¿Qué hay detrás de la noción de la (supuesta) “memoria completa”? El autor ensaya una respuesta en este artículo.
Por Luciano Alonso
Aunque quizás ya no exista como actor colectivo y se disuelva en una miríada de organizaciones que van desde la oposición acérrima hasta la asociación estrecha con el poder gubernamental, el movimiento argentino por los derechos humanos consiguió en tres décadas de desarrollo algunos reclamos compartidos. Al decir de Sebastián Pereyra, instaló en la sociedad una noción de justicia y dio a otros actores elementos para pensar sus propios reclamos y su relación con el Estado. Construyó también una memoria social sobre los crímenes del terrorismo de Estado, a pesar de la oposición de casi todos los gobiernos y medios de comunicación empresariales. Y logró que el Estado nacional reasumiera el problema la aplicación de justicia respecto de esos crímenes y que los tribunales recomenzaran a condenar a los culpables, luego de exculpaciones e indultos varios.
La política de promoción de los juicios a represores por el Estado nacional es el elemento más visible de esa tercera dimensión. No es que el gobierno de Néstor Kirchner haya producido una apertura inédita hacia los reclamos de los organismos; al menos desde la gobernación de Eduardo Duhalde en Buenos Aires éstos fueron revirtiendo su exclusión respecto del Estado. Sin embargo, hay que admitir un vuelco en la política de derechos humanos y la obtención de resultados concretos en las acciones legales.
Esos logros, traducidos en convocatorias judiciales, imputaciones, condenas y cárceles –aún con números reducidísimos y ventajas de las que no gozan los ladrones de gallinas–, produjeron el surgimiento revulsivo de una contra-memoria y de variados intentos por detener tales avances. Tras la inflexión de 2001-2002 se relanzaron las fuerzas de derecha en el plano cultural y mediático. Interpenetrando a casi todas las organizaciones políticas, crecieron con la campaña de Blumberg y con el llamado “conflicto del campo”. La noción de una supuesta “memoria completa” va en ese camino.
Mientras amplios sectores de la sociedad asumen discursos derechistas, otros se pliegan desempolvando la “teoría de los dos demonios”. Esta representación imaginaria de un pasado en el cual extremismos de signo político contrario y violencia equivalente se habrían abatido sobre la sociedad argentina se presenta ahora matizada, pero no por eso menos clara. En ese contexto, el ataque a los organismos de derechos humanos más controversiales y la rememoración de los crímenes de “la guerrilla” cumplen la función de deslegitimar los juicios a los genocidas.
Recurrentemente surgen la prensa personajes que ponen en cuestión los reclamos de justicia mediante la impugnación de la cifra de detenidos-desaparecidos que arrojó el terror de Estado. Asumiendo los 8.900 casos registrados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), imputan a distintas agrupaciones o a una nebulosa intelectualidad de izquierdas la supuesta mentira de los 30.000 desaparecidos.
La operación mediática es al menos de mala fe ya que esa cifra nunca pretendió ser un conteo claro de muertes. Es más: hasta que se establezca el destino de cada uno con una certeza mayor, ni siquiera pueden ser consideradas realmente muertes. No es que los detenidos-desaparecidos estén en Madrid o en Cuba, como todavía pueden aullar con total desparpajo y mala conciencia personajes como Cecilia Pando, sino que las Fuerzas Armadas y de Seguridad –el Estado– no respondieron aún sobre el destino dado a cada uno de ellos. Que la tortura, el asesinato y el ocultamiento de los cuerpos fueron los métodos represivos de la lucha antipopular es sabido; no en cambio qué es lo que ocurrió con cada secuestrado. Ese dato oculto configura un crimen permanente.
La cifra de desapariciones pone en juego el régimen de verdad sobre la dictadura construido trabajosamente por los organismos de derechos humanos. Falta decir con Elena Cruz que habrían sido “apenas” 200 ó 400 “terroristas” para cerrar el círculo y negar el carácter del aniquilamiento planificado. Los que impugnan la cifra de 30.000 no están interesados en la construcción de ninguna “verdad histórica” sino en la relativización del politicidio. “No fueron tantos” y “algo habrán hecho” son dos clásicos de la justificación de los crímenes de lesa humanidad.
Algunos detalles muestran una represión aún más sanguinaria y capilar que la constatada por la Conadep. Ateniendo su pesquisa al período iniciado en marzo de 1976 ese organismo recibió unas mil denuncias adicionales; hacia 1975 la violencia paraestatal ya se había cobrado la vida de más de 1.500 militantes de las izquierdas peronistas y marxistas, sin contar Ezeiza. La reciente desclasificación de documentos en Estados Unidos, disponibles en el Archivo de Seguridad Nacional de la Georgetown University, hace ahora que la cifra declarada por el movimiento de derechos humanos parezca razonable e incluso limitada: un agente de la DINA chilena informaba en julio de 1978 que el área de inteligencia del Ejército Argentino había computado para esa fecha 22.000 opositores eliminados.
El impacto en los sectores sociales más humildes es todavía un horror por descubrir. La identificación de pequeños pueblos donde la totalidad de los varones adolescentes y adultos pasaron por un campo de detención y los desaparecidos representan un porcentaje altísimo de la escasa población, nos pone frente a una dimensión inconmensurable del terror. Como lo apuntó Ludmila Da Silva Catela, la memoria es muchas veces un estigma, una marca al interior de una comunidad que no ha denunciado jamás los crímenes de los que fue objeto. Es fácil suponer, desde la relación privilegiada con las reparticiones policiales y judiciales que tienen las clases medias y altas, que se denuncian las violaciones, robos, asesinatos y secuestros. Otra cosa es estar en la posición de extrañamiento respecto de esos poderes que tienen las clases más humildes.
Sea cual fuera la cantidad, lo más relevante fue el intento exitoso de liquidar disidentes y cortar el ciclo de movilizaciones populares. Si toda muerte es una tragedia personal y familiar, ese cúmulo de muertes tiene un sentido trágico agigantado: un conjunto de agrupaciones –equivocadas o no–, miles de militantes, millones de individuos que trataron de ser clases sociales, enfrentados con fuerzas que no pudieron superar y aniquilados ora en sus cuerpos, ora en sus voluntades.
Pero además de contar los muertos, las operaciones comunicacionales de la derecha conservadora, liberal o peri-fascista también se preocupan en dar un contenido cualitativo a la “teoría de los dos demonios”. Así, en los últimos tiempos hemos asistido a descripciones pormenorizadas de los asesinatos de José Ignacio Rucci, Arturo Mor Roig o Julio Argentino del Valle Larraburu. Para los “intelectuales” derechistas, se trata ahora de contar las muertes. El terror de Estado se diluye con el uso intencional de estrategias discursivas que otorgan entidad a unos crímenes en tanto callan o disminuyen otros.
Es defendible que esas muertes y muchas otras fueron asesinatos, en ocasiones atroces. Y fueron también errores políticos mayúsculos, que enajenaron el apoyo popular y variadas alianzas a las “formaciones especiales”, que ya perdían el rumbo de la revolución y se dirigían hacia su inmolación. Pero, pregunta incómoda: ¿Se le dedica a los militantes, profesionales, trabajadores o vecinos eliminados por los agentes del terror estatal tanta letra escrita y tanto recordatorio audiovisual? Pongámonos cuantitativos: ¿Qué cantidad de información se vuelca en función de la cantidad de bajas? Como lo mostrara hace más de dos décadas Noam Chomsky, un cura asesinado en la Polonia comunista tenía más centimetraje de diario que centenares de religiosos masacrados por la derecha latinoamericana. Algo parecido se perfila ahora. Los pocos muertos por la violencia insurgente aparecen con nombre propio, ideales, actitudes valorables; los muchos muertos por la violencia estatal seguirían mayormente en el anonimato, de no ser por los recordatorios de compañeros y familiares.
Desde el más puro posicionamiento ciudadano (ni siquiera militante) exijo, reclamo un recuerdo detallado de lo que le ocurrió a cada uno de los detenidos-desaparecidos. Pido con firmeza de parte de testigos, funcionarios o comunicadores la misma cantidad de páginas que las dedicadas a Rucci para la vida, los sueños, las torturas y el trágico destino de cada uno de los 30.000. Por favor, cuenten en detalle en las páginas centrales de la prensa local los asesinatos de todos los militantes populares. Describan desde el suplicio de Floreal Avellaneda, mil veces dicho en una línea morbosa sin más datos sobre su vida, hasta el aniquilamiento del último de los detenidos de una localidad jujeña en la cual nadie denunció las desapariciones. Y después discutan las responsabilidades.
De seguro que este reclamo cae en saco roto. Primero porque los muertos de la derecha, de las agencias del poder, tienen más valor en el imaginario de los medios hegemónicos que los cuerpos de los pobres o de los izquierdistas. Segundo, porque dar información sobre los propios crímenes es lo que los ejecutores del terrorismo de Estado nunca hicieron.
Publicado en Pausa #24, 24 de octubre de 2008.
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viernes, 24 de octubre de 2008
viernes, 17 de octubre de 2008
El quinto peronismo
Tres escenas para comprender la actualidad del Partido Justicialista. ¿A quiénes acosa el 17 de octubre de 1945, a quiénes dio vida el 1º de mayo de 1974? Vigencia y permanente mutación del menemismo: qué significa hoy lealtad.
Por Juan Pascual
Perón es el pueblo es la patria es la nación es el líder es el padre es el macho es el facho, el demagogo, el proxeneta corruptor, el tirano prófugo, el traidor a la patria, es Perón. Perón salvó al pueblo, al país lo hundió Perón. Perón dio casa, hospitales, vacaciones a los trabajadores con los lingotes de oro que vinieron de la guerra y que despilfarró Perón. De este lado te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo de este lado.
Sobre el 17 de octubre de 1945 se ordenó, durante 30 años, la cuestión política en la Argentina. En los dos polos de ese espacio se encuentra Perón: principio y fin estaban en cómo se lo definía. Perón se instituía a sí mismo como voz de la patria y del pueblo. Eso quería decir que no había término medio para la oposición o para los mismos peronistas. Y, en segundo lugar, que no había modo de circunscribir a Perón en una forma única: por definición patria y pueblo (esto es: la voz de Perón) albergan a Apold y a Cooke, a la Triple A y la Tendencia. La imbecilidad del rancio pasado criolloespañol –que jamás pudo darse un proyecto industrial y, por ende, un partido de masas– se encargó de cristalizar ese sentido: erotizó la voz del viejo a fuerza de reprimirla a bayoneta y bombazos, al tiempo que, obviamente, así se excluyó de la democracia electoral.
Te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo. Acaso como un residuo del pasado, un motivo de tediosas letanías de la nostalgia o el rencor, de furiosas catilinarias online o de algún tirito sindical, todavía hoy sigue repitiéndose esa controversia vetusta, cuando Perón mismo se encargó de zanjar la cosa.
Más allá de sus manifestaciones explícitas, la expulsión de Montoneros de la plaza hoy supera a la sepia imagen de 1945 y su lógica. Pueden durar los retazos de los viejos rituales, despedazados y huecos. Pueden montarse encuentros entre el líder y el pueblo, besos a los niños y arengas de barricada al son del bombo. Puede pervivir la repetición teatralizada del 17 de octubre, pero sólo bajo la difracción del lente de la plaza del 1º de mayo de 1974. Porque en esa plaza se terminó la voz que a todos reunía, porque en esa plaza esa voz, ese líder, tomó una decisión y un partido, así hoy eso sea denegado.
Tres escenas son imprescindibles para un cuadro de la actualidad del justicialismo en relación con sus relatos míticos, su posición en el sistema electoral y su modo de gestión. Esto es: su historia, su acción para y desde el Estado, su forma de conducir los hombres mediante diferentes dispositivos de poder específicos. La primera escena refiere a un estallido, la segunda a una diseminación, la tercera a un ordenamiento.
El estallido es esa expulsión, en la propia voz del líder, de la agrupación político militar más dinámica del movimiento peronista de la década del '70. Lo que estalla es el líder mismo y, con él, toda la constelación que giraba sobre su eje. Nunca más el peronismo va a admitir juntos a todos los hermanos, que en lo sucesivo se deglutirán por la herencia. No obstante, el punto es ver qué posibilidades abrió ese estallido: allí la escena de la diseminación, en la contienda de la cual saldría ungido Carlos Menem como presidente reelecto.
Quienes se hayan escandalizado con el “pankirchnerismo”, rótulo previo al conflicto por la renta agraria, no sólo deben recordar que la elección presidencial de 2003 fue la disputa interna del partido: la ya lejana contienda de 1995 tuvo como fórmulas principales a dos duplas de peronistas. Las astillas de la explosión de 1974 explican esas escenas.
Es posible rastrear la existencia de un peronismo de izquierda: para algunos es un orgullo, para otros una perversión y para otros más una contradicción. Empero, es imposible la concepción misma de un menemismo de izquierda o de un kirchnerismo militarista. Si la figura de Perón trascendía los peronismos particulares, la decisión de 1974 marcó cómo los peronismos, en lo sucesivo, irían más allá de sus líderes. Eso explica cómo el menemismo superó a Menem por medio de De la Rúa, su avatar blanquito y marketineramente “incorruptible”, y cómo la Renovación de Cafiero pedaleaba en el vacío: ya Perón había renovado la gramática del peronismo en la plaza del 1º de mayo.
Se puede distinguir una primera etapa del PJ entre 1945 y 1955, una segunda de la resistencia y una tercera que va del retorno al país a la retirada de la plaza. La cuarta se inicia con ese estallido y culmina en 1989. Porque fue Menem quien inauguró el quinto peronismo, el peronismo con un contenido específico, abierto por lo que ese 1º de mayo posibilitó: el que salta liviano por diferentes mojones de la historia propia –sea el león herbívoro de la pacificación y la unidad, sea (vaya paradoja) la juventud maravillosa del Tío y el General, o sea la alianza entre el trabajo y la burguesía nacional–, el que se juega en la palabra “modelo” y lo que ella signifique –en 1993, en 2008 o en 2011–, el que frente a la derrota siempre apela, como niño desvalido, al Padre –en 1999 o en la reciente conmemoración de los bombardeos del '55–.
Hubo una época gloriosa del programa de TV Polémica en el bar. En las emisiones de 2004 de esa aberración de los hermanos Sofovich, quienes gustamos del humor de Alfredo Casero encontramos la oportunidad de ver una obra que repetía su estética, claro que sin quererlo. Gerardo, Chiche Gelblung, González Oro y Rial, en suma, daban risa. Mientras tanto el quinto integrante, el más lúcido, maldito y retorcido de todos, daba en la tecla: “El peronismo es un conglomerado de barones provinciales” sentenció una madrugada Jorge Asís, el escritor, el funcionario menemista, el vice del puntano que conversa con aliens. Eso es el ordenamiento.
La tercera escena –que permite delinear la lógica de una serie central de tensiones, acuerdos y coacciones propias del sistema electoral y de los dispositivos de gobierno– tiene como teatro una sucesión de reuniones durante los últimos días de diciembre de 2001 y como actores a los entonces gobernadores del PJ. La debacle del Menem blanco, el nombre de la sucesión, y el control y represión del 19 y 20 fueron jugados allí. Y de allí emergieron Adolfo Rodríguez Saá, Ramón Puerta, Eduardo Duhalde. Allí se percibe la transformación del movimiento en partido (previa reducción de la columna vertebral sindical a apéndice del Poder Ejecutivo o mera fuerza de choque, sin el tercio histórico de representación obrera en las cámaras legislativas y con la carga de haber entregado sus representados al desempleo), la configuración del partido como conglomerado de diferentes líderes con diferentes doctrinas (en lugar de un solo líder, superior a cualquier forma doctrinaria) y del conglomerado de líderes en el único grupo (diverso) que sostiene en el tiempo un dispositivo de gobernabilidad en el territorio. Allí se comprende qué significa que la tasa de reelección de gobernadores (cuando ello es posible) ronde el 70%, y qué implica que la gestión de los jirones del Estado previo a los 90, con el sistema educativo y de salud, esté bajo la égida provincial. Allí se comprende qué conlleva, también tras la desaparición del Estado de Bienestar, una interna territorial y local por el manejo de una Unidad Básica y los planes sociales que ésta tramite.
La reinvención de la política clientelar por parte del quinto peronismo no es más que la forma de incluir una población económicamente excluida y un pueblo políticamente vaciado por la modalidad neoliberal de gobierno. Es una necesidad: el clientelismo más que ser propio al peronismo es inherente al neoliberalismo. Sólo con el dispositivo clientelar en la mano se puede gestionar el país neoliberal. Y por vía del peronismo se introdujo efectivamente el neoliberalismo bajo su forma democrática: lógica se hace la asistencia social de las manzaneras duhaldistas.
Las posibilidades abiertas por el quinto peronismo son infinitas: a cada nuevo líder, una nueva promesa, una nueva doctrina. A cada nueva gestión, una reinvención más del pasado. A cada crisis, el resguardo de la gobernabilidad en la figura de un peronista –recientemente Duhalde o Felipe Solá, hasta Pino Solanas o, con la crisis financiera, nuevamente los Kirchner–. Expandido sobre todo el arco de la posibilidad política electoral, manejando el dispositivo gubernamental, clientelar, territorial, dibujando diariamente su pasado, desde 1989 el peronismo se pliega sobre sí mismo, muta y crece.
Mientras tanto, a veces pareciera verse a los partidos y partidarios del no peronismo buscando a un pueblo que, en el mejor de los casos, se ve lejano, que en privado suele concebirse como obnubilado a base de chimi y choris o que, en la peor de las formas, se figura como una masa de negrobrutodrogadictopiqueteroladrón culpable de todo que ni debiera recibir una chapacartón. Con las coordenadas de un sistema electoral que ya caducó hace rato, perdieron de vista que el quinto peronismo también los penetró y transformó hasta el tuétano en sus estructuras y prácticas, (también) dividiéndolos, absorbiéndolos, convocándolos o, inclusive, sosteniéndolos. Y que (también), sin embargo, les dejó un hueco.
Pareciera, a veces, que lamentan como robado algo que nunca tuvieron. Algo así como un 17 de octubre.
Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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Por Juan Pascual
Perón es el pueblo es la patria es la nación es el líder es el padre es el macho es el facho, el demagogo, el proxeneta corruptor, el tirano prófugo, el traidor a la patria, es Perón. Perón salvó al pueblo, al país lo hundió Perón. Perón dio casa, hospitales, vacaciones a los trabajadores con los lingotes de oro que vinieron de la guerra y que despilfarró Perón. De este lado te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo de este lado.
Sobre el 17 de octubre de 1945 se ordenó, durante 30 años, la cuestión política en la Argentina. En los dos polos de ese espacio se encuentra Perón: principio y fin estaban en cómo se lo definía. Perón se instituía a sí mismo como voz de la patria y del pueblo. Eso quería decir que no había término medio para la oposición o para los mismos peronistas. Y, en segundo lugar, que no había modo de circunscribir a Perón en una forma única: por definición patria y pueblo (esto es: la voz de Perón) albergan a Apold y a Cooke, a la Triple A y la Tendencia. La imbecilidad del rancio pasado criolloespañol –que jamás pudo darse un proyecto industrial y, por ende, un partido de masas– se encargó de cristalizar ese sentido: erotizó la voz del viejo a fuerza de reprimirla a bayoneta y bombazos, al tiempo que, obviamente, así se excluyó de la democracia electoral.
Te digo que Perón es Perón; Perón es Perón, te digo. Acaso como un residuo del pasado, un motivo de tediosas letanías de la nostalgia o el rencor, de furiosas catilinarias online o de algún tirito sindical, todavía hoy sigue repitiéndose esa controversia vetusta, cuando Perón mismo se encargó de zanjar la cosa.
Más allá de sus manifestaciones explícitas, la expulsión de Montoneros de la plaza hoy supera a la sepia imagen de 1945 y su lógica. Pueden durar los retazos de los viejos rituales, despedazados y huecos. Pueden montarse encuentros entre el líder y el pueblo, besos a los niños y arengas de barricada al son del bombo. Puede pervivir la repetición teatralizada del 17 de octubre, pero sólo bajo la difracción del lente de la plaza del 1º de mayo de 1974. Porque en esa plaza se terminó la voz que a todos reunía, porque en esa plaza esa voz, ese líder, tomó una decisión y un partido, así hoy eso sea denegado.
Tres escenas son imprescindibles para un cuadro de la actualidad del justicialismo en relación con sus relatos míticos, su posición en el sistema electoral y su modo de gestión. Esto es: su historia, su acción para y desde el Estado, su forma de conducir los hombres mediante diferentes dispositivos de poder específicos. La primera escena refiere a un estallido, la segunda a una diseminación, la tercera a un ordenamiento.
El estallido es esa expulsión, en la propia voz del líder, de la agrupación político militar más dinámica del movimiento peronista de la década del '70. Lo que estalla es el líder mismo y, con él, toda la constelación que giraba sobre su eje. Nunca más el peronismo va a admitir juntos a todos los hermanos, que en lo sucesivo se deglutirán por la herencia. No obstante, el punto es ver qué posibilidades abrió ese estallido: allí la escena de la diseminación, en la contienda de la cual saldría ungido Carlos Menem como presidente reelecto.
Quienes se hayan escandalizado con el “pankirchnerismo”, rótulo previo al conflicto por la renta agraria, no sólo deben recordar que la elección presidencial de 2003 fue la disputa interna del partido: la ya lejana contienda de 1995 tuvo como fórmulas principales a dos duplas de peronistas. Las astillas de la explosión de 1974 explican esas escenas.
