Por Graciela Cristina Gómez (*)
El 5 de junio fue el Día Mundial del Medio Ambiente. Mucho se publicó sobre la fecha. Los medios más hipócritas cubrieron sus páginas con loas a la Pachamama; a su vez, en el suplemento obligado, loas al agrocidio y sus voceros, publicitando los venenos que asolan a nuestra gente. Y al día siguiente, nada. Como nada se hace hoy para tratar de dejar a las generaciones futuras un “futuro común”, donde nace el concepto de “desarrollo sustentable”.
Muchos usan y abusan de esa frase. La escuchamos en los ámbitos menos imaginados, queriendo convencernos así de que la idea está planteada, pero sólo es una burla. Una de las tantas políticas erradas y huecas de contenido de los farsantes de turno. Esos que en plena campaña se olvidan de las inundaciones que asolaron a nuestra provincia, de la sequía histórica producto en gran medida de la deforestación irracional cometida con la venia de anteriores y actuales figuritas repetidas, que cambian de bando y de discurso, aunque de sus caras no logran liberarse.
Esos que poco saben de los cientos de casos de leucemia y sangre con cromo existentes en Las Toscas, y otro tanto en Esperanza, contaminados por los desechos de curtiembres. Del agua contaminada con arsénico que bebe cada día el santafesino de Firmat, Venado Tuerto, Máximo Paz y otras localidades. Poco les importa el grupo de vecinos de San Lorenzo que exige hasta el cansancio medidas, a autoridades y cerealeras, que eviten la contaminación del medio ambiente que vienen padeciendo desde hace años. Los vecinos del barrio Malvinas de Rosario, con más de 200 casos de casos de cáncer. Poco les importa que en Las Petacas la mitad del pueblo sufra alergias y los niños humildes sean usados de banderilleros, dato que los ¿inspectores? jamás reconocieron. Poco les importa que en la provincia los casos de cáncer de testículos y gástricos en varones sean tres veces más que la media nacional, los de hígado casi diez veces más y los de páncreas y pulmón, el doble. Seguramente los funcionarios respondan con total desfachatez que éstos “son casos aislados” o por mala praxis de “algunos” fumigadores, porque los colegiados recetan maravillosamente bien la dosis, tan bien que en Romang comprar glifosato para fumigar camalotes es como ir al quiosco, y toda la provincia lo usa de “matayuyos” en parques y plazas cuando la plaga a combatir sólo está en la soja. Pero se capacitan con gente de Syngenta, en un laboratorio regalo de Monsanto, sin explicarnos en qué parte de la ley que los agrupa se permite eso.
La palabra “ética” no está en el marbete del herbicida, se aprende y se ejecuta cada día; no practicarla es repudiable, actuar en contrario denigra e insulta más que un escrito, porque en ello se va la vida y la salud de la gente. En el mundo del revés todo es posible: el “Estado de derecho” es una frase más, usada para otras ocasiones. Mañana, San Martín Norte y Colonia Dolores seguirán sufriendo el nauseabundo olor que emana de las pestilentes aguas donde otrora se sumergían y jugaban los niños, donde hoy la capa grasosa que la cubre proviene de una cooperativa ganadera de la zona, a la que poco le importa el agua, los niños, los filtros o la contaminación. Aquellas granjas perdidas, aquellos tambos cerrados, aquel ganado pereciendo por la sequía, tampoco serán recordados. Los niños del puerto de Rosario y San Lorenzo caminarán como cada día, con su broncodilatador, sus pulmones enfermos pedirán aire puro y sólo tendrán como respuesta el frío invierno. Los niños de las escuelas rurales dejarán de jugar para encerrarse en el aula, hasta que pase la avioneta que fumiga. Como ellos, cientos de pueblos... Eso también es incumplimiento de deberes de funcionario público, por acción u omisión de una gestión ineficiente o inadecuada.
La Ley 25.675 (General del Ambiente) enumera los instrumentos de la política y la gestión ambiental: 1. El ordenamiento ambiental del territorio; 2. La evaluación de impacto ambiental; 3. El sistema de control sobre el desarrollo de las actividades antrópicas; 4. La educación ambiental; 5. El sistema de diagnóstico e información ambiental; 6. El régimen económico de promoción del desarrollo sustentable. Ninguno de ellos se respeta. Hoy la soja traspasó cada uno de esos instrumentos. El agrocidio sistemático se lleva a cabo con la complicidad de cada ente a su servicio. El otrora granero del mundo hoy produce alimentos, pero para ganado; la falacia de alimentar al mundo sólo engorda unos pocos bolsillos.
Francisco Loewy nos enseña: “La agricultura ha de cumplir por lo menos, con tres tareas: mantener al hombre en contacto con la naturaleza viva, humanizar y ennoblecer el hábitat del hombre, hacer posible la existencia de alimentos y otros materiales necesarios para el sustento de la vida. No creo que una civilización que reconoce sólo la tercera de estas tareas y la persigue con tanta desconsideración y violencia, que no sólo olvida las otras dos sino que sistemáticamente las ataca, tenga alguna posibilidad de sobrevivir”. La biodiversidad nos ayuda a entender el papel que cada especie tiene en el ecosistema. La naturaleza nos da señales constantes que no son tenidas en cuenta. El 5 de junio es el día de Molinos, Vicentín, Cargill y Bunge; el 5 de junio es el día de Santa Fe sin ambiente: el día del miedo ambiente.
(*) Abogada (UBA) y escribana (UNR). Militante ecologista.
Publicado en Pausa #38, 12 de junio de 2009
viernes, 26 de junio de 2009
domingo, 14 de junio de 2009
Un año no es nada
Pausa cumplió un año desde su salida a la calle; aquí, un texto a mitad de camino entre la celebración y el balance.
Por Ezequiel Nieva
36 ediciones, 560 páginas bien cargadas de información, casi 40 mil ejemplares que circularon en la ciudad a lo largo del último año: algunos de los números que ilustran este primer aniversario de Pausa. El tango dejó establecido para siempre que 20 años no es nada; cabe pensar que un año ha de ser la nada a la vigésima potencia. Nada de nada de nada. Apenas 365 días.
Eso: 365 días. Los que pasaron –ahora un poco más– desde que el 16 de mayo de 2008 pusimos en la calle la primera edición de este periódico. Y, desde entonces, tantas cosas... Una breve, incompleta recapitulación quizá sea necesaria: aunque acabemos cayendo en el poco elegante hábito de hablar de nosotros mismos.
La mera existencia de Pausa es, a menudo, motivo suficiente para que recibamos inflamadas felicitaciones. No hay queja ni ingratitud: las tomamos como un reconocimiento al esfuerzo que hacemos, número a número, por sostener con profesionalismo cada centímetro cuadrado del periódico. Las tomamos como una caricia, no como la supuesta postura de un lector acerca del estado actual de los medios. Los supuestos y el periodismo no se llevan bien; no queremos que se lleven bien. Nos gustan los hechos, los datos. Por eso tampoco nos llama la atención ese hecho –el elogio– si analizamos el contexto: es una celebración de la pluralidad. Y no mucho más.
Desde nuestra aparición y hasta hoy, el inmenso y variopinto universo de los medios habló del campo, de la riqueza, de la inseguridad, de la crisis; nosotros también hablamos de eso, y hablamos de soja, de equidad y de injusticias, de urgentes materias pendientes y de nuevas formas de articular lo público y lo colectivo. Hablamos de construcciones –siempre tan arduas– y tratamos de hablar, de mostrar mejor, las ideas de los que tienen ideas para mostrar.
En las páginas de este periódico reprodujimos algunas de las voces contemporáneas más críticas o más lúcidas, nunca con el objetivo de adoctrinar al lector; simplemente como un modo de reflejar con fidelidad algún aspecto, mínimo, acotado, pero aspecto al fin de la insondable realidad. No somos un medio que habla de “todo lo que pasa”. Y no sólo porque es una pretensión imposible –y más en un humilde cuerpo de 16 páginas, por atiborradas de texto que salgan a menudo– sino porque nunca fue nuestra intención.
Aprendimos en las aulas y en la práctica del oficio que la realidad sólo puede abordarse luego de un recorte previo. Desde esa premisa tratamos de pensar el periódico en general y también las notas. Internet y el formateado de diseño que hoy caracteriza a los medios gráficos nos tientan con la idea de que “todo lo que pasa” puede ser reflejado en un solo lugar; nosotros elegimos desistir de esa utopía y nos contentamos si alguna vez, al menos, rozamos la profundidad, que es uno de los objetivos de largo plazo que nos hemos planteado.
Uno de los objetivos; no el único. (Para ahondar más será pertinente esperar un tiempo; vamos de a uno por año).
Con esa motivación, la de tratar de ser profundos, desandamos el camino que nos llevó a este punto y por eso creemos que no es pura vanidad reflejar nuestro cumpleaños: es también una forma –acaso la menos elegante, sí, pero una forma al fin– de hacer periodismo, una forma de indagar y profundizar acerca de un hecho que es tan real como la crisis, el miedo o la codicia. Nuestro primer añito. El más difícil: algo que puede sonar a lugar común y que no por eso deja de ser una verdad irrefutable.
A lo largo de este año, Pausa se ha dedicado a reflejar –decíamos– algunas de las voces que los medios masivos eligen dejar de lado en su carrera por la primicia. En muchos casos, son voces que cuestionan las supuestas verdades que se nos presentan indiscutibles. Pasaron por estas páginas opiniones que son valiosas sobre todo porque desafinan del concierto monótono que se escucha en los medios: Abraham Gak y Máximo Sozzo, Luciano Alonso, Oscar Vallejos y Alejandro Horowicz, Mary Hechim y nuestro Juan Pascual.
También reflejamos datos que discuten aquellas opiniones disfrazadas de verdades absolutas. Así los informes sobre las alternativas al modelo productivo vigente o aquellos textos pensados desde una mirada ecológica. O las notas de opinión, que acompañamos con datos puros escarbados y exhumados de las profundidades de “la realidad”. La elección de ese estilo –que demarca con claridad cuándo opinamos y cuándo informamos– creemos que es una de las características que más valoran nuestros lectores.
Por eso no rehusamos tratar los temas instalados en la agenda de los medios masivos; pensamos que siempre existe la posibilidad de aportar nuevas miradas sobre los viejos problemas. La inflación, los proyectos de desarrollo urbano y sus contradicciones, la salud, la política, la economía, los cambios y las reacciones, siempre tuvieron lugar en nuestras páginas.
Pero también otros temas, que no suelen ocupar las portadas de los diarios: el exilio moderno, los consumos culturales, los hábitos de la juventud, el hambre, el encierro como castigo y el encierro como elección, algunos nuevos fenómenos sociales y otros añejos –la intolerancia, la discriminación, los pedidos de garrote y mano dura–, el derecho al agua, el derecho a la tierra, el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, el derecho a integrarse de las personas con capacidades diferentes, el derecho de todos –mujeres, niños, niñas– a no ser abusados ni violentados...
Y en ese caleidoscopio periodístico, algunos hallazgos que merecen ser recordados: las voces de los internos del hospital Mira y López que regentean su panadería y su radio, la voz de un preso que participa de la edición de una revista que trasciende los muros, las nuevas corrientes que piensan la salud mental, el silencioso trabajo y las innovaciones de nuestros científicos... En definitiva: el intento que hacemos número a número por recuperar aquel viejo concepto del interés general, cuyo primer –y quizá más importante rasgo– es que supone lo opuesto del interés particular, mezquino, individualista.
Este panorama sería incompleto si no destacáramos la búsqueda de un modo distinto –ya que decir “original” es harto pretencioso– para el tratamiento de aquellas secciones que en los medios tradicionales son consideradas blandas: el tiempo libre, la cultura, los deportes, las crónicas de viajes. Ahí los textos de Gerardo Moyano. Textos que narran, camuflada entre sus peripecias por el ancho y ajeno mundo, una historia que es siempre la misma: las desigualdades latentes y los pequeños y heroicos esfuerzos en pos de una integración que los teóricos de la aldea global daban por descontada y que, cada día que pasa, se nos presenta como más difícil de alcanzar.
Ahí también los textos de Gastón Chansard en la sección de Deportes, su rescate de esas historias mínimas que pueden ser contadas como una odisea –y viceversa–, la demostración de que hay todavía muchas cosas por las cuales asombrarse más allá del fulgor que desprenden las pantallas de TyC. Y también el espacio que dedicamos a Ocio y Cultura –una de las más importantes del periódico– y la apuesta de contar con redactores especializados en su materia: toda una rara avis en tiempos de flexibilización a la McDonald’s, en tiempos de repetición mecánica y de periodistas que posan –o que trabajan– de todólogos.
Hasta ahí, pura seriedad –lo mismo pensamos mientras armábamos este proyecto–, por eso la sección que para muchos es la estrella del periódico: Cocoliche. Porque no quisimos rehusar del humor en ninguna de sus variantes; todo lo contrario: quisimos hacer una jugada fuerte a favor de un formato y de un lenguaje que en los últimos tiempos viene perdiendo peso específico en los medios más grandes, y también en los chicos. Y por eso la cruza ecléctica, heterodoxa y casi bizarra de estilos que representan las viñetas de los maestros Montt y Boligan y los cuadritos de nuestro vecino paranaense Maxi Sanguinetti, que también es un maestro –él se presenta como docente y no sólo como humorista.
Y un párrafo aparte para la misma sección: los textos de Adrián Brecha y los de su alter ego Alan Valsangiácomo. El juego y el cruce con los lectores que se da en cada edición a través de las Preguntas Pausa. Una demostración cabal, hecha aquí, ahora y en las mismas condiciones de producción que el resto del periódico –esto es: contra reloj y sin echar mano a otros recursos que el talento o la inventiva– de que es posible escribir humor, no sólo actuarlo o dibujarlo.
