe) en Santa Fe estaba ubicada sobre la calle Santiago del Estero, cerca de avenida Rivadavia. El Onabe es la entidad del Estado nacional encargada de la administración y resguardo de los bienes públicos que no están afectados directamente a las actividades del Estado. Por ejemplo, todos los bienes del complejo ferroviario, concesionados a diversas empresas privadas. En 1998, cerca de siete años después de iniciadas las privatizaciones, la Sindicatura General de la Nación (Sigen) tasó esos bienes en un total de 30 mil millones de dólares. O sea, en ese momento el valor total de los predios del ferrocarril –en donde, entre muchas otras cosas, hay rieles, durmientes, vagones (de pasajeros y de carga), casas, estaciones de muy diverso tamaño, locomotoras, señales, barreras de paso a nivel, herramientas, insumos en los depósitos, depósitos, tierra libre y ocupada, escritorios, cocinas, camas, inodoros y hasta (y sobre todo) relojes– era prácticamente equivalente a la cuarta parte del total de la deuda externa.

La zona bajo el control de la agencia local del Onabe comprendía, también, parte de Chaco, Santiago del Estero, Misiones y Formosa. Cuatro años después de la valuación realizada por la Sigen. la oficina de Santiago del Estero tenía un empleado solo (que hacía las veces de su propio jefe), y sólo un vehículo: una camioneta. La camioneta estaba fundida. Y la última recorrida general de inspección por toda la jurisdicción se había hecho en 1997.

La historia de la destrucción del sistema ferroviario ofrece varias escenas para la narración de los últimos veinte años. Entre ellas está la reciente quema de vagones de la línea Sarmiento, en reacción al deplorable servicio.

Otras dos surgen de una primera selección: la repetida y falaz mención del “millón de pesos diario” que le costaban los trenes al Estado y el ahorcamiento de la protesta de los trabajadores con el “ramal que para, ramal que cierra”; dos enunciados centrales dentro del proceso de privatizaciones de las empresas del Estado. Proceso cuyas bases se trazaron entre 1989 y 1999 y que, con las diversas renegociaciones de contratos, continúan hoy (exceptuando las estatizaciones del Correo y de Aerolíneas, ambas causadas más por dos volantazos coyunturales –la disputa con el macrismo; la reacción posterior al conflicto por la renta agraria– que por un plan organizado). Proceso que entregó al sector privado el control estratégico del Estado sobre actividades que funcionan como reguladores generales de la economía. Actividades que, fuera de las ya mencionadas, comprenden a YPF, la mayor parte de las áreas centrales y secundarias de explotación de hidrocarburos, la siderurgia y la petroquímica, la generación, transmisión y distribución de la electricidad, el transporte y distri­bución del gas, lo más importante de la red vial, el dragado y balizamiento de la hidrovía del Paraná, los aeropuertos, la telefonía, el espacio radioeléctrico (Gabón y Burkina Fasso son los otros dos países que obran en el mismo sentido), los puertos principales, gran parte del agua y las cloacas, diversas plantas de fabricaciones militares, diversos bancos provinciales…

Pasado en limpio: el problema fue planteado como un cruce entre la variable de costos (primer enunciado) y la de eficiencia (segundo enunciado). La empresa del Estado, se argumentaba, era cara e ineficaz. No hay aquí ninguna sagacidad: en 1991 Carlos Menem, en su mensaje de apertura de las sesiones legislativas, indicó con precisión que “Con las privatizaciones –que deberán perfeccionarse en su instrumentación, también gracias a la clara participación de vuestra honorabilidad–, apuntamos a eliminar los fabulosos déficit fiscales, surgidos de un sector público que asignaba mal sus recursos y que alimentaba estallidos inflacionarios”. Sin embargo, para desarmar el discurso privatizador –problema político elemental, en vista del evidente, sonoro y estructural fracaso de la gestión privada, bajo control estatal, de las empresas públicas– no alcanza con replantear el criterio de medición sobre esos costos y esa eficiencia.

No es tan preciso entender, por ejemplo, que en un camión viajan dos personas, como en la locomotora, pero que la cantidad de acoplados se multiplica por 25 o que, en igual sentido, un tren puede llegar a transportar 1000 pasajeros, igual que 25 colectivos. Que el tendido de una línea férrea ocupa una franja de terreno de 20 metros de ancho, siete veces menos que una autopista. O que una vaca transportada en el ferrocarril tiene el 10% del desbaste, la pérdida de kilos del animal en el transporte por el shock y el stress, en relación al traslado por ruta (por día eso suma toneladas). Ni que el transporte de la tonelada de cereal cuesta, desde el norte de la provincia al sistema de puertos de Rosario, aproximadamente un 50% menos por tren que por camión. Tampoco es necesario medir lo que implicaría en costos el aligeramiento del volumen del parque automotor, tanto en lo referente al mantenimiento de caminos como de vidas humanas. Ni es suficiente recordar el históricamente superlativo gasto que actualmente le supone al Estado subsidiar a las empresas concesionarias del ferrocarril. Decir que tienen la ganancia asegurada es poco: en 2007 el 75% de sus ingresos totales provinieron de fondos públicos.

Todas estas cuestiones son, acaso, secundarias. Números aproximados: tras más de quince años de privatizaciones se despidieron 81.100 trabajadores ferroviarios: de 98.100 pasaron a 17.000. En cada empresa privatizada la reducción de personal fue regla. Algunas, en el movimiento, incorporaron tecnología, otras –como en el caso de ENTel– tomaron provecho de sospechosas actualizaciones de último momento, la mayoría se dedicó al estancamiento y el desguace. De cualquier manera, la variable final del ajuste en pos del incremento de la productividad (allí el problema de los costos y la eficiencia) recayó sobre el trabajo. El silencio indiferente, no sólo sindical sino general, que acompañó a esa sangría de humanos posee una magnitud proporcional a la furia incendiaria de quienes viajan peor que el ganado. (Es lógico: el reverso del vacío de la palabra política suele ser la acción espasmódica de la turba iracunda).

El punto no es tanto cómo las empresas privatizadas pueden funcionar mejor, sino cuál es el escenario que supuestamente vinieron a superar y al cual jamás, bajo ningún otro sentido y de ninguna nueva forma, se debería volver. Allí está el sostén del discurso privatizador: en la amenaza que vendría a anular.

El resultado negativo del cruce de las variables de costos y eficacia se superpuso sobre una suerte de único agente causal –el Estado (como institución en sí misma) y sus trabajadores–. Tal superposición todavía posee una legitimidad inexpugnable.

Es desde este lugar que se considera que inevitablemente una empresa privada, por su naturaleza, va a gestionar mejor que el Estado. Paralelamente, no habría modo ni manera de que desde lo público se pueda administrar acertadamente nada. Así, el mando estratégico del Estado sobre la economía –hasta sobre la defensa nacional– se restringe al mantenimiento de los entes de control (por lo general parecidos al mencionado al comienzo), bajo la estúpida creencia suplementaria de que la mejor forma de controlar no es el gestionar propiamente dicho. Dicho de otro modo: no se trataba tanto de privatizar el Estado (sede estructural de intereses corporativos, sectoriales y de clase) como de quitar cualquier rastro o implicancia de lo público en el mercado (excepto en el mantenimiento de amistosas prebendas y abultados subsidios). Esto alcanzó tanto a la competencia de las empresas como, quizás, a la competencia electoral: el sistema de partidos políticos.

La recuperación del mando económico en términos de una gestión eficiente requiere superar la creencia de que los movimientos del mercado no se corresponden con decisiones políticas. Requiere recordar que todo hecho económico es también hecho político. Y, por tanto, requiere imaginar que una vía de reformular el mercado sea, justamente, politizarlo de otro modo. Un modo que anude en un cuerpo la gestión y el trabajo, con el hilo rojo de historia que enlaza a los desocupados de ayer con las empobrecidas reses humanas de hoy.

Publicado en Pausa #19, viernes 19 de setiembre de 2008

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viernes 12 de septiembre de 2008

Instrumentos para la etapa que se viene

Por Alejandro Horowicz

No nos presentamos ante el mundo oponiéndole doctrinariamente un principio nuevo y diciéndole: “Esta es la verdad arrodíllate”. Deducimos de los principios mismos del mundo otros nuevos. No le decimos apártate de tus luchas, que no tienen sentido, nosotros te daremos la verdadera consigna de lucha. Sólo le mostramos por qué lucha, ya que la conciencia de esa lucha es algo de lo que se tiene que apropiar, quiéralo o no. Carlos Marx

Tras la derrota parlamentaria el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece mucho más inconsistente. Perder en el terreno que el gobierno eligió para dar la batalla catalizó reprimidos síntomas de descomposición política, por tanto, cabe preguntarse si el conglomerado que orbita en derredor del ejecutivo logrará o no volver a funcionar sin excesivos tropiezos, si la lógica K proseguirá su marcha recuperando la perdida iniciativa política, o si de aquí en más el palo en la rueda –con la fricción que tal resistencia supone– será parte del nuevo modus operandi del bloque agrario; y por último, es preciso saber si, tras la victoria, la burguesía agraria sigue sola, o si se constituirá en punto de recomposición de la política nacional. En suma, si la victoria parlamentaria pondrá fin a la cara legal del conflicto para retomar recursos ilegales como el corte de ruta, o si el bloque campero –una vez marcada la cancha– participará de una reestructuración del espacio parlamentario, a partir de sistematizar el mecanismo transversal que le aportó la estratégica victoria del 17 de julio.

DOS TÁCTICAS DEL BLOQUE AGRARIO. Desde el momento en que el bloque encabezado por la Sociedad Rural resolvió cortar las rutas de aprovisionamiento de los grandes centros urbanos, la movilización burguesa combinó instrumentos ilegales con métodos legales. A nadie se le escapa que cortar la libre circulación de mercancías y personas configura un delito tipificado en el Código Penal, que el gobierno nacional es el garante del artículo 14 de la Constitución Nacional, y que el normal funcionamiento de la sociedad –económico, político e institucional– depende de su cumplimiento.
No deja de llamar la atención que en un país donde casi todos los abogados se arrogan potestades de especialistas en Derecho Constitucional, ninguno se haya pronunciado por el inmediato cese del bloqueo a los grandes centros urbanos. La presidenta –que también es abogada– se limitó, en diversas oportunidades, a pedir –con tono muy circunspecto– que dejaran circular bienes indispensables, mientras los piquetes determinaban –como poder enfrentado con el poder constituido– quién pasaba y quién no.
El impacto de la política de doble poder ejercido por los epígonos de la Sociedad Rural se hizo sentir en primer lugar en la filas del propio gobierno. Basta mirar geográficamente la votación para comprobar que en Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Chaco la mayoría de los diputados votaron contra la resolución 125. Sólo la provincia de Buenos Aires resistió el embate. Sin embargo, Felipe Sola –ex secretario de Agricultura y Ganadería del gobierno de Menem, y gobernador K hasta hace pocos meses– lideró los 15 diputados que cambiaron de querencia. Dicho con matemática exactitud: transformó una holgada mayoría parlamentaria en una ajustada mayoría circunstancial.
Pero la dimensión de la hemorragia política, el brutal cambio de relaciones de fuerza, provino del Senado: doce elegidos en la boleta oficialista saltaron la tranquera. Para que se entienda: la votación que podía haber concluido 48 a 24 terminó 36 a 36, y el tembloroso desempate –a manos del vicepresidente– terminó con un gol en contra que arrasó el armado político de los Kirchner.
Retomemos el hilo. Es inevitable recordar que el ascenso K durante el 2003 –de la mano de Eduardo Duhalde y el PJ de la provincia de Buenos Aires– obligó a los Kirchner a incluir en las listas parlamentarias un mix cuya lealtad no podía no ser opinable. Aun así, esto no presentó mayores complicaciones parlamentarias. Ahora, las listas construidas pieza por pieza a partir del 2005, que terminaron incluyendo a un radical K en la fórmula presidencial, las que surgieron de la abandonada transversalidad y del restablecimiento del agónico Partido Justicialista, esas les estallaron a los Kirchner en la cara.

LA NATURALEZA DEL CONFLICTO. La resolución 125 del Poder Ejecutivo establecía las retenciones móviles. En rigor de verdad, las retenciones modifican la paridad cambiaria: la relación peso dólar ya no se determina en el despacho del presidente del Central. Antes del 2001 la convertibilidad dejaba al Banco Central sin política monetaria, al organizar un sistema de paridad fija –un peso, un dólar–. La combinación entre precios internacionales sin demasiado glamour y esa política cambiaria resultó terrible para los productores agropecuarios. A tal punto que un agudo comentarista sostuvo que para ejecutar la reforma agraria bastaban las carpetas de morosos en poder del Banco Nación. La deuda impaga hacía posible confiscarles el campo, y si tal cosa no sucedió fue por decisión de Roberto Lavagna, en aquel entonces ministro de Economía, conjuntamente con Felisa Miceli, en aquel entonces presidenta del Banco Nación, bajo la atenta mirada de Néstor Kirchner.
Los productores lo recordaron, y cuando hubo que elegir presidente en el 2007 votaron en masa por Cristina Fernández. Pero si bien habían sido ayudados a salir del fondo del pozo de la mano del gobierno, no eran exactamente los beneficiarios principales de su política agropecuaria.
Conviene recordar que las entidades financieras gozan de inusitados privilegios: el primero, las transacciones financieras no pagan impuesto, por tanto terminan siendo competidores imposibles de batir, ya que sus antagonistas si pagan impuestos. Para que se entienda, si un pool de siembra está organizado desde una entidad financiera, está en condiciones de alquilar tierra pagando un canon más elevado, ya que puede repartir la carga impositiva con su asociado, elevando así la renta percibida por el propietario en concepto de alquiler. Si a esto se añade la escala productiva, y una disponibilidad de caja que permite comprar a precios inferiores –recordemos que los productores medianos y chicos sólo tienen dinero en el momento de la cosecha–, sin olvidar que no es lo mismo vender 4.000 toneladas de soja –que es lo que produce un campo de 1.000 hectáreas en la Pampa Húmeda– que 400.000 –que es lo que produce el alquiler de 100.000 hectáreas–, es claro que el pool de siembra se queda con la mayor tajada del negocio productivo.
Por otra parte, los acopiadores pagan discrecionalmente a los productores, sin mayores controles por parte del Estado; les basta manifestar luego el destino de su compra –la exportación de soja tiene una retención 15 puntos mayor que su compra para transformarla en aceite– para quedarse con la diferencia. Dicho sintéticamente: en los dos extremos, pool de siembra o comercio exterior, estaba y está la crema del negocio, y los productores la ven pasar sin arrimar el bochín.
Y una última cuestión: los propietarios de extensiones menores a las 400 hectáreas, fuera de la Pampa Húmeda, no tenían ni tienen más remedio que alquilar la tierra en las condiciones impuestas por el pool, ya que no están preparados para explotarlas directamente por falta de capital.
De modo que la última suba de precios internacionales les permitía arañar –a los más chicos– un fragmento de la renta extraordinaria que los independizaba relativamente de los grandes jugadores del sistema. Con esa ilusión se lanzaron a los cortes. Y por cierto fueron burlados.