Es posible rastrear la existencia de un peronismo de izquierda: para algunos es un orgullo, para otros una perversión y para otros más una contradicción. Empero, es imposible la concepción misma de un menemismo de izquierda o de un kirchnerismo militarista. Si la figura de Perón trascendía los peronismos particulares, la decisión de 1974 marcó cómo los peronismos, en lo sucesivo, irían más allá de sus líderes. Eso explica cómo el menemismo superó a Menem por medio de De la Rúa, su avatar blanquito y marketineramente “incorruptible”, y cómo la Renovación de Cafiero pedaleaba en el vacío: ya Perón había renovado la gramática del peronismo en la plaza del 1º de mayo.
Se puede distinguir una primera etapa del PJ entre 1945 y 1955, una segunda de la resistencia y una tercera que va del retorno al país a la retirada de la plaza. La cuarta se inicia con ese estallido y culmina en 1989. Porque fue Menem quien inauguró el quinto peronismo, el peronismo con un contenido específico, abierto por lo que ese 1º de mayo posibilitó: el que salta liviano por diferentes mojones de la historia propia –sea el león herbívoro de la pacificación y la unidad, sea (vaya paradoja) la juventud maravillosa del Tío y el General, o sea la alianza entre el trabajo y la burguesía nacional–, el que se juega en la palabra “modelo” y lo que ella signifique –en 1993, en 2008 o en 2011–, el que frente a la derrota siempre apela, como niño desvalido, al Padre –en 1999 o en la reciente conmemoración de los bombardeos del '55–.
Hubo una época gloriosa del programa de TV Polémica en el bar. En las emisiones de 2004 de esa aberración de los hermanos Sofovich, quienes gustamos del humor de Alfredo Casero encontramos la oportunidad de ver una obra que repetía su estética, claro que sin quererlo. Gerardo, Chiche Gelblung, González Oro y Rial, en suma, daban risa. Mientras tanto el quinto integrante, el más lúcido, maldito y retorcido de todos, daba en la tecla: “El peronismo es un conglomerado de barones provinciales” sentenció una madrugada Jorge Asís, el escritor, el funcionario menemista, el vice del puntano que conversa con aliens. Eso es el ordenamiento.
La tercera escena –que permite delinear la lógica de una serie central de tensiones, acuerdos y coacciones propias del sistema electoral y de los dispositivos de gobierno– tiene como teatro una sucesión de reuniones durante los últimos días de diciembre de 2001 y como actores a los entonces gobernadores del PJ. La debacle del Menem blanco, el nombre de la sucesión, y el control y represión del 19 y 20 fueron jugados allí. Y de allí emergieron Adolfo Rodríguez Saá, Ramón Puerta, Eduardo Duhalde. Allí se percibe la transformación del movimiento en partido (previa reducción de la columna vertebral sindical a apéndice del Poder Ejecutivo o mera fuerza de choque, sin el tercio histórico de representación obrera en las cámaras legislativas y con la carga de haber entregado sus representados al desempleo), la configuración del partido como conglomerado de diferentes líderes con diferentes doctrinas (en lugar de un solo líder, superior a cualquier forma doctrinaria) y del conglomerado de líderes en el único grupo (diverso) que sostiene en el tiempo un dispositivo de gobernabilidad en el territorio. Allí se comprende qué significa que la tasa de reelección de gobernadores (cuando ello es posible) ronde el 70%, y qué implica que la gestión de los jirones del Estado previo a los 90, con el sistema educativo y de salud, esté bajo la égida provincial. Allí se comprende qué conlleva, también tras la desaparición del Estado de Bienestar, una interna territorial y local por el manejo de una Unidad Básica y los planes sociales que ésta tramite.
La reinvención de la política clientelar por parte del quinto peronismo no es más que la forma de incluir una población económicamente excluida y un pueblo políticamente vaciado por la modalidad neoliberal de gobierno. Es una necesidad: el clientelismo más que ser propio al peronismo es inherente al neoliberalismo. Sólo con el dispositivo clientelar en la mano se puede gestionar el país neoliberal. Y por vía del peronismo se introdujo efectivamente el neoliberalismo bajo su forma democrática: lógica se hace la asistencia social de las manzaneras duhaldistas.
Las posibilidades abiertas por el quinto peronismo son infinitas: a cada nuevo líder, una nueva promesa, una nueva doctrina. A cada nueva gestión, una reinvención más del pasado. A cada crisis, el resguardo de la gobernabilidad en la figura de un peronista –recientemente Duhalde o Felipe Solá, hasta Pino Solanas o, con la crisis financiera, nuevamente los Kirchner–. Expandido sobre todo el arco de la posibilidad política electoral, manejando el dispositivo gubernamental, clientelar, territorial, dibujando diariamente su pasado, desde 1989 el peronismo se pliega sobre sí mismo, muta y crece.
Mientras tanto, a veces pareciera verse a los partidos y partidarios del no peronismo buscando a un pueblo que, en el mejor de los casos, se ve lejano, que en privado suele concebirse como obnubilado a base de chimi y choris o que, en la peor de las formas, se figura como una masa de negrobrutodrogadictopiqueteroladrón culpable de todo que ni debiera recibir una chapacartón. Con las coordenadas de un sistema electoral que ya caducó hace rato, perdieron de vista que el quinto peronismo también los penetró y transformó hasta el tuétano en sus estructuras y prácticas, (también) dividiéndolos, absorbiéndolos, convocándolos o, inclusive, sosteniéndolos. Y que (también), sin embargo, les dejó un hueco.
Pareciera, a veces, que lamentan como robado algo que nunca tuvieron. Algo así como un 17 de octubre.
Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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Y ya nada nunca volvió a ser igual
Una fecha que es también un quiebre en la historia argentina del siglo pasado. Una tesis acerca de lo privado y de lo colectivo, o de cómo la voluntad de las mayorías puede torcer cualquier destino. ¿Hay una “hora luminosa” en la vida de cada hombre?
Por Claudio Chiuchquievich
Dijo alguna vez Samuel Butler: “Si una verdad no es lo bastante sólida para soportar que se la desnaturalice y que se la maltrate, esa verdad no pertenece a una especie fuerte”.
Seguramente, la historia de nuestro país ha desnaturalizado y maltratado muchas de sus verdades, pero ninguna ha sido tan fuerte como los hechos que ante el almanaque hoy, 63 años después, nos vemos inclinados a recordar.
17 de octubre de 1945: punto de inflexión en la Historia Argentina. Momento que marca el preciso instante en que las masas, la multitud o, como dijo Scalabrini Ortiz, “el subsuelo profundo y sublevado de nuestra población”, hacen su ingreso en la política del país. Día en el que un pueblo decidido, sin saber las consecuencias que devendrían de su accionar, sale a las calles a pedir por la libertad de su líder o, simplemente, a manifestar su descontento porque éste ha sido puesto en prisión.
Nadie sabía qué iba a suceder. Ninguno de los que marcharon hacia Plaza de Mayo podía prever lo que luego pasaría; mucho menos las diversas interpretaciones con que ese hecho sería analizado. Tampoco nadie puede afirmar que la movilización popular haya sido planificada tan meticulosamente como los interesados y mezquinos constructores de mitos populares se esforzaron por intentarnos hacer tragar.
Es cierto que Evita movió cielo y tierra para liberar a Juan Domingo Perón, pero las cartas que en esos días se escribían Perón –desde la Isla Martín García– y Evita –desde alguna habitación semiclandestina de la Capital Federal– demuestran cabalmente que ninguno de los dos tenía otra aspiración por esas horas que la de reencontrarse y poder tenerse el uno al otro, para luego retirarse a algún poblado lejano de provincias y proyectar juntos un futuro común que, durante esos días, les resultaba imposible vislumbrar.
De esas pequeñas grandes ilusiones dan cuenta las líneas que por esos días Juan y Eva se hicieron llegar. A eso se veían circunscriptas las aspiraciones de la pareja que luego dominaría por 30 años la escena política nacional: a tener la posibilidad de proyectar una familia, construir un hogar y envejecer juntos en paz.
Y no es que no hubieran tenido elementos para pretender otro futuro; el por entonces coronel Perón habías sido el hombre que más poder había acumulado en los tres años previos a ese 17 de Octubre de 1945: concentraba en su persona los atributos de la Secretaría de Trabajo, del Ministerio de Guerra y de la Vicepresidencia de la Nación.
De sobra tenían argumentos para proyectar otros anhelos; sólo que, en esos días, todo lo que con tanta parsimonia y acabado esmero habían construido, parecía esfumarse para siempre, de un modo ineluctable y final.
Hasta que pasó lo que nunca antes... Y ya nada volvió a ser igual.
La potencia de la multitud en las calles demostró que las leyes sólo son una construcción humana que cristaliza determinadas relaciones de poder; y que el poder instituido tiembla y se resquebraja, se fisura y agrieta cuando una porción importante de un pueblo se decide a modificar las injusticias que esas relaciones jurídicas establecen.
“Las leyes existen porque los hombres callan más de lo que deben”, dice José Saramago en su libro Todos los nombres, y no falta a la verdad. Y mientras los “bienudos” y la “oligarquía” se atrincheraban en sus casas y palacios, los negados, los ninguneados, los explotados de siempre, hacían suyas las calles para desafiar a un poder que encerraba tras las rejas al único tipo que los había escuchado y actuado para modificar sus condiciones objetivas de trabajo: concretas conquistas que hicieron que los olvidados del tiempo se sintieran parte de esos logros.
De allí las movilizaciones: porque, por aquellos días, las conquistas se ganaban o dirimían en el espacio público. De allí una conciencia: la certeza de saberse protagonistas de un contexto que los excedía, pero también los contemplaba; en el poker del poder, ellos querían uno de los suyos sentado a la mesa. Para bien y para mal, de allí en más, en el banquete tendrían su porción.
Aprendieron una de las formas que adquiere la voluntad del poder: estar en la mesa del juego mayor en las ligas; y ellos en las tribunas y en las plazas, permitiéndose expresar con sus cuerpos la conciencia de su voluntad.
Y mientras el 16 de octubre Perón y Evita se encontraban casi condenados a anhelar un futuro compartido, retirado y familiar... Eva juntaba voluntades para liberar a su hombre; y ante el rechazo de la oligarquía representada en las cúpulas de las Fuerzas Armadas y eclesiástica, desahuciada y “envenenada” por tanto rechazo y desprecio, encontró en los obreros urbanos de la capital y el cordón del gran Buenos Aires, a los únicos capaces de poner el cuerpo por su hombre: Juan... y fueron ellos los que salieron a las calles, y llegaron a la Plaza, y se reconocieron innumerables, y pidieron por su hombre: Perón... y ya nunca nada en este país volvió a ser igual.
Dice Gastón Bachelard en su libro La intuición del instante: “Cada hombre tiene en su vida esa hora luminosa, la hora donde comprende de pronto su propio mensaje, la hora en la cual el conocimiento, al iluminar la pasión, revela a la vez las reglas y la monotonía del destino, el momento verdaderamente sintético en que, dando conciencia a lo irracional, se transforma sin embargo en el éxito del pensamiento. Allí está situada la diferencia del conocimiento, la fluxión newtoniana que nos permite apreciar cómo el espíritu surgió de la ignorancia, la inflexión del genio humano sobre la curva descrita por el progreso de la vida. El coraje intelectual consiste en conservar activo y viviente ese instante del conocimiento naciente, en convertirlo en la fuente inagotable de nuestra intuición, y en dibujar, con la historia subjetiva de nuestros errores y faltas, el modelo objetivo de una vida mejor y más clara”.
Por aquellos que lo lograron, por los que honran su memoria sin necesidad de perderse en la nostalgia y por los que luchan, como nosotros, por construir y protagonizar alguna nueva síntesis que incluya tamaño aprendizaje de sabiduría popular... Para que en este país, en el de hoy, ya nunca nada vuelva a ser igual.
Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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Por Claudio Chiuchquievich
Dijo alguna vez Samuel Butler: “Si una verdad no es lo bastante sólida para soportar que se la desnaturalice y que se la maltrate, esa verdad no pertenece a una especie fuerte”.
Seguramente, la historia de nuestro país ha desnaturalizado y maltratado muchas de sus verdades, pero ninguna ha sido tan fuerte como los hechos que ante el almanaque hoy, 63 años después, nos vemos inclinados a recordar.
17 de octubre de 1945: punto de inflexión en la Historia Argentina. Momento que marca el preciso instante en que las masas, la multitud o, como dijo Scalabrini Ortiz, “el subsuelo profundo y sublevado de nuestra población”, hacen su ingreso en la política del país. Día en el que un pueblo decidido, sin saber las consecuencias que devendrían de su accionar, sale a las calles a pedir por la libertad de su líder o, simplemente, a manifestar su descontento porque éste ha sido puesto en prisión.
Nadie sabía qué iba a suceder. Ninguno de los que marcharon hacia Plaza de Mayo podía prever lo que luego pasaría; mucho menos las diversas interpretaciones con que ese hecho sería analizado. Tampoco nadie puede afirmar que la movilización popular haya sido planificada tan meticulosamente como los interesados y mezquinos constructores de mitos populares se esforzaron por intentarnos hacer tragar.
Es cierto que Evita movió cielo y tierra para liberar a Juan Domingo Perón, pero las cartas que en esos días se escribían Perón –desde la Isla Martín García– y Evita –desde alguna habitación semiclandestina de la Capital Federal– demuestran cabalmente que ninguno de los dos tenía otra aspiración por esas horas que la de reencontrarse y poder tenerse el uno al otro, para luego retirarse a algún poblado lejano de provincias y proyectar juntos un futuro común que, durante esos días, les resultaba imposible vislumbrar.
De esas pequeñas grandes ilusiones dan cuenta las líneas que por esos días Juan y Eva se hicieron llegar. A eso se veían circunscriptas las aspiraciones de la pareja que luego dominaría por 30 años la escena política nacional: a tener la posibilidad de proyectar una familia, construir un hogar y envejecer juntos en paz.
Y no es que no hubieran tenido elementos para pretender otro futuro; el por entonces coronel Perón habías sido el hombre que más poder había acumulado en los tres años previos a ese 17 de Octubre de 1945: concentraba en su persona los atributos de la Secretaría de Trabajo, del Ministerio de Guerra y de la Vicepresidencia de la Nación.
De sobra tenían argumentos para proyectar otros anhelos; sólo que, en esos días, todo lo que con tanta parsimonia y acabado esmero habían construido, parecía esfumarse para siempre, de un modo ineluctable y final.
Hasta que pasó lo que nunca antes... Y ya nada volvió a ser igual.
La potencia de la multitud en las calles demostró que las leyes sólo son una construcción humana que cristaliza determinadas relaciones de poder; y que el poder instituido tiembla y se resquebraja, se fisura y agrieta cuando una porción importante de un pueblo se decide a modificar las injusticias que esas relaciones jurídicas establecen.
“Las leyes existen porque los hombres callan más de lo que deben”, dice José Saramago en su libro Todos los nombres, y no falta a la verdad. Y mientras los “bienudos” y la “oligarquía” se atrincheraban en sus casas y palacios, los negados, los ninguneados, los explotados de siempre, hacían suyas las calles para desafiar a un poder que encerraba tras las rejas al único tipo que los había escuchado y actuado para modificar sus condiciones objetivas de trabajo: concretas conquistas que hicieron que los olvidados del tiempo se sintieran parte de esos logros.
De allí las movilizaciones: porque, por aquellos días, las conquistas se ganaban o dirimían en el espacio público. De allí una conciencia: la certeza de saberse protagonistas de un contexto que los excedía, pero también los contemplaba; en el poker del poder, ellos querían uno de los suyos sentado a la mesa. Para bien y para mal, de allí en más, en el banquete tendrían su porción.
Aprendieron una de las formas que adquiere la voluntad del poder: estar en la mesa del juego mayor en las ligas; y ellos en las tribunas y en las plazas, permitiéndose expresar con sus cuerpos la conciencia de su voluntad.
Y mientras el 16 de octubre Perón y Evita se encontraban casi condenados a anhelar un futuro compartido, retirado y familiar... Eva juntaba voluntades para liberar a su hombre; y ante el rechazo de la oligarquía representada en las cúpulas de las Fuerzas Armadas y eclesiástica, desahuciada y “envenenada” por tanto rechazo y desprecio, encontró en los obreros urbanos de la capital y el cordón del gran Buenos Aires, a los únicos capaces de poner el cuerpo por su hombre: Juan... y fueron ellos los que salieron a las calles, y llegaron a la Plaza, y se reconocieron innumerables, y pidieron por su hombre: Perón... y ya nunca nada en este país volvió a ser igual.
Dice Gastón Bachelard en su libro La intuición del instante: “Cada hombre tiene en su vida esa hora luminosa, la hora donde comprende de pronto su propio mensaje, la hora en la cual el conocimiento, al iluminar la pasión, revela a la vez las reglas y la monotonía del destino, el momento verdaderamente sintético en que, dando conciencia a lo irracional, se transforma sin embargo en el éxito del pensamiento. Allí está situada la diferencia del conocimiento, la fluxión newtoniana que nos permite apreciar cómo el espíritu surgió de la ignorancia, la inflexión del genio humano sobre la curva descrita por el progreso de la vida. El coraje intelectual consiste en conservar activo y viviente ese instante del conocimiento naciente, en convertirlo en la fuente inagotable de nuestra intuición, y en dibujar, con la historia subjetiva de nuestros errores y faltas, el modelo objetivo de una vida mejor y más clara”.
Por aquellos que lo lograron, por los que honran su memoria sin necesidad de perderse en la nostalgia y por los que luchan, como nosotros, por construir y protagonizar alguna nueva síntesis que incluya tamaño aprendizaje de sabiduría popular... Para que en este país, en el de hoy, ya nunca nada vuelva a ser igual.
Publicado en Pausa #23, 17 de octubre de 2008.
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viernes, 10 de octubre de 2008
Carta a los amigos
Por Mary Hechim
Quiero comentarlo con la gente que, como yo, está a un paso de los sesenta años y con quienes están a años luz de ello. Quizá, aunque esté lejos de mi ánimo, algunas de las cosas que estoy pensando en este momento parezcan quejas lastimosas que muevan a algunos a la conmiseración; pido disculpas por ello. Pero no quiero dejar de escribir, porque quiero conocer lo que ustedes opinan.
Envejecer no tiene nada de sublime. Ni siquiera se incrementa la sabiduría. Las pocas cosas que uno ha aprendido sólo por andar por ahí, por haber leído tantos libros, por haber conocido a tanta gente, ven disminuido el fulgor de su riqueza por los miserables achaques que la edad conlleva: la artritis en las rodillas, la tos de la mañana, la falta de gracia en los movimientos. No has podido adelgazar lo suficiente, no hacés toda la gimnasia o las caminatas que te harían más liviano, fumás como un alocado jovenzuelo que no puede prever que es muy posible que el pucho te mate.
¿Cuál es la ventaja de envejecer? Unos pocos años más y tus hijos, como dice Susana P., te invitarán al cine y de pronto te encontrarás conque la película es un hogar para ancianos en donde a nadie le interesa tu opinión. Ahora vivo sola, y aunque una de mis gatas se ha ido, ha quedado otra. Y ha quedado toda esa cantidad de cosas que me ha dado una educación universitaria: amigos cultos, la posibilidad de amar un libro, una película, una puesta de sol, un gato.
La mente, más lenta para entender indirectas, implicaturas, sobreentendidos y sutilezas, se ha vuelto muy torpe, a veces intolerante. Antes de encontrarte con un amigo lo pensás dos veces: ya sabés de qué se va a hablar. De lo de siempre. Esto es, por un lado, un poco tranquilizador, y, por otro, irritante. Depende del estado de ánimo. Entonces te decís: ¿por qué no me quedo a leer el libro de ese escritor yanqui que se suicidó hace poco, maldito sádico que escribe un cuento con descripciones varias de arañas venenosas, dios de la literatura cuyas palabras fluyen como cascadas interminables, iluminadas por un sol de perpetuo mediodía? ¿Por qué no me quedo a ver de nuevo esa película de Alain Resnais donde hay ese personaje que se desdobla con un candor tan horrible que, en la habitación donde conversa, hace caer una nieve tan fría que toda la pantalla se oscurece y se hiela?
Pero un día es al revés. Los libros te parecen poco y querés salir a encontrarte con la gente que amás y sabés que te ama, para entrar en conversaciones tipo comunión, porque sí. Las mismas discusiones de política, las risas por las cosas de siempre, un asadito, un vino.
Uno sigue siempre listo para la belleza. La belleza opera como una sustracción inusitada, preciosa, ante la visión de lo Real, abominable, que la vejez ofrece. Uno sigue siendo sensible.
¿Todos nosotros? ¿Todos los que tuvimos la suerte de apreciar las infinitas manifestaciones de la belleza?
Amigos, ¿qué nos pasa cuando nos ponemos a exaltar, de viejos, las cosas que despreciamos a los 20 años? ¿Qué ha sido de nosotros cuando nos ponemos a pensar que los republicanos de España nos siguen conmoviendo, pero quizá porque están lejos de nosotros? ¿Cómo se han vuelto tan lábiles las convicciones que teníamos como para que hagamos referencia a tanta gente tan querida, que dio su vida por un mundo mejor y que recordamos ahora como idiotas útiles, como “perejiles”, con las mismas palabras que en la cana les escuchábamos decir a los idiotas y que le escuchamos llorar hace poco a Luciano Benjamín Menéndez? ¿Qué nos pasó que de jóvenes fuimos valientes, cantamos con Serrat, nos aprendimos de memoria las canciones de la guerra civil española, leímos Reportaje al pie del patíbulo, nos reímos con los poemas desafiantes de Roque Dalton, de Ferlinguetti, de Allen Ginsberg, y ahora tenemos el mismo lenguaje miserable de los dictadores?
