Por Gastón Chansard
Los días olímpicos dejaron record mundiales, recuerdos, emociones y críticas con poco sustento. El exitismo de la prensa no transita por la misma pista del deporte nacional.
El universo deportivo expresó todas sus emociones en Beijing. En algo más de dos semanas, todos (los que entienden poco, mucho y nada) dedicamos algunos minutos de nuestras vidas para espiar a miles de atletas que llegaron a la competición sublime del deporte mundial.
Desde este espacio, donde tantas veces se trataron temas muy alejados de la agenda mediática deportiva, hoy se hace realmente imposible no involucrarse en una cita que dejó cientos de temas a desarrollar: desde las nuevas marcas mundiales logradas por seres humanos que parecen máquinas creadas en algún laboratorio asiático, hasta la extraordinaria organización de todas las competencias. Y entre tantas cuestiones que surgieron de estos históricos Juegos Olímpicos, una vez más la opinión fácil y la ignorancia de gran parte de la prensa argentina y la exitista (con todos los males que esa palabra arrastra) clase media nacional, me provocaron un deseo enorme de hacer una autocrítica. Sí: autocrítica, porque quien escribe es hijo de la clase media argentina y por elección periodista –aunque muchas veces sienta profunda vergüenza por compartir la vocación con algunos colegas.
La postura de buena parte de la clase media con respecto al conflicto entre las entidades del agro y el gobierno nacional se reflejó, claramente, en los 120 días que duró el mismo. ¿Usted cree que el señor que atiende la pinturería, la peluquera, el empleado del banco o el joven estudiante de arquitectura distinguen el real problema existente entre el sector agrícola-ganadero y el Ejecutivo nacional? ¿Usted cree que todos los movileros, conductores de noticieros y periodistas en general saben “de la A la Z” cada punto de este reclamo campestre? Yo creo que no.
En los Juegos Olímpicos, como en la pelea “campo vs. gobierno”, la sociedad y la prensa hablaron de muchas cosas sin entender demasiado. Desde la crítica, el individuo es capaz de crecer y desde la autocrítica mucho más. Pero cuando la crítica se desploma al exigir un mínimo argumento, es tan dolorosa como injusta.
Durante varios días de la competición olímpica, en radio y en televisión sobraron los rápidos de lengua para asegurar que el deporte argentino había fracasado una vez más. ¿Argumentos? Sí, uno: el Estado no les da el respaldo que se merecen los atletas nacionales. ¿Algún argumento más? No. ¿Usted cree que Suecia o Suiza son países relegados en el contexto económico, social y cultural con respecto a la Argentina y que, por ese motivo, no pudieron apoyar a sus deportistas? Si usted cree que es así no vivió en este mundo, por lo menos, en los últimos cuarenta años. La pregunta que hace referencia a estos países europeos no es casual, sólo es el comienzo de otra pregunta: ¿Cómo explica el “sabelotodo” argento que Argentina finalizó mejor ubicada que Suecia y Suiza en el medallero olímpico? Dudo que existan respuestas con sólidos argumentos.
Con el simple ejemplo de observar el medallero y comparar puestos entre países desarrollados con el nuestro, no pretendo aseverar que el apoyo del Estado nacional es el adecuado. Todavía el deporte en la Argentina sigue siendo una cuestión secundaria, por lo tanto es muy complicado codearse de igual a igual en la gran mayoría de las disciplinas con los países del mundo que realmente aplican políticas deportivas a mediano y largo plazo. El tema central es saber qué hacen los que tanto critican durante los Juegos Olímpicos las actuaciones nacionales durante las Olimpíadas. Cabe aclarar que Olimpíadas es el tiempo que transcurre entre el Juego que terminó y el que está por empezar (muchos periodistas hablan y hablan y ni siquiera diferencian las terminologías).
Si los periodistas no saben o ni siquiera se esmeran en saber qué está haciendo el atleta o el Estado por ese atleta durante los años previos a los Juegos, carecen de toda seriedad cuando esgrimen sus críticas desde el poder del micrófono. Muchos de los colegas vinculados al fútbol son los primeros en cuestionar la falta de éxitos, y son ellos los que a veces la juegan de promotores de proyectos a largo plazo, los que enarbolan la bandera del exitismo de la que después se hace partícipe la sociedad.
El exitismo es malo en sí mismo, pero mucho más cuando la promoción llega desde los medios masivos de comunicación, que sin saber si quiera la reglamentación de los deportes son capaces de sentenciar un “fracaso del deporte nacional”. Muy sueltos de cuerpos, estos periodistas que hablan mucho y piensan muy poco lo que dicen, exigen más dinero para los deportistas por parte del Estado. Pero esos recursos que todos queremos que lleguen a los atletas para que puedan entrenarse más y mejor, ¿de dónde creen que deberían salir? Por ejemplo: la clase media y estos colegas sueltos de lengua, ¿estarían de acuerdo con que se retenga parte de lo que gana “el campo” para darle a los deportistas? O, en Santa Fe, ¿le pedirían al intendente que aumente más y más la Tasa General de Inmuebles para que colabore con los representantes de nuestra ciudad?
Las políticas deportivas de las que sólo habla esta gente durante los Juegos Olímpicos no se pueden pensar ni discutir a la ligera en cinco minutos de radio o televisión. Las políticas deportivas, en las que debería estar íntimamente ocupado el periodismo deportivo, se las exige, mínimamente, desde el entendimiento y la preocupación por el deporte y el deportista. Y, que yo sepa, nunca se escucha a una yudoca o a un jugador de tenis de mesa en algún medio nacional, y mucho menos en nuestra ciudad, donde el fútbol se come todo.
Los Juegos fueron grandiosos –sin lugar a dudas los mejores de la modernidad– y el glorioso deporte argentino, para orgullo de los que lo amamos, se subió seis veces al podio. Ahora vendrán los días del fútbol (deporte que adoro y creo entender), los olvidos de los que tanto critican, pero cuando vuelvan a faltar pocas horas para que la llama se encienda en Londres, con ella también enardecerán los que estamos hartos de escuchar tantas palabras vacías.
¿DE QUÉ HABLAN LOS QUE HABLAN DE FRACASO? Argentina finalizó en la 34ª posición del medallero olímpico. Segundo con respecto a Sudamérica –Brasil consiguió una medalla de oro más que nuestro país– y tercero a nivel América Latina. Cuba fue el mejor. Países con mayor presupuesto económico, como Grecia, Suecia, Austria o Suiza, terminaron por debajo de la delegación albiceleste.
Publicado en Pausa #16, 29 de agosto de 2008.
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viernes, 29 de agosto de 2008
viernes, 15 de agosto de 2008
Un fantasma, unos números, una culpa
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #14, viernes 15 de agosto de 2008
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Están en un lugar, pero bajo la forma de no estar. Los fantasmas son entidades cuya presencia se sitúa exactamente sobre su ausencia. El megafilm Sexto sentido se basa en señalar esa cuestión (los muertos nos rodean pero, en el fondo, nunca están frente a frente con los vivos) y en situar un operador que convierte a los fantasmas en sí en fantasmas para nosotros. En la película ese operador es el niño que puede ver. (En otro nivel, las religiones tienen a la institución, a los profetas, a los momentos de contacto místico, en los que el Dios y la carne comparten al mortal; algunos partidos políticos proceden del mismo modo, incluso hay los que incorporan al ascetismo –particular práctica compartida, de diferentes modos, en Oriente y Occidente– como imperativo militante).
La función del niño –es decir, del operador– es la de poder actuar sobre esa forma de vida fantasmal, basada en repetir las mismas acciones: llorar una pérdida, lamentar un accidente, anhelar al ser que quedó vivo, vengar el daño sufrido. Cualquiera sea esa acción que guíe la triste vida del fantasma, se reduce a un guión, una escena que, sin fin, retorna de diferentes maneras. Quienes quedamos a merced de esa serie inmanejable de sucesos no podemos ver a los fantasmas como lo hace ese niño. Luego, en la relación con nuestros fantasmas, estamos situados siempre en la misma posición. El niño que puede ver está para conjurar el espectro construyendo un relato compartido que lo pueda atravesar y disolver, ubicándolo en otra posición. Sólo así lo ominoso, el fantasma en sí, puede pasar a ser lo simplemente problemático, el fantasma para nosotros, en suma, el relato sobre el fantasma.
La última dictadura, la hiperinflación y la explosión de la desocupación, comprendida estadísticamente entre (al menos) 1996 y 2004, son tres fantasmas diferentes (quizás, tres imágenes de un mismo fantasma) constitutivos de la experiencia histórica reciente. Más exactamente: sobre esos tres hechos hay un tipo de versión, que se repite, se repite y se repite, y que ha logrado construirlos como fantasmas. Esa repetición actualiza, renueva y fortalece la experiencia horrorosa, porque las posiciones fijas en el escenario del espanto se restauran.
La teoría de los dos demonios sitúa a quienes padecieron el terrorismo de Estado como, por lo menos, provocadores de la dictadura. Las desapariciones serían, de este modo, una respuesta a un mal anteriormente causado y, por lo tanto, ajustarían la balanza. En esa dinámica, a los Juicios a la Juntas les corresponde la obediencia debida y el punto final. Con los nuevos juicios habría un desequilibrio (que vendría a reiterar a la “memoria parcial de los derechos humanos”). Bajo esa gramática de la teoría de los demonios, entonces, se explica tanto el argumento de Bussi y de Pando como a quienes lo encuentren razonable.
El sistemático proceso de desguace del Estado y de desmantelamiento y concentración industrial, comercial y financiera de los '90 no provocó la desocupación. A través del discurso de lo que entonces se llamó “modernización” podemos comprender cómo el causante fue el desocupado mismo: no estaba adecuado para lo que el “cambio” exigía. El fantasma de la desocupación no sólo sitúa al expulsado como lógico único responsable de su posición; borra la ligazón entre humano y trabajador y convierte a la desocupación en el estado natural de existencia. Cambian las posiciones: el desocupado ya no es más un trabajador sin empleo; el trabajador pasa a ser un desocupado con empleo. Abierta queda la perenne flexibilización de sus derechos.
Sin embargo, es otro el fantasma frente al que muchos asumen o reconocen el propio grito. Quizá sea así porque en su morada se expresa el Nombre que todo puede nombrar y que, por ello, da cuenta de una síntesis de las múltiples determinaciones de la vida social: el precio.
En la esquina de Castellanos y Lavalle existía un supermercado familiar de no más de cuatro o cinco góndolas, carnicería y fiambrería. Sus clientes lo denominaban “Bellomo”. No recuerdo cuándo cerró, pero sí guardo una imagen de 1989, época en la que, centímetros más o menos, llegaba a la altura del tercer estante, contando desde abajo.
Estábamos mirando frascos. A la derecha, un muchacho recorría el estante pegando precios sobre los precios de los productos. Terminó la tarea, giró, tric tric tric, los números en la máquina (“remarcadora”, se la llamaba entonces), caminó al principio de la góndola y volvió a comenzar. Su misión era mantener el limbo del perpetuo remarcado.
Las versiones son miles, cada una repite cosas diferentes. Salarios que, apenas cobrados, se transformaban en mesas y sillas, para que no se perdiera el valor. Familias que compraban cantidades de harina y levadura y hacían su pan, antes que comprarlo. Hubo quienes se procuraron el alimento diario, durante largos períodos, con infructuosas excursiones de pesca a playa norte.
Experimentar pánico porque todos los días las cosas aumentan un poco más que la plata recibida por mes es la marca que dejó 1989. Joder con ese dolor y joder con esos gritos es también joder a la parte de abajo de la pirámide de la distribución. El secretario de comercio, Guillermo Moreno, no sólo niega un proceso inflacionario: deniega el retorno de un horror atroz. Es obsceno hacerlo todos los meses.
Y es notable cómo, lenta y paulatinamente, la voz del fantasma reaparece. Su propia palabra indica cómo aplacar los aumentos, dictando como causa de los mismos al exceso de demanda agregada. Salvajemente, entre otras cosas, el planteo termina señalando que los aumentos de salarios provocan los aumentos generales de los otros precios. Así es, se dice, entre otras razones, porque más salarios son más costos de producción.
¿Se podría jugar a ser el niño de Sexto sentido, considerando que en los últimos tiempos los aumentos salariales no superaron, con toda la furia, más del 20% en cada año y utilizando datos de público conocimiento?
Entre 2006 y 2007, Quickfood, con sus homónimas hamburguesas y con las Paty, aumentó sus ganancias un 64%. Más claro: si tuvo ganancias por 100 en 2006, en 2007 ganó 164. Además, maneja el 60% de su mercado. Arcor, líder en golosinas y enlatados, aumentó un 40%. La cementera Loma Negra, hoy de la brasileña Camargo Correa, incrementó sus ganancias en un 95%. Aluar, aluminios, 42%. Serían números para festejar excepto porque, por ejemplo, Quickfood sólo aumentó su producción un 8%. Esto es: si en 2006 produjo 100 unidades, en 2007 hizo 108. Arcor incrementó la producción un 10%. Loma Negra un 8% y Aluar un 10%. ¿Cómo ganar tanto más sin producir tanto más? ¿Acaso porque una posición concentrada en la oferta permite mover los precios al antojo? ¿Qué significa esto si se considera que el 85% de las ventas de supermercados están manejadas por seis firmas, que tres ingenios producen el 50% del azúcar, que la europea Unilever y la norteamericana Procter & Gamble manejan el 90% en artículos de limpieza y que cinco emporios llegan casi al 100% de la producción de plásticos y envases de alimentos? Si los aumentos de salarios se trasladan a los costos y, luego, al precio de los productos, ¿se trasladarán las superganancias a los salarios de los trabajadores?