EL NUEVO ESCENARIO. Los precios agrarios internacionales subieron a caballo de la incorporación de China e India al consumo, y de la burbuja financiera organizada por la especulación de los mercados a término. La crisis global –conviene recordarlo– se inició en derredor de las empresas puntocom, que primero crecieron hasta alcanzar valores exorbitantes y luego se derrumbaron por debajo del piso histórico. Después la burbuja se desplazó hacia las empresas destinadas a proporcionar crédito a las constructoras, y el efecto dominó de la crisis no sólo arrastro a las constructoras, sino a los bancos que adquirieron los créditos menos seguros, primero, a los bancos involucrados en los negocios inmobiliarios, después, y a los grandes bancos, finalmente; y esto no sólo sucedió en los Estados Unidos, sino que golpeó también el corazón del capitalismo europeo.
La crisis prosigue su marcha, hoy la burbuja financiera dejó de traccionar los precios del petróleo y la soja. Los precios dejaron de crecer, el dólar se sigue devaluando, y nadie puede saber hasta dónde se caerán. La teoría enseña que todas las burbujas –más bien temprano que tarde– explotan. Cuando sucede tal cosa, los precios se derrumban y en ese mismo instante aparece otro gran negocio: comprar por monedas lo que antes costaba una fortuna. Es decir, las hectáreas argentinas que alcanzaron los precios de Wisconsin con suerte conservarán las de Santiago del Estero. Y el pool que hasta hoy hizo negocio alquilando, podría terminar adquiriendo la tierra por el valor de una cosecha como la del 2007.
Sin embargo, conviene no adelantarse tanto a los hechos. Es decir, consideremos la escena local. Una pregunta golpea con insistencia: ¿qué cambió en los últimos seis meses para que un gobierno surgido del voto popular haya perdido semejante caudal de capital político?
La respuesta no es simple. Entre 1976 y el 2001 un proyecto político y económico se ejecutó con implacable sistematicidad: la reprimarización de la economía argentina. José Alfredo Martínez de Hoz fue su autor intelectual y Domingo Cavallo su mecánico circunstancial. Ese proyecto transformó al bloque de clases dominantes en un conjunto de rentistas con unos 200.000 millones de dólares radicados en el sistema financiero internacional. Es una clase dominante que no necesita ser una clase dirigente, le bastan sus rentas y los negocios circunstanciales.
El estallido del 2001 impidió que el sistema prosiguiera su marcha, y para salir del fondo del pozo todos los caminos que reavivaran la actividad económica parecían excelentes. Los instrumentos que permitieron salir, los instrumentos del “éxito”, ya no sirven para proseguir. O el viejo programa sigue su curso o se constituye uno nuevo: pues bien, mientras el viejo no sea reemplazado sigue vigente, y los valores que este programa cristalizó –los valores compartidos del menemismo líquido– pueden sintetizarse en una oración: la política es la continuación de los negocios por otros medios. La posibilidad de un nuevo negocio rápido –crecientes precios agrarios– cambió la percepción de los dueños de la tierra. Y los que nada poseen no hacen política propia –¿alguien vio a la clase obrera en este conflicto?– y tampoco tienen una percepción distinta. Entonces, si eso es así, si el único programa es hacer caja, sólo se trata de saber si la caja la hace el Estado aumentando las reservas del Banco Central, o la hacen los particulares incrementando sus acreencias en el mercado financiero internacional.
Los defensores del viejo programa salieron a la calle y ganaron la primer batalla, es preciso saber si el gobierno lee adecuadamente el problema y se prepara para la segunda, o si con este correctivo le resultó suficiente. Si no hay segunda batalla, el sistema político probablemente no se modificará sustancialmente, en cambio otra batalla requerirá de otros instrumentos.
Publicado en Pausa #18, viernes 12 de setiembre de 2008

Negocios son negocios

Por María Claudia Albornoz
En abril del 2003 despertamos de la peor manera, con el agua al cuello, dándonos cuenta de que aquellas políticas que no están pensadas para la gente, están pensadas para hacer... negocios.
Esos negocios nos matan, nos enferman y nos atrasan como ciudad.
Las obras públicas que no son discutidas, consensuadas y controladas por los vecinos nos provocan más daños que beneficios y terminan contribuyendo a los negocios de los gobiernos de turno.
Las inundaciones son un gran negocio: se realiza una obra de defensa contra inundaciones, se deja abierto un tramo, se inunda la tercera parte de la ciudad, se declara la emergencia por catástrofe, se piden préstamos y subsidios para hacer las obras de cierre del anillo de defensa... pero no se colocan bombas extractoras y se vuelve a inundar la ciudad: negocio redondo.
Se proyectan barrios sin servicios, no se piensa ni en la salud ni en la educación de los vecinos porque estamos fuera de sus negocios.
Pasaron cinco años y los inundados fuimos descubriéndoles los negocios a los inundadores y nos fuimos organizando para denunciarlos, pusimos carpas, marchamos con antorchas y nos plantamos exigiendo justicia porque entendimos que sólo con impunidad es posible que hagan estos negocios.
En Santa Fe son muchos los grupos que se organizan para denunciar los negocios que hacen los gobiernos en contra de la gente y para, desde la dignidad, hacernos cargo de nuestra historia. Grupos de mujeres que luchan por la soberanía alimentaria y denuncian la sojización; mujeres que denuncian la trata de personas y se organizan para cuidarse del maltrato; hombres y mujeres luchando por obras públicas para el oeste; vecinos y vecinas que luchan contra la impunidad y por la justicia y denuncian a los genocidas.
Porque no hay nada peor, para los que hacen negocios a costa de la gente a través de sus cargos públicos, que la organización de las ciudadanas y ciudadanos luchando, denunciando, controlando y proponiendo para poder vivir dignamente.
Publicado en Pausa #18, viernes 12 de setiembre de 2008

viernes 29 de agosto de 2008

Palabras vacías

Por Gastón Chansard

Los días olímpicos dejaron record mundiales, recuerdos, emociones y críticas con poco sustento. El exitismo de la prensa no transita por la misma pista del deporte nacional.

El universo deportivo expresó todas sus emociones en Beijing. En algo más de dos semanas, todos (los que entienden poco, mucho y nada) dedicamos algunos minutos de nuestras vidas para espiar a miles de atletas que llegaron a la competición sublime del deporte mundial.

Desde este espacio, donde tantas veces se trataron temas muy alejados de la agenda mediática deportiva, hoy se hace realmente imposible no involucrarse en una cita que dejó cientos de temas a desarrollar: desde las nuevas marcas mundiales logradas por seres humanos que parecen máquinas creadas en algún laboratorio asiático, hasta la extraordinaria organización de todas las competencias. Y entre tantas cuestiones que surgieron de estos históricos Juegos Olímpicos, una vez más la opinión fácil y la ignorancia de gran parte de la prensa argentina y la exitista (con todos los males que esa palabra arrastra) clase media nacional, me provocaron un deseo enorme de hacer una autocrítica. Sí: autocrítica, porque quien escribe es hijo de la clase media argentina y por elección periodista –aunque muchas veces sienta profunda vergüenza por compartir la vocación con algunos colegas.

La postura de buena parte de la clase media con respecto al conflicto entre las entidades del agro y el gobierno nacional se reflejó, claramente, en los 120 días que duró el mismo. ¿Usted cree que el señor que atiende la pinturería, la peluquera, el empleado del banco o el joven estudiante de arquitectura distinguen el real problema existente entre el sector agrícola-ganadero y el Ejecutivo nacional? ¿Usted cree que todos los movileros, conductores de noticieros y periodistas en general saben “de la A la Z” cada punto de este reclamo campestre? Yo creo que no.

En los Juegos Olímpicos, como en la pelea “campo vs. gobierno”, la sociedad y la prensa hablaron de muchas cosas sin entender demasiado. Desde la crítica, el individuo es capaz de crecer y desde la autocrítica mucho más. Pero cuando la crítica se desploma al exigir un mínimo argumento, es tan dolorosa como injusta.

Durante varios días de la competición olímpica, en radio y en televisión sobraron los rápidos de lengua para asegurar que el deporte argentino había fracasado una vez más. ¿Argumentos? Sí, uno: el Estado no les da el respaldo que se merecen los atletas nacionales. ¿Algún argumento más? No. ¿Usted cree que Suecia o Suiza son países relegados en el contexto económico, social y cultural con respecto a la Argentina y que, por ese motivo, no pudieron apoyar a sus deportistas? Si usted cree que es así no vivió en este mundo, por lo menos, en los últimos cuarenta años. La pregunta que hace referencia a estos países europeos no es casual, sólo es el comienzo de otra pregunta: ¿Cómo explica el “sabelotodo” argento que Argentina finalizó mejor ubicada que Suecia y Suiza en el medallero olímpico? Dudo que existan respuestas con sólidos argumentos.

Con el simple ejemplo de observar el medallero y comparar puestos entre países desarrollados con el nuestro, no pretendo aseverar que el apoyo del Estado nacional es el adecuado. Todavía el deporte en la Argentina sigue siendo una cuestión secundaria, por lo tanto es muy complicado codearse de igual a igual en la gran mayoría de las disciplinas con los países del mundo que realmente aplican políticas deportivas a mediano y largo plazo. El tema central es saber qué hacen los que tanto critican durante los Juegos Olímpicos las actuaciones nacionales durante las Olimpíadas. Cabe aclarar que Olimpíadas es el tiempo que transcurre entre el Juego que terminó y el que está por empezar (muchos periodistas hablan y hablan y ni siquiera diferencian las terminologías).

Si los periodistas no saben o ni siquiera se esmeran en saber qué está haciendo el atleta o el Estado por ese atleta durante los años previos a los Juegos, carecen de toda seriedad cuando esgrimen sus críticas desde el poder del micrófono. Muchos de los colegas vinculados al fútbol son los primeros en cuestionar la falta de éxitos, y son ellos los que a veces la juegan de promotores de proyectos a largo plazo, los que enarbolan la bandera del exitismo de la que después se hace partícipe la sociedad.

El exitismo es malo en sí mismo, pero mucho más cuando la promoción llega desde los medios masivos de comunicación, que sin saber si quiera la reglamentación de los deportes son capaces de sentenciar un “fracaso del deporte nacional”. Muy sueltos de cuerpos, estos periodistas que hablan mucho y piensan muy poco lo que dicen, exigen más dinero para los deportistas por parte del Estado. Pero esos recursos que todos queremos que lleguen a los atletas para que puedan entrenarse más y mejor, ¿de dónde creen que deberían salir? Por ejemplo: la clase media y estos colegas sueltos de lengua, ¿estarían de acuerdo con que se retenga parte de lo que gana “el campo” para darle a los deportistas? O, en Santa Fe, ¿le pedirían al intendente que aumente más y más la Tasa General de Inmuebles para que colabore con los representantes de nuestra ciudad?

Las políticas deportivas de las que sólo habla esta gente durante los Juegos Olímpicos no se pueden pensar ni discutir a la ligera en cinco minutos de radio o televisión. Las políticas deportivas, en las que debería estar íntimamente ocupado el periodismo deportivo, se las exige, mínimamente, desde el entendimiento y la preocupación por el deporte y el deportista. Y, que yo sepa, nunca se escucha a una yudoca o a un jugador de tenis de mesa en algún medio nacional, y mucho menos en nuestra ciudad, donde el fútbol se come todo.

Los Juegos fueron grandiosos –sin lugar a dudas los mejores de la modernidad– y el glorioso deporte argentino, para orgullo de los que lo amamos, se subió seis veces al podio. Ahora vendrán los días del fútbol (deporte que adoro y creo entender), los olvidos de los que tanto critican, pero cuando vuelvan a faltar pocas horas para que la llama se encienda en Londres, con ella también enardecerán los que estamos hartos de escuchar tantas palabras vacías.

¿DE QUÉ HABLAN LOS QUE HABLAN DE FRACASO? Argentina finalizó en la 34ª posición del medallero olímpico. Segundo con respecto a Sudamérica –Brasil consiguió una medalla de oro más que nuestro país– y tercero a nivel América Latina. Cuba fue el mejor. Países con mayor presupuesto económico, como Grecia, Suecia, Austria o Suiza, terminaron por debajo de la delegación albiceleste.

Publicado en Pausa #16, 29 de agosto de 2008.

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viernes 15 de agosto de 2008

Un fantasma, unos números, una culpa

Por Juan Pascual


Están en un lugar, pero bajo la forma de no estar. Los fantasmas son entidades cuya presencia se sitúa exactamente sobre su ausencia. El megafilm Sexto sentido se basa en señalar esa cuestión (los muertos nos rodean pero, en el fondo, nunca están frente a frente con los vivos) y en situar un operador que convierte a los fantasmas en sí en fantasmas para nosotros. En la película ese operador es el niño que puede ver. (En otro nivel, las religiones tienen a la institución, a los profetas, a los momentos de contacto místico, en los que el Dios y la carne comparten al mortal; algunos partidos políticos proceden del mismo modo, incluso hay los que incorporan al ascetismo –particular práctica compartida, de diferentes modos, en Oriente y Occidente– como imperativo militante).
La función del niño –es decir, del operador– es la de poder actuar sobre esa forma de vida fantasmal, basada en repetir las mismas acciones: llorar una pérdida, lamentar un accidente, anhelar al ser que quedó vivo, vengar el daño sufrido. Cualquiera sea esa acción que guíe la triste vida del fantasma, se reduce a un guión, una escena que, sin fin, retorna de diferentes maneras. Quienes quedamos a merced de esa serie inmanejable de sucesos no podemos ver a los fantasmas como lo hace ese niño. Luego, en la relación con nuestros fantasmas, estamos situados siempre en la misma posición. El niño que puede ver está para conjurar el espectro construyendo un relato compartido que lo pueda atravesar y disolver, ubicándolo en otra posición. Sólo así lo ominoso, el fantasma en sí, puede pasar a ser lo simplemente problemático, el fantasma para nosotros, en suma, el relato sobre el fantasma.
La última dictadura, la hiperinflación y la explosión de la desocupación, comprendida estadísticamente entre (al menos) 1996 y 2004, son tres fantasmas diferentes (quizás, tres imágenes de un mismo fantasma) constitutivos de la experiencia histórica reciente. Más exactamente: sobre esos tres hechos hay un tipo de versión, que se repite, se repite y se repite, y que ha logrado construirlos como fantasmas. Esa repetición actualiza, renueva y fortalece la experiencia horrorosa, porque las posiciones fijas en el escenario del espanto se restauran.
La teoría de los dos demonios sitúa a quienes padecieron el terrorismo de Estado como, por lo menos, provocadores de la dictadura. Las desapariciones serían, de este modo, una respuesta a un mal anteriormente causado y, por lo tanto, ajustarían la balanza. En esa dinámica, a los Juicios a la Juntas les corresponde la obediencia debida y el punto final. Con los nuevos juicios habría un desequilibrio (que vendría a reiterar a la “memoria parcial de los derechos humanos”). Bajo esa gramática de la teoría de los demonios, entonces, se explica tanto el argumento de Bussi y de Pando como a quienes lo encuentren razonable.
El sistemático proceso de desguace del Estado y de desmantelamiento y concentración industrial, comercial y financiera de los '90 no provocó la desocupación. A través del discurso de lo que entonces se llamó “modernización” podemos comprender cómo el causante fue el desocupado mismo: no estaba adecuado para lo que el “cambio” exigía. El fantasma de la desocupación no sólo sitúa al expulsado como lógico único responsable de su posición; borra la ligazón entre humano y trabajador y convierte a la desocupación en el estado natural de existencia. Cambian las posiciones: el desocupado ya no es más un trabajador sin empleo; el trabajador pasa a ser un desocupado con empleo. Abierta queda la perenne flexibilización de sus derechos.
Sin embargo, es otro el fantasma frente al que muchos asumen o reconocen el propio grito. Quizá sea así porque en su morada se expresa el Nombre que todo puede nombrar y que, por ello, da cuenta de una síntesis de las múltiples determinaciones de la vida social: el precio.
En la esquina de Castellanos y Lavalle existía un supermercado familiar de no más de cuatro o cinco góndolas, carnicería y fiambrería. Sus clientes lo denominaban “Bellomo”. No recuerdo cuándo cerró, pero sí guardo una imagen de 1989, época en la que, centímetros más o menos, llegaba a la altura del tercer estante, contando desde abajo.
Estábamos mirando frascos. A la derecha, un muchacho recorría el estante pegando precios sobre los precios de los productos. Terminó la tarea, giró, tric tric tric, los números en la máquina (“remarcadora”, se la llamaba entonces), caminó al principio de la góndola y volvió a comenzar. Su misión era mantener el limbo del perpetuo remarcado.
Las versiones son miles, cada una repite cosas diferentes. Salarios que, apenas cobrados, se transformaban en mesas y sillas, para que no se perdiera el valor. Familias que compraban cantidades de harina y levadura y hacían su pan, antes que comprarlo. Hubo quienes se procuraron el alimento diario, durante largos períodos, con infructuosas excursiones de pesca a playa norte.
Experimentar pánico porque todos los días las cosas aumentan un poco más que la plata recibida por mes es la marca que dejó 1989. Joder con ese dolor y joder con esos gritos es también joder a la parte de abajo de la pirámide de la distribución. El secretario de comercio, Guillermo Moreno, no sólo niega un proceso inflacionario: deniega el retorno de un horror atroz. Es obsceno hacerlo todos los meses.
Y es notable cómo, lenta y paulatinamente, la voz del fantasma reaparece. Su propia palabra indica cómo aplacar los aumentos, dictando como causa de los mismos al exceso de demanda agregada. Salvajemente, entre otras cosas, el planteo termina señalando que los aumentos de salarios provocan los aumentos generales de los otros precios. Así es, se dice, entre otras razones, porque más salarios son más costos de producción.
¿Se podría jugar a ser el niño de Sexto sentido, considerando que en los últimos tiempos los aumentos salariales no superaron, con toda la furia, más del 20% en cada año y utilizando datos de público conocimiento?
Entre 2006 y 2007, Quickfood, con sus homónimas hamburguesas y con las Paty, aumentó sus ganancias un 64%. Más claro: si tuvo ganancias por 100 en 2006, en 2007 ganó 164. Además, maneja el 60% de su mercado. Arcor, líder en golosinas y enlatados, aumentó un 40%. La cementera Loma Negra, hoy de la brasileña Camargo Correa, incrementó sus ganancias en un 95%. Aluar, aluminios, 42%. Serían números para festejar excepto porque, por ejemplo, Quickfood sólo aumentó su producción un 8%. Esto es: si en 2006 produjo 100 unidades, en 2007 hizo 108. Arcor incrementó la producción un 10%. Loma Negra un 8% y Aluar un 10%. ¿Cómo ganar tanto más sin producir tanto más? ¿Acaso porque una posición concentrada en la oferta permite mover los precios al antojo? ¿Qué significa esto si se considera que el 85% de las ventas de supermercados están manejadas por seis firmas, que tres ingenios producen el 50% del azúcar, que la europea Unilever y la norteamericana Procter & Gamble manejan el 90% en artículos de limpieza y que cinco emporios llegan casi al 100% de la producción de plásticos y envases de alimentos? Si los aumentos de salarios se trasladan a los costos y, luego, al precio de los productos, ¿se trasladarán las superganancias a los salarios de los trabajadores? Si así sucediera, ¿qué pasa con quienes quedan afuera de ese (del todo ficticio) aumento salarial?
Cada precio expresa la situación, el momento actual, de un conflicto social existente. Muy poca intervención se puede hacer en tal conflicto a partir del control de precios: siempre se pueden trampear, siempre se termina cediendo (generalmente, para un mismo lado). Mucho hay por hacer en materia de ampliar la oferta, de hincar el diente en la torta oligopólica, de situar al Estado como un agente productivo con mando tecnológico. A la fecha el gobierno nacional optó por lo primero, y con mala gestión.
Hay que recordar que el salario es un precio más, aquel que corresponde al tiempo de trabajo vendido. Y que cuando crece menos que el precio de los productos, el fantasma reaparece. Y que lo importante no es tanto el miedo, la experiencia aterradora que ello conlleva, sino las posiciones, el guión, el escenario que se monta. Porque, en suma, un fantasma, una escena donde cada posición se repite, es un conflicto que no avanza, donde el héroe vive como simple víctima pasiva. El fantasma de la inflación está para plantear un escenario en el que jamás el ojo puede ver la posición de los que estructuralmente ganan. Por eso, a veces hasta sentimos culpa cuando la plata no nos alcanza.