Quizá algunos me dirán: “Crecimos. Hemos mirado hacia atrás y hemos visto nuestros errores”. ¿Cómo estar tan seguro de no estar equivocándonos ahora?
De jóvenes, nos dábamos el lujo de discutir todo a nuestros padres, a nuestros maestros, a nosotros mismos. Pero todo, todo. Mirábamos de frente, seguros de que el presente era de lucha y el futuro, nuestro. Y decíamos, proclamábamos, nuestras verdades. ¿Quién se apropió de nuestro futuro, qué es ahora?
Supongamos, dice mi amigo Jaime, que no sean ni siquiera 8 mil los desaparecidos. Supongamos que hayan sido 4 mil. Nadie duda de que las diferencias de cantidad puedan volverse, en algún momento, de calidad. Pero, en el caso de nuestra historia, ¿qué queda afectado por la diferencia numérica? Simplemente, la credibilidad de las Madres, de los organismos de Derechos Humanos. Como en cualquier tribunal del mundo, la puesta en duda de la consistencia moral del testigo incide negativamente sobre la credibilidad de su testimonio.
Supongamos, entonces, que las Madres mienten. Esto es grave, puesto que, dada la alta valoración que nuestra sociedad dice tener de las madres –desmentida, entre otras cosas, por las mujeres que se quedan sin trabajo por estar embarazadas o por los jueces y los católicos fundamentalistas que obligan a asumir la maternidad a una niña–, que una madre mienta la vuelve ruin y la llena de vileza. Así, supongamos que las Madres mienten. ¿En qué afecta esta impostura al rol histórico de guardianas de la dignidad que ellas ostentan? ¿Podemos mirar de frente a las Madres y asegurarles que no tienen ninguna credibilidad, porque los organismos de derechos humanos mienten al decir que los desaparecidos no son 30 mil, son apenas 8 mil? ¿Qué es esta moral de contadores de cuarta?
Hagamos la prueba. Digámosle de frente a una Madre: “Su hijo no ha muerto, usted está llorando a un idiota útil o un perejil que debe estar paseando por París”. Digo: las palabras son un muro que nos separa y nos relaciona de la realidad, pero el acto de hablar nos constituye en sujetos de la enunciación, y nos remite al primer enunciador, al lugar desde donde vienen las palabras que decimos. Y ese lugar, ese enunciador, en este caso, está en todos esos llorones que no comprenden que, cumplida su misión histórica de torturadores y asesinos, son descartados y van al muere. O sea: decirle a una Madre que miente es obsceno.
A la derecha le gustaría escribir la historia con el triunfo de la desgraciada teoría de los dos demonios. A propósito: historiadores con conocimientos seguros de sociología aceptan, en la teoría, que una sociedad conflictiva es más democrática que otra en donde el consenso se asimila a la pax romana. Pero en lo que a mirar de frente se trata, ¿qué le proponemos a los viejos dictadores? ¿“Hagamos un acuerdo: que no exista más conflicto entre la dictadura y la historia”? ¿“Finjamos que no existió una dictadura cuya crueldad no tuvo nada que envidiarle a los franceses en Argelia, a los fascistas en España, a los yanquis en Vietnam o en Irak”? ¿“Olvidemos”? ¿“Perdonemos”? ¿Qué acción de olvido restituirá a los 4 mil –8 mil, 30 mil, elija el número– secuestrados, torturados, desaparecidos, a sus vidas, a sus familias, a sus madres, a sus hijos, a su país? ¿Tanto se nos ha derretido la mente que comparamos a, supongamos, una organización que se pretende revolucionaria con el aparato de Estado más criminal y sistemático habido y por haber en nuestra América? Porque asesinaron obreros, abogados, científicos, periodistas, amas de casa, estudiantes universitarios y chicos del secundario, escritores, etc. Y de qué modo. Porque pegarle un tiro en la cabeza a otro es algo monstruoso, sin duda. Pero cortarle los pechos a una jovencita antes de tirarla al mar, abombada por las drogas, ¿no es de una perversidad abominable? ¿No es que es función del Estado castigar un crimen con un juicio y, eventualmente, la prisión? ¿Adónde nos ha llevado nuestra inconsistencia si creemos que podemos reconciliarnos con funcionaros públicos asesinos, que torturaron tan salvajemente que no podemos ni imaginar lo que significó ser enterrado vivo, ser picaneado delante de la pareja de uno, ser despojado de su hijo, ser violado en mitad de una fiesta atroz?
No me voy a referir a este asunto actual referido a quienes caen bajo la figura de crímenes de lesa humanidad –ya que en el Estatuto de Roma queda margen para la interpretación política, como ocurre con todas las leyes–, porque para mí es clarísimo: sirve, en este caso, para justificar la teoría de los dos demonios. Por otra parte, como lo dice Feinmann, en pocas palabras: “Los guerrilleros ya fueron juzgados. Los tiraron vivos al Río de la Plata. ¿Qué otro juicio piden?”.
Digo yo, si tan lejos quedamos del espíritu de nuestra juventud, ¿quiénes somos? Pero, más triste aún es otra pregunta: ¿quiénes fuimos? ¿Cómo afectan nuestras acciones actuales el significado de lo que fuimos? ¿Qué clase somos de traidores, de canallas, que ahora preferimos olvidar? Ahora, que somos intelectuales del sistema capitalista: que estamos aquí para decir lo que ellos piensan pero de forma más precisa –para eso somos cultos–, más artera –para eso somos sutiles–, más reaccionaria –para eso fuimos revolucionarios.
Amigos, contéstenme.
Publicado en Pausa #22, 10 de octubre de 2008.
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Quiero comentarlo con la gente que, como yo, está a un paso de los sesenta años y con quienes están a años luz de ello. Quizá, aunque esté lejos de mi ánimo, algunas de las cosas que estoy pensando en este momento parezcan quejas lastimosas que muevan a algunos a la conmiseración; pido disculpas por ello. Pero no quiero dejar de escribir, porque quiero conocer lo que ustedes opinan.
Envejecer no tiene nada de sublime. Ni siquiera se incrementa la sabiduría. Las pocas cosas que uno ha aprendido sólo por andar por ahí, por haber leído tantos libros, por haber conocido a tanta gente, ven disminuido el fulgor de su riqueza por los miserables achaques que la edad conlleva: la artritis en las rodillas, la tos de la mañana, la falta de gracia en los movimientos. No has podido adelgazar lo suficiente, no hacés toda la gimnasia o las caminatas que te harían más liviano, fumás como un alocado jovenzuelo que no puede prever que es muy posible que el pucho te mate.
¿Cuál es la ventaja de envejecer? Unos pocos años más y tus hijos, como dice Susana P., te invitarán al cine y de pronto te encontrarás conque la película es un hogar para ancianos en donde a nadie le interesa tu opinión. Ahora vivo sola, y aunque una de mis gatas se ha ido, ha quedado otra. Y ha quedado toda esa cantidad de cosas que me ha dado una educación universitaria: amigos cultos, la posibilidad de amar un libro, una película, una puesta de sol, un gato.
La mente, más lenta para entender indirectas, implicaturas, sobreentendidos y sutilezas, se ha vuelto muy torpe, a veces intolerante. Antes de encontrarte con un amigo lo pensás dos veces: ya sabés de qué se va a hablar. De lo de siempre. Esto es, por un lado, un poco tranquilizador, y, por otro, irritante. Depende del estado de ánimo. Entonces te decís: ¿por qué no me quedo a leer el libro de ese escritor yanqui que se suicidó hace poco, maldito sádico que escribe un cuento con descripciones varias de arañas venenosas, dios de la literatura cuyas palabras fluyen como cascadas interminables, iluminadas por un sol de perpetuo mediodía? ¿Por qué no me quedo a ver de nuevo esa película de Alain Resnais donde hay ese personaje que se desdobla con un candor tan horrible que, en la habitación donde conversa, hace caer una nieve tan fría que toda la pantalla se oscurece y se hiela?
Pero un día es al revés. Los libros te parecen poco y querés salir a encontrarte con la gente que amás y sabés que te ama, para entrar en conversaciones tipo comunión, porque sí. Las mismas discusiones de política, las risas por las cosas de siempre, un asadito, un vino.
Uno sigue siempre listo para la belleza. La belleza opera como una sustracción inusitada, preciosa, ante la visión de lo Real, abominable, que la vejez ofrece. Uno sigue siendo sensible.
¿Todos nosotros? ¿Todos los que tuvimos la suerte de apreciar las infinitas manifestaciones de la belleza?
Amigos, ¿qué nos pasa cuando nos ponemos a exaltar, de viejos, las cosas que despreciamos a los 20 años? ¿Qué ha sido de nosotros cuando nos ponemos a pensar que los republicanos de España nos siguen conmoviendo, pero quizá porque están lejos de nosotros? ¿Cómo se han vuelto tan lábiles las convicciones que teníamos como para que hagamos referencia a tanta gente tan querida, que dio su vida por un mundo mejor y que recordamos ahora como idiotas útiles, como “perejiles”, con las mismas palabras que en la cana les escuchábamos decir a los idiotas y que le escuchamos llorar hace poco a Luciano Benjamín Menéndez? ¿Qué nos pasó que de jóvenes fuimos valientes, cantamos con Serrat, nos aprendimos de memoria las canciones de la guerra civil española, leímos Reportaje al pie del patíbulo, nos reímos con los poemas desafiantes de Roque Dalton, de Ferlinguetti, de Allen Ginsberg, y ahora tenemos el mismo lenguaje miserable de los dictadores?
Quizá algunos me dirán: “Crecimos. Hemos mirado hacia atrás y hemos visto nuestros errores”. ¿Cómo estar tan seguro de no estar equivocándonos ahora?
De jóvenes, nos dábamos el lujo de discutir todo a nuestros padres, a nuestros maestros, a nosotros mismos. Pero todo, todo. Mirábamos de frente, seguros de que el presente era de lucha y el futuro, nuestro. Y decíamos, proclamábamos, nuestras verdades. ¿Quién se apropió de nuestro futuro, qué es ahora?
Supongamos, dice mi amigo Jaime, que no sean ni siquiera 8 mil los desaparecidos. Supongamos que hayan sido 4 mil. Nadie duda de que las diferencias de cantidad puedan volverse, en algún momento, de calidad. Pero, en el caso de nuestra historia, ¿qué queda afectado por la diferencia numérica? Simplemente, la credibilidad de las Madres, de los organismos de Derechos Humanos. Como en cualquier tribunal del mundo, la puesta en duda de la consistencia moral del testigo incide negativamente sobre la credibilidad de su testimonio.
Supongamos, entonces, que las Madres mienten. Esto es grave, puesto que, dada la alta valoración que nuestra sociedad dice tener de las madres –desmentida, entre otras cosas, por las mujeres que se quedan sin trabajo por estar embarazadas o por los jueces y los católicos fundamentalistas que obligan a asumir la maternidad a una niña–, que una madre mienta la vuelve ruin y la llena de vileza. Así, supongamos que las Madres mienten. ¿En qué afecta esta impostura al rol histórico de guardianas de la dignidad que ellas ostentan? ¿Podemos mirar de frente a las Madres y asegurarles que no tienen ninguna credibilidad, porque los organismos de derechos humanos mienten al decir que los desaparecidos no son 30 mil, son apenas 8 mil? ¿Qué es esta moral de contadores de cuarta?
Hagamos la prueba. Digámosle de frente a una Madre: “Su hijo no ha muerto, usted está llorando a un idiota útil o un perejil que debe estar paseando por París”. Digo: las palabras son un muro que nos separa y nos relaciona de la realidad, pero el acto de hablar nos constituye en sujetos de la enunciación, y nos remite al primer enunciador, al lugar desde donde vienen las palabras que decimos. Y ese lugar, ese enunciador, en este caso, está en todos esos llorones que no comprenden que, cumplida su misión histórica de torturadores y asesinos, son descartados y van al muere. O sea: decirle a una Madre que miente es obsceno.
A la derecha le gustaría escribir la historia con el triunfo de la desgraciada teoría de los dos demonios. A propósito: historiadores con conocimientos seguros de sociología aceptan, en la teoría, que una sociedad conflictiva es más democrática que otra en donde el consenso se asimila a la pax romana. Pero en lo que a mirar de frente se trata, ¿qué le proponemos a los viejos dictadores? ¿“Hagamos un acuerdo: que no exista más conflicto entre la dictadura y la historia”? ¿“Finjamos que no existió una dictadura cuya crueldad no tuvo nada que envidiarle a los franceses en Argelia, a los fascistas en España, a los yanquis en Vietnam o en Irak”? ¿“Olvidemos”? ¿“Perdonemos”? ¿Qué acción de olvido restituirá a los 4 mil –8 mil, 30 mil, elija el número– secuestrados, torturados, desaparecidos, a sus vidas, a sus familias, a sus madres, a sus hijos, a su país? ¿Tanto se nos ha derretido la mente que comparamos a, supongamos, una organización que se pretende revolucionaria con el aparato de Estado más criminal y sistemático habido y por haber en nuestra América? Porque asesinaron obreros, abogados, científicos, periodistas, amas de casa, estudiantes universitarios y chicos del secundario, escritores, etc. Y de qué modo. Porque pegarle un tiro en la cabeza a otro es algo monstruoso, sin duda. Pero cortarle los pechos a una jovencita antes de tirarla al mar, abombada por las drogas, ¿no es de una perversidad abominable? ¿No es que es función del Estado castigar un crimen con un juicio y, eventualmente, la prisión? ¿Adónde nos ha llevado nuestra inconsistencia si creemos que podemos reconciliarnos con funcionaros públicos asesinos, que torturaron tan salvajemente que no podemos ni imaginar lo que significó ser enterrado vivo, ser picaneado delante de la pareja de uno, ser despojado de su hijo, ser violado en mitad de una fiesta atroz?
No me voy a referir a este asunto actual referido a quienes caen bajo la figura de crímenes de lesa humanidad –ya que en el Estatuto de Roma queda margen para la interpretación política, como ocurre con todas las leyes–, porque para mí es clarísimo: sirve, en este caso, para justificar la teoría de los dos demonios. Por otra parte, como lo dice Feinmann, en pocas palabras: “Los guerrilleros ya fueron juzgados. Los tiraron vivos al Río de la Plata. ¿Qué otro juicio piden?”.
Digo yo, si tan lejos quedamos del espíritu de nuestra juventud, ¿quiénes somos? Pero, más triste aún es otra pregunta: ¿quiénes fuimos? ¿Cómo afectan nuestras acciones actuales el significado de lo que fuimos? ¿Qué clase somos de traidores, de canallas, que ahora preferimos olvidar? Ahora, que somos intelectuales del sistema capitalista: que estamos aquí para decir lo que ellos piensan pero de forma más precisa –para eso somos cultos–, más artera –para eso somos sutiles–, más reaccionaria –para eso fuimos revolucionarios.
Amigos, contéstenme.
Publicado en Pausa #22, 10 de octubre de 2008.
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viernes, 3 de octubre de 2008
El gran encierro
Una historia del sistema penitenciario moderno: de la “resocialización” a la “incapacidad selectiva”
Por Esteban Montenovi
Transitando el elenco de los medios de control social –formales o institucionalizados, es decir, aquellos localizados en instancias estatales– encontramos a la institución carcelaria como protagonista estelar.
La vida de la prisión posee una larga historia de crisis. Pero en las últimas décadas se produjo una transformación de la racionalidad que fundamentaba las ideas resocializadoras producidas por el despliegue del Estado de Bienestar de los países centrales, fundamentalmente Europa y Estados Unidos. Las orientaciones político criminales subsiguientes se desarrollaron bajo la lógica de “custodia” y de “máxima seguridad”, las que pasaron a ser las imágenes habituales del espectro con que se representa la privación de la libertad, dentro de los muros que esconden el dolor de miles de hombres. De esta manera se retornó a la función clásica inherente de “guarda del reo”, agotándose infinitamente las capacidades de almacenamiento como consecuencia de la inflación del sistema penal. Estas formas de encierro son, por otro lado, la expresión final de una política criminal presidida por lo que se ha dado en llamar “cultura de la emergencia”, caracterizada por la reducción del gasto público del sector y el deterioro consecuente de las condiciones de encarcelamiento, de la condición humana de los reclusos y de las garantías de sus derechos no afectados por la condición de condenados. Estas características se expandieron y se expanden por la mayoría de los países del mundo.
Es decir: se hace necesario indagar sobre las condiciones políticas, económicas, demográficas, sociales, culturales, que han hecho posible que la práctica del encarcelamiento haya sido aceptada en determinado período histórico, actualmente y para el futuro, como pieza fundamental del sistema penal, considerando también su importancia e influencia en la racionalidad misma que da sentido al encierro. Ensayaremos algunas aproximaciones.
En el contexto norteamericano surgieron diversas ideas. Dentro del pensamiento actuarial o la corriente de análisis económico del derecho, se dice que la prisión puede hallar su sentido en una “funcionalidad incapacitadora”. Esto es, la “custodia” de los detenidos, que resulta poder ser un fin en sí mismo. No obstante, el carácter “selectivo” de esa orientación segregadora obliga también a realizar una detenida reflexión sobre el segmento de infractores e infracciones que debe ser (o de hecho es) destinatario de esas sanciones con sesgo neutralizador (como consumidores de drogas, migrantes en Europa, autores de delitos contra la propiedad, personas con ideas distintas a los gobiernos de turno, religiosos que cargan la culpa del terrorismo; la clientela se amplía hasta los sectores socialmente más vulnerables).
Uno de los dispositivos más eficaces para garantizar la incapacidad selectiva del sistema penal, y de la pena de prisión en particular, consiste en incrementar los límites medios y máximos de cumplimiento de la privación de la libertad hacia el horizonte de su conversión en perpetua. Así, en febrero del 2000, la cifra de reclusos estadounidenses llegaba a dos millones, de un total de algo más de nueve millones mundiales: se trata de casi un cuarto de los presos del mundo. Alcanzando de este modo unos índices de encarcelamiento desconocidos en cualquier otro país del planeta, cinco años después las penitenciarías estadounidenses albergaban a 186.000 personas más. A esto se suma el relanzamiento de la pena de muerte (60 penados ejecutados en el 2005, más de mil desde su reinstauración en 1976).
En suma: la incapacitación no ha sido en absoluto selectiva; el proceso de extraordinario y sostenido crecimiento de la población penitenciaria puede interpretarse como un experimento de incapacitación absoluta y colectiva.
Desde la visión del pensador francés Michel Foucault, los sistemas punitivos, y más concretamente la prisión, formaron parte de una verdadera y peculiar economía política de cuerpos, que para el sistema capitalista industrial desarrollado durante la última parte del siglo XVII y primeros años del siglo XVIII, no se convierten en fuerzas útiles sino como cuerpos productivos y sometidos. En su trasfondo, el nacimiento de la prisión se justificó tanto en la necesidad de mantener un control estricto sobre gran parte de la sociedad, llevado por el miedo de la burguesía a los movimientos populares imperantes, como en la necesidad de proteger una riqueza que el desarrollo productivo ponía en manos del proletariado bajo las formas de materias primas, maquinarias, instrumentos de trabajo. De esta manera la burguesía se reservó a sí misma de los ilegalismos de derecho –bajo la forma de evasiones fiscales, fraudes, operaciones comerciales irregulares– persiguiendo y castigando sólo los ilegalismos de bienes –pequeños robos o hurtos– con penas privativas de la libertad. Precisamente sobre esta premisa, la burguesía no poseía la potestad para acabar con los ilegalismos imperantes sino sólo para controlarlos de manera de que cayeran determinados grupos bajo las redes de su sistema. El castigo carcelario no era un castigo sin más; su fin era la búsqueda de la reforma y reinserción del delincuente (proletario) para la defensa de la sociedad (bajo dominio burgués). Así la función manifiesta de la cárcel ha sido la universalización y homogeneización del castigo contra el “monstruo moral” que atentara contra la vigencia del contrato social y de los valores burgueses...
La cárcel ha resultado esencial para mantener la escala vertical de la sociedad, participando en la producción y mantenimiento de la desigualdad social, de una subordinación a la disciplina y de un control total del individuo. Entre otros, el Marqués de Sade escribió una recomendación donde proponía la eliminación de la pena de muerte, seguida de un proyecto sobre el empleo que debe hacerse de los criminales para conservarlos con utilidad para el Estado, fundamentalmente en la producción de mano de obra y defensa.
No obstante, como antes dijimos, contemporáneamente las orientaciones político criminales hegemónicas han logrado mantener una prisión que cada vez atiende menos a aquella lógica resocializadora. Ahora bien: el cuestionamiento a la resocialización y a la ideología de tratamiento pudo llegar a consolidarse sin que por ello la prisión viese tambalear su sostén teórico. No ha sido necesario reconstruir una nueva racionalidad que sustituya el pensamiento rehabilitador. Resultó suficiente admitir que la prisión, antaño como ahora, cumple una función de custodia, la cual pudo tornarse ser un fin en sí misma.
La cárcel argentina también encuentra su fundamento legal del encierro en las ideas “re”. Si existe una verdad evidente es que este fin no se cumple, pues si hay algo imposible es aprender a vivir en libertad sin gozar de ella: la esencia del encierro también está condenada al fracaso; respondemos a la exclusión con más exclusión, respondemos a la violencia con más violencia. La cárcel expulsa, segrega, incapacita ¿pero por qué?