Cada precio expresa la situación, el momento actual, de un conflicto social existente. Muy poca intervención se puede hacer en tal conflicto a partir del control de precios: siempre se pueden trampear, siempre se termina cediendo (generalmente, para un mismo lado). Mucho hay por hacer en materia de ampliar la oferta, de hincar el diente en la torta oligopólica, de situar al Estado como un agente productivo con mando tecnológico. A la fecha el gobierno nacional optó por lo primero, y con mala gestión.
Hay que recordar que el salario es un precio más, aquel que corresponde al tiempo de trabajo vendido. Y que cuando crece menos que el precio de los productos, el fantasma reaparece. Y que lo importante no es tanto el miedo, la experiencia aterradora que ello conlleva, sino las posiciones, el guión, el escenario que se monta. Porque, en suma, un fantasma, una escena donde cada posición se repite, es un conflicto que no avanza, donde el héroe vive como simple víctima pasiva. El fantasma de la inflación está para plantear un escenario en el que jamás el ojo puede ver la posición de los que estructuralmente ganan. Por eso, a veces hasta sentimos culpa cuando la plata no nos alcanza.
Publicado en Pausa #14, viernes 15 de agosto de 2008
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viernes, 8 de agosto de 2008
Mano dura adolescente
Por María Cecilia Moscovich
Publicado en Pausa #13, viernes 8 de agosto de 2008
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Ayer empecé a reemplazar en un 5to. año, en “Formación Ética y Ciudadana”.
El tema que estaban viendo era Derechos Humanos. Escribí esas dos palabras en el pizarrón y les pedí que empezaran a decir lo que se acordaban, a lo que les refería. Tras varios “no me acuerdo nada”, un grupo de alumnas dijo “los derechos humanos son eso por lo cual los sacan a los ladrones de la cárcel”. A continuación, hicieron chistes sobre Hitler, reivindicaron la dictadura…
Y ahí se armó.
Se armó una gran discusión. Yo repreguntándoles y rebatiendo lo que decían, las chicas vociferando muy emocionalmente una serie de enunciados que fui tratando de apuntar en el pizarrón, como para tratar de analizar más fríamente lo que se estaba diciendo. Todos los enunciados eran prototípicos del discurso de la mano dura.
Es cierto que gran parte de los alumnos permanecieron callados.
Volví a mi casa y me puse a escribir esto, un poco tratando de digerir, un poco buscando una forma de dialogar, porque la discusión de ayer –como jamás me pasó con mis alumnos– se pareció más bien a una pelea. Nunca antes me había pasado encontrarme con adolescentes con un discurso así. Si fuera cualquier otra situación, probablemente me olvidaría del asunto o estaría malhumorada un rato y se me pasaría luego. Pero estos chicos van a ser mis alumnos durante los próximos 3 o 4 meses.
No hay una sola visión del mundo. Está la derecha, está la izquierda, y un montón de matices y rejuntes en el medio. Por lo general siempre he estado de acuerdo con mis alumnos, o por lo menos ellos no defienden con tanta sulfuración sus diferencias.
En la escuela compiten y se encuentran varias visiones sobre el mundo, se negocian significados. No hay una sola visión sobre el mundo y la sociedad. La discusión, la escucha de las diferencias, debe llevarnos a mover nuestro pensamiento, no a aferrarnos a las posiciones que teníamos previamente. Si tanto gritamos, si tanto vociferamos, ¿cómo podremos llevarnos algo de lo que los otros dicen, cómo algo de lo que los otros dicen servirá para modificar nuestro pensamiento?
Estoy dispuesta a buscar algo de razón en lo que dijeron. De todos los enunciados que fui apuntando en el pizarrón, ¿en ninguno había algo de verdad, y de justicia? ¿Por qué me chocó tanto lo que dijeron? ¿Por qué choca tanto el discurso de la mano dura?
El discurso de la mano dura, tiene un fondo de justicia. Hay por lo menos una pretensión de justicia en sus exigencias. Se exige que a un delito corresponda un castigo justo. Que el que cause un daño, lo pague. Se exige que el trabajo y el esfuerzo sean la única fuente de obtener lo que se tiene, y no el delito ni las prebendas de los políticos de turno. Se exige respeto por la vida humana, por las propiedades y bienes conseguidos con trabajo. Se exige sentirse seguros y tranquilos.
Ésas son pretensiones justas. Yo las comparto, y no creo que haya persona en el planeta que no las comparta.
¿Entonces cuál es el problema con el discurso de la mano dura? ¿Por qué estuvimos una hora entera gritándonos si en eso estamos de acuerdo?
El problema con el discurso de mano dura es que más que como un discurso de justicia suena como un discurso de venganza.
El problema con ese discurso es que sus exigencias de justicia van asociadas con afirmaciones injustas, con asociaciones ofensivas y discriminatorias, llenas de odio y resentimiento.
El problema con el discurso de la mano dura es que cree que la descripción de la realidad es un argumento ético. El discurso de la mano dura enumera hasta el cansancio todo lo que pasa y, en algún sentido, dice cosas ciertas (los robos, la inseguridad, las muertes). Con ello, entonces tenemos que darle razón. Pero contar lo que pasa no es pensar, es sólo contar lo que pasa, y no es imaginar una alternativa de cambio.
El problema con el discurso de la mano dura es que lo que propone es el epitafio de los hechos: en vez de encerrar a los menores que delinquieron, ¿por qué no pensar en algo para hacer antes?
El problema con el discurso de la mano dura es que simplifica en un par de recetas mágicas un problema inmensamente complejo. Deja mucho, muchísimo, de lado.
Claro que hay corrupción en la justicia, claro que las cárceles no funcionan. Todos queremos que la justicia mejore y las cárceles mejoren. Yo también, y asimismo “los de derechos humanos”.
¿No es un poco incoherente exigir más cárceles al mismo tiempo que gritamos que las cárceles no funcionan? ¿No es incoherente pedir más policías cuando al mismo tiempo se grita que la policía es corrupta?
¿No habrá que imaginar, entonces, otra cosa?
Nadie dice que haya que abolir las cárceles o dar rienda suelta al delito... claro que no. El sistema penal debe mejorar. Debe haber policías y el delito ser castigado. Claro que sí.
Pero hay muchas cosas más que deben hacerse, y el problema con el discurso de la mano dura es que siempre las deja de lado.
Todos, hasta los de derecha, saben que el aumento exponencial del delito en Argentina en los últimos años viene de la mano del aumento de la desigualdad y la exclusión social. Mis alumnas ayer se empeñaban en rebatir este hecho, probablemente el único indiscutible en todo esto. Decían que mucha gente sin recursos trabajó desde abajo, y no roba, por lo que –decían– la desigualdad y la exclusión no están en la raíz del delito. Afirmación sorprendente en unas alumnas que minuto seguido decían que “los negros que se reproducen como conejos no paran de robar y matar por dos pesos”.
¿Podemos afirmar seriamente que en la desigualdad social y la exclusión no está la raíz del aumento exponencial de la violencia del delito? Diré, también, que esto no implica criminalizar la pobreza, por el contrario a gritos dije que si todos los pobres –la mitad de la población argentina– fuesen criminales, ya no habría nadie vivo.
Entonces, ¿qué es más urgente? ¿Construir cárceles, encerrar menores, juzgarlos como a adultos, implementar la pena de muerte –y todas las cosas que mis alumnas dijeron– o atacar la desigualdad, generar trabajo genuino, redistribuir la riqueza, educar, generar inclusión social, y mantener la esperanza en el poder que la educación, el trabajo y la cultura tienen en la transformación de las sociedades?
¿Es mucho pedir a unas chicas de 17 años que tengan esperanza? ¿No se puede cambiar un discurso de justicia basado en la venganza por uno de justicia basado en la esperanza y el cambio de la realidad?
Mis alumnas dijeron que a los pobres se les vive dando oportunidades y que las malgastan. ¿Será tan así? ¿No será exagerado, y por ello falso? ¿No habrá historias de transformación, de dignificación, de oportunidades aprovechadas? Yo podría contar miles.
¿Saben mis alumnas que la sociedad polarizada, fragmentada, exclusora y desigual que tenemos, es producto de la política económica implementada por la dictadura que reivindican? ¿Saben que gracias a “los militares” la clase media argentina se vino abajo, la riqueza se concentró y millones de personas fueron expulsadas a la miseria y la indigencia?
¿Les parece a mis alumnas una linda imagen del futuro una sociedad llena de villas y de cárceles? ¿No será mejor poner la energía también en terminar con la pobreza? No, no podemos prenderles fuego. No sólo porque hacerlo nos convertiría en bestias, sino porque volverían a aparecer, porque es el sistema el que fabrica pobres, chicas, no ellos “que se reproducen como conejos”.
Sí preocupémonos por la seguridad, exijamos justicia y castigo al crimen. Pero la justicia no pasa sólo por la seguridad. Quiero decirles que “los de derechos humanos” no pelean sólo “por los negros”. Peleamos por una sociedad más justa para todos los humanos. Peleamos por una idea de humanidad donde tengan lugar la esperanza, la compasión, la posibilidad de transformación y de volvernos mejores.
Pongamos nuestra energía no en odiar, sino en pensar alternativas para terminar con la raíz del problema. Les pido atención para que sus exclamaciones de justicia no se conviertan en exclamaciones de odio y, por tanto, injusticia.
El tema del sistema penal es un tema fascinante y también urgente; vamos a ponernos a estudiar sobre el mismo (algo fundamental al emitir opiniones tan apasionadas es investigar el tema). Pero no es la única dimensión de la justicia, y no es la única que debería preocuparles. Construir una sociedad de verdad más justa pasa por construir no una sociedad llena de encerrados, sino por construir una sociedad más igualitaria.
Publicado en Pausa #13, viernes 8 de agosto de 2008
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viernes, 1 de agosto de 2008
Una guerra de baja intensidad
Por Ana Fiol
Publicado en Pausa #12, viernes 1° de agosto de 2008
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Ir a Nota relacionada: Del dolor puertas para adentro. Por Marcela Perticarari.
El Movimiento de Mujeres de la ciudad siempre ha estado comprometido con los principios básicos de la lucha para la liberación de las mujeres de condiciones de violencia, es decir, de servidumbre y abuso. Insultos, humillación, violación, palos y muerte.
Mabel Busaniche dice que el feminismo y las luchas de las mujeres, los esfuerzos de tantas compañeras organizadas durante los últimos veinte años, están dando sus frutos en general. Yo creo que, en particular, en el problema de la violencia hay más denuncia y la comunidad se hace cargo de la cuestión de una forma más abierta. Eso es una enorme victoria para el movimiento de mujeres, a la que se suman otras, como la educación sexual y de género en las escuelas y el haber instalado en la esfera pública el aborto legal como un derecho que ya no puede esperar.
El refugio que propone la concejala Adriana Molina es un recurso estratégico en la batalla contra la violencia, una política pública feminista que ayudaría a las mujeres golpeadas. En Inglaterra, el recurso del refugio era importante a la hora de ayudar a una mujer a escapar de su casa y del peligro de morir apaleada a manos de su marido. En Londres mueren dos mujeres por semana, casi todas cuando finalmente los dejan. En la comunidad latinoamericana, formada sobre todo por colombianas y ecuatorianas pobres, las mujeres están a merced del machismo latino tanto como de su destino de sirvientas y/o putas.
Frente a esos niveles de vulnerabilidad y desprotección, los cinco refugios de las organizaciones de la comunidad latina, diseminados por lugares secretos de la gran ciudad, eran muy útiles para mujeres y niños abusados por la violencia doméstica.
El problema de las políticas feministas es que siempre hay que inclinarlas para el lado de las más pobres para que resulten efectivamente feministas. Es decir: hay que construir y gestionar refugios donde más se necesitan.
La pobreza y la violencia doméstica hacen desastres en el cordón oeste de la ciudad. Las mujeres de los sectores populares son las más violentadas, pero además son las más desprotegidas. La justicia y la policía no las ampara ni protege, más bien todo lo contrario.
El maltrato es un delito, nos dice la ley, pero las mujeres del centro escapan sin denunciar y las mujeres pobres no tiene a dónde ir. Refugios para las mujeres de los sectores vulnerables y sus hijos sería a mi criterio una iniciativa correcta, pero el estado está obligado a tomar el toro por las astas y hacer política pública, abordando la cuestión de la violencia doméstica con recursos humanos, dinero e investigación. Se nos explica que no hay datos, que los recursos no alcanzan, la oficina del equipo provincial es paupérrima. Sin estadísticas ni personal, el área no es una prioridad.
La violencia contra las mujeres es una guerra de baja intensidad, interminable, profunda y antigua, contra el segundo sexo. Es tan universal que parece natural considerar a las mujeres seres inferiores. Sin embargo, el Movimiento de Mujeres no se amedrenta por la enormidad de la tarea. El Colectivo La Verdecita está impulsando un protocolo de violencia doméstica a través del sistema de salud. La lógica es simple pero efectiva: las mujeres siempre vamos al médico, por nosotras o por los hijos. Chabela Zanutig quiere que los médicos, los agentes sanitarios, las asistentes sociales y las enfermeras estén munidas de un instrumento que les permita tener presente siempre el problema y registrar a las víctimas. De este modo la violencia no caería debajo del radar del sistema y se juntarían los datos del fenómeno.