Si alguien leyera este texto fuera de su contexto podría pensar que Pausa cumple 100 años. Y sin embargo recién llegamos al primero. El camino es largo. Recién lo estamos comenzando a andar; la gente que es optimista pero también sensata estima que cualquier proyecto serio demora cuatro o cinco años en consolidarse y que recién entonces uno puede ocuparse de pensar en trabajar las cuestiones secundarias –un estilo, una estética, una voz particular– que vaya más allá de la cotidiana pelea por la supervivencia o la permanencia.
Nosotros opinamos igual. Apenas pasó un año: nada más. No es plazo para sacar grandes conclusiones, ni siquiera un esbozo de conclusión. Pero no queríamos dejar de compartir con ustedes este balance íntimo e incompleto. Nada es definitivo; nada está terminado al cabo de 365 días. Esto recién empieza. Nos conformamos con el hecho de poder seguir creciendo y cumpliendo un año una vez por año. Como se debe.
Publicado en Pausa #37
Por Ezequiel Nieva
36 ediciones, 560 páginas bien cargadas de información, casi 40 mil ejemplares que circularon en la ciudad a lo largo del último año: algunos de los números que ilustran este primer aniversario de Pausa. El tango dejó establecido para siempre que 20 años no es nada; cabe pensar que un año ha de ser la nada a la vigésima potencia. Nada de nada de nada. Apenas 365 días.
Eso: 365 días. Los que pasaron –ahora un poco más– desde que el 16 de mayo de 2008 pusimos en la calle la primera edición de este periódico. Y, desde entonces, tantas cosas... Una breve, incompleta recapitulación quizá sea necesaria: aunque acabemos cayendo en el poco elegante hábito de hablar de nosotros mismos.
La mera existencia de Pausa es, a menudo, motivo suficiente para que recibamos inflamadas felicitaciones. No hay queja ni ingratitud: las tomamos como un reconocimiento al esfuerzo que hacemos, número a número, por sostener con profesionalismo cada centímetro cuadrado del periódico. Las tomamos como una caricia, no como la supuesta postura de un lector acerca del estado actual de los medios. Los supuestos y el periodismo no se llevan bien; no queremos que se lleven bien. Nos gustan los hechos, los datos. Por eso tampoco nos llama la atención ese hecho –el elogio– si analizamos el contexto: es una celebración de la pluralidad. Y no mucho más.
Desde nuestra aparición y hasta hoy, el inmenso y variopinto universo de los medios habló del campo, de la riqueza, de la inseguridad, de la crisis; nosotros también hablamos de eso, y hablamos de soja, de equidad y de injusticias, de urgentes materias pendientes y de nuevas formas de articular lo público y lo colectivo. Hablamos de construcciones –siempre tan arduas– y tratamos de hablar, de mostrar mejor, las ideas de los que tienen ideas para mostrar.
En las páginas de este periódico reprodujimos algunas de las voces contemporáneas más críticas o más lúcidas, nunca con el objetivo de adoctrinar al lector; simplemente como un modo de reflejar con fidelidad algún aspecto, mínimo, acotado, pero aspecto al fin de la insondable realidad. No somos un medio que habla de “todo lo que pasa”. Y no sólo porque es una pretensión imposible –y más en un humilde cuerpo de 16 páginas, por atiborradas de texto que salgan a menudo– sino porque nunca fue nuestra intención.
Aprendimos en las aulas y en la práctica del oficio que la realidad sólo puede abordarse luego de un recorte previo. Desde esa premisa tratamos de pensar el periódico en general y también las notas. Internet y el formateado de diseño que hoy caracteriza a los medios gráficos nos tientan con la idea de que “todo lo que pasa” puede ser reflejado en un solo lugar; nosotros elegimos desistir de esa utopía y nos contentamos si alguna vez, al menos, rozamos la profundidad, que es uno de los objetivos de largo plazo que nos hemos planteado.
Uno de los objetivos; no el único. (Para ahondar más será pertinente esperar un tiempo; vamos de a uno por año).
Con esa motivación, la de tratar de ser profundos, desandamos el camino que nos llevó a este punto y por eso creemos que no es pura vanidad reflejar nuestro cumpleaños: es también una forma –acaso la menos elegante, sí, pero una forma al fin– de hacer periodismo, una forma de indagar y profundizar acerca de un hecho que es tan real como la crisis, el miedo o la codicia. Nuestro primer añito. El más difícil: algo que puede sonar a lugar común y que no por eso deja de ser una verdad irrefutable.
A lo largo de este año, Pausa se ha dedicado a reflejar –decíamos– algunas de las voces que los medios masivos eligen dejar de lado en su carrera por la primicia. En muchos casos, son voces que cuestionan las supuestas verdades que se nos presentan indiscutibles. Pasaron por estas páginas opiniones que son valiosas sobre todo porque desafinan del concierto monótono que se escucha en los medios: Abraham Gak y Máximo Sozzo, Luciano Alonso, Oscar Vallejos y Alejandro Horowicz, Mary Hechim y nuestro Juan Pascual.
También reflejamos datos que discuten aquellas opiniones disfrazadas de verdades absolutas. Así los informes sobre las alternativas al modelo productivo vigente o aquellos textos pensados desde una mirada ecológica. O las notas de opinión, que acompañamos con datos puros escarbados y exhumados de las profundidades de “la realidad”. La elección de ese estilo –que demarca con claridad cuándo opinamos y cuándo informamos– creemos que es una de las características que más valoran nuestros lectores.
Por eso no rehusamos tratar los temas instalados en la agenda de los medios masivos; pensamos que siempre existe la posibilidad de aportar nuevas miradas sobre los viejos problemas. La inflación, los proyectos de desarrollo urbano y sus contradicciones, la salud, la política, la economía, los cambios y las reacciones, siempre tuvieron lugar en nuestras páginas.
Pero también otros temas, que no suelen ocupar las portadas de los diarios: el exilio moderno, los consumos culturales, los hábitos de la juventud, el hambre, el encierro como castigo y el encierro como elección, algunos nuevos fenómenos sociales y otros añejos –la intolerancia, la discriminación, los pedidos de garrote y mano dura–, el derecho al agua, el derecho a la tierra, el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, el derecho a integrarse de las personas con capacidades diferentes, el derecho de todos –mujeres, niños, niñas– a no ser abusados ni violentados...
Y en ese caleidoscopio periodístico, algunos hallazgos que merecen ser recordados: las voces de los internos del hospital Mira y López que regentean su panadería y su radio, la voz de un preso que participa de la edición de una revista que trasciende los muros, las nuevas corrientes que piensan la salud mental, el silencioso trabajo y las innovaciones de nuestros científicos... En definitiva: el intento que hacemos número a número por recuperar aquel viejo concepto del interés general, cuyo primer –y quizá más importante rasgo– es que supone lo opuesto del interés particular, mezquino, individualista.
Este panorama sería incompleto si no destacáramos la búsqueda de un modo distinto –ya que decir “original” es harto pretencioso– para el tratamiento de aquellas secciones que en los medios tradicionales son consideradas blandas: el tiempo libre, la cultura, los deportes, las crónicas de viajes. Ahí los textos de Gerardo Moyano. Textos que narran, camuflada entre sus peripecias por el ancho y ajeno mundo, una historia que es siempre la misma: las desigualdades latentes y los pequeños y heroicos esfuerzos en pos de una integración que los teóricos de la aldea global daban por descontada y que, cada día que pasa, se nos presenta como más difícil de alcanzar.
Ahí también los textos de Gastón Chansard en la sección de Deportes, su rescate de esas historias mínimas que pueden ser contadas como una odisea –y viceversa–, la demostración de que hay todavía muchas cosas por las cuales asombrarse más allá del fulgor que desprenden las pantallas de TyC. Y también el espacio que dedicamos a Ocio y Cultura –una de las más importantes del periódico– y la apuesta de contar con redactores especializados en su materia: toda una rara avis en tiempos de flexibilización a la McDonald’s, en tiempos de repetición mecánica y de periodistas que posan –o que trabajan– de todólogos.
Hasta ahí, pura seriedad –lo mismo pensamos mientras armábamos este proyecto–, por eso la sección que para muchos es la estrella del periódico: Cocoliche. Porque no quisimos rehusar del humor en ninguna de sus variantes; todo lo contrario: quisimos hacer una jugada fuerte a favor de un formato y de un lenguaje que en los últimos tiempos viene perdiendo peso específico en los medios más grandes, y también en los chicos. Y por eso la cruza ecléctica, heterodoxa y casi bizarra de estilos que representan las viñetas de los maestros Montt y Boligan y los cuadritos de nuestro vecino paranaense Maxi Sanguinetti, que también es un maestro –él se presenta como docente y no sólo como humorista.
Y un párrafo aparte para la misma sección: los textos de Adrián Brecha y los de su alter ego Alan Valsangiácomo. El juego y el cruce con los lectores que se da en cada edición a través de las Preguntas Pausa. Una demostración cabal, hecha aquí, ahora y en las mismas condiciones de producción que el resto del periódico –esto es: contra reloj y sin echar mano a otros recursos que el talento o la inventiva– de que es posible escribir humor, no sólo actuarlo o dibujarlo.
Si alguien leyera este texto fuera de su contexto podría pensar que Pausa cumple 100 años. Y sin embargo recién llegamos al primero. El camino es largo. Recién lo estamos comenzando a andar; la gente que es optimista pero también sensata estima que cualquier proyecto serio demora cuatro o cinco años en consolidarse y que recién entonces uno puede ocuparse de pensar en trabajar las cuestiones secundarias –un estilo, una estética, una voz particular– que vaya más allá de la cotidiana pelea por la supervivencia o la permanencia.
Nosotros opinamos igual. Apenas pasó un año: nada más. No es plazo para sacar grandes conclusiones, ni siquiera un esbozo de conclusión. Pero no queríamos dejar de compartir con ustedes este balance íntimo e incompleto. Nada es definitivo; nada está terminado al cabo de 365 días. Esto recién empieza. Nos conformamos con el hecho de poder seguir creciendo y cumpliendo un año una vez por año. Como se debe.
Publicado en Pausa #37
viernes, 29 de mayo de 2009
“Cuando los candidatos se convierten en políticos electos no toman decisiones para combatir la exclusión social”
Entrevista a Máximo Sozzo, abogado, investigador y docente especializado en Criminología (*)
–¿Considerás que es posible la recuperación y reinserción social de las personas que han cometido delitos graves?
–En líneas generales no creo en la reinserción social a través de la privación de la libertad. El mecanismo de la privación de la libertad en las prisiones ha sido, después de 250 años, un mecanismo completamente negativo para su fin declarado que es lograr que las personas se reinserten en el tejido social y abandonen una vida ligada a la actividad delictiva. Lo que no quiere decir que uno no deba luchar para que las personas no recaigan en la actividad delictiva, a pesar de la prisión. Lo que quiero decir es que la prisión, en lugar de ser un instrumento para la realización de la resocialización o reinserción social, es en realidad un obstáculo. Y es un obstáculo del cuál es muy difícil deshacernos en las sociedades contemporáneas porque hay mucha presión social que demanda que la prisión sea la herramienta fundamental para castigar a las personas por haber cometido delitos y, además, porque está muy instalado en nuestra manera de pensar que la única forma de castigar a alguien es privándolo de la libertad. Creo que es posible trabajar, a pesar de la prisión, desde adentro, para darles oportunidades a las personas que pasan por ella y que por lo general tienen trayectorias vitales que están marcadas por falta de oportunidades y por privaciones materiales y culturales. Cuando uno discute sobre este problema tiene que tener en claro que la población penitenciaria en nuestras prisiones es una población que está integrada, en su gran mayoría, por personas que provienen de los territorios de la exclusión social y que comúnmente cometen determinados tipos de delitos, en los que exclusivamente se concentra el sistema penal, que trabaja selectivamente sobre una franja de delitos que son los que típicamente llevan adelante las personas excluidas socialmente. Porque el sistema penal no trabaja sobre otro conjunto de delitos que suceden en la vida social, que a veces producen más daño incluso que los delitos de los débiles desde el punto de vista económico y social, y que son los delitos de los poderosos. En líneas generales uno tiene que tener claro que cuando pretende plantearse un programa de intervención, en el sentido de tratar de generar las oportunidades para la reinserción social a pesar de la prisión, está trabajando con personas cuyas trayectorias vitales están marcadas por la exclusión, es decir por privaciones materiales y culturales. El trabajo es doble, porque supone ir contra los efectos negativos de la prisión, contra la degradación que el mero encierro produce y contra los efectos negativos de las privaciones y la falta de oportunidades. La dificultad no debería llevarnos a cejar en los esfuerzos para lograr ese objetivo.
–Las alternativas para lograr la reinserción social pasan por lo general por el estudio o aprendizaje de algún oficio. En provincia de Buenos aires, las estadísticas indican que el 56% de los presos estudia. ¿Cómo estamos en Santa Fe?