Publicado en Pausa #14, viernes 15 de agosto de 2008

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viernes 8 de agosto de 2008

Mano dura adolescente

Por María Cecilia Moscovich


Ayer empecé a reemplazar en un 5to. año, en “Formación Ética y Ciudadana”.
El tema que estaban viendo era Derechos Humanos. Escribí esas dos palabras en el pizarrón y les pedí que empezaran a decir lo que se acordaban, a lo que les refería. Tras varios “no me acuerdo nada”, un grupo de alumnas dijo “los derechos humanos son eso por lo cual los sacan a los ladrones de la cárcel”. A continuación, hicieron chistes sobre Hitler, reivindicaron la dictadura…
Y ahí se armó.
Se armó una gran discusión. Yo repreguntándoles y rebatiendo lo que decían, las chicas vociferando muy emocionalmente una serie de enunciados que fui tratando de apuntar en el pizarrón, como para tratar de analizar más fríamente lo que se estaba diciendo. Todos los enunciados eran prototípicos del discurso de la mano dura.
Es cierto que gran parte de los alumnos permanecieron callados.
Volví a mi casa y me puse a escribir esto, un poco tratando de digerir, un poco buscando una forma de dialogar, porque la discusión de ayer –como jamás me pasó con mis alumnos– se pareció más bien a una pelea. Nunca antes me había pasado encontrarme con adolescentes con un discurso así. Si fuera cualquier otra situación, probablemente me olvidaría del asunto o estaría malhumorada un rato y se me pasaría luego. Pero estos chicos van a ser mis alumnos durante los próximos 3 o 4 meses.
No hay una sola visión del mundo. Está la derecha, está la izquierda, y un montón de matices y rejuntes en el medio. Por lo general siempre he estado de acuerdo con mis alumnos, o por lo menos ellos no defienden con tanta sulfuración sus diferencias.
En la escuela compiten y se encuentran varias visiones sobre el mundo, se negocian significados. No hay una sola visión sobre el mundo y la sociedad. La discusión, la escucha de las diferencias, debe llevarnos a mover nuestro pensamiento, no a aferrarnos a las posiciones que teníamos previamente. Si tanto gritamos, si tanto vociferamos, ¿cómo podremos llevarnos algo de lo que los otros dicen, cómo algo de lo que los otros dicen servirá para modificar nuestro pensamiento?
Estoy dispuesta a buscar algo de razón en lo que dijeron. De todos los enunciados que fui apuntando en el pizarrón, ¿en ninguno había algo de verdad, y de justicia? ¿Por qué me chocó tanto lo que dijeron? ¿Por qué choca tanto el discurso de la mano dura?
El discurso de la mano dura, tiene un fondo de justicia. Hay por lo menos una pretensión de justicia en sus exigencias. Se exige que a un delito corresponda un castigo justo. Que el que cause un daño, lo pague. Se exige que el trabajo y el esfuerzo sean la única fuente de obtener lo que se tiene, y no el delito ni las prebendas de los políticos de turno. Se exige respeto por la vida humana, por las propiedades y bienes conseguidos con trabajo. Se exige sentirse seguros y tranquilos.
Ésas son pretensiones justas. Yo las comparto, y no creo que haya persona en el planeta que no las comparta.
¿Entonces cuál es el problema con el discurso de la mano dura? ¿Por qué estuvimos una hora entera gritándonos si en eso estamos de acuerdo?
El problema con el discurso de mano dura es que más que como un discurso de justicia suena como un discurso de venganza.
El problema con ese discurso es que sus exigencias de justicia van asociadas con afirmaciones injustas, con asociaciones ofensivas y discriminatorias, llenas de odio y resentimiento.
El problema con el discurso de la mano dura es que cree que la descripción de la realidad es un argumento ético. El discurso de la mano dura enumera hasta el cansancio todo lo que pasa y, en algún sentido, dice cosas ciertas (los robos, la inseguridad, las muertes). Con ello, entonces tenemos que darle razón. Pero contar lo que pasa no es pensar, es sólo contar lo que pasa, y no es imaginar una alternativa de cambio.
El problema con el discurso de la mano dura es que lo que propone es el epitafio de los hechos: en vez de encerrar a los menores que delinquieron, ¿por qué no pensar en algo para hacer antes?
El problema con el discurso de la mano dura es que simplifica en un par de recetas mágicas un problema inmensamente complejo. Deja mucho, muchísimo, de lado.
Claro que hay corrupción en la justicia, claro que las cárceles no funcionan. Todos queremos que la justicia mejore y las cárceles mejoren. Yo también, y asimismo “los de derechos humanos”.
¿No es un poco incoherente exigir más cárceles al mismo tiempo que gritamos que las cárceles no funcionan? ¿No es incoherente pedir más policías cuando al mismo tiempo se grita que la policía es corrupta?
¿No habrá que imaginar, entonces, otra cosa?
Nadie dice que haya que abolir las cárceles o dar rienda suelta al delito... claro que no. El sistema penal debe mejorar. Debe haber policías y el delito ser castigado. Claro que sí.
Pero hay muchas cosas más que deben hacerse, y el problema con el discurso de la mano dura es que siempre las deja de lado.
Todos, hasta los de derecha, saben que el aumento exponencial del delito en Argentina en los últimos años viene de la mano del aumento de la desigualdad y la exclusión social. Mis alumnas ayer se empeñaban en rebatir este hecho, probablemente el único indiscutible en todo esto. Decían que mucha gente sin recursos trabajó desde abajo, y no roba, por lo que –decían– la desigualdad y la exclusión no están en la raíz del delito. Afirmación sorprendente en unas alumnas que minuto seguido decían que “los negros que se reproducen como conejos no paran de robar y matar por dos pesos”.
¿Podemos afirmar seriamente que en la desigualdad social y la exclusión no está la raíz del aumento exponencial de la violencia del delito? Diré, también, que esto no implica criminalizar la pobreza, por el contrario a gritos dije que si todos los pobres –la mitad de la población argentina– fuesen criminales, ya no habría nadie vivo.
Entonces, ¿qué es más urgente? ¿Construir cárceles, encerrar menores, juzgarlos como a adultos, implementar la pena de muerte –y todas las cosas que mis alumnas dijeron– o atacar la desigualdad, generar trabajo genuino, redistribuir la riqueza, educar, generar inclusión social, y mantener la esperanza en el poder que la educación, el trabajo y la cultura tienen en la transformación de las sociedades?
¿Es mucho pedir a unas chicas de 17 años que tengan esperanza? ¿No se puede cambiar un discurso de justicia basado en la venganza por uno de justicia basado en la esperanza y el cambio de la realidad?
Mis alumnas dijeron que a los pobres se les vive dando oportunidades y que las malgastan. ¿Será tan así? ¿No será exagerado, y por ello falso? ¿No habrá historias de transformación, de dignificación, de oportunidades aprovechadas? Yo podría contar miles.
¿Saben mis alumnas que la sociedad polarizada, fragmentada, exclusora y desigual que tenemos, es producto de la política económica implementada por la dictadura que reivindican? ¿Saben que gracias a “los militares” la clase media argentina se vino abajo, la riqueza se concentró y millones de personas fueron expulsadas a la miseria y la indigencia?
¿Les parece a mis alumnas una linda imagen del futuro una sociedad llena de villas y de cárceles? ¿No será mejor poner la energía también en terminar con la pobreza? No, no podemos prenderles fuego. No sólo porque hacerlo nos convertiría en bestias, sino porque volverían a aparecer, porque es el sistema el que fabrica pobres, chicas, no ellos “que se reproducen como conejos”.
Sí preocupémonos por la seguridad, exijamos justicia y castigo al crimen. Pero la justicia no pasa sólo por la seguridad. Quiero decirles que “los de derechos humanos” no pelean sólo “por los negros”. Peleamos por una sociedad más justa para todos los humanos. Peleamos por una idea de humanidad donde tengan lugar la esperanza, la compasión, la posibilidad de transformación y de volvernos mejores.
Pongamos nuestra energía no en odiar, sino en pensar alternativas para terminar con la raíz del problema. Les pido atención para que sus exclamaciones de justicia no se conviertan en exclamaciones de odio y, por tanto, injusticia.
El tema del sistema penal es un tema fascinante y también urgente; vamos a ponernos a estudiar sobre el mismo (algo fundamental al emitir opiniones tan apasionadas es investigar el tema). Pero no es la única dimensión de la justicia, y no es la única que debería preocuparles. Construir una sociedad de verdad más justa pasa por construir no una sociedad llena de encerrados, sino por construir una sociedad más igualitaria.

Publicado en Pausa #13, viernes 8 de agosto de 2008

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viernes 1 de agosto de 2008

Una guerra de baja intensidad

Por Ana Fiol



El Movimiento de Mujeres de la ciudad siempre ha estado comprometido con los principios básicos de la lucha para la liberación de las mujeres de condiciones de violencia, es decir, de servidumbre y abuso. Insultos, humillación, violación, palos y muerte.
Mabel Busaniche dice que el feminismo y las luchas de las mujeres, los esfuerzos de tantas compañeras organizadas durante los últimos veinte años, están dando sus frutos en general. Yo creo que, en particular, en el problema de la violencia hay más denuncia y la comunidad se hace cargo de la cuestión de una forma más abierta. Eso es una enorme victoria para el movimiento de mujeres, a la que se suman otras, como la educación sexual y de género en las escuelas y el haber instalado en la esfera pública el aborto legal como un derecho que ya no puede esperar.
El refugio que propone la concejala Adriana Molina es un recurso estratégico en la batalla contra la violencia, una política pública feminista que ayudaría a las mujeres golpeadas. En Inglaterra, el recurso del refugio era importante a la hora de ayudar a una mujer a escapar de su casa y del peligro de morir apaleada a manos de su marido. En Londres mueren dos mujeres por semana, casi todas cuando finalmente los dejan. En la comunidad latinoamericana, formada sobre todo por colombianas y ecuatorianas pobres, las mujeres están a merced del machismo latino tanto como de su destino de sirvientas y/o putas.
Frente a esos niveles de vulnerabilidad y desprotección, los cinco refugios de las organizaciones de la comunidad latina, diseminados por lugares secretos de la gran ciudad, eran muy útiles para mujeres y niños abusados por la violencia doméstica.
El problema de las políticas feministas es que siempre hay que inclinarlas para el lado de las más pobres para que resulten efectivamente feministas. Es decir: hay que construir y gestionar refugios donde más se necesitan.
La pobreza y la violencia doméstica hacen desastres en el cordón oeste de la ciudad. Las mujeres de los sectores populares son las más violentadas, pero además son las más desprotegidas. La justicia y la policía no las ampara ni protege, más bien todo lo contrario.
El maltrato es un delito, nos dice la ley, pero las mujeres del centro escapan sin denunciar y las mujeres pobres no tiene a dónde ir. Refugios para las mujeres de los sectores vulnerables y sus hijos sería a mi criterio una iniciativa correcta, pero el estado está obligado a tomar el toro por las astas y hacer política pública, abordando la cuestión de la violencia doméstica con recursos humanos, dinero e investigación. Se nos explica que no hay datos, que los recursos no alcanzan, la oficina del equipo provincial es paupérrima. Sin estadísticas ni personal, el área no es una prioridad.
La violencia contra las mujeres es una guerra de baja intensidad, interminable, profunda y antigua, contra el segundo sexo. Es tan universal que parece natural considerar a las mujeres seres inferiores. Sin embargo, el Movimiento de Mujeres no se amedrenta por la enormidad de la tarea. El Colectivo La Verdecita está impulsando un protocolo de violencia doméstica a través del sistema de salud. La lógica es simple pero efectiva: las mujeres siempre vamos al médico, por nosotras o por los hijos. Chabela Zanutig quiere que los médicos, los agentes sanitarios, las asistentes sociales y las enfermeras estén munidas de un instrumento que les permita tener presente siempre el problema y registrar a las víctimas. De este modo la violencia no caería debajo del radar del sistema y se juntarían los datos del fenómeno.