Publicado en Pausa #12, viernes 1° de agosto de 2008
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viernes, 25 de julio de 2008
Qué pueblo, qué conflicto
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008
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Fuera de todos sus relatos biográficos, la razón última del famoso voto del vicepresidente se expresa en una sola frase, que no le pertenece. “Esta ley no soluciona el conflicto”, dijo Julio Cobos en esa madrugada; toda la semana previa Mario Llambías, líder de las Confederaciones Rurales, había usado los mismos vocablos. Incluso pocas horas antes de la votación, en el acto del monumento a los españoles, repitió la consigna: “una cosa son los votos y otra cosa es la solución del conflicto. Pongan huevos señores senadores”.
El enunciado no significa poco: el “conflicto” no es algo que se da por obra de las fuerzas de la naturaleza, como un terremoto o un huracán. Y una “solución” no tiene por qué significar solamente la imposición del propio reclamo. Dentro de esa misma naturalización, en el mismo escenario, con la concisión que caracteriza a quienes están acostumbrados al mando, Luciano Miguens, de la Sociedad Rural, pudo decir que “ganemos o perdamos mañana, esta medida no va a poder continuar”.
Miguens y Llambías sencillamente daban cuenta de lo que las entidades (ellos mismos) iban a promover en las rutas. Si el conflicto existe naturalmente, naturalmente la medida no va a poder continuar porque, naturalmente, florecerán los cortes de ruta. Entonces, es lógico que el propio Miguens acabara de inmediato el asunto en el fin de semana: “El conflicto terminó”, anunció a los medios (y al resto de sus aliados). Fin y principio del conflicto, por ende causas y motivos, estuvieron trazados por los ruralistas. Cobos no hizo más que agregarle una línea a ese texto.
¿Qué hubiera pasado si el vicepresidente hubiera ratificado la resolución 125, modificada en la cámara baja? ¿Cobos le hizo bien a la república porque propuso el tratamiento legislativo del tema, porque participó en su debate o porque votó en su contra? ¿Hubiera sido, de todos modos, el adalid de la democracia y del pueblo si votaba en línea con el poder ejecutivo, del que es parte? ¿El hecho democrático radica en el tratamiento parlamentario o en el resultado de tal tratamiento? Para estas preguntas es preciso recordar la tarde previa a los discursos del senado. Frente a 300.000 personas De Ángeli dijo que “a los señores gobernadores que se pusieron del lado del campo, a los legisladores nacionales y a los intendentes: se van a poder pasear tranquilamente por su pueblo que el pueblo los va a agasajar y les va a reconocer. A los otros... ¡los otros perdieron la libertad!”.
El “pueblo” tampoco es una entidad natural. No preexiste a cómo se articule su sentido, cosa que tampoco es neutral. ¿Adónde empezaba y terminaba el pueblo argentino en 1800? ¿Y en 1809, 1811 o 1817? ¿Eran parte del pueblo argentino los bonaerenses, durante los tiempos de Urquiza? ¿Son argentinos los muertos que se festejan en una efigie y en un paisaje plasmados en el billete de 100 pesos?
Cual sea la definición de “pueblo”, quién la produzca, cuáles sean sus alcances y, sobre todo, quién queda afuera de ese planteo son cuestiones fundamentales para entender la racionalidad de un orden político, sus límites y sus fuerzas inmanentes. Bajo el “pueblo” se encuentra un colectivo superpuesto con el objeto de la acción del Estado, los habitantes en sus relaciones sociales. Y es el nombre de “pueblo” el que legitima las cisuras que el Estado produce en la sociedad, los abismos que surcan como rayos al cuerpo de la población.
El resultado de esta primera escaramuza por la renta agraria -cuyo campo de combate tuvo tres trincheras: la pantalla (del cable y de la cadena nacional), las rutas tomadas y las góndolas vacías o remarcadas- se cifra en el significado de “pueblo” y en la ubicación del “conflicto”. En las tres trincheras el gobierno equivocó todos los modos y modales (véase Pausa #1). La extemporánea actuación de la Gendarmería (que marcó el paso de la resolución al Congreso) y la (al menos) inerme posición frente a los oligopolios de producción y distribución alimentaria, de Quickfood a Molinos o Coto, en pos de controlar la inflación (acelerada por el desabastecimiento) sólo quedan por debajo de la alelada indiferencia frente al lenguaje de la videopolítica (que, guste o no, es una realidad ineluctable).
Las plazas televisadas no resisten la tragedia interna del PJ en la parafernalia de sus carteles; promueven una imagen de formas homogéneas y espectaculares. Más allá de sus orientaciones, la cacerola, la represión y las asambleas de 2001 (circunstancialmente, también los piquetes), las velas y el rostro de Blumberg, las banderas argentinas en 2008 comparten este lenguaje. Es que todo lenguaje es a la vez un límite y (por ello) una posibilidad. Justamente, eso quiere decir que no por gritar más alto un grupo de eslovacos van a comprender el castellano.
Por TV, el “pueblo” del gobierno quedó reducido a la figura del negro (véase Pausa #4) arriado al acto por un choripán y su “conflicto” se significó como un delirio setentista que poco tenía que ver con la así llamada situación de los pequeños y medianos productores. “Crispación” fue el término elegido para aunar los dos términos. Bastante interés mostró el gobierno en dejarse ubicar y en ubicarse en esa posición.
Y así, punto por punto, el “pueblo” y el “conflicto” del ruralismo ganaron el espacio de la conciencia cívica, del saber técnico, de la mesura fraternal. El tipo de significados que construyeron sí respetaban y se nutrían de los marcos del TV, del proceso de la protesta rutera y del horror de los consumidores urbanos por volver a 1989. La forma de naturalizar los sentidos de “pueblo” y de “conflicto” explica tanto la posibilidad de las citas referidas más arriba como el sonriente respeto reverencial de Joaquín Morales Solá, que rompiendo una regla elemental del oficio, como la repregunta, aceptó como dato cierto un aumento del 400% en el glifosato (al momento, la revista del sector consignaba un 68,2%. Y el herbicida compone cerca del 4% del costo total).
En el reverso de las dos articulaciones también estaban las consignas de la mesa de enlace: suspender la resolución 125 (causa única del “conflicto”) porque, en un muy lejano segundo lugar, podía afectar negativamente a los pequeños chacareros (núcleo de identificación del “pueblo”). Sobre estos dos puntos se articularon desde el históricamente devastador mito de la argentina granero del mundo hasta la nueva figura de una especie de tecnogaucho de gorrita, súperarado y siembra directa bajo el dictado de un paquete tecnológico transnacional (véase Pausa #9).
Ya empiezan a retirarse los cadáveres del campo de batalla (De Urquiza y Fernández fueron los primeros) y se inicia el trazado de las nuevas fronteras. Es el momento en que de las justificaciones a través de la opinión del “pueblo” y de los análisis producto de la naturaleza del “conflicto” se pasa a las regulaciones sobre la vida de la población. Es el momento en donde afloran los distintos límites internos concretos y en donde surgen algunas incógnitas.
Hoy, todos los productores pagan el 35%. Alegan preferir eso a la burocracia de las compensaciones. De todos modos, así se impone más aún el más eficiente (el más grande), perdurando el modelo sojero de Duhalde y Kirchner. En un futuro, en lo que surja de la negociación de una nueva curva de la alícuota, el beneficio para los pequeños y el ajuste para los grandes ¿será mayor, menor o igual a lo pautado en la 125 (fuera de todas las mejoras técnicas), o bien se considerará “mediano” a quien venda 3000 toneladas anuales? Alguien que con una sola cosecha tiene ingresos por $3.300.000, ¿no es un grande? ¿Qué representa la Federación Agraria? ¿Cuál es el precio a pagar por sentarse a la mesa con La Rural?
O más exactamente: ¿cuánto tiempo pasará antes de que implote el “pueblo” que supo construir esa mesa?
Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008
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Construcciones
Por Claudio Chiuchquievich
Hace cinco años vengo escribiendo acerca de algunas acciones que despiertan múltiples análisis, expresando algunas proposiciones interpretativas que, en virtud de lo ocurrido desde hace un lustro, hoy me permito compartir. Decía así aquella proposición interpretativa:
Algunos “errores”
que se cometen según
la lógica dominante imperante
son los “aciertos” estratégicos
que nos distinguen
de aquellos que decidimos superar.
Y sólo se llega a esta circunstancia cuando se la desea, se la imagina, porque se la proyecta, se la fuerza y existe capacidad para construirla.
Se acierta y se cometen errores en el intento. Y nadie mejor que quienes acometen esos actos (pienso en las Madres de Plaza de Mayo... hoy digo Marcha de las Antorchas) para comprender las razones que los explican.
Nunca han sido tibias/os
a la hora de ser profundos
al momento de escrutarse,
cuando se hace necesario despojarse
aún de los prejuicios compartidos
para intentar abordar la propia realidad.
Por eso digo desde hace un tiempo que algunos “errores” que se cometen según la lógica dominante imperante son los “aciertos” estratégicos que nos distinguen de aquellos que decidimos superar.
Desde hace cinco años, tenemos la oportunidad de comprobar cómo los integrantes de la Marcha de las Antorchas se aventuran a hacer lo que no está permitido:
se atreven a desafiar lo trillado conocido;
abordan políticamente esa instancia construyendo una nueva estética;
dicen con el cuerpo todo cuando el resto tan sólo trata de coordinar la vista con la voz;
acceden al misterio de provocar conmociones entre quienes ya ni esperaban ser sacudidos en esta ciudad casi tan sin sorpresas como la que vivís;
echan a rodar claridades de compromisos inclaudicables que no se pactan con ningún candidato de ocasión;
demuestran que todavía existen quienes nos ofrecen su respeto cuando suben a un escenario para tomar la palabra;
apelan a lo innegable que cada uno debe aceptar;
generan la envidia de los que habitualmente ocupan esos lugares sin generar una sola emoción;
responden a los teóricos qué es construir ciudadanía;
nos hacen sentir a todos que nos enorgullece comprobar cómo cabalgan su propio camino;
que la verdad que enarbolan está racionalmente explicitada, pero que en el camino no han perdido la pasión...
Debe ser por eso que decía Piglia en Respiración artificial: “La pasión es el único vínculo que tenemos con la verdad”. Esa pasión que es el producto del deseo: el de justicia... Y debe ser por aquello que dijo Chaplin en Candilejas: “La vida es un deseo, no un sentido”.
Pero... ¿saben qué?
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.
Y tiene sentido lo hecho. Porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por eso tantos ingenieros de la política trillada les tienen miedo. Porque les enrostran lo que no tienen Y lo que sus pactos les impiden hacer para lograr lo que ustedes despiertan, provocan y disparan en aquellos que acuden a los sitios en los que ustedes accionan con la potencia que despliegan aquellos que saben reconocer en sus debilidades la propia fortaleza.
Eso es construir poder, no ser un poderoso. Eso que decía Roberto Arlt: “Los aparatos políticos otorgan muchas cosas, poder, por ejemplo; pero no inteligencia, que es su creación y no su mera acumulación burocrática”.
Esto es lo que hacen ustedes: construyen poder, accionan con razones, traccionan despertando confianzas, lo asumen con plena conciencia, exponen el pellejo en el ruedo, despliegan certezas que invitan a lo posible, nos demuestran que es realizable, asumen los costos de sostener dignidades, se crecen desvergonzadamente alegres... Por todo eso, muchos les tienen miedo.
Allí está su exposición, la de ellos.
En cambio, de su lado: los valores, los datos que demuestran complicidades o corrupciones, la entrega y la miserabilidad que ellos han construido comprando silencios. De su lado: la potencia de la voluntad de sentirse dignos.
¿Y saben qué?
Además, ustedes no sólo a los que mienten decencias asustan.
Además, ustedes a los que se sienten decentes los asombran; a los que jamás juegan su honestidad los sorprenden; a los que asistieron ayer a la Plaza los traccionaron; a todos los que concurrieron al acto los convencieron.
Por eso digo:
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.
Y ustedes consiguen plasmar tan desmesurado objetivo: construyen sentido.
Y repito: tiene sentido lo hecho porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por todo eso me atrevo a decirles desde un orgulloso “nosotros” que es deseable construir.
Nos queda la experiencia para aprender de los errores.
Se descubrieron capaces de acertar aún en la derrota... y esa es su mayor riqueza.
Se encuentran serenos, y eso cuenta de sus certezas.
Se midieron desde un nosotros que nació entre ustedes, y eso habla de lo que provocan.
Se han jugado sabiendo el resultado, y eso contagia a los descreídos.
Se expusieron (y se exponen) a perder sus laburos, y eso abochorna a los tibios de siempre.
Se animaron a estar en la lista negra del poder, y eso hizo que “ellos” (nunca como hoy) estén tan “marcados”.
Se permitieron el ejercicio del tropiezo, y eso les enseñó de las piedras que aún quedan por superar en el camino.
Se sintieron responsables y se hicieron cargo de lo que les cabe, y eso nos hace sentir que estamos vivos.
Se han visto decir lo que no se perdona en esta comarca en la que todo tiene precio, y todos nosotros podemos dar fe de que no nos han mentido cuando hablan de valores.
A ustedes, hombres y mujeres de la Marcha de las Antorchas, les digo:
Nos espera lo mejor.