En realidad, nunca resocializó, nunca cumplió aquella filosofía de aquel tiempo (y muy lejos estamos de poder volver a las condiciones materiales del Estado Benefactor como para intentar volver a fundamentar el fin de la Prisión en esa ideas resocializadora; más aun: difícil es volver a un lugar donde nunca se estuvo). Como si fuera poco, ni los territorios o países en los que más se emplea la prisión son aquellos con menores tasas de criminalidad, ni las etapas en las que el nivel de encarcelamiento crece de forma más acelerada son las que se ven seguidas por mayores descensos de la delincuencia. Esto demuestra que el aumento de las penas y del encierro han de descartarse como políticas a seguir en la lucha contra el delito.
La respuesta al delito en una sociedad de exclusión, desigualdad, desempleo, miseria, violencia, no podría ser la expansión del sistema penal, sobre todo si pensamos en una sociedad libre e inclusiva, con planteamientos serios de la distribución de la riqueza y de soluciones estructurales, donde se respeten las garantías constitucionales, los espacios de libertad sean cada vez mayores y no se restrinjan con la avanzada de políticas criminales que responden a voces populistas ancladas en un eco del sentido común: las de los responsables públicos que orientan su acción con la intención de conjurar los sentimientos de inseguridad colectivos, porque lo contrario les jugaría una mala pasada electoral. O sea: se hace necesario comenzar a redibujar una nueva hoja de ruta en materia criminal, pero necesariamente también social.
Publicado en Pausa #21, 3 de octubre de 2008.
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Por Esteban Montenovi
Transitando el elenco de los medios de control social –formales o institucionalizados, es decir, aquellos localizados en instancias estatales– encontramos a la institución carcelaria como protagonista estelar.
La vida de la prisión posee una larga historia de crisis. Pero en las últimas décadas se produjo una transformación de la racionalidad que fundamentaba las ideas resocializadoras producidas por el despliegue del Estado de Bienestar de los países centrales, fundamentalmente Europa y Estados Unidos. Las orientaciones político criminales subsiguientes se desarrollaron bajo la lógica de “custodia” y de “máxima seguridad”, las que pasaron a ser las imágenes habituales del espectro con que se representa la privación de la libertad, dentro de los muros que esconden el dolor de miles de hombres. De esta manera se retornó a la función clásica inherente de “guarda del reo”, agotándose infinitamente las capacidades de almacenamiento como consecuencia de la inflación del sistema penal. Estas formas de encierro son, por otro lado, la expresión final de una política criminal presidida por lo que se ha dado en llamar “cultura de la emergencia”, caracterizada por la reducción del gasto público del sector y el deterioro consecuente de las condiciones de encarcelamiento, de la condición humana de los reclusos y de las garantías de sus derechos no afectados por la condición de condenados. Estas características se expandieron y se expanden por la mayoría de los países del mundo.
Es decir: se hace necesario indagar sobre las condiciones políticas, económicas, demográficas, sociales, culturales, que han hecho posible que la práctica del encarcelamiento haya sido aceptada en determinado período histórico, actualmente y para el futuro, como pieza fundamental del sistema penal, considerando también su importancia e influencia en la racionalidad misma que da sentido al encierro. Ensayaremos algunas aproximaciones.
En el contexto norteamericano surgieron diversas ideas. Dentro del pensamiento actuarial o la corriente de análisis económico del derecho, se dice que la prisión puede hallar su sentido en una “funcionalidad incapacitadora”. Esto es, la “custodia” de los detenidos, que resulta poder ser un fin en sí mismo. No obstante, el carácter “selectivo” de esa orientación segregadora obliga también a realizar una detenida reflexión sobre el segmento de infractores e infracciones que debe ser (o de hecho es) destinatario de esas sanciones con sesgo neutralizador (como consumidores de drogas, migrantes en Europa, autores de delitos contra la propiedad, personas con ideas distintas a los gobiernos de turno, religiosos que cargan la culpa del terrorismo; la clientela se amplía hasta los sectores socialmente más vulnerables).
Uno de los dispositivos más eficaces para garantizar la incapacidad selectiva del sistema penal, y de la pena de prisión en particular, consiste en incrementar los límites medios y máximos de cumplimiento de la privación de la libertad hacia el horizonte de su conversión en perpetua. Así, en febrero del 2000, la cifra de reclusos estadounidenses llegaba a dos millones, de un total de algo más de nueve millones mundiales: se trata de casi un cuarto de los presos del mundo. Alcanzando de este modo unos índices de encarcelamiento desconocidos en cualquier otro país del planeta, cinco años después las penitenciarías estadounidenses albergaban a 186.000 personas más. A esto se suma el relanzamiento de la pena de muerte (60 penados ejecutados en el 2005, más de mil desde su reinstauración en 1976).
En suma: la incapacitación no ha sido en absoluto selectiva; el proceso de extraordinario y sostenido crecimiento de la población penitenciaria puede interpretarse como un experimento de incapacitación absoluta y colectiva.
Desde la visión del pensador francés Michel Foucault, los sistemas punitivos, y más concretamente la prisión, formaron parte de una verdadera y peculiar economía política de cuerpos, que para el sistema capitalista industrial desarrollado durante la última parte del siglo XVII y primeros años del siglo XVIII, no se convierten en fuerzas útiles sino como cuerpos productivos y sometidos. En su trasfondo, el nacimiento de la prisión se justificó tanto en la necesidad de mantener un control estricto sobre gran parte de la sociedad, llevado por el miedo de la burguesía a los movimientos populares imperantes, como en la necesidad de proteger una riqueza que el desarrollo productivo ponía en manos del proletariado bajo las formas de materias primas, maquinarias, instrumentos de trabajo. De esta manera la burguesía se reservó a sí misma de los ilegalismos de derecho –bajo la forma de evasiones fiscales, fraudes, operaciones comerciales irregulares– persiguiendo y castigando sólo los ilegalismos de bienes –pequeños robos o hurtos– con penas privativas de la libertad. Precisamente sobre esta premisa, la burguesía no poseía la potestad para acabar con los ilegalismos imperantes sino sólo para controlarlos de manera de que cayeran determinados grupos bajo las redes de su sistema. El castigo carcelario no era un castigo sin más; su fin era la búsqueda de la reforma y reinserción del delincuente (proletario) para la defensa de la sociedad (bajo dominio burgués). Así la función manifiesta de la cárcel ha sido la universalización y homogeneización del castigo contra el “monstruo moral” que atentara contra la vigencia del contrato social y de los valores burgueses...
La cárcel ha resultado esencial para mantener la escala vertical de la sociedad, participando en la producción y mantenimiento de la desigualdad social, de una subordinación a la disciplina y de un control total del individuo. Entre otros, el Marqués de Sade escribió una recomendación donde proponía la eliminación de la pena de muerte, seguida de un proyecto sobre el empleo que debe hacerse de los criminales para conservarlos con utilidad para el Estado, fundamentalmente en la producción de mano de obra y defensa.
No obstante, como antes dijimos, contemporáneamente las orientaciones político criminales hegemónicas han logrado mantener una prisión que cada vez atiende menos a aquella lógica resocializadora. Ahora bien: el cuestionamiento a la resocialización y a la ideología de tratamiento pudo llegar a consolidarse sin que por ello la prisión viese tambalear su sostén teórico. No ha sido necesario reconstruir una nueva racionalidad que sustituya el pensamiento rehabilitador. Resultó suficiente admitir que la prisión, antaño como ahora, cumple una función de custodia, la cual pudo tornarse ser un fin en sí misma.
La cárcel argentina también encuentra su fundamento legal del encierro en las ideas “re”. Si existe una verdad evidente es que este fin no se cumple, pues si hay algo imposible es aprender a vivir en libertad sin gozar de ella: la esencia del encierro también está condenada al fracaso; respondemos a la exclusión con más exclusión, respondemos a la violencia con más violencia. La cárcel expulsa, segrega, incapacita ¿pero por qué?
En realidad, nunca resocializó, nunca cumplió aquella filosofía de aquel tiempo (y muy lejos estamos de poder volver a las condiciones materiales del Estado Benefactor como para intentar volver a fundamentar el fin de la Prisión en esa ideas resocializadora; más aun: difícil es volver a un lugar donde nunca se estuvo). Como si fuera poco, ni los territorios o países en los que más se emplea la prisión son aquellos con menores tasas de criminalidad, ni las etapas en las que el nivel de encarcelamiento crece de forma más acelerada son las que se ven seguidas por mayores descensos de la delincuencia. Esto demuestra que el aumento de las penas y del encierro han de descartarse como políticas a seguir en la lucha contra el delito.
La respuesta al delito en una sociedad de exclusión, desigualdad, desempleo, miseria, violencia, no podría ser la expansión del sistema penal, sobre todo si pensamos en una sociedad libre e inclusiva, con planteamientos serios de la distribución de la riqueza y de soluciones estructurales, donde se respeten las garantías constitucionales, los espacios de libertad sean cada vez mayores y no se restrinjan con la avanzada de políticas criminales que responden a voces populistas ancladas en un eco del sentido común: las de los responsables públicos que orientan su acción con la intención de conjurar los sentimientos de inseguridad colectivos, porque lo contrario les jugaría una mala pasada electoral. O sea: se hace necesario comenzar a redibujar una nueva hoja de ruta en materia criminal, pero necesariamente también social.
Publicado en Pausa #21, 3 de octubre de 2008.
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Familia, amor y un adelanto
Por Juan Pascual
No es la única imagen que se mantiene viva desde el tiempo del ñaupa: amarillenta, deteriorada, con una esquina doblada y la otra rota, cuando se escucha la palabra “familia” suele emerger la foto del padre de saco y bigotitos, la madre con el delantal de cocinarylavarlosplatos, la niña con dos colitas y el pibe con los cortos (si quieren, un exceso: muñeca con pecas para la nena, pelota para el niño). Ya todos sabemos que esa forma de vida varió, y mucho, pero si pensamos en la normalidad, la foto retorna. Es que esa es nuestra familia normal, o familia de los normales.
Despejemos el tema con una didáctica caricatura. Entre las dos guerras mundiales, por primera vez la mujer fue masivamente convocada como trabajadora, en tanto los varones viajaban a los frentes de combate. Tras 1945, el reencuentro de esa pareja fue paralelo a una especie de gran alarido de reproducción, extendido hasta mediados de los '60 en los países con Estado de Bienestar: se trató del baby boom, un espectacular y sin precedentes crecimiento de la natalidad. Difícil es no vincular a los bebés de entonces con la posterior génesis y formación de una cultura juvenil –exterior al hogar y a las disciplinas pedagógicas para la niñez; cada vez más interior a las ofertas del mercado–, cuyos hitos comenzaron con el rock y la TV masiva, siguieron con las diferentes militancias políticas y devinieron hoy en las capacidades diferenciales de uso y adaptación a la innovación tecnológica. Llegadas a la adultez, las generaciones del boom vieron cómo el ajuste del Estado, la reestructuración de los mercados y el desempleo general fueron los resultados de la forma de gobierno nacida en Estados Unidos e Inglaterra, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, bajo el nombre de neoliberalismo: papá ya no paraba más la olla y, además, tenía en casa e inactivos a sus padres y a sus hijos en edad de trabajar. Tras 1989 esa forma se derramó en todo el mundo.
Además de contener al sometimiento de la mujer y a la represión de la voz de los niños y jóvenes, la familia de los normales, la de la foto, es también una imagen occidental de vínculo hogareño ideal, trazada hace poco más de 200 años: en un período particular de la historia, de acuerdo a los fines específicos de ese momento y en pos de ser productiva para ese tiempo. Poco había de ella en épocas de coronas y vasallos, cuando la aristocracia bregaba por casamientos consanguíneos –modo de alianza para mantener el poder soberano de la realeza dentro del clan– y los plebeyos convivían en una especie de cúmulo extendido de cuerpos con confuso parentesco. (No hay que irse tan lejos en espacio y tiempo: el centenar de hijos de Urquiza dice mucho sobre qué significaba familia en nuestro siglo XIX).
Necesariamente urbana y nuclear, la familia normalizada es una tecnología política construida a fuerza de miles de campañas de higiene, de pudor, de buenas costumbres, de miles de libros de lectura infantiles, de miles de miradas religiosas incriminatorias, de miles de exámenes, castigos, sanciones, confesiones, vigilancias, adiestramientos. La legitimación de esa normalidad familiar radicó en la posición que se le asignó desde distintos discursos, tanto religiosos como científicos: fue entendida como la forma de vida más “sanamente natural”. Exactamente: lo que se entendiera como “natural” pasó a ser lo “normal”. En realidad, la construcción de esa familia fue un esfuerzo cultural, institucional y estatal, en los primeros siglos del capitalismo, en pos de poder ordenar la producción de una fuerza de trabajo –cuyas características, hoy ya claro está, son obsoletas–. En el camino, bajo el discurso de la naturaleza propia de la vida humana, se catalogó a la masturbación como fuente de toda perturbación mental, se entendió a la homosexualidad como perversión o enfermedad y se consideró a determinadas grupos sociales como degenerados o, sencillamente, no humanos.
Así, sin hablar del escozor religioso frente a la pastilla anticonceptiva, el sida, el movimiento de gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales y la explosión mediática de la pornografía (habitual y cotidiana: si gusta de emociones fuertes revise el “Historial” de la PC de su casa y desayúnese con la cuestión, si es que no notó que reunidos a la luz de la hoguera electrónica hoy el niño se descubre mayor con el baile del caño y el adulto se fantasea menor con las animadoras infantiles vedette), sólo con el relato antes hecho alcanza para entender algunas líneas que explican por qué la foto del comienzo está tan vieja.
Entonces, ¿se disuelve la familia? ¿Sufrirán los niños? ¿Peligra la salud mental de la población?
Recién en 1987 los matrimonios argentinos pudieron divorciarse. Antes, con la desaforada vehemencia que las caracteriza, todas las fuerzas reaccionarias repitieron excitadas las tres preguntas, respondiendo tres veces que sí. Hoy, frente a la unión civil, las mismas voces reiteran las mismas cuestiones, y otras renovadas. Más allá del error en las predicciones (o más acá: si por ese discurso fuera todavía careceríamos del elemental derecho vincular), la falla está en otro lugar.
El problema es creer que el amor se practica de una sola manera, cuando hay miles de formas de hacerlo. Creer que sólo una es válida es impugnar las otras, es tratar de domesticarlas, dominarlas, anularlas si es preciso: es usar la violencia para defender a la “buena, sana y natural” vida social. Y no es esa forma de amar, seca, amarga y sofocante, sino tantas otras –la de una madre, un padre, ambos, o cualquiera o cuantos sean quienes cumplan con ello– las que diariamente, con su fuerza, hacen feliz a los niños, los hacen crecer, les garantizan que su relación con el mundo no es la de la locura.
Esa es la potencia que, por ejemplo, hizo que una mujer soltera de los 70 caminase, en el fin del verano, con la panza hinchada y con la alegría en todo el cuerpo, así fuere bajo la recriminación de los (más cercanos o lejanos) murmullos de la a veces aburrida y conservadora Santa Fe. Esa alegría es la que me hizo ser.
Feliz día, má (por adelantado).
Publicado en Pausa #21, 3 de octubre de 2008.
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No es la única imagen que se mantiene viva desde el tiempo del ñaupa: amarillenta, deteriorada, con una esquina doblada y la otra rota, cuando se escucha la palabra “familia” suele emerger la foto del padre de saco y bigotitos, la madre con el delantal de cocinarylavarlosplatos, la niña con dos colitas y el pibe con los cortos (si quieren, un exceso: muñeca con pecas para la nena, pelota para el niño). Ya todos sabemos que esa forma de vida varió, y mucho, pero si pensamos en la normalidad, la foto retorna. Es que esa es nuestra familia normal, o familia de los normales.
Despejemos el tema con una didáctica caricatura. Entre las dos guerras mundiales, por primera vez la mujer fue masivamente convocada como trabajadora, en tanto los varones viajaban a los frentes de combate. Tras 1945, el reencuentro de esa pareja fue paralelo a una especie de gran alarido de reproducción, extendido hasta mediados de los '60 en los países con Estado de Bienestar: se trató del baby boom, un espectacular y sin precedentes crecimiento de la natalidad. Difícil es no vincular a los bebés de entonces con la posterior génesis y formación de una cultura juvenil –exterior al hogar y a las disciplinas pedagógicas para la niñez; cada vez más interior a las ofertas del mercado–, cuyos hitos comenzaron con el rock y la TV masiva, siguieron con las diferentes militancias políticas y devinieron hoy en las capacidades diferenciales de uso y adaptación a la innovación tecnológica. Llegadas a la adultez, las generaciones del boom vieron cómo el ajuste del Estado, la reestructuración de los mercados y el desempleo general fueron los resultados de la forma de gobierno nacida en Estados Unidos e Inglaterra, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, bajo el nombre de neoliberalismo: papá ya no paraba más la olla y, además, tenía en casa e inactivos a sus padres y a sus hijos en edad de trabajar. Tras 1989 esa forma se derramó en todo el mundo.
Además de contener al sometimiento de la mujer y a la represión de la voz de los niños y jóvenes, la familia de los normales, la de la foto, es también una imagen occidental de vínculo hogareño ideal, trazada hace poco más de 200 años: en un período particular de la historia, de acuerdo a los fines específicos de ese momento y en pos de ser productiva para ese tiempo. Poco había de ella en épocas de coronas y vasallos, cuando la aristocracia bregaba por casamientos consanguíneos –modo de alianza para mantener el poder soberano de la realeza dentro del clan– y los plebeyos convivían en una especie de cúmulo extendido de cuerpos con confuso parentesco. (No hay que irse tan lejos en espacio y tiempo: el centenar de hijos de Urquiza dice mucho sobre qué significaba familia en nuestro siglo XIX).
Necesariamente urbana y nuclear, la familia normalizada es una tecnología política construida a fuerza de miles de campañas de higiene, de pudor, de buenas costumbres, de miles de libros de lectura infantiles, de miles de miradas religiosas incriminatorias, de miles de exámenes, castigos, sanciones, confesiones, vigilancias, adiestramientos. La legitimación de esa normalidad familiar radicó en la posición que se le asignó desde distintos discursos, tanto religiosos como científicos: fue entendida como la forma de vida más “sanamente natural”. Exactamente: lo que se entendiera como “natural” pasó a ser lo “normal”. En realidad, la construcción de esa familia fue un esfuerzo cultural, institucional y estatal, en los primeros siglos del capitalismo, en pos de poder ordenar la producción de una fuerza de trabajo –cuyas características, hoy ya claro está, son obsoletas–. En el camino, bajo el discurso de la naturaleza propia de la vida humana, se catalogó a la masturbación como fuente de toda perturbación mental, se entendió a la homosexualidad como perversión o enfermedad y se consideró a determinadas grupos sociales como degenerados o, sencillamente, no humanos.
Así, sin hablar del escozor religioso frente a la pastilla anticonceptiva, el sida, el movimiento de gays, lesbianas, travestis, transexuales, bisexuales y la explosión mediática de la pornografía (habitual y cotidiana: si gusta de emociones fuertes revise el “Historial” de la PC de su casa y desayúnese con la cuestión, si es que no notó que reunidos a la luz de la hoguera electrónica hoy el niño se descubre mayor con el baile del caño y el adulto se fantasea menor con las animadoras infantiles vedette), sólo con el relato antes hecho alcanza para entender algunas líneas que explican por qué la foto del comienzo está tan vieja.
Entonces, ¿se disuelve la familia? ¿Sufrirán los niños? ¿Peligra la salud mental de la población?
Recién en 1987 los matrimonios argentinos pudieron divorciarse. Antes, con la desaforada vehemencia que las caracteriza, todas las fuerzas reaccionarias repitieron excitadas las tres preguntas, respondiendo tres veces que sí. Hoy, frente a la unión civil, las mismas voces reiteran las mismas cuestiones, y otras renovadas. Más allá del error en las predicciones (o más acá: si por ese discurso fuera todavía careceríamos del elemental derecho vincular), la falla está en otro lugar.
El problema es creer que el amor se practica de una sola manera, cuando hay miles de formas de hacerlo. Creer que sólo una es válida es impugnar las otras, es tratar de domesticarlas, dominarlas, anularlas si es preciso: es usar la violencia para defender a la “buena, sana y natural” vida social. Y no es esa forma de amar, seca, amarga y sofocante, sino tantas otras –la de una madre, un padre, ambos, o cualquiera o cuantos sean quienes cumplan con ello– las que diariamente, con su fuerza, hacen feliz a los niños, los hacen crecer, les garantizan que su relación con el mundo no es la de la locura.
Esa es la potencia que, por ejemplo, hizo que una mujer soltera de los 70 caminase, en el fin del verano, con la panza hinchada y con la alegría en todo el cuerpo, así fuere bajo la recriminación de los (más cercanos o lejanos) murmullos de la a veces aburrida y conservadora Santa Fe. Esa alegría es la que me hizo ser.
Feliz día, má (por adelantado).
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viernes, 26 de septiembre de 2008
Tres miradas sobre la crisis internacional
Por Juan Pascual
Economistas de diferentes cátedras de la UNL ofrecen sus perspectivas sobre la crisis financiera: cuáles son sus causas, cómo puede impactar a nivel local y qué sucederá de aquí en más con el discurso tantos años repetido.
El rescate estatal de la crisis bancaria e hipotecaria –es decir: la socialización de las deudas privadas– puso en relieve a nivel mundial el carácter profundamente político de las relaciones de mercado: fue objeto de una propuesta ejecutiva de Estado y el centro del debate legislativo estadounidense. Prácticamente un millón de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos (algo así como 10 veces nuestra deuda externa o entre 4 y 5 veces todo lo que todos los argentinos produjimos en todo el 2007) serán aspirados por el agujero negro financiero, sin contar los aportes que también realizan una serie de Estados centrales, que van desde Japón a Canadá, y sin tener asegurada otra cuestión: nadie puede prever si no continuará la caída encadenada de los torpes gigantes financieros.