Publicado en Pausa #12, viernes 1° de agosto de 2008

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Ir a Nota relacionada: Del dolor puertas para adentro. Por Marcela Perticarari.

viernes 25 de julio de 2008

Qué pueblo, qué conflicto

Por Juan Pascual

Fuera de todos sus relatos biográficos, la razón última del famoso voto del vicepresidente se expresa en una sola frase, que no le pertenece. “Esta ley no soluciona el conflicto”, dijo Julio Cobos en esa madrugada; toda la semana previa Mario Llambías, líder de las Confederaciones Rurales, había usado los mismos vocablos. Incluso pocas horas antes de la votación, en el acto del monumento a los españoles, repitió la consigna: “una cosa son los votos y otra cosa es la solución del conflicto. Pongan huevos señores senadores”.
El enunciado no significa poco: el “conflicto” no es algo que se da por obra de las fuerzas de la naturaleza, como un terremoto o un huracán. Y una “solución” no tiene por qué significar solamente la imposición del propio reclamo. Dentro de esa misma naturalización, en el mismo escenario, con la concisión que caracteriza a quienes están acostumbrados al mando, Luciano Miguens, de la Sociedad Rural, pudo decir que “ganemos o perdamos mañana, esta medida no va a poder continuar”.
Miguens y Llambías sencillamente daban cuenta de lo que las entidades (ellos mismos) iban a promover en las rutas. Si el conflicto existe naturalmente, naturalmente la medida no va a poder continuar porque, naturalmente, florecerán los cortes de ruta. Entonces, es lógico que el propio Miguens acabara de inmediato el asunto en el fin de semana: “El conflicto terminó”, anunció a los medios (y al resto de sus aliados). Fin y principio del conflicto, por ende causas y motivos, estuvieron trazados por los ruralistas. Cobos no hizo más que agregarle una línea a ese texto.
¿Qué hubiera pasado si el vicepresidente hubiera ratificado la resolución 125, modificada en la cámara baja? ¿Cobos le hizo bien a la república porque propuso el tratamiento legislativo del tema, porque participó en su debate o porque votó en su contra? ¿Hubiera sido, de todos modos, el adalid de la democracia y del pueblo si votaba en línea con el poder ejecutivo, del que es parte? ¿El hecho democrático radica en el tratamiento parlamentario o en el resultado de tal tratamiento? Para estas preguntas es preciso recordar la tarde previa a los discursos del senado. Frente a 300.000 personas De Ángeli dijo que “a los señores gobernadores que se pusieron del lado del campo, a los legisladores nacionales y a los intendentes: se van a poder pasear tranquilamente por su pueblo que el pueblo los va a agasajar y les va a reconocer. A los otros... ¡los otros perdieron la libertad!”.
El “pueblo” tampoco es una entidad natural. No preexiste a cómo se articule su sentido, cosa que tampoco es neutral. ¿Adónde empezaba y terminaba el pueblo argentino en 1800? ¿Y en 1809, 1811 o 1817? ¿Eran parte del pueblo argentino los bonaerenses, durante los tiempos de Urquiza? ¿Son argentinos los muertos que se festejan en una efigie y en un paisaje plasmados en el billete de 100 pesos?
Cual sea la definición de “pueblo”, quién la produzca, cuáles sean sus alcances y, sobre todo, quién queda afuera de ese planteo son cuestiones fundamentales para entender la racionalidad de un orden político, sus límites y sus fuerzas inmanentes. Bajo el “pueblo” se encuentra un colectivo superpuesto con el objeto de la acción del Estado, los habitantes en sus relaciones sociales. Y es el nombre de “pueblo” el que legitima las cisuras que el Estado produce en la sociedad, los abismos que surcan como rayos al cuerpo de la población.
El resultado de esta primera escaramuza por la renta agraria -cuyo campo de combate tuvo tres trincheras: la pantalla (del cable y de la cadena nacional), las rutas tomadas y las góndolas vacías o remarcadas- se cifra en el significado de “pueblo” y en la ubicación del “conflicto”. En las tres trincheras el gobierno equivocó todos los modos y modales (véase Pausa #1). La extemporánea actuación de la Gendarmería (que marcó el paso de la resolución al Congreso) y la (al menos) inerme posición frente a los oligopolios de producción y distribución alimentaria, de Quickfood a Molinos o Coto, en pos de controlar la inflación (acelerada por el desabastecimiento) sólo quedan por debajo de la alelada indiferencia frente al lenguaje de la videopolítica (que, guste o no, es una realidad ineluctable).
Las plazas televisadas no resisten la tragedia interna del PJ en la parafernalia de sus carteles; promueven una imagen de formas homogéneas y espectaculares. Más allá de sus orientaciones, la cacerola, la represión y las asambleas de 2001 (circunstancialmente, también los piquetes), las velas y el rostro de Blumberg, las banderas argentinas en 2008 comparten este lenguaje. Es que todo lenguaje es a la vez un límite y (por ello) una posibilidad. Justamente, eso quiere decir que no por gritar más alto un grupo de eslovacos van a comprender el castellano.
Por TV, el “pueblo” del gobierno quedó reducido a la figura del negro (véase Pausa #4) arriado al acto por un choripán y su “conflicto” se significó como un delirio setentista que poco tenía que ver con la así llamada situación de los pequeños y medianos productores. “Crispación” fue el término elegido para aunar los dos términos. Bastante interés mostró el gobierno en dejarse ubicar y en ubicarse en esa posición.
Y así, punto por punto, el “pueblo” y el “conflicto” del ruralismo ganaron el espacio de la conciencia cívica, del saber técnico, de la mesura fraternal. El tipo de significados que construyeron sí respetaban y se nutrían de los marcos del TV, del proceso de la protesta rutera y del horror de los consumidores urbanos por volver a 1989. La forma de naturalizar los sentidos de “pueblo” y de “conflicto” explica tanto la posibilidad de las citas referidas más arriba como el sonriente respeto reverencial de Joaquín Morales Solá, que rompiendo una regla elemental del oficio, como la repregunta, aceptó como dato cierto un aumento del 400% en el glifosato (al momento, la revista del sector consignaba un 68,2%. Y el herbicida compone cerca del 4% del costo total).
En el reverso de las dos articulaciones también estaban las consignas de la mesa de enlace: suspender la resolución 125 (causa única del “conflicto”) porque, en un muy lejano segundo lugar, podía afectar negativamente a los pequeños chacareros (núcleo de identificación del “pueblo”). Sobre estos dos puntos se articularon desde el históricamente devastador mito de la argentina granero del mundo hasta la nueva figura de una especie de tecnogaucho de gorrita, súperarado y siembra directa bajo el dictado de un paquete tecnológico transnacional (véase Pausa #9).
Ya empiezan a retirarse los cadáveres del campo de batalla (De Urquiza y Fernández fueron los primeros) y se inicia el trazado de las nuevas fronteras. Es el momento en que de las justificaciones a través de la opinión del “pueblo” y de los análisis producto de la naturaleza del “conflicto” se pasa a las regulaciones sobre la vida de la población. Es el momento en donde afloran los distintos límites internos concretos y en donde surgen algunas incógnitas.
Hoy, todos los productores pagan el 35%. Alegan preferir eso a la burocracia de las compensaciones. De todos modos, así se impone más aún el más eficiente (el más grande), perdurando el modelo sojero de Duhalde y Kirchner. En un futuro, en lo que surja de la negociación de una nueva curva de la alícuota, el beneficio para los pequeños y el ajuste para los grandes ¿será mayor, menor o igual a lo pautado en la 125 (fuera de todas las mejoras técnicas), o bien se considerará “mediano” a quien venda 3000 toneladas anuales? Alguien que con una sola cosecha tiene ingresos por $3.300.000, ¿no es un grande? ¿Qué representa la Federación Agraria? ¿Cuál es el precio a pagar por sentarse a la mesa con La Rural?
O más exactamente: ¿cuánto tiempo pasará antes de que implote el “pueblo” que supo construir esa mesa?

Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008

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Construcciones

Por Claudio Chiuchquievich

Hace cinco años vengo escribiendo acerca de algunas acciones que despiertan múltiples análisis, expresando algunas proposiciones interpretativas que, en virtud de lo ocurrido desde hace un lustro, hoy me permito compartir. Decía así aquella proposición interpretativa:

Algunos “errores”
que se cometen según
la lógica dominante imperante
son los “aciertos” estratégicos
que nos distinguen
de aquellos que decidimos superar.

Y sólo se llega a esta circunstancia cuando se la desea, se la imagina, porque se la proyecta, se la fuerza y existe capacidad para construirla.
Se acierta y se cometen errores en el intento. Y nadie mejor que quienes acometen esos actos (pienso en las Madres de Plaza de Mayo... hoy digo Marcha de las Antorchas) para comprender las razones que los explican.

Nunca han sido tibias/os
a la hora de ser profundos
al momento de escrutarse,
cuando se hace necesario despojarse
aún de los prejuicios compartidos
para intentar abordar la propia realidad.

Por eso digo desde hace un tiempo que algunos “errores” que se cometen según la lógica dominante imperante son los “aciertos” estratégicos que nos distinguen de aquellos que decidimos superar.
Desde hace cinco años, tenemos la oportunidad de comprobar cómo los integrantes de la Marcha de las Antorchas se aventuran a hacer lo que no está permitido:
se atreven a desafiar lo trillado conocido;
abordan políticamente esa instancia construyendo una nueva estética;
dicen con el cuerpo todo cuando el resto tan sólo trata de coordinar la vista con la voz;
acceden al misterio de provocar conmociones entre quienes ya ni esperaban ser sacudidos en esta ciudad casi tan sin sorpresas como la que vivís;
echan a rodar claridades de compromisos inclaudicables que no se pactan con ningún candidato de ocasión;
demuestran que todavía existen quienes nos ofrecen su respeto cuando suben a un escenario para tomar la palabra;
apelan a lo innegable que cada uno debe aceptar;
generan la envidia de los que habitualmente ocupan esos lugares sin generar una sola emoción;
responden a los teóricos qué es construir ciudadanía;
nos hacen sentir a todos que nos enorgullece comprobar cómo cabalgan su propio camino;
que la verdad que enarbolan está racionalmente explicitada, pero que en el camino no han perdido la pasión...
Debe ser por eso que decía Piglia en Respiración artificial: “La pasión es el único vínculo que tenemos con la verdad”. Esa pasión que es el producto del deseo: el de justicia... Y debe ser por aquello que dijo Chaplin en Candilejas: “La vida es un deseo, no un sentido”.

Pero... ¿saben qué?
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.

Y tiene sentido lo hecho. Porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por eso tantos ingenieros de la política trillada les tienen miedo. Porque les enrostran lo que no tienen Y lo que sus pactos les impiden hacer para lograr lo que ustedes despiertan, provocan y disparan en aquellos que acuden a los sitios en los que ustedes accionan con la potencia que despliegan aquellos que saben reconocer en sus debilidades la propia fortaleza.
Eso es construir poder, no ser un poderoso. Eso que decía Roberto Arlt: “Los aparatos políticos otorgan muchas cosas, poder, por ejemplo; pero no inteligencia, que es su creación y no su mera acumulación burocrática”.
Esto es lo que hacen ustedes: construyen poder, accionan con razones, traccionan despertando confianzas, lo asumen con plena conciencia, exponen el pellejo en el ruedo, despliegan certezas que invitan a lo posible, nos demuestran que es realizable, asumen los costos de sostener dignidades, se crecen desvergonzadamente alegres... Por todo eso, muchos les tienen miedo.

Allí está su exposición, la de ellos.

En cambio, de su lado: los valores, los datos que demuestran complicidades o corrupciones, la entrega y la miserabilidad que ellos han construido comprando silencios. De su lado: la potencia de la voluntad de sentirse dignos.
¿Y saben qué?
Además, ustedes no sólo a los que mienten decencias asustan.
Además, ustedes a los que se sienten decentes los asombran; a los que jamás juegan su honestidad los sorprenden; a los que asistieron ayer a la Plaza los traccionaron; a todos los que concurrieron al acto los convencieron.

Por eso digo:
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.

Y ustedes consiguen plasmar tan desmesurado objetivo: construyen sentido.
Y repito: tiene sentido lo hecho porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por todo eso me atrevo a decirles desde un orgulloso “nosotros” que es deseable construir.
Nos queda la experiencia para aprender de los errores.
Se descubrieron capaces de acertar aún en la derrota... y esa es su mayor riqueza.
Se encuentran serenos, y eso cuenta de sus certezas.
Se midieron desde un nosotros que nació entre ustedes, y eso habla de lo que provocan.
Se han jugado sabiendo el resultado, y eso contagia a los descreídos.
Se expusieron (y se exponen) a perder sus laburos, y eso abochorna a los tibios de siempre.
Se animaron a estar en la lista negra del poder, y eso hizo que “ellos” (nunca como hoy) estén tan “marcados”.
Se permitieron el ejercicio del tropiezo, y eso les enseñó de las piedras que aún quedan por superar en el camino.
Se sintieron responsables y se hicieron cargo de lo que les cabe, y eso nos hace sentir que estamos vivos.
Se han visto decir lo que no se perdona en esta comarca en la que todo tiene precio, y todos nosotros podemos dar fe de que no nos han mentido cuando hablan de valores.
A ustedes, hombres y mujeres de la Marcha de las Antorchas, les digo:

Nos espera lo mejor.
Lo peor ya fue destruido.

¡Salud!, compañeros.
A no aflojar en tamaño desafío.

Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008

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viernes 11 de julio de 2008

¡Sembrad las semillas de celular, maquiladores del surco!

Por Juan Pascual

Varios argumentos producidos desde diferentes posiciones quedaron flotando después del fárrago de presiones, apretadas y persecuciones diversas alrededor del tratamiento en las cámaras nacionales de la resolución 125. Uno de ellos es un cálculo económico inapelable: la ley actual no contempla una eventual escalada en los costos de los insumos agrotecnológicos, como las semillas, los fertilizantes y los herbicidas.
Mosaic (una fusión de Cargill e IMC Global) y OCP controlan el 70% de los fertilizantes fosfatados y potásicos que se utilizan en Brasil (además, Mosaic es la líder mundial en la producción de los mismos y Cargill es el mayor exportador agropecuario de la Argentina). Hace un mes, Reinhols Stephanes, ministro de Agricultura de Brasil, anunció como parte de su política la estatización parcial de la producción del insumo, vital a la hora de lograr los inverosímiles rindes actuales de la tierra.
Quizás hayamos olvidado la exacta dimensión de un Estado nacional que, en un momento de nuestra historia, comandaba toda una serie de empresas, fuera de que muchos recordemos a Aerolíneas Argentinas, a los ferrocarriles o a ENTel en su ineficacia y en sus déficits. Sí es un hecho que, en general, se desconoce que estas empresas no siempre funcionaron así: la YPF de Mosconi supo competir y desplazar al gigante de su época, Standard Oil (más conocida por su posterior nombre, Exxon).
También debiera formar parte de este elemental relato de historia económica el indicar cómo, sobre todo desde la última dictadura en adelante, se fueron transfiriendo masivamente pasivos a dichas empresas (o computando como tales a las compras de capital), mientras se reducían hasta lo ridículo los salarios de los cuadros técnicos, los empleados responsables y capacitados para el buen funcionamiento. Así, poco tiempo tuvo que pasar para que los horarios de llegada de los convoyes de hierro o la adecuación tecnológica de las comunicaciones fueran hilarantes ficciones. Finalmente, hasta la extracción y refinamiento de petróleo dieron pérdidas. Esta última enumeración, un clásico aprendido en los ’90, es una parte de los resultados de una (alevosamente organizada) política sistemática de vaciamiento. La otra parte es peor.
La doctrina privatizadora solidificó la idea de que el Estado sólo debe ser una entidad desde donde emanen algunas pocas regulaciones sobre la competencia mercantil. Y disolvió una de sus principales funciones (que provenía, justamente, del peso de las empresas públicas): la de intervenir como un productor y distribuidor concreto. El complejo ferroviario, por ejemplo, no sólo reparaba material rodante: construía el “modelo” de los vagones como elemento para la fijación de un precio guía, necesidad básica para una licitación cuyas bases no sean propuestas por los mismos vendedores.
De ese modo, en gran medida, nuestro Estado (la institución política pública) entregó el conocimiento técnico y la capacidad organizativa sobre todas las áreas clave de la economía. Luego, las decisiones políticas públicas quedaron totalmente enajenadas (hasta por principio) en un saber y una fuerza que es pura propiedad privada. Y dicho saber y fuerza no son a la fecha los mismos que hace 20 años. Ni que hace 10.
La complejidad de la tecnología agropecuaria ha provocado un vuelco completo en el trabajo rural. Cultivar la tierra ya poco tiene que ver con la naturaleza y sus tiempos o con las manos callosas y los tronantes tractores. Fertilizantes, semillas y herbicidas son claves en la duplicación histórica de los rindes por hectárea. En Mosaic, Syngenta y Monsanto, en el poder de su capacidad de creación tecnológica, está el verdadero mando económico sobre el modelo agropecuario (véase Pausa #1). Estas tres multinacionales integran, organizan y posicionan dentro de sí a todo aquello que se les relacione: desde el precio de la tierra hasta el tamaño de la tolva. Cuánto, cómo, a qué escala, con qué y a qué precio se produce varía de acuerdo a qué nuevo organismo genéticamente modificado (OGM) sea la novedad.
Ineluctable mercancía: la única forma de no ser absorbido dentro de este régimen de innovación acelerada es sencillamente salir del esquema productivo, por marginalidad o por simple desaparición. Cuando Monsanto logró que la soja GM resistente al agroquímico Roundup fuera autorizada en Argentina, en 1996, se cultivaron 37.000 hectáreas con esta semilla. El maíz BT (genéticamente protegido de los insectos) comenzó su camino local en 1998, en 13.000 hectáreas. Ambos cultivos en 2005 cubrían 14.058.000 y 2.008.000 hectáreas, respectivamente. Hoy la soja RR, un producto cuya hidalga y telúrica tradición nacional tiene poco más de 10 años, cubre más de la mitad de la superficie cultivada: 16.900.000 hectáreas. Total mando: sólo un movimiento de este capital tecnológico implica aumentos o descensos de los precios de la tierra y los arriendos, produce variaciones relativas y absolutas de los rindes, induce cambios frenéticos de centenarias tradiciones productivas, exige la transformación de todas las herramientas de siembra, cosecha y almacenado y profundiza su capacidad de explotar toda la masa de trabajo que está bajo su égida.
Cuando Eduardo Buzzi afirma que la 125 no contempla el aumento de los costos de producción (más allá de que, en la soja, falte mucho o menos que mucho para que se pierda la rentabilidad concreta actual) también realiza un pase mágico: expone y oculta, simultáneamente, cómo el sector agrícola más dinámico, con mayor renta y mayores ganancias, es en verdad un subsistema dependiente de estas multinacionales. Expone un cálculo económico elemental. Silencia la total entrega al mando tecnológico.
El diseño biogenético y el desarrollo químico hicieron de las antiguas plantas, abonos y desmalezamientos una única entidad más cercana a la tecnología requerida para producir un celular que a otra cosa. A la vez, los antiguos productores y dueños de la tierra pasaron a ser, en el fondo y gustosamente, unos súperbienpagos armadores de televisores de granos, por medio de la industrialización de una serie de procesos dominados ya no por la naturaleza sino por la innovación técnica que manejan los verdaderos dueños del mercadito.
Hay que develar que el punto hoy no está en los subsidios ni en levantar deudas hipotecarias, porque la dádiva nunca es mucha y siempre se olvida. Tampoco se trata de impuestos o control de precios, porque la regulación siempre se trampea, primero en su legitimidad y luego en su efectivo cumplimiento. Simplemente, se trata del control efectivo. Si lo público, lo colectivo o la comunidad (sea bajo la forma Estado u otra) pretenden recuperar una voz de mando estratégico en la economía, uno de los lugares a apuntar es éste. Hasta tanto esto suceda, el grito sordo y profundo del capital tecnológico será uno solo: “¡Sembrad las semillas de celular, maquiladores del surco!”.