Lo peor ya fue destruido.
¡Salud!, compañeros.
A no aflojar en tamaño desafío.
Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008
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Ir a Nota relacionada: Todos somos inundados. Por Pilar Guala.
Hace cinco años vengo escribiendo acerca de algunas acciones que despiertan múltiples análisis, expresando algunas proposiciones interpretativas que, en virtud de lo ocurrido desde hace un lustro, hoy me permito compartir. Decía así aquella proposición interpretativa:
Algunos “errores”
que se cometen según
la lógica dominante imperante
son los “aciertos” estratégicos
que nos distinguen
de aquellos que decidimos superar.
Y sólo se llega a esta circunstancia cuando se la desea, se la imagina, porque se la proyecta, se la fuerza y existe capacidad para construirla.
Se acierta y se cometen errores en el intento. Y nadie mejor que quienes acometen esos actos (pienso en las Madres de Plaza de Mayo... hoy digo Marcha de las Antorchas) para comprender las razones que los explican.
Nunca han sido tibias/os
a la hora de ser profundos
al momento de escrutarse,
cuando se hace necesario despojarse
aún de los prejuicios compartidos
para intentar abordar la propia realidad.
Por eso digo desde hace un tiempo que algunos “errores” que se cometen según la lógica dominante imperante son los “aciertos” estratégicos que nos distinguen de aquellos que decidimos superar.
Desde hace cinco años, tenemos la oportunidad de comprobar cómo los integrantes de la Marcha de las Antorchas se aventuran a hacer lo que no está permitido:
se atreven a desafiar lo trillado conocido;
abordan políticamente esa instancia construyendo una nueva estética;
dicen con el cuerpo todo cuando el resto tan sólo trata de coordinar la vista con la voz;
acceden al misterio de provocar conmociones entre quienes ya ni esperaban ser sacudidos en esta ciudad casi tan sin sorpresas como la que vivís;
echan a rodar claridades de compromisos inclaudicables que no se pactan con ningún candidato de ocasión;
demuestran que todavía existen quienes nos ofrecen su respeto cuando suben a un escenario para tomar la palabra;
apelan a lo innegable que cada uno debe aceptar;
generan la envidia de los que habitualmente ocupan esos lugares sin generar una sola emoción;
responden a los teóricos qué es construir ciudadanía;
nos hacen sentir a todos que nos enorgullece comprobar cómo cabalgan su propio camino;
que la verdad que enarbolan está racionalmente explicitada, pero que en el camino no han perdido la pasión...
Debe ser por eso que decía Piglia en Respiración artificial: “La pasión es el único vínculo que tenemos con la verdad”. Esa pasión que es el producto del deseo: el de justicia... Y debe ser por aquello que dijo Chaplin en Candilejas: “La vida es un deseo, no un sentido”.
Pero... ¿saben qué?
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.
Y tiene sentido lo hecho. Porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por eso tantos ingenieros de la política trillada les tienen miedo. Porque les enrostran lo que no tienen Y lo que sus pactos les impiden hacer para lograr lo que ustedes despiertan, provocan y disparan en aquellos que acuden a los sitios en los que ustedes accionan con la potencia que despliegan aquellos que saben reconocer en sus debilidades la propia fortaleza.
Eso es construir poder, no ser un poderoso. Eso que decía Roberto Arlt: “Los aparatos políticos otorgan muchas cosas, poder, por ejemplo; pero no inteligencia, que es su creación y no su mera acumulación burocrática”.
Esto es lo que hacen ustedes: construyen poder, accionan con razones, traccionan despertando confianzas, lo asumen con plena conciencia, exponen el pellejo en el ruedo, despliegan certezas que invitan a lo posible, nos demuestran que es realizable, asumen los costos de sostener dignidades, se crecen desvergonzadamente alegres... Por todo eso, muchos les tienen miedo.
Allí está su exposición, la de ellos.
En cambio, de su lado: los valores, los datos que demuestran complicidades o corrupciones, la entrega y la miserabilidad que ellos han construido comprando silencios. De su lado: la potencia de la voluntad de sentirse dignos.
¿Y saben qué?
Además, ustedes no sólo a los que mienten decencias asustan.
Además, ustedes a los que se sienten decentes los asombran; a los que jamás juegan su honestidad los sorprenden; a los que asistieron ayer a la Plaza los traccionaron; a todos los que concurrieron al acto los convencieron.
Por eso digo:
Nada nos separa de la conciencia
cuando se siente lo que se hace...
que es así como se construye sentido.
Y ustedes consiguen plasmar tan desmesurado objetivo: construyen sentido.
Y repito: tiene sentido lo hecho porque proviene del asco que nos produce convivir con:
la mentira organizada (nunca tan patética),
el silencio cómplice (jamás tan audible),
el temor de los hipócritas (latente, abundante y explícito).
Por todo eso me atrevo a decirles desde un orgulloso “nosotros” que es deseable construir.
Nos queda la experiencia para aprender de los errores.
Se descubrieron capaces de acertar aún en la derrota... y esa es su mayor riqueza.
Se encuentran serenos, y eso cuenta de sus certezas.
Se midieron desde un nosotros que nació entre ustedes, y eso habla de lo que provocan.
Se han jugado sabiendo el resultado, y eso contagia a los descreídos.
Se expusieron (y se exponen) a perder sus laburos, y eso abochorna a los tibios de siempre.
Se animaron a estar en la lista negra del poder, y eso hizo que “ellos” (nunca como hoy) estén tan “marcados”.
Se permitieron el ejercicio del tropiezo, y eso les enseñó de las piedras que aún quedan por superar en el camino.
Se sintieron responsables y se hicieron cargo de lo que les cabe, y eso nos hace sentir que estamos vivos.
Se han visto decir lo que no se perdona en esta comarca en la que todo tiene precio, y todos nosotros podemos dar fe de que no nos han mentido cuando hablan de valores.
A ustedes, hombres y mujeres de la Marcha de las Antorchas, les digo:
Nos espera lo mejor.
Lo peor ya fue destruido.
¡Salud!, compañeros.
A no aflojar en tamaño desafío.
Publicado en Pausa #11, viernes 25 de julio de 2008
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viernes, 11 de julio de 2008
¡Sembrad las semillas de celular, maquiladores del surco!
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #9, viernes 11 de julio de 2008
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Varios argumentos producidos desde diferentes posiciones quedaron flotando después del fárrago de presiones, apretadas y persecuciones diversas alrededor del tratamiento en las cámaras nacionales de la resolución 125. Uno de ellos es un cálculo económico inapelable: la ley actual no contempla una eventual escalada en los costos de los insumos agrotecnológicos, como las semillas, los fertilizantes y los herbicidas.
Mosaic (una fusión de Cargill e IMC Global) y OCP controlan el 70% de los fertilizantes fosfatados y potásicos que se utilizan en Brasil (además, Mosaic es la líder mundial en la producción de los mismos y Cargill es el mayor exportador agropecuario de la Argentina). Hace un mes, Reinhols Stephanes, ministro de Agricultura de Brasil, anunció como parte de su política la estatización parcial de la producción del insumo, vital a la hora de lograr los inverosímiles rindes actuales de la tierra.
Quizás hayamos olvidado la exacta dimensión de un Estado nacional que, en un momento de nuestra historia, comandaba toda una serie de empresas, fuera de que muchos recordemos a Aerolíneas Argentinas, a los ferrocarriles o a ENTel en su ineficacia y en sus déficits. Sí es un hecho que, en general, se desconoce que estas empresas no siempre funcionaron así: la YPF de Mosconi supo competir y desplazar al gigante de su época, Standard Oil (más conocida por su posterior nombre, Exxon).
También debiera formar parte de este elemental relato de historia económica el indicar cómo, sobre todo desde la última dictadura en adelante, se fueron transfiriendo masivamente pasivos a dichas empresas (o computando como tales a las compras de capital), mientras se reducían hasta lo ridículo los salarios de los cuadros técnicos, los empleados responsables y capacitados para el buen funcionamiento. Así, poco tiempo tuvo que pasar para que los horarios de llegada de los convoyes de hierro o la adecuación tecnológica de las comunicaciones fueran hilarantes ficciones. Finalmente, hasta la extracción y refinamiento de petróleo dieron pérdidas. Esta última enumeración, un clásico aprendido en los ’90, es una parte de los resultados de una (alevosamente organizada) política sistemática de vaciamiento. La otra parte es peor.
La doctrina privatizadora solidificó la idea de que el Estado sólo debe ser una entidad desde donde emanen algunas pocas regulaciones sobre la competencia mercantil. Y disolvió una de sus principales funciones (que provenía, justamente, del peso de las empresas públicas): la de intervenir como un productor y distribuidor concreto. El complejo ferroviario, por ejemplo, no sólo reparaba material rodante: construía el “modelo” de los vagones como elemento para la fijación de un precio guía, necesidad básica para una licitación cuyas bases no sean propuestas por los mismos vendedores.
De ese modo, en gran medida, nuestro Estado (la institución política pública) entregó el conocimiento técnico y la capacidad organizativa sobre todas las áreas clave de la economía. Luego, las decisiones políticas públicas quedaron totalmente enajenadas (hasta por principio) en un saber y una fuerza que es pura propiedad privada. Y dicho saber y fuerza no son a la fecha los mismos que hace 20 años. Ni que hace 10.
La complejidad de la tecnología agropecuaria ha provocado un vuelco completo en el trabajo rural. Cultivar la tierra ya poco tiene que ver con la naturaleza y sus tiempos o con las manos callosas y los tronantes tractores. Fertilizantes, semillas y herbicidas son claves en la duplicación histórica de los rindes por hectárea. En Mosaic, Syngenta y Monsanto, en el poder de su capacidad de creación tecnológica, está el verdadero mando económico sobre el modelo agropecuario (véase Pausa #1). Estas tres multinacionales integran, organizan y posicionan dentro de sí a todo aquello que se les relacione: desde el precio de la tierra hasta el tamaño de la tolva. Cuánto, cómo, a qué escala, con qué y a qué precio se produce varía de acuerdo a qué nuevo organismo genéticamente modificado (OGM) sea la novedad.
Ineluctable mercancía: la única forma de no ser absorbido dentro de este régimen de innovación acelerada es sencillamente salir del esquema productivo, por marginalidad o por simple desaparición. Cuando Monsanto logró que la soja GM resistente al agroquímico Roundup fuera autorizada en Argentina, en 1996, se cultivaron 37.000 hectáreas con esta semilla. El maíz BT (genéticamente protegido de los insectos) comenzó su camino local en 1998, en 13.000 hectáreas. Ambos cultivos en 2005 cubrían 14.058.000 y 2.008.000 hectáreas, respectivamente. Hoy la soja RR, un producto cuya hidalga y telúrica tradición nacional tiene poco más de 10 años, cubre más de la mitad de la superficie cultivada: 16.900.000 hectáreas. Total mando: sólo un movimiento de este capital tecnológico implica aumentos o descensos de los precios de la tierra y los arriendos, produce variaciones relativas y absolutas de los rindes, induce cambios frenéticos de centenarias tradiciones productivas, exige la transformación de todas las herramientas de siembra, cosecha y almacenado y profundiza su capacidad de explotar toda la masa de trabajo que está bajo su égida.
Cuando Eduardo Buzzi afirma que la 125 no contempla el aumento de los costos de producción (más allá de que, en la soja, falte mucho o menos que mucho para que se pierda la rentabilidad concreta actual) también realiza un pase mágico: expone y oculta, simultáneamente, cómo el sector agrícola más dinámico, con mayor renta y mayores ganancias, es en verdad un subsistema dependiente de estas multinacionales. Expone un cálculo económico elemental. Silencia la total entrega al mando tecnológico.
El diseño biogenético y el desarrollo químico hicieron de las antiguas plantas, abonos y desmalezamientos una única entidad más cercana a la tecnología requerida para producir un celular que a otra cosa. A la vez, los antiguos productores y dueños de la tierra pasaron a ser, en el fondo y gustosamente, unos súperbienpagos armadores de televisores de granos, por medio de la industrialización de una serie de procesos dominados ya no por la naturaleza sino por la innovación técnica que manejan los verdaderos dueños del mercadito.
Hay que develar que el punto hoy no está en los subsidios ni en levantar deudas hipotecarias, porque la dádiva nunca es mucha y siempre se olvida. Tampoco se trata de impuestos o control de precios, porque la regulación siempre se trampea, primero en su legitimidad y luego en su efectivo cumplimiento. Simplemente, se trata del control efectivo. Si lo público, lo colectivo o la comunidad (sea bajo la forma Estado u otra) pretenden recuperar una voz de mando estratégico en la economía, uno de los lugares a apuntar es éste. Hasta tanto esto suceda, el grito sordo y profundo del capital tecnológico será uno solo: “¡Sembrad las semillas de celular, maquiladores del surco!”.
Publicado en Pausa #9, viernes 11 de julio de 2008
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viernes, 27 de junio de 2008
Exiliados del mundo
Por Juan Pascual
Mi amiga nació en el exilio. Hoy ella y mi amigo, su marido, viven en él.
A diferencia de quienes, antes y después del golpe de Estado del '76, se fueron del país perseguidos por la tortura y la muerte, hubo una generación que, tras 25 años, se fue desgranando por los pontones de embarque de Ezeiza. Los que nacimos en la década del '70 necesitamos mucho más que las dos manos para contabilizar a todos los pares de edad emigrados entre 2000 y 2005, inicio y fin de la escalada de ausencias y despedidas. Los primeros se fueron con lo puesto; recuerdo cómo ya sutilmente olían el derrumbe. Los segundos comieron angustia junto a los demás, mientras minuciosamente soñaron con un viaje que, finalmente, llegó.