–Todos los años el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación lleva adelante el Censo Anual Penitenciario, que establece en cada una de las unidades penitenciarias quiénes están llevando adelante actividades educativas a nivel primario, secundario o universitario. En Santa Fe ese porcentaje es menor que el de Buenos Aires. De todas maneras, ese número que parecería ser alto indica que la mitad de la población penitenciaria bonaerense no está ejerciendo su derecho a educarse mientras está privado de la libertad. Otro tema a discutir es la calidad de la educación que se ofrece en las unidades penitenciarias. En ese sentido creo que en la provincia de Santa Fe hay toda una asignatura pendiente porque las escuelas que funcionan dentro de las unidades penitenciarias son escuelas que fueron muy descuidadas desde la transición a la democracia y hasta este momento. Han sido algo así como el último orejón del tarro del sistema educativo, y ese descuido se traduce luego en una calidad educativa que deja mucho que desear. Esto es así en ciertas escuelas que están ubicadas dentro de los penales de la provincia, aunque también hay que decir que hay muchos docentes que se esfuerzan por generar un servicio de calidad.
–¿En qué consiste el Programa de Educación Universitaria en prisiones?
–Lo que busca el Programa es crear un canal para que las personas de estas cárceles que deseen estudiar en la Universidad puedan acceder a ella a través de una vía que es la educación universitaria a distancia modalizada para quienes están en un contexto de encierro. El estudio es como el de cualquier otra persona que está cursando una carrera a distancia en la UNL pero lo hacen acompañadas por un grupo de coordinadores y tutores que trabajan presencialmente con ellos toda la semana y que de alguna manera funcionan como un remedio frente a las dificultades que trae aparejado estudiar en estas condiciones. Además, buscamos un acercamiento con directores y docentes de las distintas carreras que los internos eligen, que también es algo interesante porque les permite a los estudiantes a distancia, tomar contacto con docentes universitarios de manera directa y no solamente virtual. Por otra parte, este espacio de la universidad dentro de las prisiones, lo hemos visto a lo largo de este tiempo, sirvió no sólo como un espacio para que la gente ejerza su derecho a educarse sino también, en el caso de algunos, como una herramienta para luchar contra la degradación de la cárcel.
–¿Qué pensás del pedido de pena de muerte? ¿Hay un descreimiento de la gente acerca de la rehabilitación?
–Está claro que quienes exigen la pena de muerte no pueden pensar en términos de rehabilitación. Pero no nos olvidemos que lo que se publica en los medios no es la opinión pública sino lo que quienes gobiernan los medios deciden publicar. Por qué digo esto, porque las pocas investigaciones serias que hay sobre opinión pública en relación a temas de delito y castigo en la Argentina, nos muestran en realidad un panorama bastante distinto al que presentan los medios de comunicación. La UNL junto con la Municipalidad hizo el año pasado una gran encuesta a 2800 hogares de toda la ciudad acerca de estos problemas. Entre otras preguntas, una fue sobre cuáles eran los mejores remedios para combatir el crimen. La pena de muerte recibió el 5% de adhesión, mientras que posibles soluciones tales como disminuir la desocupación o la circulación de las drogas ilegales o generar una mayor y mejor educación recibieron niveles de adhesión del 30%. Entonces, que la gente reclame pena de muerte es una invención, una construcción discursiva de los medios de comunicación. O al menos este estudio pone un interrogante sobre cuán difundida está la adhesión a la pena de muerte. De todas maneras la oposición a esa adhesión a la pena máxima debería combinar esta discusión a una más profunda acerca de cómo en la cuestión del delito en las sociedades contemporáneas nos focalizamos exclusivamente en los delitos de los sujetos débiles y no hablamos de los delitos de los poderosos: por ejemplo nadie pide la pena de muerte para los responsables del affaire IBM-Banco Nación.
–Y ese silencio en torno al delito del sujeto que no es débil...
–Esa es una discusión fundamental, porque nos permitiría entender que hoy el delito de los débiles ya no está desvinculado del delito de los poderosos, que hay muchos mercados ilegales que sólo pueden existir porque hay poderosos que cometen delitos. Por ejemplo, el pequeño traficante de drogas ilegales que vende en un barrio al menudeo marihuana o cocaína sólo puede existir porque hay alguien que trafica grandes volúmenes de esas sustancias y los distribuye. Y ese alguien no vive en la villa miseria donde vive el pequeño distribuidor, sino que vive por lo general en los sectores de mayores ingresos urbanos de este país. Entonces hasta que no pongamos en debate esto estaremos mirando siempre sólo una parte del asunto. Otra discusión que debe plantearse con respecto al delito de los débiles es que si todos estamos de acuerdo con el diagnóstico de que la exclusión social es el proceso que genera la mayor parte de estos delitos y queremos atacarlos, la lógica conclusión es que tendríamos que combatir la exclusión social. Sin embargo cuando los candidatos se convierten en políticos electos no toman decisiones para combatirla, sino que sostienen la estructura punitiva como la única manera de pensar una política pública con respecto al delito.
(*) Máximo Sozzo trabaja desde 2004 en el penal de Coronda y en las cárceles de Las Flores y de mujeres de nuestra ciudad, como responsable del Programa de Educación Universitaria en Prisiones que lleva adelante la Universidad Nacional del Litoral.
–¿Considerás que es posible la recuperación y reinserción social de las personas que han cometido delitos graves?
–En líneas generales no creo en la reinserción social a través de la privación de la libertad. El mecanismo de la privación de la libertad en las prisiones ha sido, después de 250 años, un mecanismo completamente negativo para su fin declarado que es lograr que las personas se reinserten en el tejido social y abandonen una vida ligada a la actividad delictiva. Lo que no quiere decir que uno no deba luchar para que las personas no recaigan en la actividad delictiva, a pesar de la prisión. Lo que quiero decir es que la prisión, en lugar de ser un instrumento para la realización de la resocialización o reinserción social, es en realidad un obstáculo. Y es un obstáculo del cuál es muy difícil deshacernos en las sociedades contemporáneas porque hay mucha presión social que demanda que la prisión sea la herramienta fundamental para castigar a las personas por haber cometido delitos y, además, porque está muy instalado en nuestra manera de pensar que la única forma de castigar a alguien es privándolo de la libertad. Creo que es posible trabajar, a pesar de la prisión, desde adentro, para darles oportunidades a las personas que pasan por ella y que por lo general tienen trayectorias vitales que están marcadas por falta de oportunidades y por privaciones materiales y culturales. Cuando uno discute sobre este problema tiene que tener en claro que la población penitenciaria en nuestras prisiones es una población que está integrada, en su gran mayoría, por personas que provienen de los territorios de la exclusión social y que comúnmente cometen determinados tipos de delitos, en los que exclusivamente se concentra el sistema penal, que trabaja selectivamente sobre una franja de delitos que son los que típicamente llevan adelante las personas excluidas socialmente. Porque el sistema penal no trabaja sobre otro conjunto de delitos que suceden en la vida social, que a veces producen más daño incluso que los delitos de los débiles desde el punto de vista económico y social, y que son los delitos de los poderosos. En líneas generales uno tiene que tener claro que cuando pretende plantearse un programa de intervención, en el sentido de tratar de generar las oportunidades para la reinserción social a pesar de la prisión, está trabajando con personas cuyas trayectorias vitales están marcadas por la exclusión, es decir por privaciones materiales y culturales. El trabajo es doble, porque supone ir contra los efectos negativos de la prisión, contra la degradación que el mero encierro produce y contra los efectos negativos de las privaciones y la falta de oportunidades. La dificultad no debería llevarnos a cejar en los esfuerzos para lograr ese objetivo.
–Las alternativas para lograr la reinserción social pasan por lo general por el estudio o aprendizaje de algún oficio. En provincia de Buenos aires, las estadísticas indican que el 56% de los presos estudia. ¿Cómo estamos en Santa Fe?
–Todos los años el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación lleva adelante el Censo Anual Penitenciario, que establece en cada una de las unidades penitenciarias quiénes están llevando adelante actividades educativas a nivel primario, secundario o universitario. En Santa Fe ese porcentaje es menor que el de Buenos Aires. De todas maneras, ese número que parecería ser alto indica que la mitad de la población penitenciaria bonaerense no está ejerciendo su derecho a educarse mientras está privado de la libertad. Otro tema a discutir es la calidad de la educación que se ofrece en las unidades penitenciarias. En ese sentido creo que en la provincia de Santa Fe hay toda una asignatura pendiente porque las escuelas que funcionan dentro de las unidades penitenciarias son escuelas que fueron muy descuidadas desde la transición a la democracia y hasta este momento. Han sido algo así como el último orejón del tarro del sistema educativo, y ese descuido se traduce luego en una calidad educativa que deja mucho que desear. Esto es así en ciertas escuelas que están ubicadas dentro de los penales de la provincia, aunque también hay que decir que hay muchos docentes que se esfuerzan por generar un servicio de calidad.
–¿En qué consiste el Programa de Educación Universitaria en prisiones?
–Lo que busca el Programa es crear un canal para que las personas de estas cárceles que deseen estudiar en la Universidad puedan acceder a ella a través de una vía que es la educación universitaria a distancia modalizada para quienes están en un contexto de encierro. El estudio es como el de cualquier otra persona que está cursando una carrera a distancia en la UNL pero lo hacen acompañadas por un grupo de coordinadores y tutores que trabajan presencialmente con ellos toda la semana y que de alguna manera funcionan como un remedio frente a las dificultades que trae aparejado estudiar en estas condiciones. Además, buscamos un acercamiento con directores y docentes de las distintas carreras que los internos eligen, que también es algo interesante porque les permite a los estudiantes a distancia, tomar contacto con docentes universitarios de manera directa y no solamente virtual. Por otra parte, este espacio de la universidad dentro de las prisiones, lo hemos visto a lo largo de este tiempo, sirvió no sólo como un espacio para que la gente ejerza su derecho a educarse sino también, en el caso de algunos, como una herramienta para luchar contra la degradación de la cárcel.
–¿Qué pensás del pedido de pena de muerte? ¿Hay un descreimiento de la gente acerca de la rehabilitación?
–Está claro que quienes exigen la pena de muerte no pueden pensar en términos de rehabilitación. Pero no nos olvidemos que lo que se publica en los medios no es la opinión pública sino lo que quienes gobiernan los medios deciden publicar. Por qué digo esto, porque las pocas investigaciones serias que hay sobre opinión pública en relación a temas de delito y castigo en la Argentina, nos muestran en realidad un panorama bastante distinto al que presentan los medios de comunicación. La UNL junto con la Municipalidad hizo el año pasado una gran encuesta a 2800 hogares de toda la ciudad acerca de estos problemas. Entre otras preguntas, una fue sobre cuáles eran los mejores remedios para combatir el crimen. La pena de muerte recibió el 5% de adhesión, mientras que posibles soluciones tales como disminuir la desocupación o la circulación de las drogas ilegales o generar una mayor y mejor educación recibieron niveles de adhesión del 30%. Entonces, que la gente reclame pena de muerte es una invención, una construcción discursiva de los medios de comunicación. O al menos este estudio pone un interrogante sobre cuán difundida está la adhesión a la pena de muerte. De todas maneras la oposición a esa adhesión a la pena máxima debería combinar esta discusión a una más profunda acerca de cómo en la cuestión del delito en las sociedades contemporáneas nos focalizamos exclusivamente en los delitos de los sujetos débiles y no hablamos de los delitos de los poderosos: por ejemplo nadie pide la pena de muerte para los responsables del affaire IBM-Banco Nación.
–Y ese silencio en torno al delito del sujeto que no es débil...
–Esa es una discusión fundamental, porque nos permitiría entender que hoy el delito de los débiles ya no está desvinculado del delito de los poderosos, que hay muchos mercados ilegales que sólo pueden existir porque hay poderosos que cometen delitos. Por ejemplo, el pequeño traficante de drogas ilegales que vende en un barrio al menudeo marihuana o cocaína sólo puede existir porque hay alguien que trafica grandes volúmenes de esas sustancias y los distribuye. Y ese alguien no vive en la villa miseria donde vive el pequeño distribuidor, sino que vive por lo general en los sectores de mayores ingresos urbanos de este país. Entonces hasta que no pongamos en debate esto estaremos mirando siempre sólo una parte del asunto. Otra discusión que debe plantearse con respecto al delito de los débiles es que si todos estamos de acuerdo con el diagnóstico de que la exclusión social es el proceso que genera la mayor parte de estos delitos y queremos atacarlos, la lógica conclusión es que tendríamos que combatir la exclusión social. Sin embargo cuando los candidatos se convierten en políticos electos no toman decisiones para combatirla, sino que sostienen la estructura punitiva como la única manera de pensar una política pública con respecto al delito.
(*) Máximo Sozzo trabaja desde 2004 en el penal de Coronda y en las cárceles de Las Flores y de mujeres de nuestra ciudad, como responsable del Programa de Educación Universitaria en Prisiones que lleva adelante la Universidad Nacional del Litoral.
viernes, 24 de abril de 2009
Otro paradigma
Por Juan Pascual
Con una dedicación “a los socialistas de todos los partidos” comienza Camino de servidumbre, libro del premio Nobel en economía Friedich August von Hayek. Dirigido a un público amplio, el texto tiene como blanco a la planificación económica estatal de la Unión Soviética (y su parentesco directo, según el autor austríaco, con la política nazifascista). Fue escrito entre 1940 y 1943: von Hayek también estaba maquinando para Alemania el después de la segunda guerra, una salida capitalista contrapuesta, a su vez, respecto de los triunfantes y extendidos preceptos de John Maynard Keynes, un rival con el cual ya había sostenido varios debates. Allí, en esa sola escena, están presentes tres de las formas que dominaron el modelo de relación entre Estado y producción desde la primera guerra mundial hasta la década del '90. La cuarta, la de von Hayek, tendría que recorrer un camino más largo.