Al menos desde 1989, a nivel global una serie de enunciados dominaron la escena general del discurso económico, tanto el apuntado a la gran audiencia como el del cenáculo político, tanto el cotidiano como el de la reflexión académica, sea por adhesión u oposición. La ineluctable fuerza de los hechos históricos, pesada como cada trozo de cemento del Muro de Berlín, impulsó ese texto, fondo de legitimación de una economía global signada por el desarrollo de nuevas y complejísimas herramientas financieras y el mando diferencial y dinámico de unas pocas empresas de capital tecnológico.
Pero así como muchos deudores hipotecarios norteamericanos volvieron llamas a sus hogares, que no podían pagar ya desde antes de firmar las hipotecas basura, esos enunciados, en su juego de delimitar qué cosa dicha puede llegar a ser verosímil o no, hoy también se vuelven ceniza. (No obstante, eso no quita que haya que evocar una cuestión elemental: hace mucho tiempo que el discurso neoliberal vive, muy dentro está de nuestro cuerpo y de nuestras prácticas políticas y, además, demasiadas veces ya incumplió con sus deberes y sus promesas, no ya sin mayores apremios o vergüenzas: sin siquiera inmutarse al hacerlo. La triple jugarreta de Cavallo –la estatización de las deudas de varias empresas “amigas” de la dictadura, primero, el corralito, como modo de sostener un sistema bancario y financiero putrefacto de Convertibilidad con los ahorros de la clases no altas, después– quizá sirva de doloroso recordatorio de lo presente y de la peculiar semántica del verbo oficial “desendeudar”).
En busca de reactivar la discusión, de conocer cuáles son las posiciones de quienes en Santa Fe se dedican a pensar la economía y de, antes que nada, tratar de entender un poco mejor este vértigo, enviamos tres preguntas a X profesores de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNL, que nos ayudan con su mirada.
a) ¿Cuáles son las causas centrales de esta crisis? ¿Qué datos básicos puede seguir alguien no muy entendido en economía para poder entenderla y poder seguir su evolución?
b) ¿Qué efectos actuales y potenciales puede producir esta situación en nuestro país y en nuestra provincia?
c) ¿En qué condiciones de legitimación queda el discurso de libre mercado y neoliberal frente a la masiva intervención de los Estados centrales?
NÉSTOR PERTICARARI, Jefe del Departamento de Economía. Profesor de Introducción a la Economía, de Historia del Pensamiento Económico y de Macroeconomía Superior.
a) Si bien se presenta como el estallido de la denominada “burbuja inmobiliaria”, que se va gestando en Estados Unidos a partir de 2001 con la disminución a niveles inéditos de la tasa de interés y el cambio de regulaciones en materia de posibilidades de acceso al crédito hipotecario, y su posterior apalancamiento y transformación en otros instrumentos financieros (básicamente bonos con garantía en esas hipotecas), a mi juicio el origen hay que buscarlo bastante más atrás. Concretamente, en las reformas fiscales y la desregulación al sistema financiero que se producen en la época de Reagan (en los ‘80), que generaron una gran masa de recursos cuyo destino fue la especulación. A ello se sumó la creación de nuevos instrumentos financieros originados en esa desregulación, lo que posibilitó en gran medida el aventurerismo financiero y el fuerte desarrollo de un sector especulativo, que luego experimentaría otras crisis en épocas cercanas (quiebra de Long Therms, la crisis de las punto com, etcétera)
b) Es muy escasamente probable la transmisión a nuestro país de la crisis en la forma en que se observa en los Estados Unidos, sobre todo debido al prácticamente nulo desarrollo, en nuestro país, de un sistema financiero con esas características. Por lo tanto, descartaría corridas bancarias y otros instrumentos de poco grato recuerdo para nosotros (corralito, corralón). Pero eso no quiere decir que no pueda alcanzarnos de otra manera. Concretamente, si se produce una recesión en la actividad económica de los países centrales afecta a nuestra demanda externa con caídas de precios de venta de nuestros productos exportables, lo que afecta a su vez a los superávits comercial y fiscal, bases del actual modelo de crecimiento.
Sin embargo, todavía es demasiado pronto para realizar pronósticos en ese sentido, ya que aún se observa una volatilidad muy alta en precios de productos de alta transabilidad internacional. Valen las mismas consideraciones para nuestra provincia, ya que tiene instalado el polo exportador de derivados de la soja más grande del mundo.
c) Es obvio que el fundamentalismo de mercado –que propugnaron los implementadores y los beneficiarios de los procesos de desregulación del sistema financiero– quedó totalmente fuera de lugar, ya que los costos del salvataje son inmensos. En el caso de Estados Unidos, aparentemente irá sobre la espalda de los contribuyentes, y encima de la clase media, ya que los ricos siempre tienen reformas impositivas a su favor en las administraciones republicanas (Reagan, Bush y Bush). Si bien no se espera una revolución teórica en la economía, al estilo de la que planteó John Maynard Keynes en la década del ‘30, en estas circunstancias el paradigma de desregulación y mercados “sabios” asignando el riesgo quedó herido de muerte. Estos son casos claros de asimetría de información entre los participantes en estos mercados. Se impone en esas situaciones una vuelta a las tradicionales medidas de regulación de los mercados financieros, camino que aparentemente ha comenzado a recorrerse con la desaparición, por absorción o quiebra, de los principales bancos de inversión.
ALBERTO PAPINI. Profesor de Desarrollo Económico.
a) Para entender estos casos debe recordarse que la demanda de dinero reconoce en la teoría económica tres motivos: transacción, especulación y precaución.
Si todo el dinero se destinase al mercado de transacciones y no existiera capacidad de acumulación por parte de ningún agente, estos desequilibrios no se producirían. Pero el capitalismo no funciona así, y menos en la actual etapa. Hoy existen enormes masas acumuladas en los mercados especulativos, produciendo continuos desequilibrios al ir del mercado inmobiliario al petróleo o a los cereales, alterando los precios en forma constante.
En este caso específico (que es uno más dentro de las crisis financieras recientes: sudeste asiático, tequila, vodka, etcétera) hay una clara irresponsabilidad de las autoridades monetarias y bancarias en el inducir préstamos en base a un valor inmobiliario “inflado” por la especulación financiera, los que, además, contaban con alto riesgo de incobrabilidad.
Eso es una burbuja que implota y que sólo se mantiene con la inyección de dinero por parte de organismos públicos, que salen a rescatar la irresponsabilidad de los gurúes del mundo financiero especulativo.
b) El efecto dependerá del grado en que esta crisis afecte al resto del sistema bancario. Si la intervención pública logra que no se expanda al resto del sistema bancario, será una crisis más y pasará. Si se expande al resto, y luego al mercado real internacional (más allá de lo que suceda en Estados Unidos), sus efectos pueden ser perjudiciales al disminuir la demanda internacional y disminuir la fase actual de crecimiento. Aunque no se puede hacer futurología, sólo digo debemos estar atentos y tomar las medidas oportunas, manteniendo en el país un adecuado manejo de las cuentas fiscales y del sector externo, regulando lo que sea necesario regular.
c) El neoliberalismo no se cuestiona su legitimidad porque la ética está ausente en el planteamiento neoliberal, cuestión que sí era importante el pensamiento clásico.
El discurso mediático seguramente tratará de personalizar el error y de decir que tal o cual funcionario fue el culpable, y no se preguntará otra cosa. Aunque esto demuestre que sin la intervención pública el sistema no se mantiene, ese discurso dirá que las malas intervenciones públicas fueron el problema. Por otra parte, el tema no sólo es quién lo dice y qué dice, sino quién lo lea.
FRANCISO SOBRERO. Profesor de Evaluación de proyectos.
a) Si bien el antecedente lejano del escenario actual es la declaración de inconvertibilidad del dólar (10 de agosto de1971) y su devaluación del 10% frente al oro, las condiciones de esta “enorme burbuja” especulativa se generan a fines de los ‘70 con el inicio de la desregulación extrema del movimiento internacional de capitales y la persistente retirada de los Estados nacionales de sus funciones de conducción de política macroeconómica y de control de variables relevantes.
Paralelamente, en el mundo de la economía real, se profundizó el predominio hegemónico del capital financiero sobre otras formas del capital (el industrial, por caso).
El primer peligro de este cambio es la presencia de enormes masas de capital líquido, concentradas en cada vez menos operadores, en condiciones de violentar la estabilidad relativa de mercados diversos, ya sean países, comoditties, o competidores. Esta desregulación, sumada al fenómeno de globalización de las tecnologías de la información y comunicación, transformó las antiguas especulaciones locales en un fenómeno global (en 1992, Soros especuló contra la libra y la derrumbó, ganando la friolera de 9.000 millones. El Long Term Capital Management, con dos premios Nobel de Economía en su directorio –Myron Scholes y Robert C. Merton–, promovió arbitrajes entre bonos y distribuyó dividendos 10 veces superiores a las “ganancias capitalistas normales”, durante 3 años, hasta que se derrumbó. El petróleo cuadruplicó su valor en 18 meses. Luego la soja... y así).
Las luces amarillas sobre la crisis se ven desde hace dos décadas (caída de las sociedades de ahorro y préstamo en Estados Unidos en los 80, derrumbe del LCTM en el 98, colapso de las empresas de la “nueva economía” en los 90). Todo ello en el marco de crisis que hicieron estallar países que siguieron las recetas (Thailandia, Turquía, Rusia, Argentina). Hoy, cinco naves insignia del capitalismo global hacen agua. Tres grandes compañías (Bearn Stearns, Merril Lynch y Lehman Brothers), a la lona. Las dos restantes (Morgan Stanley y Goldman Sachs) a punto de caer si no se socializan sus pérdidas. Es decir, si Bush no las pone “sobre las espaldas de los plomeros y los carpinteros Norteamericanos” (y también sobre otros pobres del resto del mundo).
b) Habrá consecuencias para la Argentina y para la provincia, pero no son ineluctables. Depende de lo que se haga en el pago chico, en el país y también del rumbo que se adopte afuera. Nuestra posición frente a la crisis es de gran fortaleza. Todo lo que la satrapía denominó “problemas argentinos” hoy son fortalezas, capacidades y una oportunidad para resistir la crisis. Más que nunca el escenario internacional permite –y reclama– continuar el desarrollo fortaleciendo el mercado interno, el empleo, la distribución del ingreso y la integración regional. Esto depende de la gestión de gobierno, de su lucidez estratégica y de la capacidad de resistir la mediocridad de miras del poder económico, que está obnubilado por su estrechez ideológica y su incapacidad de pensar el largo plazo.
c) Las instituciones financieras están abarrotadas de “economistas”, financistas, arbitristas, analistas y toda una fauna variopinta de explicadores de crisis… ajenas, como la de Argentina. Hace apenas una semana uno de estos cagatintas agredió las decisiones de política económica local con motivo de la cancelación de la deuda con el Club de París (calificó al país como “defaulteador serial” y otras lindezas por el estilo). Nada de lo sucedido inhibe a nuestro coro de repetidores y alcahuetes de reproducir a pie juntillas las sabias recomendaciones de los “analistas internacionales”. Ya aburre por repetitivo el sonsonete ideologizado. El verdadero problema argentino no está en el Papa sino en los papistas. Este conglomerado de Académicos Vulgares, de divulgadores a sueldo, de medios monopólicos, parece inmune a la realidad. Peor aún, están sus repetidores de segundo orden, que padecemos en estos lares.
Está en deuda la Academia, con debate escaso. Están en deuda los medios de prensa, que dan status de ciencia a las opiniones de los sátrapas financieros. Está en deuda el gobierno, con mora en generar medios plurales de comunicación...
Llevará un buen tiempo poner las explicaciones sobre sus pies. No obstante, no todo está perdido. En el fondo se escuchan murmullos, ruidos a veces. Parece haber comenzado un incipiente clima de debate, débil, desorientado, pero debate al fin. Es signo de vida.
Publicado en Pausa #20, 26 de setiembre de 2008.
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Economistas de diferentes cátedras de la UNL ofrecen sus perspectivas sobre la crisis financiera: cuáles son sus causas, cómo puede impactar a nivel local y qué sucederá de aquí en más con el discurso tantos años repetido.
El rescate estatal de la crisis bancaria e hipotecaria –es decir: la socialización de las deudas privadas– puso en relieve a nivel mundial el carácter profundamente político de las relaciones de mercado: fue objeto de una propuesta ejecutiva de Estado y el centro del debate legislativo estadounidense. Prácticamente un millón de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos (algo así como 10 veces nuestra deuda externa o entre 4 y 5 veces todo lo que todos los argentinos produjimos en todo el 2007) serán aspirados por el agujero negro financiero, sin contar los aportes que también realizan una serie de Estados centrales, que van desde Japón a Canadá, y sin tener asegurada otra cuestión: nadie puede prever si no continuará la caída encadenada de los torpes gigantes financieros.
Al menos desde 1989, a nivel global una serie de enunciados dominaron la escena general del discurso económico, tanto el apuntado a la gran audiencia como el del cenáculo político, tanto el cotidiano como el de la reflexión académica, sea por adhesión u oposición. La ineluctable fuerza de los hechos históricos, pesada como cada trozo de cemento del Muro de Berlín, impulsó ese texto, fondo de legitimación de una economía global signada por el desarrollo de nuevas y complejísimas herramientas financieras y el mando diferencial y dinámico de unas pocas empresas de capital tecnológico.
Pero así como muchos deudores hipotecarios norteamericanos volvieron llamas a sus hogares, que no podían pagar ya desde antes de firmar las hipotecas basura, esos enunciados, en su juego de delimitar qué cosa dicha puede llegar a ser verosímil o no, hoy también se vuelven ceniza. (No obstante, eso no quita que haya que evocar una cuestión elemental: hace mucho tiempo que el discurso neoliberal vive, muy dentro está de nuestro cuerpo y de nuestras prácticas políticas y, además, demasiadas veces ya incumplió con sus deberes y sus promesas, no ya sin mayores apremios o vergüenzas: sin siquiera inmutarse al hacerlo. La triple jugarreta de Cavallo –la estatización de las deudas de varias empresas “amigas” de la dictadura, primero, el corralito, como modo de sostener un sistema bancario y financiero putrefacto de Convertibilidad con los ahorros de la clases no altas, después– quizá sirva de doloroso recordatorio de lo presente y de la peculiar semántica del verbo oficial “desendeudar”).
En busca de reactivar la discusión, de conocer cuáles son las posiciones de quienes en Santa Fe se dedican a pensar la economía y de, antes que nada, tratar de entender un poco mejor este vértigo, enviamos tres preguntas a X profesores de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNL, que nos ayudan con su mirada.
a) ¿Cuáles son las causas centrales de esta crisis? ¿Qué datos básicos puede seguir alguien no muy entendido en economía para poder entenderla y poder seguir su evolución?
b) ¿Qué efectos actuales y potenciales puede producir esta situación en nuestro país y en nuestra provincia?
c) ¿En qué condiciones de legitimación queda el discurso de libre mercado y neoliberal frente a la masiva intervención de los Estados centrales?
NÉSTOR PERTICARARI, Jefe del Departamento de Economía. Profesor de Introducción a la Economía, de Historia del Pensamiento Económico y de Macroeconomía Superior.
a) Si bien se presenta como el estallido de la denominada “burbuja inmobiliaria”, que se va gestando en Estados Unidos a partir de 2001 con la disminución a niveles inéditos de la tasa de interés y el cambio de regulaciones en materia de posibilidades de acceso al crédito hipotecario, y su posterior apalancamiento y transformación en otros instrumentos financieros (básicamente bonos con garantía en esas hipotecas), a mi juicio el origen hay que buscarlo bastante más atrás. Concretamente, en las reformas fiscales y la desregulación al sistema financiero que se producen en la época de Reagan (en los ‘80), que generaron una gran masa de recursos cuyo destino fue la especulación. A ello se sumó la creación de nuevos instrumentos financieros originados en esa desregulación, lo que posibilitó en gran medida el aventurerismo financiero y el fuerte desarrollo de un sector especulativo, que luego experimentaría otras crisis en épocas cercanas (quiebra de Long Therms, la crisis de las punto com, etcétera)
b) Es muy escasamente probable la transmisión a nuestro país de la crisis en la forma en que se observa en los Estados Unidos, sobre todo debido al prácticamente nulo desarrollo, en nuestro país, de un sistema financiero con esas características. Por lo tanto, descartaría corridas bancarias y otros instrumentos de poco grato recuerdo para nosotros (corralito, corralón). Pero eso no quiere decir que no pueda alcanzarnos de otra manera. Concretamente, si se produce una recesión en la actividad económica de los países centrales afecta a nuestra demanda externa con caídas de precios de venta de nuestros productos exportables, lo que afecta a su vez a los superávits comercial y fiscal, bases del actual modelo de crecimiento.
Sin embargo, todavía es demasiado pronto para realizar pronósticos en ese sentido, ya que aún se observa una volatilidad muy alta en precios de productos de alta transabilidad internacional. Valen las mismas consideraciones para nuestra provincia, ya que tiene instalado el polo exportador de derivados de la soja más grande del mundo.
c) Es obvio que el fundamentalismo de mercado –que propugnaron los implementadores y los beneficiarios de los procesos de desregulación del sistema financiero– quedó totalmente fuera de lugar, ya que los costos del salvataje son inmensos. En el caso de Estados Unidos, aparentemente irá sobre la espalda de los contribuyentes, y encima de la clase media, ya que los ricos siempre tienen reformas impositivas a su favor en las administraciones republicanas (Reagan, Bush y Bush). Si bien no se espera una revolución teórica en la economía, al estilo de la que planteó John Maynard Keynes en la década del ‘30, en estas circunstancias el paradigma de desregulación y mercados “sabios” asignando el riesgo quedó herido de muerte. Estos son casos claros de asimetría de información entre los participantes en estos mercados. Se impone en esas situaciones una vuelta a las tradicionales medidas de regulación de los mercados financieros, camino que aparentemente ha comenzado a recorrerse con la desaparición, por absorción o quiebra, de los principales bancos de inversión.
ALBERTO PAPINI. Profesor de Desarrollo Económico.
a) Para entender estos casos debe recordarse que la demanda de dinero reconoce en la teoría económica tres motivos: transacción, especulación y precaución.
Si todo el dinero se destinase al mercado de transacciones y no existiera capacidad de acumulación por parte de ningún agente, estos desequilibrios no se producirían. Pero el capitalismo no funciona así, y menos en la actual etapa. Hoy existen enormes masas acumuladas en los mercados especulativos, produciendo continuos desequilibrios al ir del mercado inmobiliario al petróleo o a los cereales, alterando los precios en forma constante.
En este caso específico (que es uno más dentro de las crisis financieras recientes: sudeste asiático, tequila, vodka, etcétera) hay una clara irresponsabilidad de las autoridades monetarias y bancarias en el inducir préstamos en base a un valor inmobiliario “inflado” por la especulación financiera, los que, además, contaban con alto riesgo de incobrabilidad.
Eso es una burbuja que implota y que sólo se mantiene con la inyección de dinero por parte de organismos públicos, que salen a rescatar la irresponsabilidad de los gurúes del mundo financiero especulativo.
b) El efecto dependerá del grado en que esta crisis afecte al resto del sistema bancario. Si la intervención pública logra que no se expanda al resto del sistema bancario, será una crisis más y pasará. Si se expande al resto, y luego al mercado real internacional (más allá de lo que suceda en Estados Unidos), sus efectos pueden ser perjudiciales al disminuir la demanda internacional y disminuir la fase actual de crecimiento. Aunque no se puede hacer futurología, sólo digo debemos estar atentos y tomar las medidas oportunas, manteniendo en el país un adecuado manejo de las cuentas fiscales y del sector externo, regulando lo que sea necesario regular.
c) El neoliberalismo no se cuestiona su legitimidad porque la ética está ausente en el planteamiento neoliberal, cuestión que sí era importante el pensamiento clásico.
El discurso mediático seguramente tratará de personalizar el error y de decir que tal o cual funcionario fue el culpable, y no se preguntará otra cosa. Aunque esto demuestre que sin la intervención pública el sistema no se mantiene, ese discurso dirá que las malas intervenciones públicas fueron el problema. Por otra parte, el tema no sólo es quién lo dice y qué dice, sino quién lo lea.
FRANCISO SOBRERO. Profesor de Evaluación de proyectos.
a) Si bien el antecedente lejano del escenario actual es la declaración de inconvertibilidad del dólar (10 de agosto de1971) y su devaluación del 10% frente al oro, las condiciones de esta “enorme burbuja” especulativa se generan a fines de los ‘70 con el inicio de la desregulación extrema del movimiento internacional de capitales y la persistente retirada de los Estados nacionales de sus funciones de conducción de política macroeconómica y de control de variables relevantes.
Paralelamente, en el mundo de la economía real, se profundizó el predominio hegemónico del capital financiero sobre otras formas del capital (el industrial, por caso).
El primer peligro de este cambio es la presencia de enormes masas de capital líquido, concentradas en cada vez menos operadores, en condiciones de violentar la estabilidad relativa de mercados diversos, ya sean países, comoditties, o competidores. Esta desregulación, sumada al fenómeno de globalización de las tecnologías de la información y comunicación, transformó las antiguas especulaciones locales en un fenómeno global (en 1992, Soros especuló contra la libra y la derrumbó, ganando la friolera de 9.000 millones. El Long Term Capital Management, con dos premios Nobel de Economía en su directorio –Myron Scholes y Robert C. Merton–, promovió arbitrajes entre bonos y distribuyó dividendos 10 veces superiores a las “ganancias capitalistas normales”, durante 3 años, hasta que se derrumbó. El petróleo cuadruplicó su valor en 18 meses. Luego la soja... y así).