En Milán o en Santa Fe, una joven generación experimentó un exilio económico silencioso.
El exilio es uno de los pocos fenómenos que cumple estrictamente con dos requisitos típicos: realmente tiene dos caras demarcadas con un abismo que las separa. El lenguaje de esas distancias tan diferentes entre sí se compendia en esa relación: la cara de quienes se quedan y la de quienes se van, la distancia que vive el que se queda, que no es la misma que la que vive el que se va. (Pepe y Mabel, los padres de mi amiga, conocen ambas experiencias: ser un exiliado político en los '70, con la beba a cuestas; verse en la hija mujer, tan lejana, concretando lo que aquí se negaba).
No obstante, hasta la recesión de fines de los '90, y en general, nuestras siempre benditas clases medias desconocían la naturaleza y las formas de este tipo de movimiento, que se acelera cada vez más a nivel mundial. Nunca Argentina les había sido un lugar asfixiante por el sólo hecho de estar.
Hay quienes, por su parte, desde hace mucho que conocen el exilio de otras maneras: se van bien cerquita, en colectivo nomás, sin el dinero para el pasaje de avión. A esos, las clases medias y altas los llaman negros de mierda. Son los trabajadores rurales, los peones que vienen del campo a la ciudad, o los habitantes de países limítrofes, de los que nada sabemos: ni siquiera de qué están huyendo (véase Pausa #4). No importa, son bolitas. Del mismo modo, los jóvenes llegados a Europa pasaron a ser, como mínimo, sudacas. Un sudaca no puede opinar, asociarse o trabajar libremente. En tanto que sudacas, acceder a cualquier derecho es un horizonte de felicidad y promisión. Un horizonte muy distante, difícil de alcanzar.
Los listados de derechos generales casi conforman un género discursivo. Dentro de ese género tenemos textos para los niños, las mujeres, los jóvenes, las personas con capacidades diferentes, etcétera. Hay un texto superior en este género, la Resolución 217 A (III) del 10 de diciembre de 1948, producida por la Asamblea General de las Naciones Unidas, conocida como Declaración Universal de los Derechos Humanos, y hay un texto fundacional de 1789, la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Este último es el fruto de la revolución francesa, el primero es el resultado de Auschwitz y las guerras mundiales. Más allá de la línea que pueda trazarse entre la génesis y la cúspide, lo importante es notar cómo la vida humana, la pura vida humana, por ser tal, por ser vida en sí, conlleva una serie de derechos. Por nacer somos inscriptos como sujeto de derechos, por nacer se nos inserta en un orden de legalidad. Sin embargo, al mismo tiempo, por nacer somos parte de una nación. Nacimiento y nación son términos indisociables.
El sujeto de derechos universales y el individuo de la población nacional están radicados en el mismo lugar… pero, ¿serán lo mismo? ¿Cuál de los dos cuerpos que poseemos es el que vale: el cuerpo humano o el cuerpo nación, el cuerpo que por su naturaleza biológica accede a cierto tipo de derechos o el cuerpo que por una cuestión geográfico-política posee una nacionalidad determinada?
El problema es independiente de nuestras posiciones y creencias ideológicas: somos animales en cuyas vidas puras ya ancla lo político. Una pregunta se abre: ¿quién o qué posee la capacidad de decidir soberanamente cuándo mi cuerpo es de humano o cuándo es de argentino?
El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, por tomar un ejemplo, apoyó la segunda opción, más allá de que (o precisamente porque) el 10% de la población residente de España es inmigrante. Fue activo promotor de la llamada Directiva de Retorno, una resolución expedida el miércoles 18 de junio por el Parlamento de la Unión Europea que establece que, antes de su expulsión de Europa, un inmigrante sin papeles, inclusive si es menor de edad, puede ser detenido durante 18 meses si rehúsa su “retiro voluntario”, quedando imposibilitado para volver a Europa (donde quizá esté residiendo el resto de la familia) antes de los 5 años. Si bien el Reino Unido, Suecia, Grecia, Dinamarca, Finlandia, Estonia, Irlanda, Malta y Holanda podían (legalmente) retener indefinidamente a un cuerpo no nacional, dos tercios de los 27 países de la unión han aumentado así el período de detención. 367 votos a favor (53%, mayoría absoluta), 206 en contra y 109 abstenciones fue el resultado de la compulsa sobre la Directiva.
¿Sujeto de qué cosa es ese cuerpo detenido (“internado” lo llama la prensa europea)? ¿Sujeto de derecho humano o sujeto de una nación? ¿Cuál es la ley vigente en los Centros de Retención?
Es claro, primero uno posee una identidad nacional y luego una vida humana. Ser no europeo habilita a los europeos a tratar a esos cuerpos como no humanos. Tanto como nosotros tenemos a los bolivianos para que, en tanto esclavos, cosan nuestras prendas de vestir.
Todo el globo terrestre está estampado por ese tipo de espacios y esa densidad de tiempos donde la ley se suspende porque así la ley lo posibilita: cuando lo excepcional se ha vuelto la regla cualquier cuerpo puede morir a manos de, en definitiva, cualquier cuerpo que posea la investidura de la soberanía. Los presos de la base militar norteamericana de Guantánamo, sin causa explícita, sin tiempo determinado, sometidos a todo tipo de torturas, constituyen actualmente el paradigma del estado de excepción, así como los campos de concentración nazis fueron su síntesis. Pero los Centros de Retención de los sin papeles dan mayor evidencia de cómo, en el fondo, para el ordenamiento político occidental la nación es algo anterior a la humanidad, más allá de que ya desde 1789 los hombres “nacen y permanecen libres e iguales”, pero el “principio de toda soberanía” es la nación. La noción de ciudadanía explota en la figura del exiliado/refugiado, porque se pierde esa continuidad entre ser un humano con derechos y haber nacido ciudadano de una nación. Así, es inocente seguir considerando que la ciudadanía política y el contrato social son las claves para pensar la teoría política y del derecho occidental. Dentro de cada ciudadano vive hoy un exiliado, cada convención legal, en definitiva, está anclada en la decisión de un soberano cuyo único modo de relación política es la exclusión.
Sin embargo, como corresponde, frente a las barreras puestas para la movilidad de los cuerpos pobres está la absoluta libertad de circulación del capital y las mercancías.
Publicado en Pausa #7, viernes 27 de junio de 2008
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viernes, 20 de junio de 2008
“Por fin estamos debatiendo qué modelo de país queremos”
El economista Abraham Gak, director del proyecto estratégico “Plan Fénix”, profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y especialista en diversos temas de macroeconomía, habló con Pausa sobre el conflicto entre las entidades del agro y el Gobierno nacional y dio su punto de vista.
El grupo de economistas que, desde fines del año 2000, conforman el Plan Fénix, discute en ámbitos académicos (a la vez buscando hacer aportes útiles para la toma de decisiones) los problemas centrales de la economía nacional. Sus propuestas han sido elaboradas con la mirada puesta en el mediano y largo plazo, y también con algunas medidas de corto plazo que permitan enfrentar la crisis actual; de ahí lo oportuno de su testimonio.
“Es evidente estamos inmersos en un conflicto de importancia y es evidente también que lo que está en el fondo de la discusión es qué país queremos tener: uno que sea sólo para 20 millones de habitantes u otro en el que vivan 40 millones”, señaló.
Abraham Gak coincidió con otros analistas al enfatizar que en la actualidad la Argentina no está atravesando una crisis económica. En ese sentido, arguyó que la prueba de eso está en que en estos cinco meses las exportaciones de todo tipo, industriales e incluso las de productos primarios, han crecido.
“Me parece que en esto hay una disputa de carácter económico pero creo, en verdad, que detrás de ello hay una real pelea de carácter político, que es justamente esto: qué tipo de país queremos” opinó sin vueltas el economista.
Luego agregó: “También está en tensión si vamos a compartir un gran progreso, un incremento importante de las exportaciones, a través de un mercado interno fuerte, consolidado, con un proceso industrial que permita al país insertarse en el mundo en condiciones mejores que las de un simple proveedor de materias primas”.
Sin embargo, Gak reconoció la inquietud que genera el actual conflicto en el sector financiero, que se suma a la crisis internacional financiera. Pero el Banco Central, a su entender, con la utilización de una pequeña porción de sus reservas para atender esa coyuntura logró disiparla con bastante solvencia.
“Lo que ciertamente me preocupa es lo que pueda pasar con el sustento de la gente más desprotegida del país si hay un incremento de los valores internacionales de los alimentos que supere fuertemente los precios actuales: cómo hará entonces el Estado para mantener desconectados los precios locales de los internacionales. Ahí tenemos una situación importante, a la cual las retenciones o los derechos de exportación móviles ayudan a paliar, pero no va a ser lo único que va a poder resolverlo”.
En ese marco, el especialista consideró esencial que finalmente se defina un plan para evitar las consecuencias que podrían producirse en ese más que posible escenario.
Además, Gak sostuvo que es necesario pensar cómo se integra un proceso industrial con un proceso agrario vigente, que es igual de relevante, ya que se necesitan mutuamente.
Sin dejar de lado el análisis estructural de la situación que vive el país, el economista subrayó que en estos últimos días hubo un fuerte ataque a la institucionalización y a las investiduras que asumen los funcionarios elegidos por la mayoría.
Y en ese contexto subrayó que no se discute lo esencial “que es quién es el dueño de esa renta diferencial de la tierra que se da entre una zona de altísima producción respecto de otras que no la tienen tanto”.
“Lo positivo de esto, si es que cabe la valoración en el actual contexto, es que por fin en la Argentina estamos debatiendo cosas fundamentales, como qué modelo de país queremos, pero esto debe darse en un marco de preservación de las instituciones y en democracia”.
–¿Cree que la decisión de aumentar el porcentaje de las retenciones fue acertada?
–Considero que sí, pero me parece que lo hicieron tarde. Porque si hubieran establecido la movilidad cuando lo hicieron con los hidrocarburos, seguramente la discusión no hubiese sido de tamaña importancia. No olvidemos que nadie protestó cuando se introdujeron retenciones móviles al sector petrolero: le fijaron un límite de 42 dólares el barril y en este momento está arriba de los 130 dólares en los valores de la Argentina. En ese caso, el remanente de esos 42 dólares se lo apropia el Estado.
Según Gak, las mismas medidas que se aplicaron a la soja y al petróleo deberían trasladarse al sector minero. En ese sentido, se permite cuestionar por qué razón el país no se apropia de las rentas que supone la preexistencia de los productos minerales.
“Observar la ley de minería impulsada durante la presidencia de Carlos Menem, redactada tan en favor de esos inversores internacionales que son las pocas empresas mineras que hay en el mundo, es realmente ver un bozal que tiene puesto el país, que no le permite avanzar”.
El grupo de economistas que, desde fines del año 2000, conforman el Plan Fénix, discute en ámbitos académicos (a la vez buscando hacer aportes útiles para la toma de decisiones) los problemas centrales de la economía nacional. Sus propuestas han sido elaboradas con la mirada puesta en el mediano y largo plazo, y también con algunas medidas de corto plazo que permitan enfrentar la crisis actual; de ahí lo oportuno de su testimonio.
“Es evidente estamos inmersos en un conflicto de importancia y es evidente también que lo que está en el fondo de la discusión es qué país queremos tener: uno que sea sólo para 20 millones de habitantes u otro en el que vivan 40 millones”, señaló.
Abraham Gak coincidió con otros analistas al enfatizar que en la actualidad la Argentina no está atravesando una crisis económica. En ese sentido, arguyó que la prueba de eso está en que en estos cinco meses las exportaciones de todo tipo, industriales e incluso las de productos primarios, han crecido.
“Me parece que en esto hay una disputa de carácter económico pero creo, en verdad, que detrás de ello hay una real pelea de carácter político, que es justamente esto: qué tipo de país queremos” opinó sin vueltas el economista.
Luego agregó: “También está en tensión si vamos a compartir un gran progreso, un incremento importante de las exportaciones, a través de un mercado interno fuerte, consolidado, con un proceso industrial que permita al país insertarse en el mundo en condiciones mejores que las de un simple proveedor de materias primas”.
Sin embargo, Gak reconoció la inquietud que genera el actual conflicto en el sector financiero, que se suma a la crisis internacional financiera. Pero el Banco Central, a su entender, con la utilización de una pequeña porción de sus reservas para atender esa coyuntura logró disiparla con bastante solvencia.
“Lo que ciertamente me preocupa es lo que pueda pasar con el sustento de la gente más desprotegida del país si hay un incremento de los valores internacionales de los alimentos que supere fuertemente los precios actuales: cómo hará entonces el Estado para mantener desconectados los precios locales de los internacionales. Ahí tenemos una situación importante, a la cual las retenciones o los derechos de exportación móviles ayudan a paliar, pero no va a ser lo único que va a poder resolverlo”.
En ese marco, el especialista consideró esencial que finalmente se defina un plan para evitar las consecuencias que podrían producirse en ese más que posible escenario.
Además, Gak sostuvo que es necesario pensar cómo se integra un proceso industrial con un proceso agrario vigente, que es igual de relevante, ya que se necesitan mutuamente.