Para reconstruir ese sendero, basta con indicar ciertas políticas de difusión de Camino de servidumbre. Ya en 1945 Reader's Digest, un formateador mental para el middle american, hijo de las guerras, el puritano anticomunismo y el consumismo del Welfare, resumió el libro y lo hizo llegar a 600.000 lectores. General Motors convirtió la obra en un folleto de circulación masiva. Reagan, por su parte, aplicaría el término “Welfare queen”, reina del Estado de Bienestar, en un discurso de 1976, en la campaña de las primarias para la presidencia: aludía a una mujer que tiene “doce tarjetas de seguro social y recibe pensiones de viudez por cuatro inexistentes maridos veteranos de guerra”. La violenta exageración recuperaba el goteo persistente que se derramaba desde principios de la década del '60 en la cultura norteamericana. Aquí también Reader's Digest es ejemplar, con sus repetidas notas sobre el funcionamiento de la keynesiana ayuda estatal y las conductas femeninas de desbocada reproducción extramarital, en pos de cobrar mayores estipendios a ser derrochados en drogas. (Nada de qué espantarse: el pasado 5 de abril Clarín publicó una obscena pieza titulada “La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”; hace pocos días se pudo leer un cartel con la frase “Control de natalidad” en una de las movilizaciones por el asesinato de Daniel Capristo ).
Esos excesos son constitutivos del discursete sobre los “parásitos del Estado”, contrapartes fieles de los “inútiles burócratas”. La organizada y sistémica debacle del Welfare (transformación del capital vía explosión del desarrollo y reconversión tecnológica de la gestión laboral y los procesos de producción, obesidad financiera y desguace del Estado mediante) allanó el pasaje hacia la instauración del sueño de von Hayek, cristalizado en un término hoy más que conocido: neoliberalismo.
Algunos de los subtítulos de Camino… rezan Por qué los peores se colocan a la cabeza o La ilusión del “control” democrático o El valor último es la libertad, y no la democracia. El proyecto de un Estado impotente, reducido a la observación del capital en posición de mando económico (eso que se suele llamar “seguridad jurídica” para la vida de un “libre mercado” que se extiende hasta sobre el comando concreto de las fuerzas represivas) mostró sus límites durante 2008, con las sucesivas quiebras y estatizaciones de las megaentidades financieras globalizadas. Hoy, estamos ante la persistente existencia residual de los paradigmas del siglo XX y frente a la completa y absoluta ausencia un nuevo texto que pueda disolver y redefinir las categorías que estructuraron las relaciones entre Estado y producción. Un texto que recupere la potencia creativa tecnológica de la libre cooperación democrática con una forma pública del mando económico. Una invención que supere y subsuma acciones que todavía son gestos –a veces no menores– como la estatización de correos, aerolíneas y las AFJP, la presencia de Aldo Ferrer en Siderar, el proyecto “Tren para Todos”, la soberanía energética venezolana, la fabricación de fertilizantes por el Estado brasileño o la práctica nacionalización norteamericana de la paleopetrolífera GM. No otra cosa está en la discusión del futuro, ni frente a otra cosa se suelta el feroz bramido de los conservadores.
Publicado en Pausa #35, viernes 24 de abril de 2009
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Con una dedicación “a los socialistas de todos los partidos” comienza Camino de servidumbre, libro del premio Nobel en economía Friedich August von Hayek. Dirigido a un público amplio, el texto tiene como blanco a la planificación económica estatal de la Unión Soviética (y su parentesco directo, según el autor austríaco, con la política nazifascista). Fue escrito entre 1940 y 1943: von Hayek también estaba maquinando para Alemania el después de la segunda guerra, una salida capitalista contrapuesta, a su vez, respecto de los triunfantes y extendidos preceptos de John Maynard Keynes, un rival con el cual ya había sostenido varios debates. Allí, en esa sola escena, están presentes tres de las formas que dominaron el modelo de relación entre Estado y producción desde la primera guerra mundial hasta la década del '90. La cuarta, la de von Hayek, tendría que recorrer un camino más largo.
Para reconstruir ese sendero, basta con indicar ciertas políticas de difusión de Camino de servidumbre. Ya en 1945 Reader's Digest, un formateador mental para el middle american, hijo de las guerras, el puritano anticomunismo y el consumismo del Welfare, resumió el libro y lo hizo llegar a 600.000 lectores. General Motors convirtió la obra en un folleto de circulación masiva. Reagan, por su parte, aplicaría el término “Welfare queen”, reina del Estado de Bienestar, en un discurso de 1976, en la campaña de las primarias para la presidencia: aludía a una mujer que tiene “doce tarjetas de seguro social y recibe pensiones de viudez por cuatro inexistentes maridos veteranos de guerra”. La violenta exageración recuperaba el goteo persistente que se derramaba desde principios de la década del '60 en la cultura norteamericana. Aquí también Reader's Digest es ejemplar, con sus repetidas notas sobre el funcionamiento de la keynesiana ayuda estatal y las conductas femeninas de desbocada reproducción extramarital, en pos de cobrar mayores estipendios a ser derrochados en drogas. (Nada de qué espantarse: el pasado 5 de abril Clarín publicó una obscena pieza titulada “La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”; hace pocos días se pudo leer un cartel con la frase “Control de natalidad” en una de las movilizaciones por el asesinato de Daniel Capristo ).
Esos excesos son constitutivos del discursete sobre los “parásitos del Estado”, contrapartes fieles de los “inútiles burócratas”. La organizada y sistémica debacle del Welfare (transformación del capital vía explosión del desarrollo y reconversión tecnológica de la gestión laboral y los procesos de producción, obesidad financiera y desguace del Estado mediante) allanó el pasaje hacia la instauración del sueño de von Hayek, cristalizado en un término hoy más que conocido: neoliberalismo.
Algunos de los subtítulos de Camino… rezan Por qué los peores se colocan a la cabeza o La ilusión del “control” democrático o El valor último es la libertad, y no la democracia. El proyecto de un Estado impotente, reducido a la observación del capital en posición de mando económico (eso que se suele llamar “seguridad jurídica” para la vida de un “libre mercado” que se extiende hasta sobre el comando concreto de las fuerzas represivas) mostró sus límites durante 2008, con las sucesivas quiebras y estatizaciones de las megaentidades financieras globalizadas. Hoy, estamos ante la persistente existencia residual de los paradigmas del siglo XX y frente a la completa y absoluta ausencia un nuevo texto que pueda disolver y redefinir las categorías que estructuraron las relaciones entre Estado y producción. Un texto que recupere la potencia creativa tecnológica de la libre cooperación democrática con una forma pública del mando económico. Una invención que supere y subsuma acciones que todavía son gestos –a veces no menores– como la estatización de correos, aerolíneas y las AFJP, la presencia de Aldo Ferrer en Siderar, el proyecto “Tren para Todos”, la soberanía energética venezolana, la fabricación de fertilizantes por el Estado brasileño o la práctica nacionalización norteamericana de la paleopetrolífera GM. No otra cosa está en la discusión del futuro, ni frente a otra cosa se suelta el feroz bramido de los conservadores.
Publicado en Pausa #35, viernes 24 de abril de 2009
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viernes, 27 de marzo de 2009
Reconocimiento y paradoja
El reclamo sojero toma formas cada vez más explícitas frente a la débil potencia de un Estado demolido.
Por Juan Pascual
Pasaron nada más que dos años. El 9 de marzo de 2007, tras una serie de negociaciones realizadas por el ministro de Planificación, Julio De Vido, se firmaron en Olivos varios convenios comerciales con Venezuela. Uno de los principales acuerdos, largamente trabajado, implicó el compromiso de aumentar la producción (y la superficie cultivada) de soja en el país presidido por Hugo Chávez, además de realizar transferencias tecnológicas por aproximadamente 400 millones de dólares. El operador económico crucial, Gustavo Grobocopatel, fue parte de las comitivas de sucesivos viajes oficiales previos a las firmas. Los Grobo, su empresa agrofinanciera especializada en soja, siembra en casi todo el Mercosur. Pocos meses después, en octubre de 2007, Cristina Fernández triunfaría en las elecciones presidenciales. Uno de sus apoyos electorales de mayor contundencia tuvo como sede los departamentos de Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe más directamente vinculados al agro, antes que las ciudades más pobladas (el dato está disponible en el Blog de Andy Tow, cuyo link está también en el Blogroll). Ambos extremos imaginarios ya caminaban en alegre yunta de intereses, previamente al inicio de los piquetes de 2008.
Un Estado reducido a su función de ordenador del control y la asistencia, constreñido a la sola regulación económica y a la (siempre tardía) acción social, es uno de los resultados de la transformación neoliberal cuajada en los 90. Las privatizaciones constituyeron el medio para terminar de demoler la capacidad de mando del Estado sobre la actividad económica. Los estrechos límites intrínsecos de los entes de control –claudicantes ante las empresas prestadoras, torpes y lentos frente a la flexibilidad de la producción privada– son paralelos al alejamiento estructural de lo público respecto de la actividad productiva. Es que no hay mejor modo de regular una actividad que haciéndola; esa es la diferencia, hasta en la idoneidad técnica, entre Ferrocarriles Argentinos y el Onabe, por ejemplo.
Así, el ejercicio del gobierno dentro de esa forma de Estado consiste en producir el mejor tipo de entorno para el desarrollo de las fuerzas del mercado. En un marco de descomposición productiva, el tipo de cambio 3 a 1, de alta competitividad exterior, fue el eje con el que Duhalde creó ese ambiente necesario para la gobernabilidad política y económica dentro de esa forma de Estado. También estuvo allí la explícita transferencia de recursos que fue la pesificación asimétrica. Y, específicamente en lo que refiere a lo rural, se otorgaron las extendidas y muy amables refinanciaciones de las deudas con el Banco Nación, que no poco implicaron: casi 60 mil productores pudieron regularizar un rojo total de más de 3.000 millones de pesos.
El aumento de la renta agropecuaria en manos de los productores rurales tuvo claros efectos reactivadores –generales– en el territorio donde el tejido de las industrias ralea. No se trata de observar que en las cuentas nacionales sean las manufacturas de origen industrial las que proveen los mejores números; ésta es una indicación del orden de la geografía económica, política y electoral. El interior al que remiten permanentemente los ruralistas es ese lugar donde existen o la industria y los servicios que dependen de la tierra –Armstrong y Las Parejas son los dos nombres hoy en boga– o la industria que es muy poca y tecnológicamente corta –casi cualquier capital provincial–, mucho empleo público, una actividad comercial endogámica y una feroz dependencia de la liquidez de los chacareros. Con creciente tono amenazador, esa dependencia fue varias veces explicada, muchas con sincera posición didáctica y prolongadas enumeraciones, por Alfredo De Ángeli. Para este interior, cuya historia refleja ese cuadro, cada sequía grande, con sus políticas paliativas, es un hecho importante. Lo mismo sucede con la postergación –consciente y dañina– de la venta del grano ensilado.
Los más claros ejemplos de esa reactivación fueron la inversión en maquinaria agrícola y, sobre todo, en renta inmobiliaria. Simbólica y socialmente, además, el sector rural se constituyó como el –públicamente asumido desde el último acto en Leones– consumidor top de fierros: donde estuvo la rústica F-100 hoy está esa cápsula llamada Toyota Hilux. Reconversión tecnológica hacia los organismos genéticamente modificados –crecimiento del porcentaje relativo de territorio sembrado de soja, aumento de la escala productiva y concentración de la propiedad, multiplicación del precio por hectárea, reproducción ampliada del arrendatario (es decir: desplazamiento de otros productos y productores por la menor competitividad) y ajuste al mando de Monsanto–, transformación vertical del paisaje urbano –y extensión de la organización rentística de la producción– y explosión de una nueva tipología de look corporal son los términos paralelos.
En 2008, la efectividad del modelo iniciado en 2002 (y de sus alianzas) mostró su límite inherente con el brutal aumento especulativo de los precios agropecuarios (los cuales, no obstante, poseen una perspectiva a largo plazo de demanda (muy) sostenida, al menos hasta lo que el planeta aguante). No fue la posibilidad de terminar con ese proceso ascendente lo que determinó la primera batalla rural: fue la apropiación de la renta extraordinaria. Por eso el único punto de importancia demostró ser, al comienzo, durante y actualmente, pura y esencialmente la soja. Y del proceso y resultado de esa batalla surgió la discusión por la potencia de mando. Fue entonces cuando se mostraron, en su raquítica desnudez, los límites de la forma de Estado actual: sólo puede quedar en el plano de la regulación, mientras que la dirigencia rural (fue reconociendo que) posee una posición privilegiada para perpetuar y endurecer las protestas y, al mismo tiempo, los logros de sus negociaciones. La disputa por esa posición no es (únicamente) simbólica o ideológica. No se trata (sólo) de una cuestión de discurso. Se trata de una cuestión del orden del gobierno del Estado: de posicionarse dentro de los límites de la regulación y la asistencia o bien de abrirse a un Estado con funciones productivas dentro del mercado, como en el caso de la política previsional.