Publicado en Pausa #9, viernes 11 de julio de 2008

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viernes 27 de junio de 2008

Exiliados del mundo

Por Juan Pascual
Mi amiga nació en el exilio. Hoy ella y mi amigo, su marido, viven en él.
A diferencia de quienes, antes y después del golpe de Estado del '76, se fueron del país perseguidos por la tortura y la muerte, hubo una generación que, tras 25 años, se fue desgranando por los pontones de embarque de Ezeiza. Los que nacimos en la década del '70 necesitamos mucho más que las dos manos para contabilizar a todos los pares de edad emigrados entre 2000 y 2005, inicio y fin de la escalada de ausencias y despedidas. Los primeros se fueron con lo puesto; recuerdo cómo ya sutilmente olían el derrumbe. Los segundos comieron angustia junto a los demás, mientras minuciosamente soñaron con un viaje que, finalmente, llegó.
En Milán o en Santa Fe, una joven generación experimentó un exilio económico silencioso.
El exilio es uno de los pocos fenómenos que cumple estrictamente con dos requisitos típicos: realmente tiene dos caras demarcadas con un abismo que las separa. El lenguaje de esas distancias tan diferentes entre sí se compendia en esa relación: la cara de quienes se quedan y la de quienes se van, la distancia que vive el que se queda, que no es la misma que la que vive el que se va. (Pepe y Mabel, los padres de mi amiga, conocen ambas experiencias: ser un exiliado político en los '70, con la beba a cuestas; verse en la hija mujer, tan lejana, concretando lo que aquí se negaba).
No obstante, hasta la recesión de fines de los '90, y en general, nuestras siempre benditas clases medias desconocían la naturaleza y las formas de este tipo de movimiento, que se acelera cada vez más a nivel mundial. Nunca Argentina les había sido un lugar asfixiante por el sólo hecho de estar.
Hay quienes, por su parte, desde hace mucho que conocen el exilio de otras maneras: se van bien cerquita, en colectivo nomás, sin el dinero para el pasaje de avión. A esos, las clases medias y altas los llaman negros de mierda. Son los trabajadores rurales, los peones que vienen del campo a la ciudad, o los habitantes de países limítrofes, de los que nada sabemos: ni siquiera de qué están huyendo (véase Pausa #4). No importa, son bolitas. Del mismo modo, los jóvenes llegados a Europa pasaron a ser, como mínimo, sudacas. Un sudaca no puede opinar, asociarse o trabajar libremente. En tanto que sudacas, acceder a cualquier derecho es un horizonte de felicidad y promisión. Un horizonte muy distante, difícil de alcanzar.
Los listados de derechos generales casi conforman un género discursivo. Dentro de ese género tenemos textos para los niños, las mujeres, los jóvenes, las personas con capacidades diferentes, etcétera. Hay un texto superior en este género, la Resolución 217 A (III) del 10 de diciembre de 1948, producida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, conocida como Declaración Universal de los Derechos Humanos, y hay un texto fundacional de 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Este último es el fruto de la revolución francesa, el primero es el resultado de Auschwitz y las guerras mundiales. Más allá de la línea que pueda trazarse entre la génesis y la cúspide, lo importante es notar cómo la vida humana, la pura vida humana, por ser tal, por ser vida en sí, conlleva una serie de derechos. Por nacer somos inscriptos como sujeto de derechos, por nacer se nos inserta en un orden de legalidad. Sin embargo, al mismo tiempo, por nacer somos parte de una nación. Nacimiento y nación son términos indisociables.
El sujeto de derechos universales y el individuo de la población nacional están radicados en el mismo lugar… pero, ¿serán lo mismo? ¿Cuál de los dos cuerpos que poseemos es el que vale: el cuerpo humano o el cuerpo nación, el cuerpo que por su naturaleza biológica accede a cierto tipo de derechos o el cuerpo que por una cuestión geográfico-política posee una nacionalidad determinada?
El problema es independiente de nuestras posiciones y creencias ideológicas: somos animales en cuyas vidas puras ya ancla lo político. Una pregunta se abre: ¿quién o qué posee la capacidad de decidir soberanamente cuándo mi cuerpo es de humano o cuándo es de argentino?
El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, por tomar un ejemplo, apoyó la segunda opción, más allá de que (o precisamente porque) el 10% de la población residente de España es inmigrante. Fue activo promotor de la llamada Directiva de Retorno, una resolución expedida el miércoles 18 de junio por el Parlamento de la Unión Europea que establece que, antes de su expulsión de Europa, un inmigrante sin papeles, inclusive si es menor de edad, puede ser detenido durante 18 meses si rehúsa su “retiro voluntario”, quedando imposibilitado para volver a Europa (donde quizá esté residiendo el resto de la familia) antes de los 5 años. Si bien el Reino Unido, Suecia, Grecia, Dinamarca, Finlandia, Estonia, Irlanda, Malta y Holanda podían (legalmente) retener indefinidamente a un cuerpo no nacional, dos tercios de los 27 países de la unión han aumentado así el período de detención. 367 votos a favor (53%, mayoría absoluta), 206 en contra y 109 abstenciones fue el resultado de la compulsa sobre la Directiva.
¿Sujeto de qué cosa es ese cuerpo detenido (“internado” lo llama la prensa europea)? ¿Sujeto de derecho humano o sujeto de una nación? ¿Cuál es la ley vigente en los Centros de Retención?
Es claro, primero uno posee una identidad nacional y luego una vida humana. Ser no europeo habilita a los europeos a tratar a esos cuerpos como no humanos. Tanto como nosotros tenemos a los bolivianos para que, en tanto esclavos, cosan nuestras prendas de vestir.
Todo el globo terrestre está estampado por ese tipo de espacios y esa densidad de tiempos donde la ley se suspende porque así la ley lo posibilita: cuando lo excepcional se ha vuelto la regla cualquier cuerpo puede morir a manos de, en definitiva, cualquier cuerpo que posea la investidura de la soberanía. Los presos de la base militar norteamericana de Guantánamo, sin causa explícita, sin tiempo determinado, sometidos a todo tipo de torturas, constituyen actualmente el paradigma del estado de excepción, así como los campos de concentración nazis fueron su síntesis. Pero los Centros de Retención de los sin papeles dan mayor evidencia de cómo, en el fondo, para el ordenamiento político occidental la nación es algo anterior a la humanidad, más allá de que ya desde 1789 los hombres “nacen y permanecen libres e iguales”, pero el “principio de toda soberanía” es la nación. La noción de ciudadanía explota en la figura del exiliado/refugiado, porque se pierde esa continuidad entre ser un humano con derechos y haber nacido ciudadano de una nación. Así, es inocente seguir considerando que la ciudadanía política y el contrato social son las claves para pensar la teoría política y del derecho occidental. Dentro de cada ciudadano vive hoy un exiliado, cada convención legal, en definitiva, está anclada en la decisión de un soberano cuyo único modo de relación política es la exclusión.
Sin embargo, como corresponde, frente a las barreras puestas para la movilidad de los cuerpos pobres está la absoluta libertad de circulación del capital y las mercancías.

Publicado en Pausa #7, viernes 27 de junio de 2008

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viernes 20 de junio de 2008

“Por fin estamos debatiendo qué modelo de país queremos”

El economista Abraham Gak, director del proyecto estratégico “Plan Fénix”, profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y especialista en diversos temas de macroeconomía, habló con Pausa sobre el conflicto entre las entidades del agro y el Gobierno nacional y dio su punto de vista.
El grupo de economistas que, desde fines del año 2000, conforman el Plan Fénix, discute en ámbitos académicos (a la vez buscando hacer aportes útiles para la toma de decisiones) los problemas centrales de la economía nacional. Sus propuestas han sido elaboradas con la mirada puesta en el mediano y largo plazo, y también con algunas medidas de corto plazo que permitan enfrentar la crisis actual; de ahí lo oportuno de su testimonio.
“Es evidente estamos inmersos en un conflicto de importancia y es evidente también que lo que está en el fondo de la discusión es qué país queremos tener: uno que sea sólo para 20 millones de habitantes u otro en el que vivan 40 millones”, señaló.
Abraham Gak coincidió con otros analistas al enfatizar que en la actualidad la Argentina no está atravesando una crisis económica. En ese sentido, arguyó que la prueba de eso está en que en estos cinco meses las exportaciones de todo tipo, industriales e incluso las de productos primarios, han crecido.
“Me parece que en esto hay una disputa de carácter económico pero creo, en verdad, que detrás de ello hay una real pelea de carácter político, que es justamente esto: qué tipo de país queremos” opinó sin vueltas el economista.
Luego agregó: “También está en tensión si vamos a compartir un gran progreso, un incremento importante de las exportaciones, a través de un mercado interno fuerte, consolidado, con un proceso industrial que permita al país insertarse en el mundo en condiciones mejores que las de un simple proveedor de materias primas”.
Sin embargo, Gak reconoció la inquietud que genera el actual conflicto en el sector financiero, que se suma a la crisis internacional financiera. Pero el Banco Central, a su entender, con la utilización de una pequeña porción de sus reservas para atender esa coyuntura logró disiparla con bastante solvencia.
“Lo que ciertamente me preocupa es lo que pueda pasar con el sustento de la gente más desprotegida del país si hay un incremento de los valores internacionales de los alimentos que supere fuertemente los precios actuales: cómo hará entonces el Estado para mantener desconectados los precios locales de los internacionales. Ahí tenemos una situación importante, a la cual las retenciones o los derechos de exportación móviles ayudan a paliar, pero no va a ser lo único que va a poder resolverlo”.
En ese marco, el especialista consideró esencial que finalmente se defina un plan para evitar las consecuencias que podrían producirse en ese más que posible escenario.
Además, Gak sostuvo que es necesario pensar cómo se integra un proceso industrial con un proceso agrario vigente, que es igual de relevante, ya que se necesitan mutuamente.
Sin dejar de lado el análisis estructural de la situación que vive el país, el economista subrayó que en estos últimos días hubo un fuerte ataque a la institucionalización y a las investiduras que asumen los funcionarios elegidos por la mayoría.
Y en ese contexto subrayó que no se discute lo esencial “que es quién es el dueño de esa renta diferencial de la tierra que se da entre una zona de altísima producción respecto de otras que no la tienen tanto”.
“Lo positivo de esto, si es que cabe la valoración en el actual contexto, es que por fin en la Argentina estamos debatiendo cosas fundamentales, como qué modelo de país queremos, pero esto debe darse en un marco de preservación de las instituciones y en democracia”.
–¿Cree que la decisión de aumentar el porcentaje de las retenciones fue acertada?
–Considero que sí, pero me parece que lo hicieron tarde. Porque si hubieran establecido la movilidad cuando lo hicieron con los hidrocarburos, seguramente la discusión no hubiese sido de tamaña importancia. No olvidemos que nadie protestó cuando se introdujeron retenciones móviles al sector petrolero: le fijaron un límite de 42 dólares el barril y en este momento está arriba de los 130 dólares en los valores de la Argentina. En ese caso, el remanente de esos 42 dólares se lo apropia el Estado.
Según Gak, las mismas medidas que se aplicaron a la soja y al petróleo deberían trasladarse al sector minero. En ese sentido, se permite cuestionar por qué razón el país no se apropia de las rentas que supone la preexistencia de los productos minerales.
“Observar la ley de minería impulsada durante la presidencia de Carlos Menem, redactada tan en favor de esos inversores internacionales que son las pocas empresas mineras que hay en el mundo, es realmente ver un bozal que tiene puesto el país, que no le permite avanzar”.


Publicado en Pausa #6, viernes 20 de junio de 2008

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viernes 13 de junio de 2008

¡Sooomos los piraaatas!