Sin dejar de lado el análisis estructural de la situación que vive el país, el economista subrayó que en estos últimos días hubo un fuerte ataque a la institucionalización y a las investiduras que asumen los funcionarios elegidos por la mayoría.
Y en ese contexto subrayó que no se discute lo esencial “que es quién es el dueño de esa renta diferencial de la tierra que se da entre una zona de altísima producción respecto de otras que no la tienen tanto”.
“Lo positivo de esto, si es que cabe la valoración en el actual contexto, es que por fin en la Argentina estamos debatiendo cosas fundamentales, como qué modelo de país queremos, pero esto debe darse en un marco de preservación de las instituciones y en democracia”.
–¿Cree que la decisión de aumentar el porcentaje de las retenciones fue acertada?
–Considero que sí, pero me parece que lo hicieron tarde. Porque si hubieran establecido la movilidad cuando lo hicieron con los hidrocarburos, seguramente la discusión no hubiese sido de tamaña importancia. No olvidemos que nadie protestó cuando se introdujeron retenciones móviles al sector petrolero: le fijaron un límite de 42 dólares el barril y en este momento está arriba de los 130 dólares en los valores de la Argentina. En ese caso, el remanente de esos 42 dólares se lo apropia el Estado.
Según Gak, las mismas medidas que se aplicaron a la soja y al petróleo deberían trasladarse al sector minero. En ese sentido, se permite cuestionar por qué razón el país no se apropia de las rentas que supone la preexistencia de los productos minerales.
“Observar la ley de minería impulsada durante la presidencia de Carlos Menem, redactada tan en favor de esos inversores internacionales que son las pocas empresas mineras que hay en el mundo, es realmente ver un bozal que tiene puesto el país, que no le permite avanzar”.
Publicado en Pausa #6, viernes 20 de junio de 2008
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viernes, 13 de junio de 2008
¡Sooomos los piraaatas!
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #5, viernes 13 de junio de 2008
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¿Hemos construido ya el recuerdo de cómo era Internet antes de su forma actual? No de cómo era la comunicación a distancia antes de su existencia: para eso están los nostálgicos discursos sobre la carta o el teléfono, que generalmente olvidan por completo el significado económico de poder mandar en un segundo un archivo adjunto a Indonesia o que desconocen del todo cómo el chat con camarita le transformó la vida sentimental a un exiliado. Para el momento anterior a las formas de conectividad actuales ya hemos acuñado una imagen, que tanto explica como obtura ese pasado, pero para la primera etapa de Internet nos falta un relato.
Siempre hay que considerar cómo nos relacionamos los hombres con nuestro entorno, con qué herramientas y con qué procesos. Las peculiaridades de ese entorno, junto a la eficacia de las herramientas y los procesos, determinan cuántos productos podemos obtener y qué características pueden alcanzar. Paralelamente, hay que tener en cuenta que la relación entre esos tres elementos está organizada políticamente.
Una vez que se ha alcanzado determinado nivel de desarrollo de esas posibilidades productivas, se abren dos alternativas: se continúa con el esquema de relaciones sociales que permitió llegar a ese nivel o se transforma dicho esquema. Cuando el desarrollo de esa fuerza de producir llega a cierto punto, las condiciones que permitieron ese mismo desarrollo se vuelven un obstáculo. Entonces, por más esfuerzo que se ponga en mantener un orden, éste se modifica. Bajo estas ideas, podemos notar cómo los procesos acelerados y exponenciales de transformación de la red informática nos explican el carácter irreversible (y a la vez efímero) de la reubicados puesteros del Parque Alberdi.
En el pasado, los cibers no tenían juegos en red, los programas de mensajería personal instantánea no existían, bajar una sola canción podía tomar medio día y las páginas de la web parecían (lo cual ya era mucho) una exposición estática de un torpe creador de contenidos, donde generalmente los links siempre estaban rotos. La única conexión posible era la de la línea del teléfono fijo; los celulares medían más de 15 centímetros y eran propiedad de un selecto grupo.
Más o menos así, para su (muy reducido y local) público, eran la web y la telefonía móvil en 1999, cuando acababa de nacer un programa señero del futuro: Napster, hoy un arcaísmo. Dicho con todas las letras: conectarse implicaba tener un modem que se pasaba un minuto haciendo toda una serie de chillidos infernales y electrónicos; al telefonito había que sacarle con cuidado una antena antes de usarlo.
En 2004, un grupo de desarrolladores estadounidenses de tecnología y sistemas de información creó un nombre para la forma actual del canal informático: web 2.0. Su principio es, básicamente, la construcción más o menos colectiva y centrífuga de prácticamente todos los espacios de intercambio de contenidos. De por medio está la conexión en banda ancha, la creación de formatos de archivos que permiten la compresión de datos (como el mp3) y de los programas que permiten descargarlos e intercambiarlos masivamente (los más conocidos, Kazaa, E-mule o Ares), la apertura de los códigos del software, el Messenger (que desbancó al precario ICQ), los enormes emporios de noticias y opinión (blogs, foros de discusión y ese viviente mundo enciclopédico llamado Wikipedia). Y están, antes que nada, dos cuestiones.
Por un lado, la digitalización de los principales productos de la industria cultural, paso que supera al cambio de soportes. No se trata tanto de haber pasado del disco y las cintas al CD y el DVD. El punto es que, de modo muy parecido al funcionamiento rudimentario del dinero, existe un código único y común para la formulación y el intercambio de todos los tipos posibles de sonido, imagen y palabra. En el fondo, todos los textos y todas las canciones y todas las películas se traducen y reducen a una ordenada cantidad de los mismos 0 y 1: todas las obras quedan constituidas por la misma masa. Y, ya por otro lado, ese código único y común, esa materia virtual digital, está presente y constituye como puntos de producción e intercambio tanto a la computadora personal como al aparatito que la complementa o, cuando media la pobreza, la sustituye. Estamos hablando, ahora, de los formatos tecnológicos de conectividad para los pobres: el celular y todas sus chucherías, que permiten desde reemplazar la radio personal por un listado de canciones a gusto hasta producir una “personalización” de acuerdo a qué fotito pone uno en el fondo de pantalla o qué aberración sonora se elige como timbre. (El selecto grupo otrora dueño de los “ladrillos” telefónicos utiliza ahora artefactos que fusionan la red y la telefonía). De una forma u otra, con más cercanía o lejanía, todos hemos sido vinculados a estos soportes tecnológicos en su forma actual. Es obvio decir que las diferencias ahondan notoriamente las brechas y las posibilidades de acceso a otras posiciones sociales: una cosa es manejar y disponer del chat y el *2856 para bajar imágenes y muy otra es poder enviar adjunto un cuadro contable a una empresa o poder navegar páginas donde se da cuenta de las diferentes posibilidades de becas de las universidades de Europa.
En suma, en menos de 10 años la conectividad se revolucionó a sí misma. Ese cambio tecnológico, simplemente, implica una mayor fuerza productiva. Pero ya las características de esa fuerza productiva exigen un nuevo modo de pensar cómo nos relacionamos para organizar la producción.
Las dos claves indicadas nos señalan que el núcleo está en la existencia de un código al cual todo lenguaje o dato se puede reducir y que cualquier PC es capaz de percibir y producir. Entonces, el intercambio de grandes masas de datos –las cuales comprenden a toda la producción cultural vigente– es intrínseco a la lógica de esa conectividad que permite Internet. Pretender que desde una legislación punitiva se pueda detener este proceso es un anhelo ingenuo, provenga el reclamo de las cámaras de propietarios de los (ya vetustos) medios de producción actuales o de lo que hoy (y, de seguro, no mañana) el derecho reconozca como autor de una obra. De hecho, el productor y el autor de la música, el cine, los textos, entre otros lenguajes posibles, son instituciones y conceptos que muy difícilmente puedan sostener los derechos, las implicancias y los alcances que todavía resguardan hoy. Siempre fue así: antes de la aparición de la imprenta, ser un autor era algo completa y absolutamente distinto que después. Y las formas de lo que será recién comienzan a esbozarse.
La así llamada piratería (que va desde la grabación o compra de un CD o DVD trucho hasta el uso de los programas de descarga o el consumo de youtube.com) no es más que el completamente transitorio punto al que ha llegado el desarrollo de las capacidades productivas. Hoy, la única forma real de detener la piratería sería bloquear el uso de Internet como un todo, con lo que nos enfrentamos al carácter contradictorio de ese anhelo: es obvio que la red es un negocio superior y que la capacidad de conexión va a seguir aumentando cada vez con mayor velocidad. En el crecimiento acelerado de la tecnología se encuentra hoy el lugar del mando económico, el poder real y concentrado de modificar el entorno. Pero también existe, por ello y como opuesto, la posibilidad de definir de otra manera la distribución y producción de cultura, donde la diversidad de obras, las posibilidades de acceso y las condiciones de explotación no sean aquellas que disponga las decisiones de una anquilosada industria cultural oligopólica.
Publicado en Pausa #5, viernes 13 de junio de 2008
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viernes, 6 de junio de 2008
Mitos y realidades
Por Jorge Cuccia (*)
La falta de información de la sociedad ante el tema conmutaciones de penas es total. Esta desinformación es parte de la campaña inducida u orquestada por sectores retrógrados y represores. Ningún sector del periodismo de alcance masivo en Santa Fe realizó una investigación de campo. No se difundió lo que representa dicho beneficio para un condenado tras largos años de encierro, manteniendo conducta ejemplar y readaptándose con los escasos medios de que dispone en las cárceles de la provincia. Tampoco revelan lo que implica para la sociedad y sus alcances reales en la actualidad. El mito o mentira es que mediante la conmutación salen en libertad los detenidos en forma masiva. La conmutación de penas es una facultad que otorga la Constitución provincial al gobernador en ejercicio para reducir la condena de un detenido. No se debe confundir con amnistía o indulto, que pueden permitir la rápida liberación, como los casos de los genocidas y responsables de la dictadura. Para ser objetivos, el gobernador puede o no usar la facultad de conmutar penas, tanto él como los funcionarios del área de Seguridad y Justicia saben que es un aliciente, un incentivo a regresar a la sociedad sin resentimientos. Y la rebaja obtenida en la actualidad no pasa de dos o tres meses. En la práctica y guiándonos por las estadísticas de las conmutaciones de 2003, pero difundidas en el año 2004, sobre 2.600 condenados obtuvieron el beneficio 260 internos en toda la provincia, esto representaba sólo el 10 por ciento; en promedio no se superaron los tres meses de rebaja de la pena. Y para demostrar que este tipo de incentivo, beneficioso para “el condenado” y “la sociedad”, tiende a desaparecer, en las recientes conmutaciones otorgadas en diciembre de 2005 sólo lograron el incentivo 130 condenados, esto representa sobre 2.500 condenados un magro 5 por ciento, haciendo estéril el esfuerzo y buena conducta de muchos presos. Aclaramos que la forma de seleccionar a los que se postulan es por parte del director de cada unidad (carcelaria), basándose en el informe del equipo de profesionales que supervisan la rehabilitación de cada condenado y posteriormente elevado al gobernador para la resolución. Jamás las conmutaciones fueron para todos los condenados. Dichos profesionales psicólogos, terapistas ocupacionales y asistentes sociales son formados de la misma manera desde hace 20 años y son integrantes del Servicio Penitenciario, por lo que están subordinados a oficiales que cuidan más de la “seguridad” que de la reinserción del detenido. Para poder postularse al beneficio se debe contar con conducta ejemplar, trabajar y haber mostrado claros avances en la rehabilitación, según lo dictaminen los profesionales referidos. Esto es muy difícil de obtener dentro de la cárcel, y ni siquiera reuniendo todos los requisitos existe seguridad de ganar la ansiada conmutación. En la actualidad, con condenas que pueden llegar a los 50 años y similares por su dureza, una rebaja de dos o tres meses, como se estila, parece una burla. Por lo vivido en esta Unidad Penitenciaria Nº 1 (Coronda) en el último año, las autoridades han tomado una actitud que creemos positiva y los internos demuestran que ofreciéndoles oportunidades de estudio, trabajo y capacitación, la sociedad va a recibir seres capacitados y a los cuales se debe estimular e incentivar. Eso es lo que representa una conmutación de pena.
(*) Detenido de la cárcel de Coronda y editor de la revista Ciudad Interna.
Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008
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Ir a Nota relacionada: Un mensaje de libertad para descomprimir la convivencia
La falta de información de la sociedad ante el tema conmutaciones de penas es total. Esta desinformación es parte de la campaña inducida u orquestada por sectores retrógrados y represores. Ningún sector del periodismo de alcance masivo en Santa Fe realizó una investigación de campo. No se difundió lo que representa dicho beneficio para un condenado tras largos años de encierro, manteniendo conducta ejemplar y readaptándose con los escasos medios de que dispone en las cárceles de la provincia. Tampoco revelan lo que implica para la sociedad y sus alcances reales en la actualidad. El mito o mentira es que mediante la conmutación salen en libertad los detenidos en forma masiva. La conmutación de penas es una facultad que otorga la Constitución provincial al gobernador en ejercicio para reducir la condena de un detenido. No se debe confundir con amnistía o indulto, que pueden permitir la rápida liberación, como los casos de los genocidas y responsables de la dictadura. Para ser objetivos, el gobernador puede o no usar la facultad de conmutar penas, tanto él como los funcionarios del área de Seguridad y Justicia saben que es un aliciente, un incentivo a regresar a la sociedad sin resentimientos. Y la rebaja obtenida en la actualidad no pasa de dos o tres meses. En la práctica y guiándonos por las estadísticas de las conmutaciones de 2003, pero difundidas en el año 2004, sobre 2.600 condenados obtuvieron el beneficio 260 internos en toda la provincia, esto representaba sólo el 10 por ciento; en promedio no se superaron los tres meses de rebaja de la pena. Y para demostrar que este tipo de incentivo, beneficioso para “el condenado” y “la sociedad”, tiende a desaparecer, en las recientes conmutaciones otorgadas en diciembre de 2005 sólo lograron el incentivo 130 condenados, esto representa sobre 2.500 condenados un magro 5 por ciento, haciendo estéril el esfuerzo y buena conducta de muchos presos. Aclaramos que la forma de seleccionar a los que se postulan es por parte del director de cada unidad (carcelaria), basándose en el informe del equipo de profesionales que supervisan la rehabilitación de cada condenado y posteriormente elevado al gobernador para la resolución. Jamás las conmutaciones fueron para todos los condenados. Dichos profesionales psicólogos, terapistas ocupacionales y asistentes sociales son formados de la misma manera desde hace 20 años y son integrantes del Servicio Penitenciario, por lo que están subordinados a oficiales que cuidan más de la “seguridad” que de la reinserción del detenido. Para poder postularse al beneficio se debe contar con conducta ejemplar, trabajar y haber mostrado claros avances en la rehabilitación, según lo dictaminen los profesionales referidos. Esto es muy difícil de obtener dentro de la cárcel, y ni siquiera reuniendo todos los requisitos existe seguridad de ganar la ansiada conmutación. En la actualidad, con condenas que pueden llegar a los 50 años y similares por su dureza, una rebaja de dos o tres meses, como se estila, parece una burla. Por lo vivido en esta Unidad Penitenciaria Nº 1 (Coronda) en el último año, las autoridades han tomado una actitud que creemos positiva y los internos demuestran que ofreciéndoles oportunidades de estudio, trabajo y capacitación, la sociedad va a recibir seres capacitados y a los cuales se debe estimular e incentivar. Eso es lo que representa una conmutación de pena.
(*) Detenido de la cárcel de Coronda y editor de la revista Ciudad Interna.
Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008
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Breve relato sobre los blancos
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008
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Hay miles de formas de no decir esa palabrita, negro, y mantener, al la vez, la voz dentro del paradigma, del punto de vista que la contiene.
Grasas. Menchos. Cabezas.
Esa palabra, y sus variantes, sirven para denominar un “otros” y, más aún, un “ellos”. Una clara posición política hilvana a todas esas variantes. Una es esa posición; en ella hay una cifra que es indispensable reconocer (en el sentido estricto: conocer un fenómeno como conocerse a uno mismo).
Tras miles de años de historia humana (cuestión que incluye a las relaciones sexuales, las migraciones, la mezcla infinita desde el inicio de los tiempos) seguir pensando en términos de pureza biológica racial o de ligazón entre una raza particular y un territorio específico es una cuestión completamente ignorante. Tan obtusa como negar que efectivamente existen las diferencias de fenotipo, de apariencia física, y que tal notoria y vasta diversidad, siempre en mutación, es, antes que nada, un motivo posible de conocimiento y de placer: el gusto por el cuerpo humano puede poseer todo tipo de formas.
Bolas, bolitas, paraguas, perucas, brazucas, boliguayos. Chilotes.
La relación entre raza y biología es nueva. Antes del siglo XIX, ese concepto no se definía con el vocabulario de esa disciplina. Sin embargo, una vez fundidos, rápidamente ese vínculo fue parte de un inusitado proceso de producción de cadáveres. Cuando la raza se tradujo al lenguaje del cuerpo biológico, y cuando en ese lenguaje se comenzó a explicar el crimen, el éxito, la locura y hasta las tendencias políticas, el Estado tomó a su cargo la división entre los cuerpos de las razas deseables y los de las indeseables, purificando las primeras (ya “puras”), extinguiendo a las segundas (las “degeneradas”) y creando una idea general de normalidad para ambas. Así, el fundamento del racismo es, en verdad, positivo: consiste en la política del Estado para producir mejores cuerpos, con mejor vida, que duren más y en mejores condiciones. Y toda política que se base en producir esas separaciones entre lo normal y lo anormal, lo más humano o lo menos humano, es un racismo. El único requisito necesario es separar la paja del trigo y producir una selección precisa de cuáles son los cuerpos beneficiados y cuáles son los que pagarán, con sí mismos, por ello. Luego, no sólo hay que observar qué segmento de la población elige matar el Estado, sobre todo hay que indicar cuál es el privilegiado con el mejoramiento de la vida. Advertir a qué parte de la población el Estado eligió defender respecto de sí misma, de su parte gangrenada. La sociedad debe ser defendida de su parte gangrenada, que también comprende al extranjero. (Dicho en voz baja: que hasta comprende a la mujer, que si osa no estar en la casa -y aún así- tiene que cobrar menos salario).
Forma parte de nuestro imaginario la afirmación de que en Argentina no hay problemas de racismo. Crisol de razas, nos decimos. Inclusive, dentro de esa misma imagen, se admite que hubo un par de problemitas serios (y excepcionales) como los regimientos de negros en la guerra al Paraguay y la avanzada del Estado sobre la Patagonia, de la mano del ejército de Roca. Tras ese asentimiento, se supone que nada más pasó.
El reconocimiento (nuevamente, esa palabra) de la existencia de una parte salvada y protegida es lo que, en Argentina, supimos suprimir eficazmente, sobre todo a partir del encorsetamiento del discurso sobre el otro a dos lugares muy propios. La casa, como espacio de enunciación, es uno. El alma, como objeto del enunciado, es el otro.
Negros.
Hasta hace poco, el uso del término negro se restringió casi exclusivamente al ámbito de la comunicación privada. Negro se decía y se escuchaba sólo entre conocidos; quien alegue no haberlo hecho nunca demuestra una hipocresía inverosímil. Negro, claro, es el modo de llamar a la población-gangrena, a su cultura y su sociedad de negros, a sus actividades económicas de negros. A su política de negros. Cosas de negros, se dice, se escucha en el calor de la casa, en las voces de la familia o de los amigos, apuntando hacia un afuera. Negros de mierda es un grito conocido. Habitual.
Sin embargo, inmediatamente se admite la no negritud de los negros. El problema no está en el color, está en el habla, en los gestos, en los modos. En el tono de la voz. No se usa negro, dice quien dice negro, porque se tenga algo contra los negros de piel. La piel, los rasgos visibles de los pobres, los marginados, los excluidos, no son negras. No son negros, pero son negros. El dilema se explica fácil.
Son negros de alma.
La duplicación es evidente. Se liga un fenotipo a una desviación (racismo clásico) que a su vez se vuelve una esencia espiritual trascendente, por estar fuera de la historia, en el caso de quienes no poseen ese rasgo. El pase de manos tiene su sentido. Aventuraremos un breve relato al respecto.
La invención de una tradición nacional ligada a la tierra y a las costumbres campestres es un producto de la reacción de la oligarquía local frente a las costumbres importadas por los inmigrantes europeos que inundaron las ciudades a comienzo de siglo. No sólo se trataba de nacionalizar a las masas a través de un mito fundante, de la conscripción obligatoria y de la escuela pública; había también que demarcar quiénes eran los argentinos de pura cepa y quiénes eran los intrusos. Es con la inmigración, y como reacción, que cuajan en un mismo punto la propiedad de la tierra diseñada por Roca, el ejército nacional y el escolarizado Martín Fierro (quizá la mayor operación política local lograda desde la crítica literaria, producto de las conferencias de Leopoldo Lugones por el Centenario). “Negros” en ese entonces eran los “gringos”. Habrá que esperar hasta mediados de siglo, hasta los aluviones de “cabecitas negras” en Buenos Aires, para que emerja el formato actual de segregación. ¿Quiénes son, entonces, nuestros negros?
El dato genético posee, en este caso, fuerza explicativa. Más allá de que los afroargentinos son una realidad que superó a la guerra del Imperio Británico y de Mitre, más de la mitad de la población argentina posee, entre sus ancestros menos o más cercanos, a un indio americano. O sea, se le dice negro al descendiente del indio. Se le dice negro al mestizo. Al descendiente de indio que se mudó a la ciudad. Se le dice negra a la piel trigueña que se quema o congela bajo el techo de chapa de una casilla de Santa Rosa de Lima, se le dice negro al hombre de linaje toba que vive entre los chanchos en el barrio El chaquito. Se les dice negros a quienes fueron a la campos de refugiados durante las inundaciones.
Se les dice negros a los expulsados de la tierra que cayeron en los márgenes de la ciudad. Y a sus hijos. Y a los hijos de sus hijos.
Minuciosamente, supimos suprimir a lo largo de las generaciones al reverso, profundamente obsceno, de la así llamada Argentina potencia, del granero del mundo. A uno de los reversos de ese ser nacional pastoril. Bajo el nombre de negro se marca el estigma, pero en el alma, y se produce, en la historia, el borramiento del pasado y la disolución de las acciones y las masacres pasadas y presentes. Los cuerpos de quienes llevan el gen indígena y de quienes son excluidos están superpuestos e incluidos bajo un nombre que borra su (milenaria) historia política. Esos cuerpos no pueden ubicarse ni en el linaje del indio ni en el linaje del explotado: no los hizo la historia del '30 ni el neoliberalismo. Son negros, y los negros son así más allá de las condiciones: llevan la desviación en el alma.
En seco: no los hizo la historia. Los hizo y hace el nombre (y el desplazamiento) que se les otorga. Están, por principio, excluidos del pueblo legítimo, aquel que tiene el derecho social de hacer la política, y del público raciocinante, aquel que puede opinar. Su lugar, su inclusión, es el de la población a controlar y a asistir con caridad de todo tipo. El destino de sus acciones no es el de fundar derecho; aquello que sea la norma establecida, sobre ellos ha de imponerse. Sobre ellos cae el poder ya constituido, fuera de ellos está el poder constituyente. No se trata de que el discurso racista establezca una división; la división existe y el discurso racista la constituye y la alimenta.
De allí el volumen analítico que habilita el posicionamiento explícito del vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina. El 21 de marzo, en radio Mitre, Hugo Biolcati defendió el corte de ruta con una indicación: hay que “mirar el color de la piel de los que están haciendo” el piquete para entender la naturaleza de su legitimidad. La genética naturaleza de su legitimidad. Eso es poder de síntesis.
Fin del relato.
Publicado en Pausa #4, viernes 6 de junio de 2008
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viernes, 30 de mayo de 2008
Ese delta de pensamientos que son los regresos
La frase pertenece al escritor de Santa Rosa de Calchines, Fernando Marchi Schmidt, de su libro Calavera de Malos Aires
Por Ana Fiol
En esta columna trataré de escribir sobre las cosas que me parecen importantes e interesantes. Creo que debo contribuir a la expansión de nuestra esfera pública, donde se re-presentan las opiniones colectivas. De esta manera, se incluyen y actualizan nuevos temas, preguntas y enfoques en la discusión ciudadana, y así se ensanchan los límites de esa gran charla pública. Por otro lado, considero interesantes aquellos temas que ayudan a interrogar lo cotidiano, todo aquello que se naturaliza, se nos hace demasiado familiar y, por lo tanto, oscuro, cierto e impenetrable.
Debido a fuerzas que son globales tanto como locales, nuestra charla pública se vacía y se estupidiza, se hace superficial y muy controlada. En este sentido, la esfera pública santafesina es marcadamente patriarcal.
Después de ocho años en Londres he vuelto a mi patria chica para empezar de nuevo y acabar de criar a mis hijos en su propia cultura. Fue una de esas elecciones difíciles, en las que de un lado tira el mundo y del otro el alma. Soy feliz en mi casa, con mis afectos y en mi propia lengua. Sin embargo, a veces cierro los ojos y recorro mi camino favorito desde mi casa en Kennington Park hasta el Tamesis. Recorro las calles de Londres, que siempre he llamado en mi fuero interno “la puta vieja”, y recuerdo la atmósfera electrizante, el cielo gris plomo de tubo fluorescente y la variedad interminable de colores, razas, ropas, idiomas, comidas y costumbres. En el secundario de mi hija se hablaban 167 lenguas. Las marcas en la ciudad, dejadas por 2.000 años de historia política, se mezclan con los barrios étnicos de judíos, bangladeshis, mi propio barrio de rastafarians jamaiquinos, portugueses, nigerianos...
En Londres aprendí que las musulmanas son muy diferentes entre sí, que las hay vestidas de occidentales, con el pelo cubierto, con pelo cubierto y cara tapada o completamente invisibles bajo una túnica negra o azul, que las cubre por completo a excepción de los ojos. Que las hay rubias de ojos azules y tan negras que también parecen azules.
Ahora que estoy aquí, me doy cuenta de lo contradictorios que somos los seres humanos. En Europa odiaba el inglés, la lengua del imperio, que tanto me costó manejar. Aquí extraño la BBC, ese fabuloso sistema público de radiodifusión sin propaganda, sostenido por el ciudadano televidente. (Hay que ponerse con 100 libras para la “licence fee” todos los años). Sobre todo, añoro la resonante y económica lengua de William Blake, Oscar Wilde y George Orwell.