Desde este punto se comprende que una astucia del orden de la política institucional federal, la coparticipación de parte de las retenciones a la soja –más allá de que fuera un pedido repetido durante los más de 100 días de piquete– como modo de derramar su necesidad y utilidad en los complicados ejecutivos más pequeños, esté trocando fácilmente en una nueva justificación para pedir la suba del precio de la oleaginosa: “Nosotros las coparticiparíamos mejor”. Anteriormente, las 17 modificaciones al texto original de la Resolución 125, la legislación de arrendamientos, la suspensión de las retenciones móviles, la emergencia agropecuaria o el muy vasto pack de medidas surgidas de los encuentros recientes constituyeron una serie de caricias. En el medio, los ataques institucionales que supusieron la estatización de las cartas de porte, los encuentros entre Guillermo Moreno y grupos de chacareros, la publicación de las negociaciones secretas con la Sociedad Rural o las torpes dilaciones respecto de las promesas para con los tamberos. Ninguna de estas tres variantes permite correr al gobierno de su posición expectante, combatiendo en la palabra –desde el comienzo monopolizada por unas pocas y completamente interesadas cadenas de información– con un sector con el que finalmente no puede no sentarse a negociar. En ello no sólo le va su política de subsidio al mercado interno (vía desacople de precios internos y externos): se decide la gobernabilidad territorial y la recaudación fiscal. Y de allí que nada garantice, entre los vaivenes de una mayor o menor legitimación mediática o “social”, que los reclamos ruralistas no prosigan. En 2008 demostraron que, en tanto son los productores concretos, las fuerzas del mercado, pueden decidir cuándo el conflicto termina o empieza. En 2009 exhiben con sencillez qué es lo que es “el campo” dentro de la producción rural: el desarrollo descontrolado de la soja avanzando sobre cualquier otro tipo de actividad rural, fuera del imposible escenario de un subsidio que iguale la rentabilidad. Incluso, las patronales sumaron un pedido de mayor flexibilidad en las condiciones de empleo rural; reclamo macabro frente a todos los datos de pauperización laboral y sanitaria de los peones.
Las decisiones necesarias para disolver la paradojal posición del gobierno (volviendo fructífero al conflicto por medio de la transformación de su eje), su paso a una intervención productiva superadora del control regulador asistencial –sea por la fabricación de insumos, como se anunció en Brasil, por la ejecución directa de actividad agrícola para la seguridad alimentaria o por la participación como agente de peso en el comercio exterior– implicaría un nuevo cambio de fundamentos en las relaciones del Estado y el mercado. Mientras tanto, los ruralistas han reconocido que ya son capaces de modificar en su favor las relaciones que permitieron y ampararon su transfigurado renacimiento (en otro cuerpo, de muy otra forma respecto de aquellos que fueron los quebrantados de los 90). Es más: día a día la expresión de su posición es más desembozada, lo cual no deja de producir cierto rechazo y renuencia inéditos. La discusión presente no consiste (solamente) en la rentabilidad de un sector; consiste, cada vez con mayor claridad, en cómo su fuerza (por las vías que considere necesarias) avanza hacia una reestructuración legal que se ajuste ceñidamente a su posición social y económica de hecho: el patronazgo del pueblito.
Publicado en Pausa #33, 27 de marzo de 2009
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Por Juan Pascual
Pasaron nada más que dos años. El 9 de marzo de 2007, tras una serie de negociaciones realizadas por el ministro de Planificación, Julio De Vido, se firmaron en Olivos varios convenios comerciales con Venezuela. Uno de los principales acuerdos, largamente trabajado, implicó el compromiso de aumentar la producción (y la superficie cultivada) de soja en el país presidido por Hugo Chávez, además de realizar transferencias tecnológicas por aproximadamente 400 millones de dólares. El operador económico crucial, Gustavo Grobocopatel, fue parte de las comitivas de sucesivos viajes oficiales previos a las firmas. Los Grobo, su empresa agrofinanciera especializada en soja, siembra en casi todo el Mercosur. Pocos meses después, en octubre de 2007, Cristina Fernández triunfaría en las elecciones presidenciales. Uno de sus apoyos electorales de mayor contundencia tuvo como sede los departamentos de Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe más directamente vinculados al agro, antes que las ciudades más pobladas (el dato está disponible en el Blog de Andy Tow, cuyo link está también en el Blogroll). Ambos extremos imaginarios ya caminaban en alegre yunta de intereses, previamente al inicio de los piquetes de 2008.
Un Estado reducido a su función de ordenador del control y la asistencia, constreñido a la sola regulación económica y a la (siempre tardía) acción social, es uno de los resultados de la transformación neoliberal cuajada en los 90. Las privatizaciones constituyeron el medio para terminar de demoler la capacidad de mando del Estado sobre la actividad económica. Los estrechos límites intrínsecos de los entes de control –claudicantes ante las empresas prestadoras, torpes y lentos frente a la flexibilidad de la producción privada– son paralelos al alejamiento estructural de lo público respecto de la actividad productiva. Es que no hay mejor modo de regular una actividad que haciéndola; esa es la diferencia, hasta en la idoneidad técnica, entre Ferrocarriles Argentinos y el Onabe, por ejemplo.
Así, el ejercicio del gobierno dentro de esa forma de Estado consiste en producir el mejor tipo de entorno para el desarrollo de las fuerzas del mercado. En un marco de descomposición productiva, el tipo de cambio 3 a 1, de alta competitividad exterior, fue el eje con el que Duhalde creó ese ambiente necesario para la gobernabilidad política y económica dentro de esa forma de Estado. También estuvo allí la explícita transferencia de recursos que fue la pesificación asimétrica. Y, específicamente en lo que refiere a lo rural, se otorgaron las extendidas y muy amables refinanciaciones de las deudas con el Banco Nación, que no poco implicaron: casi 60 mil productores pudieron regularizar un rojo total de más de 3.000 millones de pesos.
El aumento de la renta agropecuaria en manos de los productores rurales tuvo claros efectos reactivadores –generales– en el territorio donde el tejido de las industrias ralea. No se trata de observar que en las cuentas nacionales sean las manufacturas de origen industrial las que proveen los mejores números; ésta es una indicación del orden de la geografía económica, política y electoral. El interior al que remiten permanentemente los ruralistas es ese lugar donde existen o la industria y los servicios que dependen de la tierra –Armstrong y Las Parejas son los dos nombres hoy en boga– o la industria que es muy poca y tecnológicamente corta –casi cualquier capital provincial–, mucho empleo público, una actividad comercial endogámica y una feroz dependencia de la liquidez de los chacareros. Con creciente tono amenazador, esa dependencia fue varias veces explicada, muchas con sincera posición didáctica y prolongadas enumeraciones, por Alfredo De Ángeli. Para este interior, cuya historia refleja ese cuadro, cada sequía grande, con sus políticas paliativas, es un hecho importante. Lo mismo sucede con la postergación –consciente y dañina– de la venta del grano ensilado.
Los más claros ejemplos de esa reactivación fueron la inversión en maquinaria agrícola y, sobre todo, en renta inmobiliaria. Simbólica y socialmente, además, el sector rural se constituyó como el –públicamente asumido desde el último acto en Leones– consumidor top de fierros: donde estuvo la rústica F-100 hoy está esa cápsula llamada Toyota Hilux. Reconversión tecnológica hacia los organismos genéticamente modificados –crecimiento del porcentaje relativo de territorio sembrado de soja, aumento de la escala productiva y concentración de la propiedad, multiplicación del precio por hectárea, reproducción ampliada del arrendatario (es decir: desplazamiento de otros productos y productores por la menor competitividad) y ajuste al mando de Monsanto–, transformación vertical del paisaje urbano –y extensión de la organización rentística de la producción– y explosión de una nueva tipología de look corporal son los términos paralelos.
En 2008, la efectividad del modelo iniciado en 2002 (y de sus alianzas) mostró su límite inherente con el brutal aumento especulativo de los precios agropecuarios (los cuales, no obstante, poseen una perspectiva a largo plazo de demanda (muy) sostenida, al menos hasta lo que el planeta aguante). No fue la posibilidad de terminar con ese proceso ascendente lo que determinó la primera batalla rural: fue la apropiación de la renta extraordinaria. Por eso el único punto de importancia demostró ser, al comienzo, durante y actualmente, pura y esencialmente la soja. Y del proceso y resultado de esa batalla surgió la discusión por la potencia de mando. Fue entonces cuando se mostraron, en su raquítica desnudez, los límites de la forma de Estado actual: sólo puede quedar en el plano de la regulación, mientras que la dirigencia rural (fue reconociendo que) posee una posición privilegiada para perpetuar y endurecer las protestas y, al mismo tiempo, los logros de sus negociaciones. La disputa por esa posición no es (únicamente) simbólica o ideológica. No se trata (sólo) de una cuestión de discurso. Se trata de una cuestión del orden del gobierno del Estado: de posicionarse dentro de los límites de la regulación y la asistencia o bien de abrirse a un Estado con funciones productivas dentro del mercado, como en el caso de la política previsional.
Desde este punto se comprende que una astucia del orden de la política institucional federal, la coparticipación de parte de las retenciones a la soja –más allá de que fuera un pedido repetido durante los más de 100 días de piquete– como modo de derramar su necesidad y utilidad en los complicados ejecutivos más pequeños, esté trocando fácilmente en una nueva justificación para pedir la suba del precio de la oleaginosa: “Nosotros las coparticiparíamos mejor”. Anteriormente, las 17 modificaciones al texto original de la Resolución 125, la legislación de arrendamientos, la suspensión de las retenciones móviles, la emergencia agropecuaria o el muy vasto pack de medidas surgidas de los encuentros recientes constituyeron una serie de caricias. En el medio, los ataques institucionales que supusieron la estatización de las cartas de porte, los encuentros entre Guillermo Moreno y grupos de chacareros, la publicación de las negociaciones secretas con la Sociedad Rural o las torpes dilaciones respecto de las promesas para con los tamberos. Ninguna de estas tres variantes permite correr al gobierno de su posición expectante, combatiendo en la palabra –desde el comienzo monopolizada por unas pocas y completamente interesadas cadenas de información– con un sector con el que finalmente no puede no sentarse a negociar. En ello no sólo le va su política de subsidio al mercado interno (vía desacople de precios internos y externos): se decide la gobernabilidad territorial y la recaudación fiscal. Y de allí que nada garantice, entre los vaivenes de una mayor o menor legitimación mediática o “social”, que los reclamos ruralistas no prosigan. En 2008 demostraron que, en tanto son los productores concretos, las fuerzas del mercado, pueden decidir cuándo el conflicto termina o empieza. En 2009 exhiben con sencillez qué es lo que es “el campo” dentro de la producción rural: el desarrollo descontrolado de la soja avanzando sobre cualquier otro tipo de actividad rural, fuera del imposible escenario de un subsidio que iguale la rentabilidad. Incluso, las patronales sumaron un pedido de mayor flexibilidad en las condiciones de empleo rural; reclamo macabro frente a todos los datos de pauperización laboral y sanitaria de los peones.
Las decisiones necesarias para disolver la paradojal posición del gobierno (volviendo fructífero al conflicto por medio de la transformación de su eje), su paso a una intervención productiva superadora del control regulador asistencial –sea por la fabricación de insumos, como se anunció en Brasil, por la ejecución directa de actividad agrícola para la seguridad alimentaria o por la participación como agente de peso en el comercio exterior– implicaría un nuevo cambio de fundamentos en las relaciones del Estado y el mercado. Mientras tanto, los ruralistas han reconocido que ya son capaces de modificar en su favor las relaciones que permitieron y ampararon su transfigurado renacimiento (en otro cuerpo, de muy otra forma respecto de aquellos que fueron los quebrantados de los 90). Es más: día a día la expresión de su posición es más desembozada, lo cual no deja de producir cierto rechazo y renuencia inéditos. La discusión presente no consiste (solamente) en la rentabilidad de un sector; consiste, cada vez con mayor claridad, en cómo su fuerza (por las vías que considere necesarias) avanza hacia una reestructuración legal que se ajuste ceñidamente a su posición social y económica de hecho: el patronazgo del pueblito.
Publicado en Pausa #33, 27 de marzo de 2009
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viernes, 13 de marzo de 2009
Ley de radiodifusión: un debate por la propiedad de la palabra

En medio de los vertiginosos cambios en los modos de experimentar, sentir y pensar el mundo, los medios masivos juegan un rol decisivo; aquí, algunas claves para entender la inminente discusión por el negocio de la información.
Por Juan Pascual
La discusión de una ley sobre la circulación de información bajo las exigencias de los soportes tecnológicamente constituidos supera con mucho la guerra explícita entre los intereses y propietarios de las principales empresas oligopólicas de medios y el gobierno nacional, ya pasadas las caricias mutuas de los tiempos en que Néstor Kirchner firmó el decreto 527, por el que se extendieron 10 años los plazos de las licencias de radio y televisión. Es la discusión sobre las tecnologías digitales, las que con mayor aceleración se han desarrollado en los últimos 20 años, diseminándose y transformando prácticamente todo lo viviente en sus opiniones, saberes y prácticas: en su experiencia de la vida. La segunda revolución del dispositivo de medios de comunicación ha cambiado otra vez la forma en que existe la experiencia de nuestra vida: cómo vivimos la política, cómo miramos las acciones de nuestros hijos, cómo sentimos miedo, cómo deseamos.
Unos pocos puntos atractivos tenía la oferta del primer –y local– Cablevideo, cuando todavía estaba tendiendo su cableado y no había atravesado aún los “bulevares”, esa cuasi trascendental frontera territorial de la ciudad. Había He-Man para el niño, María Amuchástegui para una madre aún sin el mandato de lucir como su hija –la que, a su vez, aprende cómo ha de mostrarse en las páginas de las revistas farandulescas–, los canales de Rosario (que no eran más que las repetidoras de los de Buenos Aires) y poco más. Cerca de los '90 apareció el ESPN original, completamente en inglés. Aquellos que permanecían con Canal 13 y ATC (sólo activo después de las 19 horas) exigían prueba empírica (y, por ende, televisiva) de que era posible recibir una señal desde Estados Unidos. No existía el zapping, un concepto ya hundido en los meandros de la web.