Por Juan Pascual

¿Hemos construido ya el recuerdo de cómo era Internet antes de su forma actual? No de cómo era la comunicación a distancia antes de su existencia: para eso están los nostálgicos discursos sobre la carta o el teléfono, que generalmente olvidan por completo el significado económico de poder mandar en un segundo un archivo adjunto a Indonesia o que desconocen del todo cómo el chat con camarita le transformó la vida sentimental a un exiliado. Para el momento anterior a las formas de conectividad actuales ya hemos acuñado una imagen, que tanto explica como obtura ese pasado, pero para la primera etapa de Internet nos falta un relato.
Siempre hay que considerar cómo nos relacionamos los hombres con nuestro entorno, con qué herramientas y con qué procesos. Las peculiaridades de ese entorno, junto a la eficacia de las herramientas y los procesos, determinan cuántos productos podemos obtener y qué características pueden alcanzar. Paralelamente, hay que tener en cuenta que la relación entre esos tres elementos está organizada políticamente.
Una vez que se ha alcanzado determinado nivel de desarrollo de esas posibilidades productivas, se abren dos alternativas: se continúa con el esquema de relaciones sociales que permitió llegar a ese nivel o se transforma dicho esquema. Cuando el desarrollo de esa fuerza de producir llega a cierto punto, las condiciones que permitieron ese mismo desarrollo se vuelven un obstáculo. Entonces, por más esfuerzo que se ponga en mantener un orden, éste se modifica. Bajo estas ideas, podemos notar cómo los procesos acelerados y exponenciales de transformación de la red informática nos explican el carácter irreversible (y a la vez efímero) de la reubicados puesteros del Parque Alberdi.
En el pasado, los cibers no tenían juegos en red, los programas de mensajería personal instantánea no existían, bajar una sola canción podía tomar medio día y las páginas de la web parecían (lo cual ya era mucho) una exposición estática de un torpe creador de contenidos, donde generalmente los links siempre estaban rotos. La única conexión posible era la de la línea del teléfono fijo; los celulares medían más de 15 centímetros y eran propiedad de un selecto grupo.
Más o menos así, para su (muy reducido y local) público, eran la web y la telefonía móvil en 1999, cuando acababa de nacer un programa señero del futuro: Napster, hoy un arcaísmo. Dicho con todas las letras: conectarse implicaba tener un modem que se pasaba un minuto haciendo toda una serie de chillidos infernales y electrónicos; al telefonito había que sacarle con cuidado una antena antes de usarlo.
En 2004, un grupo de desarrolladores estadounidenses de tecnología y sistemas de información creó un nombre para la forma actual del canal informático: web 2.0. Su principio es, básicamente, la construcción más o menos colectiva y centrífuga de prácticamente todos los espacios de intercambio de contenidos. De por medio está la conexión en banda ancha, la creación de formatos de archivos que permiten la compresión de datos (como el mp3) y de los programas que permiten descargarlos e intercambiarlos masivamente (los más conocidos, Kazaa, E-mule o Ares), la apertura de los códigos del software, el Messenger (que desbancó al precario ICQ), los enormes emporios de noticias y opinión (blogs, foros de discusión y ese viviente mundo enciclopédico llamado Wikipedia). Y están, antes que nada, dos cuestiones.
Por un lado, la digitalización de los principales productos de la industria cultural, paso que supera al cambio de soportes. No se trata tanto de haber pasado del disco y las cintas al CD y el DVD. El punto es que, de modo muy parecido al funcionamiento rudimentario del dinero, existe un código único y común para la formulación y el intercambio de todos los tipos posibles de sonido, imagen y palabra. En el fondo, todos los textos y todas las canciones y todas las películas se traducen y reducen a una ordenada cantidad de los mismos 0 y 1: todas las obras quedan constituidas por la misma masa. Y, ya por otro lado, ese código único y común, esa materia virtual digital, está presente y constituye como puntos de producción e intercambio tanto a la computadora personal como al aparatito que la complementa o, cuando media la pobreza, la sustituye. Estamos hablando, ahora, de los formatos tecnológicos de conectividad para los pobres: el celular y todas sus chucherías, que permiten desde reemplazar la radio personal por un listado de canciones a gusto hasta producir una “personalización” de acuerdo a qué fotito pone uno en el fondo de pantalla o qué aberración sonora se elige como timbre. (El selecto grupo otrora dueño de los “ladrillos” telefónicos utiliza ahora artefactos que fusionan la red y la telefonía). De una forma u otra, con más cercanía o lejanía, todos hemos sido vinculados a estos soportes tecnológicos en su forma actual. Es obvio decir que las diferencias ahondan notoriamente las brechas y las posibilidades de acceso a otras posiciones sociales: una cosa es manejar y disponer del chat y el *2856 para bajar imágenes y muy otra es poder enviar adjunto un cuadro contable a una empresa o poder navegar páginas donde se da cuenta de las diferentes posibilidades de becas de las universidades de Europa.
En suma, en menos de 10 años la conectividad se revolucionó a sí misma. Ese cambio tecnológico, simplemente, implica una mayor fuerza productiva. Pero ya las características de esa fuerza productiva exigen un nuevo modo de pensar cómo nos relacionamos para organizar la producción.
Las dos claves indicadas nos señalan que el núcleo está en la existencia de un código al cual todo lenguaje o dato se puede reducir y que cualquier PC es capaz de percibir y producir. Entonces, el intercambio de grandes masas de datos –las cuales comprenden a toda la producción cultural vigente– es intrínseco a la lógica de esa conectividad que permite Internet. Pretender que desde una legislación punitiva se pueda detener este proceso es un anhelo ingenuo, provenga el reclamo de las cámaras de propietarios de los (ya vetustos) medios de producción actuales o de lo que hoy (y, de seguro, no mañana) el derecho reconozca como autor de una obra. De hecho, el productor y el autor de la música, el cine, los textos, entre otros lenguajes posibles, son instituciones y conceptos que muy difícilmente puedan sostener los derechos, las implicancias y los alcances que todavía resguardan hoy. Siempre fue así: antes de la aparición de la imprenta, ser un autor era algo completa y absolutamente distinto que después. Y las formas de lo que será recién comienzan a esbozarse.
La así llamada piratería (que va desde la grabación o compra de un CD o DVD trucho hasta el uso de los programas de descarga o el consumo de youtube.com) no es más que el completamente transitorio punto al que ha llegado el desarrollo de las capacidades productivas. Hoy, la única forma real de detener la piratería sería bloquear el uso de Internet como un todo, con lo que nos enfrentamos al carácter contradictorio de ese anhelo: es obvio que la red es un negocio superior y que la capacidad de conexión va a seguir aumentando cada vez con mayor velocidad. En el crecimiento acelerado de la tecnología se encuentra hoy el lugar del mando económico, el poder real y concentrado de modificar el entorno. Pero también existe, por ello y como opuesto, la posibilidad de definir de otra manera la distribución y producción de cultura, donde la diversidad de obras, las posibilidades de acceso y las condiciones de explotación no sean aquellas que disponga las decisiones de una anquilosada industria cultural oligopólica.

Publicado en Pausa #5, viernes 13 de junio de 2008

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viernes 6 de junio de 2008

Mitos y realidades

Por Jorge Cuccia (*)

La falta de información de la sociedad ante el tema conmutaciones de penas es total. Esta desinformación es parte de la campaña inducida u orquestada por sectores retrógrados y represores. Ningún sector del periodismo de alcance masivo en Santa Fe realizó una investigación de campo. No se difundió lo que representa dicho beneficio para un condenado tras largos años de encierro, manteniendo conducta ejemplar y readaptándose con los escasos medios de que dispone en las cárceles de la provincia. Tampoco revelan lo que implica para la sociedad y sus alcances reales en la actualidad. El mito o mentira es que mediante la conmutación salen en libertad los detenidos en forma masiva. La conmutación de penas es una facultad que otorga la Constitución provincial al gobernador en ejercicio para reducir la condena de un detenido. No se debe confundir con amnistía o indulto, que pueden permitir la rápida liberación, como los casos de los genocidas y responsables de la dictadura. Para ser objetivos, el gobernador puede o no usar la facultad de conmutar penas, tanto él como los funcionarios del área de Seguridad y Justicia saben que es un aliciente, un incentivo a regresar a la sociedad sin resentimientos. Y la rebaja obtenida en la actualidad no pasa de dos o tres meses. En la práctica y guiándonos por las estadísticas de las conmutaciones de 2003, pero difundidas en el año 2004, sobre 2.600 condenados obtuvieron el beneficio 260 internos en toda la provincia, esto representaba sólo el 10 por ciento; en promedio no se superaron los tres meses de rebaja de la pena. Y para demostrar que este tipo de incentivo, beneficioso para “el condenado” y “la sociedad”, tiende a desaparecer, en las recientes conmutaciones otorgadas en diciembre de 2005 sólo lograron el incentivo 130 condenados, esto representa sobre 2.500 condenados un magro 5 por ciento, haciendo estéril el esfuerzo y buena conducta de muchos presos. Aclaramos que la forma de seleccionar a los que se postulan es por parte del director de cada unidad (carcelaria), basándose en el informe del equipo de profesionales que supervisan la rehabilitación de cada condenado y posteriormente elevado al gobernador para la resolución. Jamás las conmutaciones fueron para todos los condenados. Dichos profesionales psicólogos, terapistas ocupacionales y asistentes sociales son formados de la misma manera desde hace 20 años y son integrantes del Servicio Penitenciario, por lo que están subordinados a oficiales que cuidan más de la “seguridad” que de la reinserción del detenido. Para poder postularse al beneficio se debe contar con conducta ejemplar, trabajar y haber mostrado claros avances en la rehabilitación, según lo dictaminen los profesionales referidos. Esto es muy difícil de obtener dentro de la cárcel, y ni siquiera reuniendo todos los requisitos existe seguridad de ganar la ansiada conmutación. En la actualidad, con condenas que pueden llegar a los 50 años y similares por su dureza, una rebaja de dos o tres meses, como se estila, parece una burla. Por lo vivido en esta Unidad Penitenciaria Nº 1 (Coronda) en el último año, las autoridades han tomado una actitud que creemos positiva y los internos demuestran que ofreciéndoles oportunidades de estudio, trabajo y capacitación, la sociedad va a recibir seres capacitados y a los cuales se debe estimular e incentivar. Eso es lo que representa una conmutación de pena.

(*) Detenido de la cárcel de Coronda y editor de la revista Ciudad Interna.

Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008

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Breve relato sobre los blancos

Por Juan Pascual

Hay miles de formas de no decir esa palabrita, negro, y mantener, al la vez, la voz dentro del paradigma, del punto de vista que la contiene.
Grasas. Menchos. Cabezas.
Esa palabra, y sus variantes, sirven para denominar un “otros” y, más aún, un “ellos”. Una clara posición política hilvana a todas esas variantes. Una es esa posición; en ella hay una cifra que es indispensable reconocer (en el sentido estricto: conocer un fenómeno como conocerse a uno mismo).
Tras miles de años de historia humana (cuestión que incluye a las relaciones sexuales, las migraciones, la mezcla infinita desde el inicio de los tiempos) seguir pensando en términos de pureza biológica racial o de ligazón entre una raza particular y un territorio específico es una cuestión completamente ignorante. Tan obtusa como negar que efectivamente existen las diferencias de fenotipo, de apariencia física, y que tal notoria y vasta diversidad, siempre en mutación, es, antes que nada, un motivo posible de conocimiento y de placer: el gusto por el cuerpo humano puede poseer todo tipo de formas.
Bolas, bolitas, paraguas, perucas, brazucas, boliguayos. Chilotes.
La relación entre raza y biología es nueva. Antes del siglo XIX, ese concepto no se definía con el vocabulario de esa disciplina. Sin embargo, una vez fundidos, rápidamente ese vínculo fue parte de un inusitado proceso de producción de cadáveres. Cuando la raza se tradujo al lenguaje del cuerpo biológico, y cuando en ese lenguaje se comenzó a explicar el crimen, el éxito, la locura y hasta las tendencias políticas, el Estado tomó a su cargo la división entre los cuerpos de las razas deseables y los de las indeseables, purificando las primeras (ya “puras”), extinguiendo a las segundas (las “degeneradas”) y creando una idea general de normalidad para ambas. Así, el fundamento del racismo es, en verdad, positivo: consiste en la política del Estado para producir mejores cuerpos, con mejor vida, que duren más y en mejores condiciones. Y toda política que se base en producir esas separaciones entre lo normal y lo anormal, lo más humano o lo menos humano, es un racismo. El único requisito necesario es separar la paja del trigo y producir una selección precisa de cuáles son los cuerpos beneficiados y cuáles son los que pagarán, con sí mismos, por ello. Luego, no sólo hay que observar qué segmento de la población elige matar el Estado, sobre todo hay que indicar cuál es el privilegiado con el mejoramiento de la vida. Advertir a qué parte de la población el Estado eligió defender respecto de sí misma, de su parte gangrenada. La sociedad debe ser defendida de su parte gangrenada, que también comprende al extranjero. (Dicho en voz baja: que hasta comprende a la mujer, que si osa no estar en la casa -y aún así- tiene que cobrar menos salario).
Forma parte de nuestro imaginario la afirmación de que en Argentina no hay problemas de racismo. Crisol de razas, nos decimos. Inclusive, dentro de esa misma imagen, se admite que hubo un par de problemitas serios (y excepcionales) como los regimientos de negros en la guerra al Paraguay y la avanzada del Estado sobre la Patagonia, de la mano del ejército de Roca. Tras ese asentimiento, se supone que nada más pasó.
El reconocimiento (nuevamente, esa palabra) de la existencia de una parte salvada y protegida es lo que, en Argentina, supimos suprimir eficazmente, sobre todo a partir del encorsetamiento del discurso sobre el otro a dos lugares muy propios. La casa, como espacio de enunciación, es uno. El alma, como objeto del enunciado, es el otro.
Negros.
Hasta hace poco, el uso del término negro se restringió casi exclusivamente al ámbito de la comunicación privada. Negro se decía y se escuchaba sólo entre conocidos; quien alegue no haberlo hecho nunca demuestra una hipocresía inverosímil. Negro, claro, es el modo de llamar a la población-gangrena, a su cultura y su sociedad de negros, a sus actividades económicas de negros. A su política de negros. Cosas de negros, se dice, se escucha en el calor de la casa, en las voces de la familia o de los amigos, apuntando hacia un afuera. Negros de mierda es un grito conocido. Habitual.
Sin embargo, inmediatamente se admite la no negritud de los negros. El problema no está en el color, está en el habla, en los gestos, en los modos. En el tono de la voz. No se usa negro, dice quien dice negro, porque se tenga algo contra los negros de piel. La piel, los rasgos visibles de los pobres, los marginados, los excluidos, no son negras. No son negros, pero son negros. El dilema se explica fácil.
Son negros de alma.
La duplicación es evidente. Se liga un fenotipo a una desviación (racismo clásico) que a su vez se vuelve una esencia espiritual trascendente, por estar fuera de la historia, en el caso de quienes no poseen ese rasgo. El pase de manos tiene su sentido. Aventuraremos un breve relato al respecto.
La invención de una tradición nacional ligada a la tierra y a las costumbres campestres es un producto de la reacción de la oligarquía local frente a las costumbres importadas por los inmigrantes europeos que inundaron las ciudades a comienzo de siglo. No sólo se trataba de nacionalizar a las masas a través de un mito fundante, de la conscripción obligatoria y de la escuela pública; había también que demarcar quiénes eran los argentinos de pura cepa y quiénes eran los intrusos. Es con la inmigración, y como reacción, que cuajan en un mismo punto la propiedad de la tierra diseñada por Roca, el ejército nacional y el escolarizado Martín Fierro (quizá la mayor operación política local lograda desde la crítica literaria, producto de las conferencias de Leopoldo Lugones por el Centenario). “Negros” en ese entonces eran los “gringos”. Habrá que esperar hasta mediados de siglo, hasta los aluviones de “cabecitas negras” en Buenos Aires, para que emerja el formato actual de segregación. ¿Quiénes son, entonces, nuestros negros?
El dato genético posee, en este caso, fuerza explicativa. Más allá de que los afroargentinos son una realidad que superó a la guerra del Imperio Británico y de Mitre, más de la mitad de la población argentina posee, entre sus ancestros menos o más cercanos, a un indio americano. O sea, se le dice negro al descendiente del indio. Se le dice negro al mestizo. Al descendiente de indio que se mudó a la ciudad. Se le dice negra a la piel trigueña que se quema o congela bajo el techo de chapa de una casilla de Santa Rosa de Lima, se le dice negro al hombre de linaje toba que vive entre los chanchos en el barrio El chaquito. Se les dice negros a quienes fueron a la campos de refugiados durante las inundaciones.
Se les dice negros a los expulsados de la tierra que cayeron en los márgenes de la ciudad. Y a sus hijos. Y a los hijos de sus hijos.
Minuciosamente, supimos suprimir a lo largo de las generaciones al reverso, profundamente obsceno, de la así llamada Argentina potencia, del granero del mundo. A uno de los reversos de ese ser nacional pastoril. Bajo el nombre de negro se marca el estigma, pero en el alma, y se produce, en la historia, el borramiento del pasado y la disolución de las acciones y las masacres pasadas y presentes. Los cuerpos de quienes llevan el gen indígena y de quienes son excluidos están superpuestos e incluidos bajo un nombre que borra su (milenaria) historia política. Esos cuerpos no pueden ubicarse ni en el linaje del indio ni en el linaje del explotado: no los hizo la historia del '30 ni el neoliberalismo. Son negros, y los negros son así más allá de las condiciones: llevan la desviación en el alma.
En seco: no los hizo la historia. Los hizo y hace el nombre (y el desplazamiento) que se les otorga. Están, por principio, excluidos del pueblo legítimo, aquel que tiene el derecho social de hacer la política, y del público raciocinante, aquel que puede opinar. Su lugar, su inclusión, es el de la población a controlar y a asistir con caridad de todo tipo. El destino de sus acciones no es el de fundar derecho; aquello que sea la norma establecida, sobre ellos ha de imponerse. Sobre ellos cae el poder ya constituido, fuera de ellos está el poder constituyente. No se trata de que el discurso racista establezca una división; la división existe y el discurso racista la constituye y la alimenta.
De allí el volumen analítico que habilita el posicionamiento explícito del vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina. El 21 de marzo, en radio Mitre, Hugo Biolcati defendió el corte de ruta con una indicación: hay que “mirar el color de la piel de los que están haciendo” el piquete para entender la naturaleza de su legitimidad. La genética naturaleza de su legitimidad. Eso es poder de síntesis.
Fin del relato.

Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008

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viernes 30 de mayo de 2008

Ese delta de pensamientos que son los regresos

La frase pertenece al escritor de Santa Rosa de Calchines, Fernando Marchi Schmidt, de su libro Calavera de Malos Aires
Por Ana Fiol
En esta columna trataré de escribir sobre las cosas que me parecen importantes e interesantes. Creo que debo contribuir a la expansión de nuestra esfera pública, donde se re-presentan las opiniones colectivas. De esta manera, se incluyen y actualizan nuevos temas, preguntas y enfoques en la discusión ciudadana, y así se ensanchan los límites de esa gran charla pública. Por otro lado, considero interesantes aquellos temas que ayudan a interrogar lo cotidiano, todo aquello que se naturaliza, se nos hace demasiado familiar y, por lo tanto, oscuro, cierto e impenetrable.
Debido a fuerzas que son globales tanto como locales, nuestra charla pública se vacía y se estupidiza, se hace superficial y muy controlada. En este sentido, la esfera pública santafesina es marcadamente patriarcal.
Después de ocho años en Londres he vuelto a mi patria chica para empezar de nuevo y acabar de criar a mis hijos en su propia cultura. Fue una de esas elecciones difíciles, en las que de un lado tira el mundo y del otro el alma. Soy feliz en mi casa, con mis afectos y en mi propia lengua. Sin embargo, a veces cierro los ojos y recorro mi camino favorito desde mi casa en Kennington Park hasta el Tamesis. Recorro las calles de Londres, que siempre he llamado en mi fuero interno “la puta vieja”, y recuerdo la atmósfera electrizante, el cielo gris plomo de tubo fluorescente y la variedad interminable de colores, razas, ropas, idiomas, comidas y costumbres. En el secundario de mi hija se hablaban 167 lenguas. Las marcas en la ciudad, dejadas por 2.000 años de historia política, se mezclan con los barrios étnicos de judíos, bangladeshis, mi propio barrio de rastafarians jamaiquinos, portugueses, nigerianos...
En Londres aprendí que las musulmanas son muy diferentes entre sí, que las hay vestidas de occidentales, con el pelo cubierto, con pelo cubierto y cara tapada o completamente invisibles bajo una túnica negra o azul, que las cubre por completo a excepción de los ojos. Que las hay rubias de ojos azules y tan negras que también parecen azules.
Ahora que estoy aquí, me doy cuenta de lo contradictorios que somos los seres humanos. En Europa odiaba el inglés, la lengua del imperio, que tanto me costó manejar. Aquí extraño la BBC, ese fabuloso sistema público de radiodifusión sin propaganda, sostenido por el ciudadano televidente. (Hay que ponerse con 100 libras para la “licence fee” todos los años). Sobre todo, añoro la resonante y económica lengua de William Blake, Oscar Wilde y George Orwell.
Extraño los museos gratis y las bibliotecas de cristales y varios pisos, el teatro de época Tudor de Shakespeare con la entrada popular a 5 libras (estar parada a los pies del escenario las tres horas de Ricardo III) y las causas políticas latinoamericanas que resuenan fuerte, con ecos variados y potentes por la ciudad. De verdad, extraño a los amigos que dejé y esa sensación indefinible de vivir en un lugar donde todo es posible, donde se pueden vivir muchas vidas y una puede ser exactamente como quiere.
Lo cierto es que la otra cara de toda esa libertad que flota en dinero –y está sostenida sobre la explotación del mundo– es un individualismo que los enferma, los aísla y los extingue lentamente como pueblo. Inglaterra en el único país del planeta en donde el capitalismo es un desarrollo endógeno, el imperialismo brutal la historia nacional. En filosofía, agregaron al mundo bellezas tales como el utilitarismo y el pragmatismo. Una islita poderosa que, más que una nación, parece un puerto de piratas.
Haber vivido en la panza de esa bestia me ha convencido de que hay una guerra contra los pobres. A mí me parece que el capitalismo global de corporaciones, este sistema-mundo con sus contradicciones y niveles, está multiplicando las poblaciones superfluas. Poblaciones sobrantes que no consumen lo suficiente y que ya no son necesarias como fuerza de trabajo. Gentes que se apilan en las villas miserias que rodean cada ciudad del mundo pobre: lo que Mike Davis ha descrito como un “Planet of slums”, un planeta de villas miseria.
Estamos viviendo una crisis de hambre planificada, que priva a los pueblos de la capacidad para producir alimentos para sí mismos. En 2008 hubo rebeliones populares por carestía y escasez de comida en Bolivia, Perú, México, Indonesia, Filipinas, Pakistán, Uzbekistán, Tailandia, Yemen, Etiopía y en casi todos los países del Africa sub-sahariana. Henry Kissinger ya lo dijo hace dos décadas: “Quien controla el petróleo, controla naciones; pero quien controla los alimentos, controla a sus pueblos”.
Mientras tanto, las mujeres seguimos siendo las que quedamos atrapadas en medio de guerras y conflictos, las que no somos dueñas de la tierra, las prostituidas en redes internacionales, las desempleadas y las que ganamos menos, las golpeadas en el hogar y, sobre todo, seguimos siendo las que cocinamos y nos preocupamos por la comida de los hijos. En este cruce entre el hambre planificado por el neoliberalismo y nuestros roles y tareas ancestrales de nutrir y alimentar, el feminismo se cruza con la vida cotidiana y, entonces, la rebelión política de las mujeres cobra vida mientras se hace universal: una causa que nos contiene a todas y todos.
En América Latina y en Santa Fe las mujeres estamos organizadas para recuperar la capacidad perdida de producir lo que comemos. Esa causa, en la que nos encontramos mujeres ricas y pobres, se llama soberanía alimentaria. Es una causa imperativa e interesante, en la que se encuentran las complejidades de la producción global de alimentos y la división internacional del trabajo con la simpleza de la vida cotidiana y la más fundamental (y cultural) de nuestras necesidades: comer. Las nuevas tecnologías y el sistema mundial de propiedad privada de patentes sobre procesos biológicos, la concentración e integración horizontal y vertical de la producción y comercialización de alimentos (es decir: la estructura de la globalización) se encuentran cara a cara con las múltiples resistencias y formas de rebeldía de una filosofía y una identidad política: el feminismo y las mujeres.
Por estas razones sigo siendo feminista y de izquierda. Pero ahora –será por tanto desarraigo, será que los años te ponen conservadora nomás– vivo profundas contradicciones. Por ejemplo, ahora creo en la familia, la nación y las tradiciones como vehículos para resistir una globalización devastadora. ¿Esto significa pactar con la psicótica familia nuclear freudiana, la nación que compartimos con los militares de la dictadura y las tradiciones forjadas por las clases dominantes y gobernantes? Sigo pensando que la maternidad es un lugar imposible, pero haber parido un varón me ha convencido de que es contradictoria con el feminismo.
Mi ciudad bonita y traumatizada bosteza una siesta de ríos bajo un sol impiadoso. Hermosa, exactamente como la recordaba. Sin embargo, cuando la dejé eran los condenados de la tierra, los excluidos del neoliberalismo, los que hacían los piquetes. Ahora, la riqueza sojera establece su presencia de edificios suntuosos en mi ciudad rodeada por 80.000 pobres; los bordes y el vértice de un triángulo de miseria: callada, resignada, invisible... He aquí nuestras propias “poblaciones superfluas”: hemos reordenado la casa y los tenemos donde los queríamos.
Estos ciudadanos, los condenados de la tierra de Frantz Fanon, son los únicos que no participan ni son mencionados en el debate público sobre las retenciones. En los dos meses que llevo aquí, ese debate ha cambiado y se ha incrementado en variedad y profundidad. Hemos aprendido sobre la estructura actual de la propiedad de la tierra, los colonos, los acopiadores y los vericuetos de la comercialización de granos, los monopolios y el desastre ecológico. Otra vez el país se parte en dos campos antagónicos en nombre del mismo sujeto histórico: la nación. Y surgen ante nuestros ojos nuevos líderes sociales y nuevos agrupamientos. Se construyen nuevas hegemonías en medio de hábiles maniobras y fantásticas confusiones. ¿Cómo se distinguen y se afectan los intereses de la clase dominante en estas circunstancias? ¿O vamos a pensar, como predica el Turco Alaniz desde sus púlpitos en la esfera pública, que la izquierda y la derecha ya no explican nuestras circunstancias, que las oligarquías no existen y que el modelo económico agro-exportador is not open for discussion?
Publicado en Pausa #3, viernes 30 de mayo de 2008

viernes 23 de mayo de 2008

No saber no te disculpa

Un extracto de esta nota fue publicado en la edición 22 de Pausa, del 10 de octubre de 2008, en razón de que la Corte Suprema de la Nación ratificó la eximición de declaración indagatoria a Reutemann.
Por Juan Pascual
Dentro de los rudimentos necesarios para comprender y construir un hecho político está el de la delimitación propia del hecho; trazar los límites de lo sucedido en el espacio y el tiempo. Por ejemplo, creer que la inundación de 2003 comenzó el 28 de abril es desconocer que un río no se sale de madre en un solo día. Entonces, la operación de fechar un acontecimiento produce un corte en el tiempo y divide: hacia atrás habría, al menos, una no-inundación.
(Una operación crítica interesante sería decir: la inundación comenzó cuando las obras quedaron inconclusas. Operación cumplida en la aterradora instantánea, enmarcada de negro, que durante tiempo tapizó las paredes de la ciudad e introdujo un neologismo imperecedero: el cartel “Los Inundadores”, en el que se veían con muecas de risas por la “inauguración” de la “defensa oeste”, en agosto de 1997, a Jorge Obeid, Carlos Reutemann, Oscar Lamberto, Horacio Rosatti, Juan Carlos Mercier, Juan José Morín, Julio Gutiérrez y otros).
En paralelo hay una lucha por la construcción del final de un acontecimiento. Toda nuestra historia reciente está signada por este problema que, en el fondo, es un problema de derecho y de Ley.
¿Cuándo terminará 1976?
¿Cuándo 2003?
Nuestra racionalidad política nos exige finales. (De hecho, hace más de 2008 años que Occidente se adquirió la deuda de un tiempo del final, de la justicia, de la redención). Y quizá los tribunales encarnen, acaso, la forma institucionalizada que nos hemos dado para sintetizar las múltiples determinaciones de la lucha política en función de darles un final. Así, los problemas de justicia y de derecho siempre serían políticos desde el principio mismo y cada momento del proceso, el resultado de un cálculo de fuerzas.
Milagros Demiryi y su marido, Jorge Castro, son los actores civiles en el proceso emblemático que investiga la inundación de 2003. Sólo tres funcionarios de gobierno se encuentran, en la actualidad, procesados: Edgardo Berli, Ricardo Fratti y Marcelo Álvarez.
La semana pasada Demiryi y Castro llegaron a la Corte Suprema de la Nación para interponer un recurso de queja: jamás, en todos estos años, los hombres de la justicia provincial consideraron que había razones para que el gobernador en el momento del acontecimiento, el senador en la inauguración del fallado terraplén, sea convocado a indagatoria. Seis pruebas esgrimen los denunciantes, entre ellas las declaraciones de dos testigos de identidad reservada. Quizás, dentro del orden jurídico vigente, esa queja sea el último recurso para lograr la presencia del ex gobernador en los estrados… donde su pariente político, Rafael Gutiérrez, ministro de la Corte Suprema de la Provincia, lo esperaría.
Poco más de cinco años antes, el sábado 3 de mayo de 2003, Reutemann comenzó a rendir cuentas de sus hechos. Aparecía solo, rodeado de planos, gráficas y periodistas; ya se habían contabilizado a esa fecha 13 muertos y 60.000 refugiados. Trazó múltiples dibujos sobre cómo el agua había entrado. Recordó que bajo su anterior mandato se habían terminado las defensas del Paraná. Se mostró tan azorado como comprometido con resolver la situación. Solicitó, también, una “tregua política” de hasta 60 días.
Sin embargo, sólo queremos recordar dos frases, para nada novedosas: “No sabía nada” y “A mí nadie me avisó”.
¿Qué es lo pertinente, en este caso? ¿Indicar que sí hubo avisos de la naturaleza, señalar cómo había informes de previsión, recordar las tapas de los diarios locales y nacionales? ¿Denunciar las condiciones de los refugiados? En todos los casos, sí: el espacio político existente nos permite ese modo de justicia.
¿Qué racionalidad hace que sea posible que el poder pueda afirmar un “no saber”? ¿Cuál es la lógica que permite, cuál es el discurso que puede presentar con absoluta naturalidad que un gobierno “no sepa”?
Desde el siglo XVIII, con la ciencia de la administración alemana, desde la Modernidad en adelante, en toda situación que afecta a la ciudad, en tanto comunidad política, es el Estado el que está, antes que nada, para saber. Más que obligado a saber, el Estado no puede no saber. Mientras la obligación impone, doblega, somete, la expresión “no puede no” nos indica una producción automática, maquinal. El Estado produce saber como una máquina, porque la relación entre el Estado y el saber sobre las condiciones de la población por éste gobernada justifica, explica y da sentido a la existencia misma del Estado. Luego, utiliza ese conocimiento para obrar en contra o favor de diferentes partes de esa población, las cuales, obviamente, se organizan para controlar y disputar dicho espacio. Todas las ciencias sociales contemporáneas (desde la economía política hasta la sociología, de la demografía al urbanismo) y todas las disciplinas formadoras de los individuos (desde la pedagogía en la escuela hasta la medicina y la higiene en los hospitales y las campañas sanitarias) son iluminadas por este no poder no saber del Estado respecto a la población, ya que todos estos saberes se entrelazan con el Estado como forma de relación de poder. Esta es una forma de racionalidad política que conocemos acabadamente y que, se supone, es actual: allí los ministerios, la educación pública, los partidos políticos, la prensa.
Entiéndase una cosa: no estamos hablando aquí de la mayor o menor ilustración de la dirigencia política. No es éste el problema. El problema es cómo, históricamente, la fuerza y la capacidad dinámica de los Estados modernos se construyeron sobre la selección y el aumento de las potencias vitales de la población en general y de los individuos en particular. “Educar al soberano”, abrir los hospitales públicos, permitir la apertura de prostíbulos cerca de los regimientos lejanos o hacer un listado de miles de personas, para luego meterlas en un centro clandestino de detención, como ejemplo de signo contrario, eran medidas que se sustentaban en saberes precisos y que poseían efectos calculados y estratégicos.
El ex gobernador, amparándose en un “no saber”, sustrayéndose a una instancia jurídica justamente por “no saber”, al mismo tiempo ubicó una redefinición de la situación histórica. “No saber” que un frente de agua de más dos kilómetros venía desplazándose a lo largo de la mitad de la provincia no debería constituir amparo alguno frente al delito. No hay institución que tenga mayores capacidades para percibir y producir la realidad que el Estado. La inocencia planteada por Reutemann en esos enunciados tan pueriles como buchones no versa sólo sobre una glorificación de su propia ignorancia, ni sobre los problemas de comunicación al interior del gobierno de turno, ni sobre su supuesta heroica soledad. La inocencia planteada por Reutemann es quizás la confesión más acabada de su propia responsabilidad.
Dicho de un saque: si Reutemann sabía, es culpable frente a la justicia; si no sabía, disuelve el núcleo de sentido que le da al Estado buena parte de los motivos de su existencia. Si efectivamente Reutemann no sabía, el Estado sobre el que poseía el gobierno carecía de toda utilidad y sentido. Si no sabía, su gobierno no tenía razón de ser. Para salvarse a sí mismo, el ex gobernador expuso en esas dos recordadas frases todas y cada una de sus responsabilidades previas y presentes. Esas responsabilidades de los '90, que convirtieron a los dirigentes políticos partidarios en sencillos administradores y gestores de un Estado desguazado y desarticulado. Y que convirtieron a la población en un conjunto de refugiados en su propia tierra.
En la disolución de esa paradoja de culpabilidad se juega el final de la creciente. Final que exige por igual la sanción en la justicia del delito corriente (el no saber como mentira) como del delito al común (el no saber como estafa). Todavía faltan el derecho y las manos ejecutoras de esa segunda sanción.