Extraño los museos gratis y las bibliotecas de cristales y varios pisos, el teatro de época Tudor de Shakespeare con la entrada popular a 5 libras (estar parada a los pies del escenario las tres horas de Ricardo III) y las causas políticas latinoamericanas que resuenan fuerte, con ecos variados y potentes por la ciudad. De verdad, extraño a los amigos que dejé y esa sensación indefinible de vivir en un lugar donde todo es posible, donde se pueden vivir muchas vidas y una puede ser exactamente como quiere.
Lo cierto es que la otra cara de toda esa libertad que flota en dinero –y está sostenida sobre la explotación del mundo– es un individualismo que los enferma, los aísla y los extingue lentamente como pueblo. Inglaterra en el único país del planeta en donde el capitalismo es un desarrollo endógeno, el imperialismo brutal la historia nacional. En filosofía, agregaron al mundo bellezas tales como el utilitarismo y el pragmatismo. Una islita poderosa que, más que una nación, parece un puerto de piratas.
Haber vivido en la panza de esa bestia me ha convencido de que hay una guerra contra los pobres. A mí me parece que el capitalismo global de corporaciones, este sistema-mundo con sus contradicciones y niveles, está multiplicando las poblaciones superfluas. Poblaciones sobrantes que no consumen lo suficiente y que ya no son necesarias como fuerza de trabajo. Gentes que se apilan en las villas miserias que rodean cada ciudad del mundo pobre: lo que Mike Davis ha descrito como un “Planet of slums”, un planeta de villas miseria.
Estamos viviendo una crisis de hambre planificada, que priva a los pueblos de la capacidad para producir alimentos para sí mismos. En 2008 hubo rebeliones populares por carestía y escasez de comida en Bolivia, Perú, México, Indonesia, Filipinas, Pakistán, Uzbekistán, Tailandia, Yemen, Etiopía y en casi todos los países del Africa sub-sahariana. Henry Kissinger ya lo dijo hace dos décadas: “Quien controla el petróleo, controla naciones; pero quien controla los alimentos, controla a sus pueblos”.
Mientras tanto, las mujeres seguimos siendo las que quedamos atrapadas en medio de guerras y conflictos, las que no somos dueñas de la tierra, las prostituidas en redes internacionales, las desempleadas y las que ganamos menos, las golpeadas en el hogar y, sobre todo, seguimos siendo las que cocinamos y nos preocupamos por la comida de los hijos. En este cruce entre el hambre planificado por el neoliberalismo y nuestros roles y tareas ancestrales de nutrir y alimentar, el feminismo se cruza con la vida cotidiana y, entonces, la rebelión política de las mujeres cobra vida mientras se hace universal: una causa que nos contiene a todas y todos.
En América Latina y en Santa Fe las mujeres estamos organizadas para recuperar la capacidad perdida de producir lo que comemos. Esa causa, en la que nos encontramos mujeres ricas y pobres, se llama soberanía alimentaria. Es una causa imperativa e interesante, en la que se encuentran las complejidades de la producción global de alimentos y la división internacional del trabajo con la simpleza de la vida cotidiana y la más fundamental (y cultural) de nuestras necesidades: comer. Las nuevas tecnologías y el sistema mundial de propiedad privada de patentes sobre procesos biológicos, la concentración e integración horizontal y vertical de la producción y comercialización de alimentos (es decir: la estructura de la globalización) se encuentran cara a cara con las múltiples resistencias y formas de rebeldía de una filosofía y una identidad política: el feminismo y las mujeres.
Por estas razones sigo siendo feminista y de izquierda. Pero ahora –será por tanto desarraigo, será que los años te ponen conservadora nomás– vivo profundas contradicciones. Por ejemplo, ahora creo en la familia, la nación y las tradiciones como vehículos para resistir una globalización devastadora. ¿Esto significa pactar con la psicótica familia nuclear freudiana, la nación que compartimos con los militares de la dictadura y las tradiciones forjadas por las clases dominantes y gobernantes? Sigo pensando que la maternidad es un lugar imposible, pero haber parido un varón me ha convencido de que es contradictoria con el feminismo.
Mi ciudad bonita y traumatizada bosteza una siesta de ríos bajo un sol impiadoso. Hermosa, exactamente como la recordaba. Sin embargo, cuando la dejé eran los condenados de la tierra, los excluidos del neoliberalismo, los que hacían los piquetes. Ahora, la riqueza sojera establece su presencia de edificios suntuosos en mi ciudad rodeada por 80.000 pobres; los bordes y el vértice de un triángulo de miseria: callada, resignada, invisible... He aquí nuestras propias “poblaciones superfluas”: hemos reordenado la casa y los tenemos donde los queríamos.
Estos ciudadanos, los condenados de la tierra de Frantz Fanon, son los únicos que no participan ni son mencionados en el debate público sobre las retenciones. En los dos meses que llevo aquí, ese debate ha cambiado y se ha incrementado en variedad y profundidad. Hemos aprendido sobre la estructura actual de la propiedad de la tierra, los colonos, los acopiadores y los vericuetos de la comercialización de granos, los monopolios y el desastre ecológico. Otra vez el país se parte en dos campos antagónicos en nombre del mismo sujeto histórico: la nación. Y surgen ante nuestros ojos nuevos líderes sociales y nuevos agrupamientos. Se construyen nuevas hegemonías en medio de hábiles maniobras y fantásticas confusiones. ¿Cómo se distinguen y se afectan los intereses de la clase dominante en estas circunstancias? ¿O vamos a pensar, como predica el Turco Alaniz desde sus púlpitos en la esfera pública, que la izquierda y la derecha ya no explican nuestras circunstancias, que las oligarquías no existen y que el modelo económico agro-exportador is not open for discussion?
Publicado en Pausa #3, viernes 30 de mayo de 2008
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viernes, 23 de mayo de 2008
No saber no te disculpa

Por Juan Pascual
Dentro de los rudimentos necesarios para comprender y construir un hecho político está el de la delimitación propia del hecho; trazar los límites de lo sucedido en el espacio y el tiempo. Por ejemplo, creer que la inundación de 2003 comenzó el 28 de abril es desconocer que un río no se sale de madre en un solo día. Entonces, la operación de fechar un acontecimiento produce un corte en el tiempo y divide: hacia atrás habría, al menos, una no-inundación.
(Una operación crítica interesante sería decir: la inundación comenzó cuando las obras quedaron inconclusas. Operación cumplida en la aterradora instantánea, enmarcada de negro, que durante tiempo tapizó las paredes de la ciudad e introdujo un neologismo imperecedero: el cartel “Los Inundadores”, en el que se veían con muecas de risas por la “inauguración” de la “defensa oeste”, en agosto de 1997, a Jorge Obeid, Carlos Reutemann, Oscar Lamberto, Horacio Rosatti, Juan Carlos Mercier, Juan José Morín, Julio Gutiérrez y otros).
En paralelo hay una lucha por la construcción del final de un acontecimiento. Toda nuestra historia reciente está signada por este problema que, en el fondo, es un problema de derecho y de Ley.
¿Cuándo terminará 1976?
¿Cuándo 2003?
Nuestra racionalidad política nos exige finales. (De hecho, hace más de 2008 años que Occidente se adquirió la deuda de un tiempo del final, de la justicia, de la redención). Y quizá los tribunales encarnen, acaso, la forma institucionalizada que nos hemos dado para sintetizar las múltiples determinaciones de la lucha política en función de darles un final. Así, los problemas de justicia y de derecho siempre serían políticos desde el principio mismo y cada momento del proceso, el resultado de un cálculo de fuerzas.
Milagros Demiryi y su marido, Jorge Castro, son los actores civiles en el proceso emblemático que investiga la inundación de 2003. Sólo tres funcionarios de gobierno se encuentran, en la actualidad, procesados: Edgardo Berli, Ricardo Fratti y Marcelo Álvarez.
La semana pasada Demiryi y Castro llegaron a la Corte Suprema de la Nación para interponer un recurso de queja: jamás, en todos estos años, los hombres de la justicia provincial consideraron que había razones para que el gobernador en el momento del acontecimiento, el senador en la inauguración del fallado terraplén, sea convocado a indagatoria. Seis pruebas esgrimen los denunciantes, entre ellas las declaraciones de dos testigos de identidad reservada. Quizás, dentro del orden jurídico vigente, esa queja sea el último recurso para lograr la presencia del ex gobernador en los estrados… donde su pariente político, Rafael Gutiérrez, ministro de la Corte Suprema de la Provincia, lo esperaría.
Poco más de cinco años antes, el sábado 3 de mayo de 2003, Reutemann comenzó a rendir cuentas de sus hechos. Aparecía solo, rodeado de planos, gráficas y periodistas; ya se habían contabilizado a esa fecha 13 muertos y 60.000 refugiados. Trazó múltiples dibujos sobre cómo el agua había entrado. Recordó que bajo su anterior mandato se habían terminado las defensas del Paraná. Se mostró tan azorado como comprometido con resolver la situación. Solicitó, también, una “tregua política” de hasta 60 días.
Sin embargo, sólo queremos recordar dos frases, para nada novedosas: “No sabía nada” y “A mí nadie me avisó”.
¿Qué es lo pertinente, en este caso? ¿Indicar que sí hubo avisos de la naturaleza, señalar cómo había informes de previsión, recordar las tapas de los diarios locales y nacionales? ¿Denunciar las condiciones de los refugiados? En todos los casos, sí: el espacio político existente nos permite ese modo de justicia.
¿Qué racionalidad hace que sea posible que el poder pueda afirmar un “no saber”? ¿Cuál es la lógica que permite, cuál es el discurso que puede presentar con absoluta naturalidad que un gobierno “no sepa”?
Desde el siglo XVIII, con la ciencia de la administración alemana, desde la Modernidad en adelante, en toda situación que afecta a la ciudad, en tanto comunidad política, es el Estado el que está, antes que nada, para saber. Más que obligado a saber, el Estado no puede no saber. Mientras la obligación impone, doblega, somete, la expresión “no puede no” nos indica una producción automática, maquinal. El Estado produce saber como una máquina, porque la relación entre el Estado y el saber sobre las condiciones de la población por éste gobernada justifica, explica y da sentido a la existencia misma del Estado. Luego, utiliza ese conocimiento para obrar en contra o favor de diferentes partes de esa población, las cuales, obviamente, se organizan para controlar y disputar dicho espacio. Todas las ciencias sociales contemporáneas (desde la economía política hasta la sociología, de la demografía al urbanismo) y todas las disciplinas formadoras de los individuos (desde la pedagogía en la escuela hasta la medicina y la higiene en los hospitales y las campañas sanitarias) son iluminadas por este no poder no saber del Estado respecto a la población, ya que todos estos saberes se entrelazan con el Estado como forma de relación de poder. Esta es una forma de racionalidad política que conocemos acabadamente y que, se supone, es actual: allí los ministerios, la educación pública, los partidos políticos, la prensa.
Entiéndase una cosa: no estamos hablando aquí de la mayor o menor ilustración de la dirigencia política. No es éste el problema. El problema es cómo, históricamente, la fuerza y la capacidad dinámica de los Estados modernos se construyeron sobre la selección y el aumento de las potencias vitales de la población en general y de los individuos en particular. “Educar al soberano”, abrir los hospitales públicos, permitir la apertura de prostíbulos cerca de los regimientos lejanos o hacer un listado de miles de personas, para luego meterlas en un centro clandestino de detención, como ejemplo de signo contrario, eran medidas que se sustentaban en saberes precisos y que poseían efectos calculados y estratégicos.
El ex gobernador, amparándose en un “no saber”, sustrayéndose a una instancia jurídica justamente por “no saber”, al mismo tiempo ubicó una redefinición de la situación histórica. “No saber” que un frente de agua de más dos kilómetros venía desplazándose a lo largo de la mitad de la provincia no debería constituir amparo alguno frente al delito. No hay institución que tenga mayores capacidades para percibir y producir la realidad que el Estado. La inocencia planteada por Reutemann en esos enunciados tan pueriles como buchones no versa sólo sobre una glorificación de su propia ignorancia, ni sobre los problemas de comunicación al interior del gobierno de turno, ni sobre su supuesta heroica soledad. La inocencia planteada por Reutemann es quizás la confesión más acabada de su propia responsabilidad.
Dicho de un saque: si Reutemann sabía, es culpable frente a la justicia; si no sabía, disuelve el núcleo de sentido que le da al Estado buena parte de los motivos de su existencia. Si efectivamente Reutemann no sabía, el Estado sobre el que poseía el gobierno carecía de toda utilidad y sentido. Si no sabía, su gobierno no tenía razón de ser. Para salvarse a sí mismo, el ex gobernador expuso en esas dos recordadas frases todas y cada una de sus responsabilidades previas y presentes. Esas responsabilidades de los '90, que convirtieron a los dirigentes políticos partidarios en sencillos administradores y gestores de un Estado desguazado y desarticulado. Y que convirtieron a la población en un conjunto de refugiados en su propia tierra.
En la disolución de esa paradoja de culpabilidad se juega el final de la creciente. Final que exige por igual la sanción en la justicia del delito corriente (el no saber como mentira) como del delito al común (el no saber como estafa). Todavía faltan el derecho y las manos ejecutoras de esa segunda sanción.
Un extracto de esta nota fue publicado en la edición 22 de Pausa, del 10 de octubre de 2008, en razón de que la Corte Suprema de la Nación ratificó la eximición de declaración indagatoria a Reutemann.
Publicado en Pausa #2, viernes 23 de mayo de 2008
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