Casi al mismo tiempo, bajo el descuartizamiento del Estado, se privatizaron los canales de aire 11 y 13. En ese entonces, en una entrega de los Martín Fierro, Mirtha Legrand exigió a Carlos Menem no vender la señal de “La aventura del hombre”; veremos qué pasa con la opinión de la señora este año. Clarín y Editorial Atlántida lideraron la corta caminata hacia las redes concentradas de medios.
Muy (pero muy) difícil es reconocer una existencia si no se encuentra dicha bajo la voz mediática. A la vez, esa existencia, cuando pasa por esa voz, nunca vuelve a ser la misma. (La propia memoria de los medios se encuentra bajo esta lógica, de allí la facilidad con la que pueden mantener su minúsculo discurso autocrítico y su mayúsculo gusto por hablar de sus propios contenidos). Con la venta de la empresa telefónica estatal y el desarrollo de los celulares, la TV digital, Internet y los soportes digitales de datos, los medios masivos de comunicación tomaron un tipo de forma nunca visto antes, absorbiendo para sí la égida de los lenguajes humanos posibles, subsumiendo estilos, formatos, voces, pluralidades y, al mismo tiempo, abriendo o cerrando la ventana de la visibilidad (entonces, la de la existencia, casi).
Las actuales condiciones de la contienda política prometen un debate al menos intenso. El gobierno nacional avanzó con el anuncio producido en la apertura de las sesiones legislativas y con la prometida presentación pública del anteproyecto, el miércoles 18, bajo el probable título de “ley de servicios de comunicación audiovisual”. La convocatoria a esta presentación comprende prácticamente a toda la dirigencia social y política argentina: Iglesia, sindicatos, embajadores extranjeros, Universidad, partidos políticos. También se convocó a las cámaras empresariales de los medios de comunicación. Los mismos que van a hacer visible la noticia.
Para conocer las posiciones de quienes en Santa Fe se dedican a pensar y actuar sobre estos problemas y, sobre todo, para acercanos más a una cuestión que parece árida, apelamos a tres especialistas y tres preguntas.
a) ¿Cuáles son los puntos más cuestionables y los vacíos más significativos de la normativa vigente?
b) ¿Cómo evalúa la actualidad del trabajador de prensa y de las empresas periodísticas en relación con los derechos a la información y a la libertad de expresión?
c) ¿Qué cambio de posición debería asumir el Estado respecto del sistema de medios?
DOMINGO RONDINA. Abogado Constitucionalista, miembro de la Fundación Derecho Social.
a) La falta de adecuación de la ley a la tecnología actual es quizás la grieta más grave que está trayendo más dificultades en su aplicación. Y la falta de atención al fenómeno de la concentración mediática y de capitales poderosísimos en las empresas de medios.
A partir de allí hay graves fallas en la reducción de los monopolios, la libre competencia, el acceso del público a la expresión y el derecho a una buena información.
Y los problemas se han ido multiplicando por la cantidad de parches (reformas) que se aplicaron a la ley, lo cual fue creando un caos normativo, sin una idea rectora.
Por mi parte, sueño con que Internet se convierta en el principal medio de comunicación, por su absoluta libertad, su capacidad de burlar censuras y fronteras, y por la igualdad que garantiza en la difusión y el acceso a la información.
b) Creo que la profesionalización y los grandes contratos económicos de los periodistas, así como la vocación multiemprendimiento de las empresas periodísticas, desnaturaliza el criterio prevalentemente informativo que debería orientar la actividad. Pero de nada sirve llorar contra el viento, esa es la realidad, y lo que debemos hacer es buscar mecanismos que aseguren la competencia, que es la solución de casi todos los males.
También se deben fomentar políticas de subsidio a los medios probadamente comunitarios, o de interés social, pero por breve tiempo de modo de no limitar su independencia bajo la excusa de ayudarlos. O convertir medios independientes en órganos de difusión del gobierno.
Es cierto: no todos tenemos la posibilidad de llegar a un micrófono, o de editar un periódico, pero debemos tener la posibilidad de hacerlo y de informarnos a través del medio que elijamos.
c) No soy partidario de las regulaciones de contenido, y menos aún de los controles ideológicos de cualquier tipo. Sí creo que se debe favorecer el desarrollo de medios temáticos y de interés sectorial. El Estado debe intervenir lo menos posible, pero sí debe asegurar la libre competencia entre los medios, evitar los monopolios, y asegurar el acceso de toda la población. Y fortalecer la educación del consumidor de medios que es quien, en definitiva, asegura la subsistencia de una u otra señal.
ALDO QUIROZ. Periodista de la radio comunitaria FM Chalet. Integrante del Foro Argentino de Radios Comunitarias.
a) La parte más cuestionable de esta ley es que refleja el pensamiento de lo que significaba la doctrina de la seguridad nacional. Hay disposiciones vaciadas de contenidos, se falta respeto a los valores democráticos y a la Constitución Nacional. También, la ley quedó obsoleta por los avances tecnológicos. Hoy las grandes empresas periodísticas pertenecen a los multimedios. Deben existir límites a las corporaciones en lo que son las explotaciones de radio-televisión asociadas a los medios gráficos. En nuestro país no existe libertad de prensa, sino libertad de empresa. Y esto es totalmente distinto.
Hay una propuesta, elaborada por la Coalición por una Radiodifusión Democrática, que está integrada por distintas organizaciones sociales, gremiales, culturales y ONGs. En ella se acordaron 21 puntos básicos como núcleo de una futura Ley de Radiodifusión (ver en www.coalicion.org.ar).
b) Se puede afirmar que hoy el trabajador de prensa es un trabajador con un salario mal remunerado y esto va en contra de la libertad de expresión y la calidad de la información. Además, las empresas periodísticas condicionan a los periodistas y les imponen los temas que tienen que tratar y aquellos que deben dejarse de lado.
Las corporaciones manejan agendas que responden a sus propios intereses económicos y, por lo tanto, la realidad que expresan es totalmente sesgada. La información es como una mercancía que se ofrece a la sociedad. Y es así aun cuando los multimedios tengan distintas empresas con distintos discursos, informaciones y también posturas.
c) La radiodifusión es una forma de ejercicio del derecho a la información y la cultura, no un simple negocio comercial. Es un servicio de carácter esencial para el desarrollo social, cultural y educativo de la población, a través del cual se ejerce el derecho a la información. La promoción de la diversidad y el pluralismo debe ser el objetivo primordial de la reglamentación de la radiodifusión.
El papel del Estado es fundamental para definir una comunicación democrática. La nueva ley tendrá que garantizar que toda la sociedad pueda acceder al derecho a investigar, buscar, recibir y difundir informaciones, opiniones e ideas, sin censura previa, en el marco del respeto al Estado de derecho democrático y los derechos humanos.
La publicidad oficial es uno de los elementos a definir: deberá ser administrada en forma democrática por el Estado a todos los medios. Las frecuencias radioeléctricas pertenecen a la comunidad, son patrimonio común de la humanidad y están sujetas por su naturaleza y principios a legislaciones nacionales y a tratados internacionales. Deberán adoptarse políticas efectivas para evitar la concentración de la propiedad de los medios de comunicación. La propiedad y control de los servicios de radiodifusión deben estar sujetos a normas antimonopólicas: los monopolios y oligopolios conspiran contra la democracia, al restringir la pluralidad y diversidad que asegura el pleno ejercicio del derecho a la cultura y a la información de los ciudadanos. Las repetidoras y cadenas deben ser una excepción a la regla, a fin de priorizar el pluralismo y la producción propia y local, salvo para las emisoras estatales de servicio público o la emisión de acontecimientos de carácter excepcional. También se deberá definir a los medios estatales como públicos y no gubernamentales.
Es necesario, además, garantizar la seguridad intelectual y estética de los trabajadores de la comunicación y de todos aquellos que participan en la producción de bienes culturales y mantener un registro público y abierto de licencias de efectivo control del Estado: la explotación de los servicios de radiodifusión es indelegable y debe ser prestada por el propio titular de la licencia.
ALEJANDRO RAMÍREZ. Profesor de Políticas de la Comunicación en la carrera de Comunicación Social de la UNER.
a) Hay dos grandes grupos de problemas: por un lado, los de tipo técnico-político y, por el otro, los sociales. Entre los primeros –partiendo del origen espurio de la actual Ley de Radiodifusión Nº 22.285, decretada por la dictadura y firmada incluso por Videla y Martínez de Hoz, que los sucesivos gobiernos democráticos avalaron con modificaciones parciales–, podemos mencionar que en todo el texto aparece la mención a la radiodifusión y no a la comunicación. La diferencia radica en la concepción de “servicio” (así se lo denomina en la ley), situando la actividad como una mera transmisión de información desde unos medios a su público. En cambio, cuando se habla de comunicación se rescatan las diferencias (culturales, étnicas, políticas, religiosas, etc.) para promover el entendimiento, la comprensión, el acercamiento, incluso entre pueblos y naciones. La actual ley habla de “servicio” de “interés público” (art. 4), lo cual permitió que este “servicio” se vendiera como una simple mercancía y que incluso las propias licencias, que oportunamente fueron adjudicadas, se vendieran entre particulares sin control del Estado. Debe quedar claro en la próxima ley que la comunicación es un derecho humano y social que no puede asimilarse a un simple producto que se compra y vende, ni mucho menos que esté sometido a las reglas de la publicidad (privada o pública). Otro punto técnico-político cuestionable es que está habilitada la concentración de hasta cuatro licencias para una “misma persona física o jurídica” (art. 43), por 15 años y con posibilidad de 10 años más de “prórroga”, con el solo requisito de la “solicitud de los licenciatarios” (art. 41).
Entre otros puntos cuestionables (de la actual ley, pero también de la que está gestando el PEN), quisiera remarcar uno, que tiene directas consecuencias sociales: la ausencia de la población en la discusión y debate sobre un aspecto que afecta directamente no sólo a la democratización (o no) de la comunicación, sino fundamentalmente al involucramiento de la gente en los nuevos medios de comunicación, al punto tal de pasar a ser emisores de sus propias cuestiones y problemáticas comunitarias.
Al sentirse tan lejana a estas discusiones, la gente no sabe que está perdiendo la oportunidad de reclamar un espacio (una frecuencia para TV o radio comunitaria, por ejemplo) que le corresponde por derecho. De allí que se entienda el limitadísimo espacio que le brindan a esta cuestión los grandes medios nacionales, ya que no les conviene que la gente tome conciencia de sus derechos.
b) Salvo honrosas excepciones, tanto a nivel nacional como local creo que el trabajador de prensa hoy ocupa una de dos opciones: o es un instrumento generador de información que rellena espacios en los medios, o es un instrumento del poder político de turno, con el que –a cambio de publicidad oficial, canje por trabajo en una dependencia, etc– establece una relación de dependencia que lo transforma en un vocero del poder, con piel de “periodista”.
En un contexto donde los medios de comunicación se han concentrado –incluso los canales de aire de TV del interior, como Santa Fe y Córdoba– en manos de Clarín y Telefónica, los conceptos de “derecho a la información” y “libertad de expresión”, se han visto reducidos a mero “derecho a ver y escuchar la programación de ambos emisores” y “libertad para expresar el interés de estas empresas”.
c) Cualquier canal de televisión o estación del radio del mundo, para poder transmitir, requiere de un permiso de su Estado, que –a través de diferentes sistemas– le adjudicará el derecho a emitir. El Estado es fundamental e irreemplazable cuando se habla de comunicación: es el que administra las frecuencias. Hablar de Estado supone, a su vez, separarlo administrativa y políticamente del gobierno de turno, de modo tal de asegurar su independencia para respetar un principio democrático. Esto se logra creando –por ejemplo– un Consejo de Comunicación Social integrado por especialistas, representantes de la cultura, la educación, los trabajadores de la comunicación, las Universidades y los actores de los medios de comunicación comerciales y comunitarios, con consulta abierta a toda la comunidad. Expresada someramente, así habría una marcada presencia estatal pero sin control del gobierno, donde se contemplaría la participación de distintos sectores de la sociedad, respetando el sistema federal y garantizando la pluralidad.
Publicado en Pausa #32, 13 de marzo de 2008.
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viernes, 12 de diciembre de 2008
Guía práctica para ir a la juguetería
Por Virginia Torres (*)
El mejor regalo que podemos darles a los niños es jugar con ellos, ayudarlos a que exploren y conozcan las pequeñas cosas del mundo, a que se sorprendan e imaginen nuevas formas de jugar, así como de divertirse con sus amiguitos.
El juguete es fundamental, pero nos hemos olvidado de la acción que nos permite: el jugar. Eso es lo más significativo de la infancia, lo que los niños hacen, lo que sienten con el juguete; no el objeto por sí mismo. Los adultos deben “recordarles” a sus hijos la seria ocupación de jugar permitiéndoles disfrutar de sus juguetes, así como les enseñamos a hacer las cosas de la escuela o a alimentarse. Esto es: propiciar el placer de jugar, logrando que se sorprendan y se diviertan pensando nuevas formas de hacerlo. Para ello, debemos como adultos darnos tiempo para disfrutar con nuestros hijos. Podemos permitirnos jugar, es sólo una cuestión de darse permiso de adulto para volver a disfrutar de ese placer. Y podemos empezar esta navidad, buscando en la juguetería un juguete que nos guste a nosotros como adultos, y niños que fuimos. Algo que disfrutemos ahora o en la infancia. Quizá a su niño no le interese ese juguete o juego en sí mismo, pero disfrutará de verlo a usted con la misma actitud de juego que la de él, y seguramente en otra ocasión le volverá a pedir “vamos a jugar de nuevo a...”.