Publicado en Pausa #2, viernes 23 de mayo de 2008

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viernes 16 de mayo de 2008

Evo Morales, bulevar Gálvez, los dueños del mercadito

Por Juan Pascual

A dos meses del día en que el entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, anunciara la implementación de un nuevo modo de cobrar los derechos de exportación, o retenciones, ¿cuáles son las preguntas pertinentes para comprender las características centrales del llamado “conflicto entre el campo y el gobierno”? ¿Cuáles son los datos previos que habría que conocer para ubicarlo? Pensemos primero en al menos cuatro elementos.
Hay un proceso inflacionario mundial sobre los alimentos: en los últimos nueve meses, según Naciones Unidas, se han encarecido un 45%. Este proceso se explica, mayormente, en un aumento mundial de la demanda, focalizada en los países asiáticos bajo la influencia directa de China. Por ejemplo, desde 1980 a la fecha el chino promedio consume cinco veces más carne. Y actualmente hay casi 1.300 millones de chinos. La vieja contradicción entre campo y ciudad, inclusive entre agricultura e industria, hoy asume su dimensión global: el crecimiento numérico y económico y las mejoras de la alimentación de la población urbana china, cuyo esquema productivo se basa en la industria y el desarrollo tecnológico, repercuten en las economías agrodependientes de los países subdesarrollados.
A esta tendencia de mediano plazo se le añade un escenario seguro (ya mucho más que probable) a largo plazo: que el mismo recurso natural en el que se basa la producción de comida sea aquel que nos sustente los combustibles y los plásticos. No podemos ni dimensionar el impacto en los precios de la competencia entre el derecho a comer y la posibilidad no sólo de andar en auto sino de producir celulares, computadoras o televisores, todos productos impensables sin plástico.
En tercer lugar, la tecnificación de la producción económica produce un doble efecto muy conocido. Por un lado, cada vez menos brazos son necesarios para trabajar y, por el otro, el costo de las máquinas e insumos necesarios sólo pueden ser afrontados por los más grandes del sector. La producción agrícola no es inmune a esto: mayor extensión es más productividad y más rentabilidad. Y son cada vez más los expulsados de la tierra: a la concentración urbana por la demanda de mano de obra para la industria (Manchester en el siglo XIX, los “grasitas” del Buenos Aires del '45) se le suman aquellos que sencillamente no encuentran nada tierra adentro. Mundialmente, 2007 es el primer año en la historia en que uno de cada dos humanos vive en una ciudad. Y la curva sigue ascendiendo.
Finalmente, y en paralelo a lo anterior, el tipo de tecnología necesario para alcanzar dicha rentabilidad y productividad no es propiedad del empresario productor rural (sea cual fuere su tamaño). Quienes manejan el diseño genético de las semillas resistentes a los agroquímicos (los cuales poseen palpables efectos sanitarios sobre los cuales todavía no hay precisa estadística) en el fondo poseen la capacidad de mando sobre las estructuras económicas. Ellos son los verdaderos dueños del mercadito.
En resumen, la inflación de alimentos apunta muy lejos (tan lejos como cara será la tierra que produzca el nuevo “petróleo”), el crecimiento de la migración del campo a la ciudad es lógico (tanto como el ensanchamiento de los cordones de pobreza) y los comandantes de ese barco son empresas de capital tecnológico con la fuerza suficiente para transformar, abrir o cerrar estructuras productivas completas con la sola puesta en mercado de un nuevo producto. Ciertamente, la soja RR es uno de ellos. RR significa “resistente al Round Up”. Es decir: una semilla genéticamente retocada que aguanta ese agroquímico letal.
Bajo la actual racionalidad política argentina la dinámica de estos cuatro procesos es ineluctable. Bajo el esquema en que actualmente se plantea el actual “conflicto entre el campo y el gobierno” tendríamos que ajustar el calibre de la mira para notar que sólo estamos ante una primera escaramuza.
En el nombre, una indicación: “Conflicto entre el campo y el gobierno”. A este rótulo periodístico se le pueden sumar dos enunciados más: Alfredo De Ángeli afirmando que es necesario “otro modelo” y Eduardo Buzzi recomendando al gobierno las políticas de nacionalización de Evo Morales, que devinieron tanto en un referéndum secesionista como en una futura consulta popular revocatoria, a realizarse el 10 de agosto.
Desde la pesificación asimétrica y la convertibilidad 3 a 1, iniciados en el 2002 durante el gobierno de Eduardo Duhalde, ha sido el Estado nacional –es decir, los contribuyentes– quien ha licuado las deudas de todos los sectores concentrados y quien ha vuelto rentable la orientación exportadora de la economía. Una tasa de crecimiento superior al 50% en la suma de los últimos cinco años vino de la mano de la recuperación del agro y la construcción. Esa relación directa entre campo y propiedades inmobiliarias puede verse con claridad en bulevar Gálvez.
Los actores de la protesta son un resultado de las posibilidades abiertas en 2002. Retrotraer las retenciones al 35%, el núcleo, razón, causa y aglutinante de la protesta, no es pasar a otro modelo. Es apenas una variante del modelo vigente desde 2002. Desde entonces, el programa del PJ y el nuevo sector agropecuario concentrado se sostienen mutuamente, más allá de la anecdótica entente Kirchner, Chávez, Grobocopatel.
Evo Morales nacionalizó el petróleo y el gas de Bolivia. Cuando Buzzi pidió que el gobierno haga lo suyo en la Argentina, perdió de vista un punto. Lo más parecido a eso, en nuestro país, sería la estatización de las tierras de la pampa húmeda: ese es nuestro recurso de renta diferencial. Nuestra joya. Y entonces, sí, habría un choque entre dos modelos diferentes. Choque en el que una de las partes es capaz de la secesión y en el que la otra busca la real transformación de una estructura productiva nacional, apostando ese escenario en el apoyo del voto popular.
En cambio, hoy y aquí hay una discusión por un vuelto, en términos macroeconómicos. Hay un gobierno en crisis que no demuestra comprender que la extensión pública de la puja le está provocando un grave daño simbólico a la gestión. Deberían recordar que el ex presidente Carlos Menem no fue vencido por los efectos de la convertibilidad sino por el discurso anticorrupción. Hay una Federación Agraria que sostiene en la protesta rutera a los mismos sectores que estructuralmente minan a sus bases. Hay una población urbana que vuelca sus humores de acuerdo a los dictados de la prensa de masas: donde ayer había un histórico boom de consumo hoy hay una crisis prácticamente terminal. (Ninguna de las dos cosas es del todo cierta. Recién el año pasado el salario promedio alcanzó el poder de compra de 2001, que es un 44% menor al de 1974, y el ciclo de crecimiento de este modelo va a continuar tal y como está dispuesto).
La pregunta es, entonces, ¿hay un conflicto?
No, si el conflicto se define como la lucha entre dos modelos distintos. En el fondo, ni el gobierno ni los ruralistas (grandes, chicos) han señalado las vías para una alternativa no ya radicalizada, tan sólo superadora (al menos, diseñar una política económica de exportación no digo industrial, sólo con un poquito más de valor agregado) al mayor negocio de 2002 a la fecha: la soja. Mercancía que lleva dentro de sí a la inflación china, a la migración a la urbe y a Monsanto junto a Cargill. Lo que está peleando el gobierno es una pelea que simbólicamente está perdida de antemano: equivocó todos y cada uno de los modos y modales. Y lo que estructuralmente están peleando los pequeños productores en esta escaramuza inicial, en realidad y mal que les pese, sólo sería la posibilidad de seguir un poco de tiempo más colgados, con el mayor beneficio posible, a un caballo que los va a revolear en breve, como ya revoleó a tantos. Quizá el cálculo no esté mal hecho. Quizá ya saben que están disparando los últimos tiritos.

Publicado en Pausa #1, viernes 16 de mayo de 2008

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Dicen que no son aburridos

Por Ezequiel Nieva

Este texto no es un editorial de presentación: es apenas la crónica de cómo fuimos pensando y construyendo un proyecto que ahora, después de muchos meses de esfuerzo, está en tus manos. A menudo los periodistas creemos que nuestro trabajo acaba cuando ponemos el punto final y enviamos la página a imprenta. Pero lo cierto es que el círculo recién se cierra una vez que los textos dejan ser tales y se convierten en una excusa para el diálogo y para la elaboración de nuevos textos. Leer, escribir, ser leídos y ser escritos: ahí la verdadera comunicación, en el más amplio sentido del término.
Entonces, cuando ese intercambio se materializa, podemos dejar de hablar de círculos cerrados y empezar a pensar en un flujo permanente de ideas y de información. No aspiramos a otra cosa.

UNA NECESIDAD. ¿Por qué un nuevo periódico? ¿Por qué así, por qué ahora? No hay una única respuesta. Pausa surgió como una necesidad y como tal se nos fue imponiendo. Hay un diagnóstico en el que todos los que hacemos este periódico coincidimos: el vértigo, la inmediatez, las urgencias del periodismo del día a día socavan nuestra capacidad de análisis y atentan contra la profundidad.
Bajar un cambio, parar la pelota, hacer una pausa: hay innumerables figuras del lenguaje que definen el estilo de este periódico y las búsquedas que iremos encarando. La elección de la palabra necesidad no es inocente: eso es lo que Pausa representa para nosotros como profesionales, pero también define el contexto en el que elegimos forjar el proyecto y sacarlo adelante. Este periódico surgió como una necesidad, decíamos, y ahora es una feliz realidad. Pero a la par de esa necesidad íntima, individual y profesional, Pausa también se erige como la respuesta a una necesidad colectiva: un pedido que nunca fue formulado en términos concretos, pero que se puede percibir con solo salir a la vereda. La locura, la velocidad, la gente que habla y no dice nada, los diálogos de sordos y la dificultad de escuchar con atención al otro constituyen el panorama habitual de esta época.
En paralelo, ese vértigo se fue colando en los medios de prensa y día a día somos testigos de cómo se multiplican casi hasta el infinito las noticias y las urgencias. Pero, ¿qué hay detrás de ese afán de decir todo antes, todo más rápido? A menudo, cada vez más a menudo, nos preguntamos nosotros mismos –trabajadores de prensa– por la parte de responsabilidad que nos cabe, que no es poca, en este contexto de sobreabundancia de la información.
Taladrar, machacar, repetir una y mil veces lo mismo, tratar de abarcar el todo sin detenernos en cada una de las partes, ¿no es acaso una forma de desinformar?

EL PROCESO. Estas y otras dudas nos acechan a diario. Como resultado del ejercicio de la autocrítica –y no sólo del esfuerzo del que antes hablamos– surge este periódico. A mediados del año pasado comenzó a tomar forma y en todos los meses que pasaron pulimos detalles, incorporamos ideas, desechamos algunos lugares comunes (es fatal descubrir cómo se nos pegan los peores vicios del oficio, pero es tan satisfactorio descubrirlos a tiempo...), creamos y desechamos secciones y discutimos mucho acerca de cómo abordar los temas que proponemos para la lectura.
El resultado está en tus manos ahora y, creemos, todo ese trabajo previo se nota. Este periódico tiene como objetivo un tratamiento a fondo de una muy variada cantidad de temas que hacen a la época y no sólo a la mera coyuntura. El criterio de edición va a privilegiar siempre la profundidad de ese tratamiento por sobre las urgencias de la agenda mediática. Vamos a aportar a la discusión pública un abanico de voces y miradas distintas y vamos a reflejar, en todos sus matices y con el mayor rigor posible, ese “ente inabarcable que es la realidad” (la definición, que hacemos propia, es de Claudio Chiuchquievich).
No nos propusimos algo imposible, pero sí novedoso. Con la edición de este primer número, inauguramos un segmento en medios, inexplorado hasta el momento: un periódico semanal que atienda tanto la coyuntura urgente como aquellos otros temas que no son tratados en profundidad en las publicaciones diarias.

EL IMPULSO. El diálogo tuvo lugar en la casa donde editamos Pausa. Uno de nuestros colaboradores cavilaba sobre la viabilidad del proyecto; estábamos haciendo números, especulábamos sobre los costos, quitábamos y agregábamos pliegos y volvíamos a calcular las posibilidades reales no sólo de poder sacar el periódico, sino de sostenerlo en el tiempo.
Entonces, el periodista en cuestión le descerrajó al editor:
–No hay caso. De vos se puede decir lo que dijo Bianchi sobre Palermo: sos un optimista del gol.
Acto seguido, juntó las anotaciones y partió a producir el material de base que luego iba transformarse en algunas de las notas que vas a leer en los próximos números.
¿Hay algo de ese optimismo palermiano (o palermista) en todo esto? Claro que sí. Pero también hay la certeza de que el proyecto se va a sostener y va a crecer a medida que pase el tiempo. Hacer periodismo gráfico no es barato; la proliferación de los medios digitales es una prueba cabal. El papel es un soporte cada vez más caro, pero la verdad es que no hay satisfacción mayor que poner sobre ese papel el torrente de ideas que nos brota en forma permanente.
La palabra impresa tiene un valor superior al de la palabra dicha: es inalterable. Esta circunstancia nos pone ante la feliz obligación de pensar mucho antes de escribir porque, obviamente, a ninguno de nosotros nos gustaría toparnos en el futuro con una nota vieja y tener que decir:
–¡Qué porquería! ¡Cómo puede ser que haya escrito esto!
Nos mueve eso: el impulso de dejar un testimonio de la época.

LO QUE NO SOMOS. Una regla no escrita pero harto conocida dice que no es elegante definirse a uno mismo desde la negativa. Pero vamos a hacer una excepción.
Está muy instalada la idea de que el periodismo es un apéndice del poder. Sobre esa premisa falsa se erigen y se reproducen a diario una innumerable cantidad de prácticas, de vicios y de facilismos cuya única consecuencia –o cuya consecuencia más notoria– es el descrédito que, cada vez con mayor intensidad, acecha al periodismo.
En la jerga periodística se habla de pegar cuando se hace una crítica y el verbo trepa a matar cuando esa crítica es más dura de lo habitual. Este periódico no pega, ni mata: sólo pone al alcance del lector algunas informaciones que, pensamos, pueden ser de interés público. Los espacios de opinión (y esto ya lo habrás advertido) están debidamente señalados. Este periódico no busca pensar por el lector; busca algo mucho más modesto o complejo, según como se lo mire: ayudar a que cada uno piense por su propia cuenta.
En la jerga también se habla de amigos y enemigos, para referir simpatías políticas o compromisos en los que se mezclan (para desventura de los lectores) la opinión editorial y los modos en que el medio financia su actividad. Puesta la cosa en esos términos, hemos que decir que este periódico no tiene amigos ni enemigos. Es un medio de comunicación. Ni más ni menos. Todas las personas, los grupos sociales, los sectores políticos son a la vez objeto y fuente de la información. La relación vamos a mantener con ellos será siempre de distancia profesional.

DEFINICIÓN. Enumerado lo que no somos, es tiempo de decir hacia dónde apuntamos. Hay dos conceptos que deberían ser la máxima aspiración de cualquier profesional de la comunicación: ser creíbles y ser serios. Pausa nació bajo ese signo y con esos objetivos.
Oscar Wilde se mofaba de los diarios de su época, pero advertía que el amarillismo en ciernes era un manotazo de ahogado de la industria periodística cuyo único objeto era lograr lectores-compradores. Si la realidad es aburrida, entones ¿quién va a querer leerla?, razonaba el escritor inglés.
Casi un siglo más tarde el uruguayo Eduardo Galeano retomó y reformuló la idea: la realidad es muy rica, decía, pero el desdén con el que se la aborda acaba por convertir todo hecho curioso en una noticia aburrida y todo proceso importante en un libro aburrido. Así, el aburrimiento cumple la doble función de desalentar la búsqueda del conocimiento y opera como elemento legitimador del actual orden de las cosas. Cada vez que alguien cree estar seguro de que el tedio es el único precio apagar por la profundidad, esa faena está cumplida.
Pausa es un periódico serio, pero no aburrido. Y –aunque esto convenga ejercitarlo antes que declamarlo– también es un periódico creíble.
Contra lo que piensen los popes de muchos otros medios, la credibilidad es un capital que el lector reconoce y valora. En el primer mundo (o al menos en una parte de él) el asunto está blanqueado: hay publicaciones que se definen partidarias de un sector determinado, otras que buscan el impacto inmediato y la venta a gran escala (y por tanto reniegan de cualquier tipo de seriedad) y el resto se inscribe en el siempre difícil de delimitar terreno de la independencia.
A principios de año, el director de un diario español dijo a un colega porteño que ser independiente resulta caro, porque supone por un lado el rechazo de todo tipo de prebenda y, por el otro, la necesidad permanente de solventar los costos de funcionamiento y de capacitación (que bien vista no es un costo sino una inversión).
Hace dos años (no tenemos a mano el dato, y poco importa), el responsable de un periódico estadounidense dijo en una charla para periodistas (fue en Rosario) que la credibilidad vende. “La credibilidad también es un buen negocio”, fueron sus palabras. Es cierto: por ese camino todo se hace más difícil, más largo... pero igual lo vamos a seguir eligiendo, una, dos y mil veces.
Porque, hay que decirlo, no hay mayor placer que acostarse cada noche con la conciencia tranquila y con la certeza de que no estamos vendiendo basura.

Publicado en Pausa #1, viernes 16 de mayo de 2008

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