Las luces amarillas sobre la crisis se ven desde hace dos décadas (caída de las sociedades de ahorro y préstamo en Estados Unidos en los 80, derrumbe del LCTM en el 98, colapso de las empresas de la “nueva economía” en los 90). Todo ello en el marco de crisis que hicieron estallar países que siguieron las recetas (Thailandia, Turquía, Rusia, Argentina). Hoy, cinco naves insignia del capitalismo global hacen agua. Tres grandes compañías (Bearn Stearns, Merril Lynch y Lehman Brothers), a la lona. Las dos restantes (Morgan Stanley y Goldman Sachs) a punto de caer si no se socializan sus pérdidas. Es decir, si Bush no las pone “sobre las espaldas de los plomeros y los carpinteros Norteamericanos” (y también sobre otros pobres del resto del mundo).
b) Habrá consecuencias para la Argentina y para la provincia, pero no son ineluctables. Depende de lo que se haga en el pago chico, en el país y también del rumbo que se adopte afuera. Nuestra posición frente a la crisis es de gran fortaleza. Todo lo que la satrapía denominó “problemas argentinos” hoy son fortalezas, capacidades y una oportunidad para resistir la crisis. Más que nunca el escenario internacional permite –y reclama– continuar el desarrollo fortaleciendo el mercado interno, el empleo, la distribución del ingreso y la integración regional. Esto depende de la gestión de gobierno, de su lucidez estratégica y de la capacidad de resistir la mediocridad de miras del poder económico, que está obnubilado por su estrechez ideológica y su incapacidad de pensar el largo plazo.
c) Las instituciones financieras están abarrotadas de “economistas”, financistas, arbitristas, analistas y toda una fauna variopinta de explicadores de crisis… ajenas, como la de Argentina. Hace apenas una semana uno de estos cagatintas agredió las decisiones de política económica local con motivo de la cancelación de la deuda con el Club de París (calificó al país como “defaulteador serial” y otras lindezas por el estilo). Nada de lo sucedido inhibe a nuestro coro de repetidores y alcahuetes de reproducir a pie juntillas las sabias recomendaciones de los “analistas internacionales”. Ya aburre por repetitivo el sonsonete ideologizado. El verdadero problema argentino no está en el Papa sino en los papistas. Este conglomerado de Académicos Vulgares, de divulgadores a sueldo, de medios monopólicos, parece inmune a la realidad. Peor aún, están sus repetidores de segundo orden, que padecemos en estos lares.
Está en deuda la Academia, con debate escaso. Están en deuda los medios de prensa, que dan status de ciencia a las opiniones de los sátrapas financieros. Está en deuda el gobierno, con mora en generar medios plurales de comunicación...
Llevará un buen tiempo poner las explicaciones sobre sus pies. No obstante, no todo está perdido. En el fondo se escuchan murmullos, ruidos a veces. Parece haber comenzado un incipiente clima de debate, débil, desorientado, pero debate al fin. Es signo de vida.
Publicado en Pausa #20, 26 de setiembre de 2008.
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viernes, 19 de septiembre de 2008
Toda empresa es política
Por Juan Pascual
La oficina del Organismo Nacional de Administración de Bienes (Onabe) en Santa Fe estaba ubicada sobre la calle Santiago del Estero, cerca de avenida Rivadavia. El Onabe es la entidad del Estado nacional encargada de la administración y resguardo de los bienes públicos que no están afectados directamente a las actividades del Estado. Por ejemplo, todos los bienes del complejo ferroviario, concesionados a diversas empresas privadas. En 1998, cerca de siete años después de iniciadas las privatizaciones, la Sindicatura General de la Nación (Sigen) tasó esos bienes en un total de 30 mil millones de dólares. O sea, en ese momento el valor total de los predios del ferrocarril –en donde, entre muchas otras cosas, hay rieles, durmientes, vagones (de pasajeros y de carga), casas, estaciones de muy diverso tamaño, locomotoras, señales, barreras de paso a nivel, herramientas, insumos en los depósitos, depósitos, tierra libre y ocupada, escritorios, cocinas, camas, inodoros y hasta (y sobre todo) relojes– era prácticamente equivalente a la cuarta parte del total de la deuda externa.
La zona bajo el control de la agencia local del Onabe comprendía, también, parte de Chaco, Santiago del Estero, Misiones y Formosa. Cuatro años después de la valuación realizada por la Sigen. la oficina de Santiago del Estero tenía un empleado solo (que hacía las veces de su propio jefe), y sólo un vehículo: una camioneta. La camioneta estaba fundida. Y la última recorrida general de inspección por toda la jurisdicción se había hecho en 1997.
La historia de la destrucción del sistema ferroviario ofrece varias escenas para la narración de los últimos veinte años. Entre ellas está la reciente quema de vagones de la línea Sarmiento, en reacción al deplorable servicio.
Otras dos surgen de una primera selección: la repetida y falaz mención del “millón de pesos diario” que le costaban los trenes al Estado y el ahorcamiento de la protesta de los trabajadores con el “ramal que para, ramal que cierra”; dos enunciados centrales dentro del proceso de privatizaciones de las empresas del Estado. Proceso cuyas bases se trazaron entre 1989 y 1999 y que, con las diversas renegociaciones de contratos, continúan hoy (exceptuando las estatizaciones del Correo y de Aerolíneas, ambas causadas más por dos volantazos coyunturales –la disputa con el macrismo; la reacción posterior al conflicto por la renta agraria– que por un plan organizado). Proceso que entregó al sector privado el control estratégico del Estado sobre actividades que funcionan como reguladores generales de la economía. Actividades que, fuera de las ya mencionadas, comprenden a YPF, la mayor parte de las áreas centrales y secundarias de explotación de hidrocarburos, la siderurgia y la petroquímica, la generación, transmisión y distribución de la electricidad, el transporte y distribución del gas, lo más importante de la red vial, el dragado y balizamiento de la hidrovía del Paraná, los aeropuertos, la telefonía, el espacio radioeléctrico (Gabón y Burkina Fasso son los otros dos países que obran en el mismo sentido), los puertos principales, gran parte del agua y las cloacas, diversas plantas de fabricaciones militares, diversos bancos provinciales…
Pasado en limpio: el problema fue planteado como un cruce entre la variable de costos (primer enunciado) y la de eficiencia (segundo enunciado). La empresa del Estado, se argumentaba, era cara e ineficaz. No hay aquí ninguna sagacidad: en 1991 Carlos Menem, en su mensaje de apertura de las sesiones legislativas, indicó con precisión que “Con las privatizaciones –que deberán perfeccionarse en su instrumentación, también gracias a la clara participación de vuestra honorabilidad–, apuntamos a eliminar los fabulosos déficit fiscales, surgidos de un sector público que asignaba mal sus recursos y que alimentaba estallidos inflacionarios”. Sin embargo, para desarmar el discurso privatizador –problema político elemental, en vista del evidente, sonoro y estructural fracaso de la gestión privada, bajo control estatal, de las empresas públicas– no alcanza con replantear el criterio de medición sobre esos costos y esa eficiencia.
No es tan preciso entender, por ejemplo, que en un camión viajan dos personas, como en la locomotora, pero que la cantidad de acoplados se multiplica por 25 o que, en igual sentido, un tren puede llegar a transportar 1000 pasajeros, igual que 25 colectivos. Que el tendido de una línea férrea ocupa una franja de terreno de 20 metros de ancho, siete veces menos que una autopista. O que una vaca transportada en el ferrocarril tiene el 10% del desbaste, la pérdida de kilos del animal en el transporte por el shock y el stress, en relación al traslado por ruta (por día eso suma toneladas). Ni que el transporte de la tonelada de cereal cuesta, desde el norte de la provincia al sistema de puertos de Rosario, aproximadamente un 50% menos por tren que por camión. Tampoco es necesario medir lo que implicaría en costos el aligeramiento del volumen del parque automotor, tanto en lo referente al mantenimiento de caminos como de vidas humanas. Ni es suficiente recordar el históricamente superlativo gasto que actualmente le supone al Estado subsidiar a las empresas concesionarias del ferrocarril. Decir que tienen la ganancia asegurada es poco: en 2007 el 75% de sus ingresos totales provinieron de fondos públicos.
Todas estas cuestiones son, acaso, secundarias. Números aproximados: tras más de quince años de privatizaciones se despidieron 81.100 trabajadores ferroviarios: de 98.100 pasaron a 17.000. En cada empresa privatizada la reducción de personal fue regla. Algunas, en el movimiento, incorporaron tecnología, otras –como en el caso de ENTel– tomaron provecho de sospechosas actualizaciones de último momento, la mayoría se dedicó al estancamiento y el desguace. De cualquier manera, la variable final del ajuste en pos del incremento de la productividad (allí el problema de los costos y la eficiencia) recayó sobre el trabajo. El silencio indiferente, no sólo sindical sino general, que acompañó a esa sangría de humanos posee una magnitud proporcional a la furia incendiaria de quienes viajan peor que el ganado. (Es lógico: el reverso del vacío de la palabra política suele ser la acción espasmódica de la turba iracunda).
El punto no es tanto cómo las empresas privatizadas pueden funcionar mejor, sino cuál es el escenario que supuestamente vinieron a superar y al cual jamás, bajo ningún otro sentido y de ninguna nueva forma, se debería volver. Allí está el sostén del discurso privatizador: en la amenaza que vendría a anular.
El resultado negativo del cruce de las variables de costos y eficacia se superpuso sobre una suerte de único agente causal –el Estado (como institución en sí misma) y sus trabajadores–. Tal superposición todavía posee una legitimidad inexpugnable.
Es desde este lugar que se considera que inevitablemente una empresa privada, por su naturaleza, va a gestionar mejor que el Estado. Paralelamente, no habría modo ni manera de que desde lo público se pueda administrar acertadamente nada. Así, el mando estratégico del Estado sobre la economía –hasta sobre la defensa nacional– se restringe al mantenimiento de los entes de control (por lo general parecidos al mencionado al comienzo), bajo la estúpida creencia suplementaria de que la mejor forma de controlar no es el gestionar propiamente dicho. Dicho de otro modo: no se trataba tanto de privatizar el Estado (sede estructural de intereses corporativos, sectoriales y de clase) como de quitar cualquier rastro o implicancia de lo público en el mercado (excepto en el mantenimiento de amistosas prebendas y abultados subsidios). Esto alcanzó tanto a la competencia de las empresas como, quizás, a la competencia electoral: el sistema de partidos políticos.
La recuperación del mando económico en términos de una gestión eficiente requiere superar la creencia de que los movimientos del mercado no se corresponden con decisiones políticas. Requiere recordar que todo hecho económico es también hecho político. Y, por tanto, requiere imaginar que una vía de reformular el mercado sea, justamente, politizarlo de otro modo. Un modo que anude en un cuerpo la gestión y el trabajo, con el hilo rojo de historia que enlaza a los desocupados de ayer con las empobrecidas reses humanas de hoy.
Publicado en Pausa #19, viernes 19 de setiembre de 2008
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La oficina del Organismo Nacional de Administración de Bienes (Onabe) en Santa Fe estaba ubicada sobre la calle Santiago del Estero, cerca de avenida Rivadavia. El Onabe es la entidad del Estado nacional encargada de la administración y resguardo de los bienes públicos que no están afectados directamente a las actividades del Estado. Por ejemplo, todos los bienes del complejo ferroviario, concesionados a diversas empresas privadas. En 1998, cerca de siete años después de iniciadas las privatizaciones, la Sindicatura General de la Nación (Sigen) tasó esos bienes en un total de 30 mil millones de dólares. O sea, en ese momento el valor total de los predios del ferrocarril –en donde, entre muchas otras cosas, hay rieles, durmientes, vagones (de pasajeros y de carga), casas, estaciones de muy diverso tamaño, locomotoras, señales, barreras de paso a nivel, herramientas, insumos en los depósitos, depósitos, tierra libre y ocupada, escritorios, cocinas, camas, inodoros y hasta (y sobre todo) relojes– era prácticamente equivalente a la cuarta parte del total de la deuda externa.
La zona bajo el control de la agencia local del Onabe comprendía, también, parte de Chaco, Santiago del Estero, Misiones y Formosa. Cuatro años después de la valuación realizada por la Sigen. la oficina de Santiago del Estero tenía un empleado solo (que hacía las veces de su propio jefe), y sólo un vehículo: una camioneta. La camioneta estaba fundida. Y la última recorrida general de inspección por toda la jurisdicción se había hecho en 1997.
La historia de la destrucción del sistema ferroviario ofrece varias escenas para la narración de los últimos veinte años. Entre ellas está la reciente quema de vagones de la línea Sarmiento, en reacción al deplorable servicio.
Otras dos surgen de una primera selección: la repetida y falaz mención del “millón de pesos diario” que le costaban los trenes al Estado y el ahorcamiento de la protesta de los trabajadores con el “ramal que para, ramal que cierra”; dos enunciados centrales dentro del proceso de privatizaciones de las empresas del Estado. Proceso cuyas bases se trazaron entre 1989 y 1999 y que, con las diversas renegociaciones de contratos, continúan hoy (exceptuando las estatizaciones del Correo y de Aerolíneas, ambas causadas más por dos volantazos coyunturales –la disputa con el macrismo; la reacción posterior al conflicto por la renta agraria– que por un plan organizado). Proceso que entregó al sector privado el control estratégico del Estado sobre actividades que funcionan como reguladores generales de la economía. Actividades que, fuera de las ya mencionadas, comprenden a YPF, la mayor parte de las áreas centrales y secundarias de explotación de hidrocarburos, la siderurgia y la petroquímica, la generación, transmisión y distribución de la electricidad, el transporte y distribución del gas, lo más importante de la red vial, el dragado y balizamiento de la hidrovía del Paraná, los aeropuertos, la telefonía, el espacio radioeléctrico (Gabón y Burkina Fasso son los otros dos países que obran en el mismo sentido), los puertos principales, gran parte del agua y las cloacas, diversas plantas de fabricaciones militares, diversos bancos provinciales…
Pasado en limpio: el problema fue planteado como un cruce entre la variable de costos (primer enunciado) y la de eficiencia (segundo enunciado). La empresa del Estado, se argumentaba, era cara e ineficaz. No hay aquí ninguna sagacidad: en 1991 Carlos Menem, en su mensaje de apertura de las sesiones legislativas, indicó con precisión que “Con las privatizaciones –que deberán perfeccionarse en su instrumentación, también gracias a la clara participación de vuestra honorabilidad–, apuntamos a eliminar los fabulosos déficit fiscales, surgidos de un sector público que asignaba mal sus recursos y que alimentaba estallidos inflacionarios”. Sin embargo, para desarmar el discurso privatizador –problema político elemental, en vista del evidente, sonoro y estructural fracaso de la gestión privada, bajo control estatal, de las empresas públicas– no alcanza con replantear el criterio de medición sobre esos costos y esa eficiencia.
No es tan preciso entender, por ejemplo, que en un camión viajan dos personas, como en la locomotora, pero que la cantidad de acoplados se multiplica por 25 o que, en igual sentido, un tren puede llegar a transportar 1000 pasajeros, igual que 25 colectivos. Que el tendido de una línea férrea ocupa una franja de terreno de 20 metros de ancho, siete veces menos que una autopista. O que una vaca transportada en el ferrocarril tiene el 10% del desbaste, la pérdida de kilos del animal en el transporte por el shock y el stress, en relación al traslado por ruta (por día eso suma toneladas). Ni que el transporte de la tonelada de cereal cuesta, desde el norte de la provincia al sistema de puertos de Rosario, aproximadamente un 50% menos por tren que por camión. Tampoco es necesario medir lo que implicaría en costos el aligeramiento del volumen del parque automotor, tanto en lo referente al mantenimiento de caminos como de vidas humanas. Ni es suficiente recordar el históricamente superlativo gasto que actualmente le supone al Estado subsidiar a las empresas concesionarias del ferrocarril. Decir que tienen la ganancia asegurada es poco: en 2007 el 75% de sus ingresos totales provinieron de fondos públicos.
Todas estas cuestiones son, acaso, secundarias. Números aproximados: tras más de quince años de privatizaciones se despidieron 81.100 trabajadores ferroviarios: de 98.100 pasaron a 17.000. En cada empresa privatizada la reducción de personal fue regla. Algunas, en el movimiento, incorporaron tecnología, otras –como en el caso de ENTel– tomaron provecho de sospechosas actualizaciones de último momento, la mayoría se dedicó al estancamiento y el desguace. De cualquier manera, la variable final del ajuste en pos del incremento de la productividad (allí el problema de los costos y la eficiencia) recayó sobre el trabajo. El silencio indiferente, no sólo sindical sino general, que acompañó a esa sangría de humanos posee una magnitud proporcional a la furia incendiaria de quienes viajan peor que el ganado. (Es lógico: el reverso del vacío de la palabra política suele ser la acción espasmódica de la turba iracunda).
El punto no es tanto cómo las empresas privatizadas pueden funcionar mejor, sino cuál es el escenario que supuestamente vinieron a superar y al cual jamás, bajo ningún otro sentido y de ninguna nueva forma, se debería volver. Allí está el sostén del discurso privatizador: en la amenaza que vendría a anular.
El resultado negativo del cruce de las variables de costos y eficacia se superpuso sobre una suerte de único agente causal –el Estado (como institución en sí misma) y sus trabajadores–. Tal superposición todavía posee una legitimidad inexpugnable.
Es desde este lugar que se considera que inevitablemente una empresa privada, por su naturaleza, va a gestionar mejor que el Estado. Paralelamente, no habría modo ni manera de que desde lo público se pueda administrar acertadamente nada. Así, el mando estratégico del Estado sobre la economía –hasta sobre la defensa nacional– se restringe al mantenimiento de los entes de control (por lo general parecidos al mencionado al comienzo), bajo la estúpida creencia suplementaria de que la mejor forma de controlar no es el gestionar propiamente dicho. Dicho de otro modo: no se trataba tanto de privatizar el Estado (sede estructural de intereses corporativos, sectoriales y de clase) como de quitar cualquier rastro o implicancia de lo público en el mercado (excepto en el mantenimiento de amistosas prebendas y abultados subsidios). Esto alcanzó tanto a la competencia de las empresas como, quizás, a la competencia electoral: el sistema de partidos políticos.
La recuperación del mando económico en términos de una gestión eficiente requiere superar la creencia de que los movimientos del mercado no se corresponden con decisiones políticas. Requiere recordar que todo hecho económico es también hecho político. Y, por tanto, requiere imaginar que una vía de reformular el mercado sea, justamente, politizarlo de otro modo. Un modo que anude en un cuerpo la gestión y el trabajo, con el hilo rojo de historia que enlaza a los desocupados de ayer con las empobrecidas reses humanas de hoy.
Publicado en Pausa #19, viernes 19 de setiembre de 2008
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viernes, 12 de septiembre de 2008
Instrumentos para la etapa que se viene
Por Alejandro Horowicz
No nos presentamos ante el mundo oponiéndole doctrinariamente un principio nuevo y diciéndole: “Esta es la verdad arrodíllate”. Deducimos de los principios mismos del mundo otros nuevos. No le decimos apártate de tus luchas, que no tienen sentido, nosotros te daremos la verdadera consigna de lucha. Sólo le mostramos por qué lucha, ya que la conciencia de esa lucha es algo de lo que se tiene que apropiar, quiéralo o no. Carlos Marx
Tras la derrota parlamentaria el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece mucho más inconsistente. Perder en el terreno que el gobierno eligió para dar la batalla catalizó reprimidos síntomas de descomposición política, por tanto, cabe preguntarse si el conglomerado que orbita en derredor del ejecutivo logrará o no volver a funcionar sin excesivos tropiezos, si la lógica K proseguirá su marcha recuperando la perdida iniciativa política, o si de aquí en más el palo en la rueda –con la fricción que tal resistencia supone– será parte del nuevo modus operandi del bloque agrario; y por último, es preciso saber si, tras la victoria, la burguesía agraria sigue sola, o si se constituirá en punto de recomposición de la política nacional. En suma, si la victoria parlamentaria pondrá fin a la cara legal del conflicto para retomar recursos ilegales como el corte de ruta, o si el bloque campero –una vez marcada la cancha– participará de una reestructuración del espacio parlamentario, a partir de sistematizar el mecanismo transversal que le aportó la estratégica victoria del 17 de julio.
DOS TÁCTICAS DEL BLOQUE AGRARIO. Desde el momento en que el bloque encabezado por la Sociedad Rural resolvió cortar las rutas de aprovisionamiento de los grandes centros urbanos, la movilización burguesa combinó instrumentos ilegales con métodos legales. A nadie se le escapa que cortar la libre circulación de mercancías y personas configura un delito tipificado en el Código Penal, que el gobierno nacional es el garante del artículo 14 de la Constitución Nacional, y que el normal funcionamiento de la sociedad –económico, político e institucional– depende de su cumplimiento.
No deja de llamar la atención que en un país donde casi todos los abogados se arrogan potestades de especialistas en Derecho Constitucional, ninguno se haya pronunciado por el inmediato cese del bloqueo a los grandes centros urbanos. La presidenta –que también es abogada– se limitó, en diversas oportunidades, a pedir –con tono muy circunspecto– que dejaran circular bienes indispensables, mientras los piquetes determinaban –como poder enfrentado con el poder constituido– quién pasaba y quién no.
El impacto de la política de doble poder ejercido por los epígonos de la Sociedad Rural se hizo sentir en primer lugar en la filas del propio gobierno. Basta mirar geográficamente la votación para comprobar que en Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Chaco la mayoría de los diputados votaron contra la resolución 125. Sólo la provincia de Buenos Aires resistió el embate. Sin embargo, Felipe Sola –ex secretario de Agricultura y Ganadería del gobierno de Menem, y gobernador K hasta hace pocos meses– lideró los 15 diputados que cambiaron de querencia. Dicho con matemática exactitud: transformó una holgada mayoría parlamentaria en una ajustada mayoría circunstancial.