GUÍA PARA IR A LA JUGUETERÍA. Esta cuestión no sólo debe preocuparnos en estas fechas; también podemos empezar a reflexionar sobre lo que ofrecemos a nuestros niños con cada juego o juguete. Veamos algunos aspectos clave:
1. No se deje llevar por los vendedores, usted conoce mejor a su niño. Pregúntese: ¿con qué lo he visto jugar muy entretenido? ¿A qué juega cuando viene a mi casa?¿Qué objetos de mi casa le llaman la atención? ¿Está mucho tiempo jugando sentado solo o le gusta jugar con sus amiguitos? ¿Dónde y con quién juega? ¿Cuál es el juguete preferido y que le han regalado últimamente? ¿Qué cosas está aprendiendo (agarrar, golpear, contar, escribir, nadar)? De esta forma se irá haciendo una idea de sus intereses, sus habilidades, aquellas cosas que todavía no ha explorado y sería bueno fomentar o aquellas cosas con las que se divierte mucho. Si no responde a estas preguntas, pregunte a los familiares más cercanos.
2. No se fíe de las clasificaciones impresas en los juguetes, como “de 0 a 3 años”: muchas veces no concuerdan con su niño, puesto que el desarrollo es personal e individual. Un juguete “para fomentar su desarrollo y que aprenda” puede no motivar a su niño, porque no tiene que ver con su carácter, sus intereses y experiencias de juego.
3. Hágase estas preguntas mientras mira las estanterías: ¿hay espacio en su casa para jugar con esto?, ¿qué puede el niño con esto?, ¿cuántas veces puede repetir el juego sin cansarse?, ¿para qué sirve el juguete: para que el niño se mueva, para que se concentre y piense?, ¿permite imaginar otros juegos o da sólo una posibilidad?, ¿con esto se podrá divertir con sus amiguitos y/o hermanitos?, ¿es adecuado a su edad?, ¿es seguro?, ¿es un material que podría romperse?, ¿fomenta la violencia?, ¿es muy ruidoso?, ¿tiene otros juguetes que cumplan la misma función?, ¿tiene juguetes que se complementen con este?
Luego de pensar en todo esto y de haber recorrido la juguetería seguramente encontrará algo para su niño. El juguete no debe “Hacer muchas cosas” o “Llamar mucho la atención”, debe propiciar que el niño haga muchas cosas, que explore y descubra con él a través de su juego El niño debe ser activo y protagonista, no el juguete.
Muchas veces, un simple camión de madera o de plástico fuerte da más posibilidades que uno automático, con luces, a control remoto: con el primero el niño puede disfrutar de llenarlo con otros juguetes, trasladar muñecos, empujar, treparse arriba y andar por diversas superficies sin miedo de mojarlo; con el juguete eléctrico quedará atrapado sólo en el primer momento (o hasta que se termine la batería) observando lo que hace el camión. Sólo le permitirá apretar un botón, no se podrá subir porque se puede romper, no podrá mojarlo porque se arruinaría el mecanismo eléctrico. “Es en este caso de contemplación sin juego donde lo infantil se consume en la soledad material de la cosa juguete” (Esteban Levín).
Puede no hallarse el juguete perfecto en el negocio: se abre otra posibilidad, que necesita de su tiempo y creatividad. Quizás ya sabemos con qué se divertiría mucho nuestro niño, pero eso no existe en la juguetería. Hay que animarse a armarlo: un juego o juguete personalizado; ningún otro niño va a recibir uno como ese.
Para armar un “Set de juego”podemos usar cosas que encontremos por separado en diferentes lugares. Por ejemplo: comprar un espejito de cartera, un lápiz labial y un necesser y, así, regalaremos a una niña su propio bolso de maquillaje “con cosas de verdad” y con los colores que sólo a ella le gustan. Otra posibilidad es salirnos del estereotipo (y muchas veces gastar menos dinero). Por ejemplo: comprar un envase de plástico grande con tapa y colocar envases más pequeños de diversas formas y colores, cajitas forradas de diferentes tamaños, y así...
¿COMO REFRENAR LA ACUMULACIÓN SIN SENTIDO? Muchas veces encontramos los cuartos llenos de juguetes y los chicos dicen estar aburridos, que “no tienen nada para jugar.” Los grandes se sienten bien por regalar en las fiestas, pero no tienen tiempo para jugar con los chicos. Esta es una consecuencia de la euforia por el consumo permanente y el objeto-producto. La atracción de “lo novedoso” anula el disfrute de recrear diferentes situaciones con el mismo juguete. Entonces, ¿cómo podemos refrenar la acumulación sin sentido?
1. ¡No es imposible! Los papás deben encontrar la forma de propiciar un juego saludable de sus hijos. Esto no significa negar los juguetes que “están de moda”; es cuestión de refrenar la acumulación haciendo pensar a los niños: ¿cuántos autos o muñecas tenés?, ¿podes jugar con todos a la vez?, ¿cuántos necesitas para jugar a...?, ¿si vienen tus amiguitos y traen los suyos, cuántos tienen en total? Ellos mismos se darán cuenta de las cosas que tienen sin sentido. Somos los adultos los que podemos (y debemos) equilibrar el consumo y la influencia de lo que nos vende la tele para navidad, primeramente a través del ejemplo: aquella mamá que se compra ropa todos los meses difícilmente logrará que su hijo no quiera cambiar de juguetes todos los meses también.
2. Otra cosa que podemos hacer los adultos, para contrarrestar la acumulación desmedida y propiciar que el juguete sea algo significativo, es pensar la navidad como una oportunidad de regalar complementos o agregados a juguetes ya existentes. De esta manera, haremos que el juego del niño se enriquezca, en vez de caer en la búsqueda reiterada de nuevos juguetes.
3. Y, si es posible, podemos invitarlos a que en esta navidad regalen los juguetes que dejaron: no todos pueden comprar juguetes nuevos.
(*) Estudiante de Terapia Ocupacional, UNL
Publicado en Pausa #31, 12 de diciembre de 2008.
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El mejor regalo que podemos darles a los niños es jugar con ellos, ayudarlos a que exploren y conozcan las pequeñas cosas del mundo, a que se sorprendan e imaginen nuevas formas de jugar, así como de divertirse con sus amiguitos.
El juguete es fundamental, pero nos hemos olvidado de la acción que nos permite: el jugar. Eso es lo más significativo de la infancia, lo que los niños hacen, lo que sienten con el juguete; no el objeto por sí mismo. Los adultos deben “recordarles” a sus hijos la seria ocupación de jugar permitiéndoles disfrutar de sus juguetes, así como les enseñamos a hacer las cosas de la escuela o a alimentarse. Esto es: propiciar el placer de jugar, logrando que se sorprendan y se diviertan pensando nuevas formas de hacerlo. Para ello, debemos como adultos darnos tiempo para disfrutar con nuestros hijos. Podemos permitirnos jugar, es sólo una cuestión de darse permiso de adulto para volver a disfrutar de ese placer. Y podemos empezar esta navidad, buscando en la juguetería un juguete que nos guste a nosotros como adultos, y niños que fuimos. Algo que disfrutemos ahora o en la infancia. Quizá a su niño no le interese ese juguete o juego en sí mismo, pero disfrutará de verlo a usted con la misma actitud de juego que la de él, y seguramente en otra ocasión le volverá a pedir “vamos a jugar de nuevo a...”.
GUÍA PARA IR A LA JUGUETERÍA. Esta cuestión no sólo debe preocuparnos en estas fechas; también podemos empezar a reflexionar sobre lo que ofrecemos a nuestros niños con cada juego o juguete. Veamos algunos aspectos clave:
1. No se deje llevar por los vendedores, usted conoce mejor a su niño. Pregúntese: ¿con qué lo he visto jugar muy entretenido? ¿A qué juega cuando viene a mi casa?¿Qué objetos de mi casa le llaman la atención? ¿Está mucho tiempo jugando sentado solo o le gusta jugar con sus amiguitos? ¿Dónde y con quién juega? ¿Cuál es el juguete preferido y que le han regalado últimamente? ¿Qué cosas está aprendiendo (agarrar, golpear, contar, escribir, nadar)? De esta forma se irá haciendo una idea de sus intereses, sus habilidades, aquellas cosas que todavía no ha explorado y sería bueno fomentar o aquellas cosas con las que se divierte mucho. Si no responde a estas preguntas, pregunte a los familiares más cercanos.
2. No se fíe de las clasificaciones impresas en los juguetes, como “de 0 a 3 años”: muchas veces no concuerdan con su niño, puesto que el desarrollo es personal e individual. Un juguete “para fomentar su desarrollo y que aprenda” puede no motivar a su niño, porque no tiene que ver con su carácter, sus intereses y experiencias de juego.
3. Hágase estas preguntas mientras mira las estanterías: ¿hay espacio en su casa para jugar con esto?, ¿qué puede el niño con esto?, ¿cuántas veces puede repetir el juego sin cansarse?, ¿para qué sirve el juguete: para que el niño se mueva, para que se concentre y piense?, ¿permite imaginar otros juegos o da sólo una posibilidad?, ¿con esto se podrá divertir con sus amiguitos y/o hermanitos?, ¿es adecuado a su edad?, ¿es seguro?, ¿es un material que podría romperse?, ¿fomenta la violencia?, ¿es muy ruidoso?, ¿tiene otros juguetes que cumplan la misma función?, ¿tiene juguetes que se complementen con este?
Luego de pensar en todo esto y de haber recorrido la juguetería seguramente encontrará algo para su niño. El juguete no debe “Hacer muchas cosas” o “Llamar mucho la atención”, debe propiciar que el niño haga muchas cosas, que explore y descubra con él a través de su juego El niño debe ser activo y protagonista, no el juguete.
Muchas veces, un simple camión de madera o de plástico fuerte da más posibilidades que uno automático, con luces, a control remoto: con el primero el niño puede disfrutar de llenarlo con otros juguetes, trasladar muñecos, empujar, treparse arriba y andar por diversas superficies sin miedo de mojarlo; con el juguete eléctrico quedará atrapado sólo en el primer momento (o hasta que se termine la batería) observando lo que hace el camión. Sólo le permitirá apretar un botón, no se podrá subir porque se puede romper, no podrá mojarlo porque se arruinaría el mecanismo eléctrico. “Es en este caso de contemplación sin juego donde lo infantil se consume en la soledad material de la cosa juguete” (Esteban Levín).
Puede no hallarse el juguete perfecto en el negocio: se abre otra posibilidad, que necesita de su tiempo y creatividad. Quizás ya sabemos con qué se divertiría mucho nuestro niño, pero eso no existe en la juguetería. Hay que animarse a armarlo: un juego o juguete personalizado; ningún otro niño va a recibir uno como ese.
Para armar un “Set de juego”podemos usar cosas que encontremos por separado en diferentes lugares. Por ejemplo: comprar un espejito de cartera, un lápiz labial y un necesser y, así, regalaremos a una niña su propio bolso de maquillaje “con cosas de verdad” y con los colores que sólo a ella le gustan. Otra posibilidad es salirnos del estereotipo (y muchas veces gastar menos dinero). Por ejemplo: comprar un envase de plástico grande con tapa y colocar envases más pequeños de diversas formas y colores, cajitas forradas de diferentes tamaños, y así...
¿COMO REFRENAR LA ACUMULACIÓN SIN SENTIDO? Muchas veces encontramos los cuartos llenos de juguetes y los chicos dicen estar aburridos, que “no tienen nada para jugar.” Los grandes se sienten bien por regalar en las fiestas, pero no tienen tiempo para jugar con los chicos. Esta es una consecuencia de la euforia por el consumo permanente y el objeto-producto. La atracción de “lo novedoso” anula el disfrute de recrear diferentes situaciones con el mismo juguete. Entonces, ¿cómo podemos refrenar la acumulación sin sentido?
1. ¡No es imposible! Los papás deben encontrar la forma de propiciar un juego saludable de sus hijos. Esto no significa negar los juguetes que “están de moda”; es cuestión de refrenar la acumulación haciendo pensar a los niños: ¿cuántos autos o muñecas tenés?, ¿podes jugar con todos a la vez?, ¿cuántos necesitas para jugar a...?, ¿si vienen tus amiguitos y traen los suyos, cuántos tienen en total? Ellos mismos se darán cuenta de las cosas que tienen sin sentido. Somos los adultos los que podemos (y debemos) equilibrar el consumo y la influencia de lo que nos vende la tele para navidad, primeramente a través del ejemplo: aquella mamá que se compra ropa todos los meses difícilmente logrará que su hijo no quiera cambiar de juguetes todos los meses también.
2. Otra cosa que podemos hacer los adultos, para contrarrestar la acumulación desmedida y propiciar que el juguete sea algo significativo, es pensar la navidad como una oportunidad de regalar complementos o agregados a juguetes ya existentes. De esta manera, haremos que el juego del niño se enriquezca, en vez de caer en la búsqueda reiterada de nuevos juguetes.
3. Y, si es posible, podemos invitarlos a que en esta navidad regalen los juguetes que dejaron: no todos pueden comprar juguetes nuevos.
(*) Estudiante de Terapia Ocupacional, UNL
Publicado en Pausa #31, 12 de diciembre de 2008.
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viernes, 21 de noviembre de 2008
El vestido imperial
La potencia superior de una nación que, a veces, pocas pero decisivas, percibe su complejidad y su diversidad para poder reinventarse. Cabalgando una memorable crisis económica, los estadounidenses pasaron de un blanco texano republicano y levemente bestial a un negro hawaiano demócrata y de habla fluida, el futuro Imperator Barack Hussein Obama.