Pero la dimensión de la hemorragia política, el brutal cambio de relaciones de fuerza, provino del Senado: doce elegidos en la boleta oficialista saltaron la tranquera. Para que se entienda: la votación que podía haber concluido 48 a 24 terminó 36 a 36, y el tembloroso desempate –a manos del vicepresidente– terminó con un gol en contra que arrasó el armado político de los Kirchner.
Retomemos el hilo. Es inevitable recordar que el ascenso K durante el 2003 –de la mano de Eduardo Duhalde y el PJ de la provincia de Buenos Aires– obligó a los Kirchner a incluir en las listas parlamentarias un mix cuya lealtad no podía no ser opinable. Aun así, esto no presentó mayores complicaciones parlamentarias. Ahora, las listas construidas pieza por pieza a partir del 2005, que terminaron incluyendo a un radical K en la fórmula presidencial, las que surgieron de la abandonada transversalidad y del restablecimiento del agónico Partido Justicialista, esas les estallaron a los Kirchner en la cara.
LA NATURALEZA DEL CONFLICTO. La resolución 125 del Poder Ejecutivo establecía las retenciones móviles. En rigor de verdad, las retenciones modifican la paridad cambiaria: la relación peso dólar ya no se determina en el despacho del presidente del Central. Antes del 2001 la convertibilidad dejaba al Banco Central sin política monetaria, al organizar un sistema de paridad fija –un peso, un dólar–. La combinación entre precios internacionales sin demasiado glamour y esa política cambiaria resultó terrible para los productores agropecuarios. A tal punto que un agudo comentarista sostuvo que para ejecutar la reforma agraria bastaban las carpetas de morosos en poder del Banco Nación. La deuda impaga hacía posible confiscarles el campo, y si tal cosa no sucedió fue por decisión de Roberto Lavagna, en aquel entonces ministro de Economía, conjuntamente con Felisa Miceli, en aquel entonces presidenta del Banco Nación, bajo la atenta mirada de Néstor Kirchner.
Los productores lo recordaron, y cuando hubo que elegir presidente en el 2007 votaron en masa por Cristina Fernández. Pero si bien habían sido ayudados a salir del fondo del pozo de la mano del gobierno, no eran exactamente los beneficiarios principales de su política agropecuaria.
Conviene recordar que las entidades financieras gozan de inusitados privilegios: el primero, las transacciones financieras no pagan impuesto, por tanto terminan siendo competidores imposibles de batir, ya que sus antagonistas si pagan impuestos. Para que se entienda, si un pool de siembra está organizado desde una entidad financiera, está en condiciones de alquilar tierra pagando un canon más elevado, ya que puede repartir la carga impositiva con su asociado, elevando así la renta percibida por el propietario en concepto de alquiler. Si a esto se añade la escala productiva, y una disponibilidad de caja que permite comprar a precios inferiores –recordemos que los productores medianos y chicos sólo tienen dinero en el momento de la cosecha–, sin olvidar que no es lo mismo vender 4.000 toneladas de soja –que es lo que produce un campo de 1.000 hectáreas en la Pampa Húmeda– que 400.000 –que es lo que produce el alquiler de 100.000 hectáreas–, es claro que el pool de siembra se queda con la mayor tajada del negocio productivo.
Por otra parte, los acopiadores pagan discrecionalmente a los productores, sin mayores controles por parte del Estado; les basta manifestar luego el destino de su compra –la exportación de soja tiene una retención 15 puntos mayor que su compra para transformarla en aceite– para quedarse con la diferencia. Dicho sintéticamente: en los dos extremos, pool de siembra o comercio exterior, estaba y está la crema del negocio, y los productores la ven pasar sin arrimar el bochín.
Y una última cuestión: los propietarios de extensiones menores a las 400 hectáreas, fuera de la Pampa Húmeda, no tenían ni tienen más remedio que alquilar la tierra en las condiciones impuestas por el pool, ya que no están preparados para explotarlas directamente por falta de capital.
De modo que la última suba de precios internacionales les permitía arañar –a los más chicos– un fragmento de la renta extraordinaria que los independizaba relativamente de los grandes jugadores del sistema. Con esa ilusión se lanzaron a los cortes. Y por cierto fueron burlados.
EL NUEVO ESCENARIO. Los precios agrarios internacionales subieron a caballo de la incorporación de China e India al consumo, y de la burbuja financiera organizada por la especulación de los mercados a término. La crisis global –conviene recordarlo– se inició en derredor de las empresas puntocom, que primero crecieron hasta alcanzar valores exorbitantes y luego se derrumbaron por debajo del piso histórico. Después la burbuja se desplazó hacia las empresas destinadas a proporcionar crédito a las constructoras, y el efecto dominó de la crisis no sólo arrastro a las constructoras, sino a los bancos que adquirieron los créditos menos seguros, primero, a los bancos involucrados en los negocios inmobiliarios, después, y a los grandes bancos, finalmente; y esto no sólo sucedió en los Estados Unidos, sino que golpeó también el corazón del capitalismo europeo.
La crisis prosigue su marcha, hoy la burbuja financiera dejó de traccionar los precios del petróleo y la soja. Los precios dejaron de crecer, el dólar se sigue devaluando, y nadie puede saber hasta dónde se caerán. La teoría enseña que todas las burbujas –más bien temprano que tarde– explotan. Cuando sucede tal cosa, los precios se derrumban y en ese mismo instante aparece otro gran negocio: comprar por monedas lo que antes costaba una fortuna. Es decir, las hectáreas argentinas que alcanzaron los precios de Wisconsin con suerte conservarán las de Santiago del Estero. Y el pool que hasta hoy hizo negocio alquilando, podría terminar adquiriendo la tierra por el valor de una cosecha como la del 2007.
Sin embargo, conviene no adelantarse tanto a los hechos. Es decir, consideremos la escena local. Una pregunta golpea con insistencia: ¿qué cambió en los últimos seis meses para que un gobierno surgido del voto popular haya perdido semejante caudal de capital político?
La respuesta no es simple. Entre 1976 y el 2001 un proyecto político y económico se ejecutó con implacable sistematicidad: la reprimarización de la economía argentina. José Alfredo Martínez de Hoz fue su autor intelectual y Domingo Cavallo su mecánico circunstancial. Ese proyecto transformó al bloque de clases dominantes en un conjunto de rentistas con unos 200.000 millones de dólares radicados en el sistema financiero internacional. Es una clase dominante que no necesita ser una clase dirigente, le bastan sus rentas y los negocios circunstanciales.
El estallido del 2001 impidió que el sistema prosiguiera su marcha, y para salir del fondo del pozo todos los caminos que reavivaran la actividad económica parecían excelentes. Los instrumentos que permitieron salir, los instrumentos del “éxito”, ya no sirven para proseguir. O el viejo programa sigue su curso o se constituye uno nuevo: pues bien, mientras el viejo no sea reemplazado sigue vigente, y los valores que este programa cristalizó –los valores compartidos del menemismo líquido– pueden sintetizarse en una oración: la política es la continuación de los negocios por otros medios. La posibilidad de un nuevo negocio rápido –crecientes precios agrarios– cambió la percepción de los dueños de la tierra. Y los que nada poseen no hacen política propia –¿alguien vio a la clase obrera en este conflicto?– y tampoco tienen una percepción distinta. Entonces, si eso es así, si el único programa es hacer caja, sólo se trata de saber si la caja la hace el Estado aumentando las reservas del Banco Central, o la hacen los particulares incrementando sus acreencias en el mercado financiero internacional.
Los defensores del viejo programa salieron a la calle y ganaron la primer batalla, es preciso saber si el gobierno lee adecuadamente el problema y se prepara para la segunda, o si con este correctivo le resultó suficiente. Si no hay segunda batalla, el sistema político probablemente no se modificará sustancialmente, en cambio otra batalla requerirá de otros instrumentos.
Tras la derrota parlamentaria el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parece mucho más inconsistente. Perder en el terreno que el gobierno eligió para dar la batalla catalizó reprimidos síntomas de descomposición política, por tanto, cabe preguntarse si el conglomerado que orbita en derredor del ejecutivo logrará o no volver a funcionar sin excesivos tropiezos, si la lógica K proseguirá su marcha recuperando la perdida iniciativa política, o si de aquí en más el palo en la rueda –con la fricción que tal resistencia supone– será parte del nuevo modus operandi del bloque agrario; y por último, es preciso saber si, tras la victoria, la burguesía agraria sigue sola, o si se constituirá en punto de recomposición de la política nacional. En suma, si la victoria parlamentaria pondrá fin a la cara legal del conflicto para retomar recursos ilegales como el corte de ruta, o si el bloque campero –una vez marcada la cancha– participará de una reestructuración del espacio parlamentario, a partir de sistematizar el mecanismo transversal que le aportó la estratégica victoria del 17 de julio.
DOS TÁCTICAS DEL BLOQUE AGRARIO. Desde el momento en que el bloque encabezado por la Sociedad Rural resolvió cortar las rutas de aprovisionamiento de los grandes centros urbanos, la movilización burguesa combinó instrumentos ilegales con métodos legales. A nadie se le escapa que cortar la libre circulación de mercancías y personas configura un delito tipificado en el Código Penal, que el gobierno nacional es el garante del artículo 14 de la Constitución Nacional, y que el normal funcionamiento de la sociedad –económico, político e institucional– depende de su cumplimiento.
No deja de llamar la atención que en un país donde casi todos los abogados se arrogan potestades de especialistas en Derecho Constitucional, ninguno se haya pronunciado por el inmediato cese del bloqueo a los grandes centros urbanos. La presidenta –que también es abogada– se limitó, en diversas oportunidades, a pedir –con tono muy circunspecto– que dejaran circular bienes indispensables, mientras los piquetes determinaban –como poder enfrentado con el poder constituido– quién pasaba y quién no.
El impacto de la política de doble poder ejercido por los epígonos de la Sociedad Rural se hizo sentir en primer lugar en la filas del propio gobierno. Basta mirar geográficamente la votación para comprobar que en Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y Chaco la mayoría de los diputados votaron contra la resolución 125. Sólo la provincia de Buenos Aires resistió el embate. Sin embargo, Felipe Sola –ex secretario de Agricultura y Ganadería del gobierno de Menem, y gobernador K hasta hace pocos meses– lideró los 15 diputados que cambiaron de querencia. Dicho con matemática exactitud: transformó una holgada mayoría parlamentaria en una ajustada mayoría circunstancial.
Pero la dimensión de la hemorragia política, el brutal cambio de relaciones de fuerza, provino del Senado: doce elegidos en la boleta oficialista saltaron la tranquera. Para que se entienda: la votación que podía haber concluido 48 a 24 terminó 36 a 36, y el tembloroso desempate –a manos del vicepresidente– terminó con un gol en contra que arrasó el armado político de los Kirchner.
Retomemos el hilo. Es inevitable recordar que el ascenso K durante el 2003 –de la mano de Eduardo Duhalde y el PJ de la provincia de Buenos Aires– obligó a los Kirchner a incluir en las listas parlamentarias un mix cuya lealtad no podía no ser opinable. Aun así, esto no presentó mayores complicaciones parlamentarias. Ahora, las listas construidas pieza por pieza a partir del 2005, que terminaron incluyendo a un radical K en la fórmula presidencial, las que surgieron de la abandonada transversalidad y del restablecimiento del agónico Partido Justicialista, esas les estallaron a los Kirchner en la cara.
LA NATURALEZA DEL CONFLICTO. La resolución 125 del Poder Ejecutivo establecía las retenciones móviles. En rigor de verdad, las retenciones modifican la paridad cambiaria: la relación peso dólar ya no se determina en el despacho del presidente del Central. Antes del 2001 la convertibilidad dejaba al Banco Central sin política monetaria, al organizar un sistema de paridad fija –un peso, un dólar–. La combinación entre precios internacionales sin demasiado glamour y esa política cambiaria resultó terrible para los productores agropecuarios. A tal punto que un agudo comentarista sostuvo que para ejecutar la reforma agraria bastaban las carpetas de morosos en poder del Banco Nación. La deuda impaga hacía posible confiscarles el campo, y si tal cosa no sucedió fue por decisión de Roberto Lavagna, en aquel entonces ministro de Economía, conjuntamente con Felisa Miceli, en aquel entonces presidenta del Banco Nación, bajo la atenta mirada de Néstor Kirchner.
Los productores lo recordaron, y cuando hubo que elegir presidente en el 2007 votaron en masa por Cristina Fernández. Pero si bien habían sido ayudados a salir del fondo del pozo de la mano del gobierno, no eran exactamente los beneficiarios principales de su política agropecuaria.
Conviene recordar que las entidades financieras gozan de inusitados privilegios: el primero, las transacciones financieras no pagan impuesto, por tanto terminan siendo competidores imposibles de batir, ya que sus antagonistas si pagan impuestos. Para que se entienda, si un pool de siembra está organizado desde una entidad financiera, está en condiciones de alquilar tierra pagando un canon más elevado, ya que puede repartir la carga impositiva con su asociado, elevando así la renta percibida por el propietario en concepto de alquiler. Si a esto se añade la escala productiva, y una disponibilidad de caja que permite comprar a precios inferiores –recordemos que los productores medianos y chicos sólo tienen dinero en el momento de la cosecha–, sin olvidar que no es lo mismo vender 4.000 toneladas de soja –que es lo que produce un campo de 1.000 hectáreas en la Pampa Húmeda– que 400.000 –que es lo que produce el alquiler de 100.000 hectáreas–, es claro que el pool de siembra se queda con la mayor tajada del negocio productivo.
Por otra parte, los acopiadores pagan discrecionalmente a los productores, sin mayores controles por parte del Estado; les basta manifestar luego el destino de su compra –la exportación de soja tiene una retención 15 puntos mayor que su compra para transformarla en aceite– para quedarse con la diferencia. Dicho sintéticamente: en los dos extremos, pool de siembra o comercio exterior, estaba y está la crema del negocio, y los productores la ven pasar sin arrimar el bochín.
Y una última cuestión: los propietarios de extensiones menores a las 400 hectáreas, fuera de la Pampa Húmeda, no tenían ni tienen más remedio que alquilar la tierra en las condiciones impuestas por el pool, ya que no están preparados para explotarlas directamente por falta de capital.
De modo que la última suba de precios internacionales les permitía arañar –a los más chicos– un fragmento de la renta extraordinaria que los independizaba relativamente de los grandes jugadores del sistema. Con esa ilusión se lanzaron a los cortes. Y por cierto fueron burlados.
EL NUEVO ESCENARIO. Los precios agrarios internacionales subieron a caballo de la incorporación de China e India al consumo, y de la burbuja financiera organizada por la especulación de los mercados a término. La crisis global –conviene recordarlo– se inició en derredor de las empresas puntocom, que primero crecieron hasta alcanzar valores exorbitantes y luego se derrumbaron por debajo del piso histórico. Después la burbuja se desplazó hacia las empresas destinadas a proporcionar crédito a las constructoras, y el efecto dominó de la crisis no sólo arrastro a las constructoras, sino a los bancos que adquirieron los créditos menos seguros, primero, a los bancos involucrados en los negocios inmobiliarios, después, y a los grandes bancos, finalmente; y esto no sólo sucedió en los Estados Unidos, sino que golpeó también el corazón del capitalismo europeo.
La crisis prosigue su marcha, hoy la burbuja financiera dejó de traccionar los precios del petróleo y la soja. Los precios dejaron de crecer, el dólar se sigue devaluando, y nadie puede saber hasta dónde se caerán. La teoría enseña que todas las burbujas –más bien temprano que tarde– explotan. Cuando sucede tal cosa, los precios se derrumban y en ese mismo instante aparece otro gran negocio: comprar por monedas lo que antes costaba una fortuna. Es decir, las hectáreas argentinas que alcanzaron los precios de Wisconsin con suerte conservarán las de Santiago del Estero. Y el pool que hasta hoy hizo negocio alquilando, podría terminar adquiriendo la tierra por el valor de una cosecha como la del 2007.
Sin embargo, conviene no adelantarse tanto a los hechos. Es decir, consideremos la escena local. Una pregunta golpea con insistencia: ¿qué cambió en los últimos seis meses para que un gobierno surgido del voto popular haya perdido semejante caudal de capital político?
La respuesta no es simple. Entre 1976 y el 2001 un proyecto político y económico se ejecutó con implacable sistematicidad: la reprimarización de la economía argentina. José Alfredo Martínez de Hoz fue su autor intelectual y Domingo Cavallo su mecánico circunstancial. Ese proyecto transformó al bloque de clases dominantes en un conjunto de rentistas con unos 200.000 millones de dólares radicados en el sistema financiero internacional. Es una clase dominante que no necesita ser una clase dirigente, le bastan sus rentas y los negocios circunstanciales.
El estallido del 2001 impidió que el sistema prosiguiera su marcha, y para salir del fondo del pozo todos los caminos que reavivaran la actividad económica parecían excelentes. Los instrumentos que permitieron salir, los instrumentos del “éxito”, ya no sirven para proseguir. O el viejo programa sigue su curso o se constituye uno nuevo: pues bien, mientras el viejo no sea reemplazado sigue vigente, y los valores que este programa cristalizó –los valores compartidos del menemismo líquido– pueden sintetizarse en una oración: la política es la continuación de los negocios por otros medios. La posibilidad de un nuevo negocio rápido –crecientes precios agrarios– cambió la percepción de los dueños de la tierra. Y los que nada poseen no hacen política propia –¿alguien vio a la clase obrera en este conflicto?– y tampoco tienen una percepción distinta. Entonces, si eso es así, si el único programa es hacer caja, sólo se trata de saber si la caja la hace el Estado aumentando las reservas del Banco Central, o la hacen los particulares incrementando sus acreencias en el mercado financiero internacional.
Los defensores del viejo programa salieron a la calle y ganaron la primer batalla, es preciso saber si el gobierno lee adecuadamente el problema y se prepara para la segunda, o si con este correctivo le resultó suficiente. Si no hay segunda batalla, el sistema político probablemente no se modificará sustancialmente, en cambio otra batalla requerirá de otros instrumentos.
Publicado en Pausa #18, viernes 12 de setiembre de 2008
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Negocios son negocios
Por María Claudia Albornoz
En abril del 2003 despertamos de la peor manera, con el agua al cuello, dándonos cuenta de que aquellas políticas que no están pensadas para la gente, están pensadas para hacer... negocios.
Esos negocios nos matan, nos enferman y nos atrasan como ciudad.
Las obras públicas que no son discutidas, consensuadas y controladas por los vecinos nos provocan más daños que beneficios y terminan contribuyendo a los negocios de los gobiernos de turno.
Las inundaciones son un gran negocio: se realiza una obra de defensa contra inundaciones, se deja abierto un tramo, se inunda la tercera parte de la ciudad, se declara la emergencia por catástrofe, se piden préstamos y subsidios para hacer las obras de cierre del anillo de defensa... pero no se colocan bombas extractoras y se vuelve a inundar la ciudad: negocio redondo.
Se proyectan barrios sin servicios, no se piensa ni en la salud ni en la educación de los vecinos porque estamos fuera de sus negocios.
Pasaron cinco años y los inundados fuimos descubriéndoles los negocios a los inundadores y nos fuimos organizando para denunciarlos, pusimos carpas, marchamos con antorchas y nos plantamos exigiendo justicia porque entendimos que sólo con impunidad es posible que hagan estos negocios.
En Santa Fe son muchos los grupos que se organizan para denunciar los negocios que hacen los gobiernos en contra de la gente y para, desde la dignidad, hacernos cargo de nuestra historia. Grupos de mujeres que luchan por la soberanía alimentaria y denuncian la sojización; mujeres que denuncian la trata de personas y se organizan para cuidarse del maltrato; hombres y mujeres luchando por obras públicas para el oeste; vecinos y vecinas que luchan contra la impunidad y por la justicia y denuncian a los genocidas.
Porque no hay nada peor, para los que hacen negocios a costa de la gente a través de sus cargos públicos, que la organización de las ciudadanas y ciudadanos luchando, denunciando, controlando y proponiendo para poder vivir dignamente.
Esos negocios nos matan, nos enferman y nos atrasan como ciudad.
Las obras públicas que no son discutidas, consensuadas y controladas por los vecinos nos provocan más daños que beneficios y terminan contribuyendo a los negocios de los gobiernos de turno.
Las inundaciones son un gran negocio: se realiza una obra de defensa contra inundaciones, se deja abierto un tramo, se inunda la tercera parte de la ciudad, se declara la emergencia por catástrofe, se piden préstamos y subsidios para hacer las obras de cierre del anillo de defensa... pero no se colocan bombas extractoras y se vuelve a inundar la ciudad: negocio redondo.
Se proyectan barrios sin servicios, no se piensa ni en la salud ni en la educación de los vecinos porque estamos fuera de sus negocios.
Pasaron cinco años y los inundados fuimos descubriéndoles los negocios a los inundadores y nos fuimos organizando para denunciarlos, pusimos carpas, marchamos con antorchas y nos plantamos exigiendo justicia porque entendimos que sólo con impunidad es posible que hagan estos negocios.
En Santa Fe son muchos los grupos que se organizan para denunciar los negocios que hacen los gobiernos en contra de la gente y para, desde la dignidad, hacernos cargo de nuestra historia. Grupos de mujeres que luchan por la soberanía alimentaria y denuncian la sojización; mujeres que denuncian la trata de personas y se organizan para cuidarse del maltrato; hombres y mujeres luchando por obras públicas para el oeste; vecinos y vecinas que luchan contra la impunidad y por la justicia y denuncian a los genocidas.
Porque no hay nada peor, para los que hacen negocios a costa de la gente a través de sus cargos públicos, que la organización de las ciudadanas y ciudadanos luchando, denunciando, controlando y proponiendo para poder vivir dignamente.
Publicado en Pausa #18, viernes 12 de setiembre de 2008
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viernes, 29 de agosto de 2008
Palabras vacías
Por Gastón Chansard
Los días olímpicos dejaron record mundiales, recuerdos, emociones y críticas con poco sustento. El exitismo de la prensa no transita por la misma pista del deporte nacional.
El universo deportivo expresó todas sus emociones en Beijing. En algo más de dos semanas, todos (los que entienden poco, mucho y nada) dedicamos algunos minutos de nuestras vidas para espiar a miles de atletas que llegaron a la competición sublime del deporte mundial.
Desde este espacio, donde tantas veces se trataron temas muy alejados de la agenda mediática deportiva, hoy se hace realmente imposible no involucrarse en una cita que dejó cientos de temas a desarrollar: desde las nuevas marcas mundiales logradas por seres humanos que parecen máquinas creadas en algún laboratorio asiático, hasta la extraordinaria organización de todas las competencias. Y entre tantas cuestiones que surgieron de estos históricos Juegos Olímpicos, una vez más la opinión fácil y la ignorancia de gran parte de la prensa argentina y la exitista (con todos los males que esa palabra arrastra) clase media nacional, me provocaron un deseo enorme de hacer una autocrítica. Sí: autocrítica, porque quien escribe es hijo de la clase media argentina y por elección periodista –aunque muchas veces sienta profunda vergüenza por compartir la vocación con algunos colegas.
La postura de buena parte de la clase media con respecto al conflicto entre las entidades del agro y el gobierno nacional se reflejó, claramente, en los 120 días que duró el mismo. ¿Usted cree que el señor que atiende la pinturería, la peluquera, el empleado del banco o el joven estudiante de arquitectura distinguen el real problema existente entre el sector agrícola-ganadero y el Ejecutivo nacional? ¿Usted cree que todos los movileros, conductores de noticieros y periodistas en general saben “de la A la Z” cada punto de este reclamo campestre? Yo creo que no.
En los Juegos Olímpicos, como en la pelea “campo vs. gobierno”, la sociedad y la prensa hablaron de muchas cosas sin entender demasiado. Desde la crítica, el individuo es capaz de crecer y desde la autocrítica mucho más. Pero cuando la crítica se desploma al exigir un mínimo argumento, es tan dolorosa como injusta.
Durante varios días de la competición olímpica, en radio y en televisión sobraron los rápidos de lengua para asegurar que el deporte argentino había fracasado una vez más. ¿Argumentos? Sí, uno: el Estado no les da el respaldo que se merecen los atletas nacionales. ¿Algún argumento más? No. ¿Usted cree que Suecia o Suiza son países relegados en el contexto económico, social y cultural con respecto a la Argentina y que, por ese motivo, no pudieron apoyar a sus deportistas? Si usted cree que es así no vivió en este mundo, por lo menos, en los últimos cuarenta años. La pregunta que hace referencia a estos países europeos no es casual, sólo es el comienzo de otra pregunta: ¿Cómo explica el “sabelotodo” argento que Argentina finalizó mejor ubicada que Suecia y Suiza en el medallero olímpico? Dudo que existan respuestas con sólidos argumentos.
Con el simple ejemplo de observar el medallero y comparar puestos entre países desarrollados con el nuestro, no pretendo aseverar que el apoyo del Estado nacional es el adecuado. Todavía el deporte en la Argentina sigue siendo una cuestión secundaria, por lo tanto es muy complicado codearse de igual a igual en la gran mayoría de las disciplinas con los países del mundo que realmente aplican políticas deportivas a mediano y largo plazo. El tema central es saber qué hacen los que tanto critican durante los Juegos Olímpicos las actuaciones nacionales durante las Olimpíadas. Cabe aclarar que Olimpíadas es el tiempo que transcurre entre el Juego que terminó y el que está por empezar (muchos periodistas hablan y hablan y ni siquiera diferencian las terminologías).
Si los periodistas no saben o ni siquiera se esmeran en saber qué está haciendo el atleta o el Estado por ese atleta durante los años previos a los Juegos, carecen de toda seriedad cuando esgrimen sus críticas desde el poder del micrófono. Muchos de los colegas vinculados al fútbol son los primeros en cuestionar la falta de éxitos, y son ellos los que a veces la juegan de promotores de proyectos a largo plazo, los que enarbolan la bandera del exitismo de la que después se hace partícipe la sociedad.
El exitismo es malo en sí mismo, pero mucho más cuando la promoción llega desde los medios masivos de comunicación, que sin saber si quiera la reglamentación de los deportes son capaces de sentenciar un “fracaso del deporte nacional”. Muy sueltos de cuerpos, estos periodistas que hablan mucho y piensan muy poco lo que dicen, exigen más dinero para los deportistas por parte del Estado. Pero esos recursos que todos queremos que lleguen a los atletas para que puedan entrenarse más y mejor, ¿de dónde creen que deberían salir? Por ejemplo: la clase media y estos colegas sueltos de lengua, ¿estarían de acuerdo con que se retenga parte de lo que gana “el campo” para darle a los deportistas? O, en Santa Fe, ¿le pedirían al intendente que aumente más y más la Tasa General de Inmuebles para que colabore con los representantes de nuestra ciudad?
Las políticas deportivas de las que sólo habla esta gente durante los Juegos Olímpicos no se pueden pensar ni discutir a la ligera en cinco minutos de radio o televisión. Las políticas deportivas, en las que debería estar íntimamente ocupado el periodismo deportivo, se las exige, mínimamente, desde el entendimiento y la preocupación por el deporte y el deportista. Y, que yo sepa, nunca se escucha a una yudoca o a un jugador de tenis de mesa en algún medio nacional, y mucho menos en nuestra ciudad, donde el fútbol se come todo.
Los Juegos fueron grandiosos –sin lugar a dudas los mejores de la modernidad– y el glorioso deporte argentino, para orgullo de los que lo amamos, se subió seis veces al podio. Ahora vendrán los días del fútbol (deporte que adoro y creo entender), los olvidos de los que tanto critican, pero cuando vuelvan a faltar pocas horas para que la llama se encienda en Londres, con ella también enardecerán los que estamos hartos de escuchar tantas palabras vacías.
¿DE QUÉ HABLAN LOS QUE HABLAN DE FRACASO? Argentina finalizó en la 34ª posición del medallero olímpico. Segundo con respecto a Sudamérica –Brasil consiguió una medalla de oro más que nuestro país– y tercero a nivel América Latina. Cuba fue el mejor. Países con mayor presupuesto económico, como Grecia, Suecia, Austria o Suiza, terminaron por debajo de la delegación albiceleste.
Publicado en Pausa #16, 29 de agosto de 2008.
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Los días olímpicos dejaron record mundiales, recuerdos, emociones y críticas con poco sustento. El exitismo de la prensa no transita por la misma pista del deporte nacional.
El universo deportivo expresó todas sus emociones en Beijing. En algo más de dos semanas, todos (los que entienden poco, mucho y nada) dedicamos algunos minutos de nuestras vidas para espiar a miles de atletas que llegaron a la competición sublime del deporte mundial.
Desde este espacio, donde tantas veces se trataron temas muy alejados de la agenda mediática deportiva, hoy se hace realmente imposible no involucrarse en una cita que dejó cientos de temas a desarrollar: desde las nuevas marcas mundiales logradas por seres humanos que parecen máquinas creadas en algún laboratorio asiático, hasta la extraordinaria organización de todas las competencias. Y entre tantas cuestiones que surgieron de estos históricos Juegos Olímpicos, una vez más la opinión fácil y la ignorancia de gran parte de la prensa argentina y la exitista (con todos los males que esa palabra arrastra) clase media nacional, me provocaron un deseo enorme de hacer una autocrítica. Sí: autocrítica, porque quien escribe es hijo de la clase media argentina y por elección periodista –aunque muchas veces sienta profunda vergüenza por compartir la vocación con algunos colegas.
La postura de buena parte de la clase media con respecto al conflicto entre las entidades del agro y el gobierno nacional se reflejó, claramente, en los 120 días que duró el mismo. ¿Usted cree que el señor que atiende la pinturería, la peluquera, el empleado del banco o el joven estudiante de arquitectura distinguen el real problema existente entre el sector agrícola-ganadero y el Ejecutivo nacional? ¿Usted cree que todos los movileros, conductores de noticieros y periodistas en general saben “de la A la Z” cada punto de este reclamo campestre? Yo creo que no.
En los Juegos Olímpicos, como en la pelea “campo vs. gobierno”, la sociedad y la prensa hablaron de muchas cosas sin entender demasiado. Desde la crítica, el individuo es capaz de crecer y desde la autocrítica mucho más. Pero cuando la crítica se desploma al exigir un mínimo argumento, es tan dolorosa como injusta.
Durante varios días de la competición olímpica, en radio y en televisión sobraron los rápidos de lengua para asegurar que el deporte argentino había fracasado una vez más. ¿Argumentos? Sí, uno: el Estado no les da el respaldo que se merecen los atletas nacionales. ¿Algún argumento más? No. ¿Usted cree que Suecia o Suiza son países relegados en el contexto económico, social y cultural con respecto a la Argentina y que, por ese motivo, no pudieron apoyar a sus deportistas? Si usted cree que es así no vivió en este mundo, por lo menos, en los últimos cuarenta años. La pregunta que hace referencia a estos países europeos no es casual, sólo es el comienzo de otra pregunta: ¿Cómo explica el “sabelotodo” argento que Argentina finalizó mejor ubicada que Suecia y Suiza en el medallero olímpico? Dudo que existan respuestas con sólidos argumentos.
Con el simple ejemplo de observar el medallero y comparar puestos entre países desarrollados con el nuestro, no pretendo aseverar que el apoyo del Estado nacional es el adecuado. Todavía el deporte en la Argentina sigue siendo una cuestión secundaria, por lo tanto es muy complicado codearse de igual a igual en la gran mayoría de las disciplinas con los países del mundo que realmente aplican políticas deportivas a mediano y largo plazo. El tema central es saber qué hacen los que tanto critican durante los Juegos Olímpicos las actuaciones nacionales durante las Olimpíadas. Cabe aclarar que Olimpíadas es el tiempo que transcurre entre el Juego que terminó y el que está por empezar (muchos periodistas hablan y hablan y ni siquiera diferencian las terminologías).
Si los periodistas no saben o ni siquiera se esmeran en saber qué está haciendo el atleta o el Estado por ese atleta durante los años previos a los Juegos, carecen de toda seriedad cuando esgrimen sus críticas desde el poder del micrófono. Muchos de los colegas vinculados al fútbol son los primeros en cuestionar la falta de éxitos, y son ellos los que a veces la juegan de promotores de proyectos a largo plazo, los que enarbolan la bandera del exitismo de la que después se hace partícipe la sociedad.
El exitismo es malo en sí mismo, pero mucho más cuando la promoción llega desde los medios masivos de comunicación, que sin saber si quiera la reglamentación de los deportes son capaces de sentenciar un “fracaso del deporte nacional”. Muy sueltos de cuerpos, estos periodistas que hablan mucho y piensan muy poco lo que dicen, exigen más dinero para los deportistas por parte del Estado. Pero esos recursos que todos queremos que lleguen a los atletas para que puedan entrenarse más y mejor, ¿de dónde creen que deberían salir? Por ejemplo: la clase media y estos colegas sueltos de lengua, ¿estarían de acuerdo con que se retenga parte de lo que gana “el campo” para darle a los deportistas? O, en Santa Fe, ¿le pedirían al intendente que aumente más y más la Tasa General de Inmuebles para que colabore con los representantes de nuestra ciudad?
Las políticas deportivas de las que sólo habla esta gente durante los Juegos Olímpicos no se pueden pensar ni discutir a la ligera en cinco minutos de radio o televisión. Las políticas deportivas, en las que debería estar íntimamente ocupado el periodismo deportivo, se las exige, mínimamente, desde el entendimiento y la preocupación por el deporte y el deportista. Y, que yo sepa, nunca se escucha a una yudoca o a un jugador de tenis de mesa en algún medio nacional, y mucho menos en nuestra ciudad, donde el fútbol se come todo.
Los Juegos fueron grandiosos –sin lugar a dudas los mejores de la modernidad– y el glorioso deporte argentino, para orgullo de los que lo amamos, se subió seis veces al podio. Ahora vendrán los días del fútbol (deporte que adoro y creo entender), los olvidos de los que tanto critican, pero cuando vuelvan a faltar pocas horas para que la llama se encienda en Londres, con ella también enardecerán los que estamos hartos de escuchar tantas palabras vacías.
¿DE QUÉ HABLAN LOS QUE HABLAN DE FRACASO? Argentina finalizó en la 34ª posición del medallero olímpico. Segundo con respecto a Sudamérica –Brasil consiguió una medalla de oro más que nuestro país– y tercero a nivel América Latina. Cuba fue el mejor. Países con mayor presupuesto económico, como Grecia, Suecia, Austria o Suiza, terminaron por debajo de la delegación albiceleste.
Publicado en Pausa #16, 29 de agosto de 2008.
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viernes, 15 de agosto de 2008
Un fantasma, unos números, una culpa
Por Juan Pascual
Publicado en Pausa #14, viernes 15 de agosto de 2008
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Están en un lugar, pero bajo la forma de no estar. Los fantasmas son entidades cuya presencia se sitúa exactamente sobre su ausencia. El megafilm Sexto sentido se basa en señalar esa cuestión (los muertos nos rodean pero, en el fondo, nunca están frente a frente con los vivos) y en situar un operador que convierte a los fantasmas en sí en fantasmas para nosotros. En la película ese operador es el niño que puede ver. (En otro nivel, las religiones tienen a la institución, a los profetas, a los momentos de contacto místico, en los que el Dios y la carne comparten al mortal; algunos partidos políticos proceden del mismo modo, incluso hay los que incorporan al ascetismo –particular práctica compartida, de diferentes modos, en Oriente y Occidente– como imperativo militante).
La función del niño –es decir, del operador– es la de poder actuar sobre esa forma de vida fantasmal, basada en repetir las mismas acciones: llorar una pérdida, lamentar un accidente, anhelar al ser que quedó vivo, vengar el daño sufrido. Cualquiera sea esa acción que guíe la triste vida del fantasma, se reduce a un guión, una escena que, sin fin, retorna de diferentes maneras. Quienes quedamos a merced de esa serie inmanejable de sucesos no podemos ver a los fantasmas como lo hace ese niño. Luego, en la relación con nuestros fantasmas, estamos situados siempre en la misma posición. El niño que puede ver está para conjurar el espectro construyendo un relato compartido que lo pueda atravesar y disolver, ubicándolo en otra posición. Sólo así lo ominoso, el fantasma en sí, puede pasar a ser lo simplemente problemático, el fantasma para nosotros, en suma, el relato sobre el fantasma.
La última dictadura, la hiperinflación y la explosión de la desocupación, comprendida estadísticamente entre (al menos) 1996 y 2004, son tres fantasmas diferentes (quizás, tres imágenes de un mismo fantasma) constitutivos de la experiencia histórica reciente. Más exactamente: sobre esos tres hechos hay un tipo de versión, que se repite, se repite y se repite, y que ha logrado construirlos como fantasmas. Esa repetición actualiza, renueva y fortalece la experiencia horrorosa, porque las posiciones fijas en el escenario del espanto se restauran.
La teoría de los dos demonios sitúa a quienes padecieron el terrorismo de Estado como, por lo menos, provocadores de la dictadura. Las desapariciones serían, de este modo, una respuesta a un mal anteriormente causado y, por lo tanto, ajustarían la balanza. En esa dinámica, a los Juicios a la Juntas les corresponde la obediencia debida y el punto final. Con los nuevos juicios habría un desequilibrio (que vendría a reiterar a la “memoria parcial de los derechos humanos”). Bajo esa gramática de la teoría de los demonios, entonces, se explica tanto el argumento de Bussi y de Pando como a quienes lo encuentren razonable.
El sistemático proceso de desguace del Estado y de desmantelamiento y concentración industrial, comercial y financiera de los '90 no provocó la desocupación. A través del discurso de lo que entonces se llamó “modernización” podemos comprender cómo el causante fue el desocupado mismo: no estaba adecuado para lo que el “cambio” exigía. El fantasma de la desocupación no sólo sitúa al expulsado como lógico único responsable de su posición; borra la ligazón entre humano y trabajador y convierte a la desocupación en el estado natural de existencia. Cambian las posiciones: el desocupado ya no es más un trabajador sin empleo; el trabajador pasa a ser un desocupado con empleo. Abierta queda la perenne flexibilización de sus derechos.
Sin embargo, es otro el fantasma frente al que muchos asumen o reconocen el propio grito. Quizá sea así porque en su morada se expresa el Nombre que todo puede nombrar y que, por ello, da cuenta de una síntesis de las múltiples determinaciones de la vida social: el precio.
En la esquina de Castellanos y Lavalle existía un supermercado familiar de no más de cuatro o cinco góndolas, carnicería y fiambrería. Sus clientes lo denominaban “Bellomo”. No recuerdo cuándo cerró, pero sí guardo una imagen de 1989, época en la que, centímetros más o menos, llegaba a la altura del tercer estante, contando desde abajo.
Estábamos mirando frascos. A la derecha, un muchacho recorría el estante pegando precios sobre los precios de los productos. Terminó la tarea, giró, tric tric tric, los números en la máquina (“remarcadora”, se la llamaba entonces), caminó al principio de la góndola y volvió a comenzar. Su misión era mantener el limbo del perpetuo remarcado.
Las versiones son miles, cada una repite cosas diferentes. Salarios que, apenas cobrados, se transformaban en mesas y sillas, para que no se perdiera el valor. Familias que compraban cantidades de harina y levadura y hacían su pan, antes que comprarlo. Hubo quienes se procuraron el alimento diario, durante largos períodos, con infructuosas excursiones de pesca a playa norte.
Experimentar pánico porque todos los días las cosas aumentan un poco más que la plata recibida por mes es la marca que dejó 1989. Joder con ese dolor y joder con esos gritos es también joder a la parte de abajo de la pirámide de la distribución. El secretario de comercio, Guillermo Moreno, no sólo niega un proceso inflacionario: deniega el retorno de un horror atroz. Es obsceno hacerlo todos los meses.
Y es notable cómo, lenta y paulatinamente, la voz del fantasma reaparece. Su propia palabra indica cómo aplacar los aumentos, dictando como causa de los mismos al exceso de demanda agregada. Salvajemente, entre otras cosas, el planteo termina señalando que los aumentos de salarios provocan los aumentos generales de los otros precios. Así es, se dice, entre otras razones, porque más salarios son más costos de producción.
¿Se podría jugar a ser el niño de Sexto sentido, considerando que en los últimos tiempos los aumentos salariales no superaron, con toda la furia, más del 20% en cada año y utilizando datos de público conocimiento?
Entre 2006 y 2007, Quickfood, con sus homónimas hamburguesas y con las Paty, aumentó sus ganancias un 64%. Más claro: si tuvo ganancias por 100 en 2006, en 2007 ganó 164. Además, maneja el 60% de su mercado. Arcor, líder en golosinas y enlatados, aumentó un 40%. La cementera Loma Negra, hoy de la brasileña Camargo Correa, incrementó sus ganancias en un 95%. Aluar, aluminios, 42%. Serían números para festejar excepto porque, por ejemplo, Quickfood sólo aumentó su producción un 8%. Esto es: si en 2006 produjo 100 unidades, en 2007 hizo 108. Arcor incrementó la producción un 10%. Loma Negra un 8% y Aluar un 10%. ¿Cómo ganar tanto más sin producir tanto más? ¿Acaso porque una posición concentrada en la oferta permite mover los precios al antojo? ¿Qué significa esto si se considera que el 85% de las ventas de supermercados están manejadas por seis firmas, que tres ingenios producen el 50% del azúcar, que la europea Unilever y la norteamericana Procter & Gamble manejan el 90% en artículos de limpieza y que cinco emporios llegan casi al 100% de la producción de plásticos y envases de alimentos? Si los aumentos de salarios se trasladan a los costos y, luego, al precio de los productos, ¿se trasladarán las superganancias a los salarios de los trabajadores?
Cada precio expresa la situación, el momento actual, de un conflicto social existente. Muy poca intervención se puede hacer en tal conflicto a partir del control de precios: siempre se pueden trampear, siempre se termina cediendo (generalmente, para un mismo lado). Mucho hay por hacer en materia de ampliar la oferta, de hincar el diente en la torta oligopólica, de situar al Estado como un agente productivo con mando tecnológico. A la fecha el gobierno nacional optó por lo primero, y con mala gestión.
Hay que recordar que el salario es un precio más, aquel que corresponde al tiempo de trabajo vendido. Y que cuando crece menos que el precio de los productos, el fantasma reaparece. Y que lo importante no es tanto el miedo, la experiencia aterradora que ello conlleva, sino las posiciones, el guión, el escenario que se monta. Porque, en suma, un fantasma, una escena donde cada posición se repite, es un conflicto que no avanza, donde el héroe vive como simple víctima pasiva. El fantasma de la inflación está para plantear un escenario en el que jamás el ojo puede ver la posición de los que estructuralmente ganan. Por eso, a veces hasta sentimos culpa cuando la plata no nos alcanza.
Publicado en Pausa #14, viernes 15 de agosto de 2008
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