Por Juan Pascual
Enero de 1999. Clinton presidente, las torres gemelas en pie.
En Florida existen unos parajes muy extensos, llamados Disneylandia. Esos paisajes son gloriosos, más allá del idiota Mickey, de Donald, el marine, y del querible y fronterizo Tribilín; las montañas rusas, los cines en 3D y los espectáculos de fuegos artificiales producen una euforia difícil de igualar en quien visita los gigantescos predios, dentro de los cuales hay hoteles, comedores, negocios de recuerdos, todo lo necesario para el turista. Ahora bien: en perspectiva, lo que para nuestras tierras es un fasto infantil irreproducible, en el norte es algo así como un camping más o menos bien organizado de un gremio cegetista.
En las entradas hay unos pequeños carritos motorizados que los visitantes pueden alquilar. Generalmente son usados por obesos, que suben a toda su familia y se desplazan por los senderos. De hecho, esos obesos –en su mayoría rubios, chillones, agresivos– parecían ser la población objetivo de esos autitos. En realidad, constituían el punto principal del mercado de los parques: los puestitos de comidas, donde el recargado del vaso de coca era gratuito, se sucedían en pocos metros; los precios de todo eran realmente populares; los valores promovidos, explícitamente patrioteristas; la diversión, controlada y pasiva, pero electrizante.
Delante de un puestito, un nene de no más de 5 años, parte de una extendida familia de obesos orgullosa de ser texana, de acuerdo a sus remeras, gritó una vez:
–¡Banana!
Ante la falta de respuesta recurrió a repetir el alarido:
–¡Banana, banana, banana! –exclamó. Y cada vez más agudo y con más volumen–: ¡Ba-na-na! ¡Ba-na-na! ¡¡¡Ba-na-na!!!
Su familia terminaba el almuerzo. Era el mediodía; el sol picaba. La madre acudió a satisfacer la demanda y compró una enorme banana, que el vendedor bañó en un chocolate tibio que se secó con un rociado de maní molido.
En ese momento tuve una sensación. Sentí que los estadounidenses iban a estar en un muy ajustado brete el día en que tuviesen que afrontar las consecuencias reales de una crisis de las serias.
RESIGNAR LA FELICIDAD POR UN POCO DE SATISFACCIÓN. A muy grandes rasgos, la posmodernidad fue definida por Alexander Kojève, uno de los tantos filósofos que pensaron ese concepto, a partir de una pequeña variación: si la modernidad se cifra en la búsqueda de la felicidad, aún al precio de la vida en una lucha con el otro en pos de obtener su reconocimiento, la posmodernidad es la renuncia a esa lucha y el trueque del deseo de felicidad por la inmovilidad de la simple satisfacción.
Esta fórmula vio la luz cuando todavía el Estado de Bienestar existía; Estados Unidos, al parecer del pensador, constituía el paradigma de lo posmoderno. Así, la obesidad norteamericana no indica tanto una cuestión sanitaria o estética: es la marca de cómo la estabilidad imperial se traspasó a los cuerpos del norteamericano medio.
No se construye de la nada el país más gordo del mundo. El estado más “delgado” casi llega al 20% de obesidad; en Mississippi una de cada tres personas padece el problema. Para llegar a ese punto es necesario el culto al menú de Mc Donalds –la alimentación barata y pesada, donde hasta la ensalada tiene azúcar–, a la televisión como vía de socialización en general, al “one person, one car”, a las dos horas de viaje entre la oficina computarizada y la abúlica casa de suburbio, a todo aquello que implique consumo, sedentarismo, goce de la quietud. O sea: es necesaria toda una regulación general, una economía, de la forma de vida de los cuerpos de la población. El cuadro cierra con un dato más: a mayor pobreza, mayores problemas de sobrepeso. Se sabe, la capacidad de elegir el menú y la compulsión mediatizada a la delgadez están reservadas a los pudientes.
Cuando sonaron los crujidos de un país de deudas tóxicas a todo o nada, cuando la crisis finalmente llegó a la hoguera por cable, recordé inmediatamente la escena de Disney. Pensé en la (inaccesible) mirada del nene hoy, con sus probables 14 o 15 años, en Texas. Pensé en las diferentes formas de relatar ese hecho (ver Pausa #20 o “Tres miradas sobre la crisis” en pausaopinion.blogspot.com). Pensé en cómo esos relatos se entremezclan con otros. Y pensé en ese relato bajo la extraña forma de rumor que es Internet. Se dice que en un momento se vieron deudores hipotecarios quemando sus casas, que hay lugares atestados de carpas iglú y middle americans viviendo dentro de ellas y hocicando para entrar a dormir. Que General Motors y Ford están acogotadas, lo mismo que General Electric. Que la sinuosa curva del índice Dow Jones Industrial entre 1925 y mediados de 1930, punto de gesta de la Gran Depresión, muestra una asombrosa similitud con la trazada entre 2003 y julio de 2008. Y que todavía no se llegó al punto más bajo en la comparación: julio de 1932.
IMPERATOR HUSSEIN. Ese es uno de los intríngulis que recibe el nuevo presidente norteamericano, ungido por un sistema electoral donde el ganador puede haber recibido menos votos que el perdedor. Décadas de política financiera de Estado dedicadas a abrir el lugar y las regulaciones para el flexible mercado de finanzas devinieron en esta bola tóxica, amasada entre 2005 y 2007, de créditos y papeles sobre papeles. En estricto rigor, las finanzas se volvieron ampliamente más ineficaces, corruptas, torpes, imprevisoras, omnímodas, enormes y deliradas que antes. Y se plantea en el futuro no sólo la cuestión hipotecaria: restan las deudas de las tarjetas de crédito y el desempleo producido por la recesión en ciernes, resultado de la feroz caída de la demanda.
A la normativa de producción y distribución hogareña se suma la defensa de la casa. Economía y espada. Allí, las guerras abiertas, con sus más de 200 centros de detención (más o menos clandestinos, según el caso) alrededor de todo el mundo. Los más conocidos: Abu Grahib, en Irak, y Guantánamo, en Cuba, con las fotos digitales de internos torturados rodeados de sonrientes soldados.
Obama ganó claramente en los estados donde hay grandes megalópolis –por ejemplo, Nueva York, California, Illinois, con Chicago, donde se festejó el triunfo– cuyas cuotas de diversidad, en todos los órdenes, ilusionan tanto como asombran. Obama ganó en la ciudad, en todo lo que ella representó como proyecto, en todo lo que ella implica hoy como crisis. Ganó en un archipiélago urbano.
Y allí donde estuvieron los votantes que en 2004 recompensaron las guerras de Afganistán e Irak, el cierre feroz a la inmigración, la prédica del club del rifle y el rechazo explícito del matrimonio homosexual, base discursiva de la campaña de Bush, Obama perdió. El mapa electoral de quienes no lo votaron es muy significativo. Es la notable mayor parte del territorio. Incluye, en su totalidad práctica, los lugares de residencia de esas clases medias y medias bajas cuya gastronomía y dieta guardan una cifra oculta acerca de su modo de fagocitarse al mundo. Lugares en los que, en su mayoría, se promueve una educación pública estatal que todavía sigue rechazando la teoría de Darwin: el evolucionismo. Allí están la tierra del Katrina, Louisiana, el Mississipi, Texas: lugares que fueron el núcleo electoral del republicano Mc Cain y que vienen votando a Bush desde el 2000… Parece que allí viven los que nunca dudan.
Simbólicamente, la famosa “esperanza en el cambio” encarnada en los votantes de Barack Hussein Obama de por sí tiene como epicentro otro cuerpo, el del Imperator nuevo. Es el cuerpo del mismísimo Obama el que sirve de soporte de la imagen construida por el marketing electoral, mucho más allá que sus acciones previas como senador (entre las que hay varias en la línea del, por él favorecido, “Acta del Muro Seguro”, eufemismo barato para denominar la estúpida idea de construir un muro de separación en el límite con México). De un saque, con un movimiento bascular fenomenal, Estados Unidos pasó de un texano bruto, homofóbico, delirante místico, muy blanco, defensor a ultranza del guerrero estado de excepción, descendiente de una familia de la política, republicano, a un hawaiano de verba atildada, egresado de la escuela de leyes de Harvard, defensor de los derechos civiles, con nombre musulmán, hijo de padres divorciados de los 60 con presencia de inmigración keniata, negro, demócrata.
Es que la potencia imperial misma está en esa capacidad productiva e innovadora. Aun frente a un panorama de declinación general de su destino manifiesto, Estados Unidos tiene un producto bruto nacional equivalente a las cuatro potencias que vienen detrás (Japón, Alemania, Inglaterra y la ascendente China). De hecho, el tamaño económico de California equivale al de Francia, el de Texas al de Canadá, el de Florida a Corea del Sur, el de Nueva York a Brasil, el de Nueva Jersey a todo Rusia, el de Louisiana a Indonesia. Argentina equivale Michigan.
Con todo, Estados Unidos sigue siendo la nación decisiva. Con todo, lo decisivo todavía sigue pasando por una nación.
Obama, entonces, tiene por delante el problema de una nueva forma Estado –ese es el campo abierto de su posibilidad y aquello que como promesa entraña su cuerpo como gesto. Forma de Estado para una otra forma de gobierno del capital globalizado, cuyo imperio seguirá vigente –tal es el límite intrínseco de Obama; tales son los rigores reservados para quienes poseen la dignidad y los vestidos del Imperator.
Publicado en Pausa #28, 21 de noviembre de 2008.
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Por Juan Pascual
Enero de 1999. Clinton presidente, las torres gemelas en pie.
En Florida existen unos parajes muy extensos, llamados Disneylandia. Esos paisajes son gloriosos, más allá del idiota Mickey, de Donald, el marine, y del querible y fronterizo Tribilín; las montañas rusas, los cines en 3D y los espectáculos de fuegos artificiales producen una euforia difícil de igualar en quien visita los gigantescos predios, dentro de los cuales hay hoteles, comedores, negocios de recuerdos, todo lo necesario para el turista. Ahora bien: en perspectiva, lo que para nuestras tierras es un fasto infantil irreproducible, en el norte es algo así como un camping más o menos bien organizado de un gremio cegetista.
En las entradas hay unos pequeños carritos motorizados que los visitantes pueden alquilar. Generalmente son usados por obesos, que suben a toda su familia y se desplazan por los senderos. De hecho, esos obesos –en su mayoría rubios, chillones, agresivos– parecían ser la población objetivo de esos autitos. En realidad, constituían el punto principal del mercado de los parques: los puestitos de comidas, donde el recargado del vaso de coca era gratuito, se sucedían en pocos metros; los precios de todo eran realmente populares; los valores promovidos, explícitamente patrioteristas; la diversión, controlada y pasiva, pero electrizante.
Delante de un puestito, un nene de no más de 5 años, parte de una extendida familia de obesos orgullosa de ser texana, de acuerdo a sus remeras, gritó una vez:
–¡Banana!
Ante la falta de respuesta recurrió a repetir el alarido:
–¡Banana, banana, banana! –exclamó. Y cada vez más agudo y con más volumen–: ¡Ba-na-na! ¡Ba-na-na! ¡¡¡Ba-na-na!!!
Su familia terminaba el almuerzo. Era el mediodía; el sol picaba. La madre acudió a satisfacer la demanda y compró una enorme banana, que el vendedor bañó en un chocolate tibio que se secó con un rociado de maní molido.
En ese momento tuve una sensación. Sentí que los estadounidenses iban a estar en un muy ajustado brete el día en que tuviesen que afrontar las consecuencias reales de una crisis de las serias.
RESIGNAR LA FELICIDAD POR UN POCO DE SATISFACCIÓN. A muy grandes rasgos, la posmodernidad fue definida por Alexander Kojève, uno de los tantos filósofos que pensaron ese concepto, a partir de una pequeña variación: si la modernidad se cifra en la búsqueda de la felicidad, aún al precio de la vida en una lucha con el otro en pos de obtener su reconocimiento, la posmodernidad es la renuncia a esa lucha y el trueque del deseo de felicidad por la inmovilidad de la simple satisfacción.
Esta fórmula vio la luz cuando todavía el Estado de Bienestar existía; Estados Unidos, al parecer del pensador, constituía el paradigma de lo posmoderno. Así, la obesidad norteamericana no indica tanto una cuestión sanitaria o estética: es la marca de cómo la estabilidad imperial se traspasó a los cuerpos del norteamericano medio.
No se construye de la nada el país más gordo del mundo. El estado más “delgado” casi llega al 20% de obesidad; en Mississippi una de cada tres personas padece el problema. Para llegar a ese punto es necesario el culto al menú de Mc Donalds –la alimentación barata y pesada, donde hasta la ensalada tiene azúcar–, a la televisión como vía de socialización en general, al “one person, one car”, a las dos horas de viaje entre la oficina computarizada y la abúlica casa de suburbio, a todo aquello que implique consumo, sedentarismo, goce de la quietud. O sea: es necesaria toda una regulación general, una economía, de la forma de vida de los cuerpos de la población. El cuadro cierra con un dato más: a mayor pobreza, mayores problemas de sobrepeso. Se sabe, la capacidad de elegir el menú y la compulsión mediatizada a la delgadez están reservadas a los pudientes.
Cuando sonaron los crujidos de un país de deudas tóxicas a todo o nada, cuando la crisis finalmente llegó a la hoguera por cable, recordé inmediatamente la escena de Disney. Pensé en la (inaccesible) mirada del nene hoy, con sus probables 14 o 15 años, en Texas. Pensé en las diferentes formas de relatar ese hecho (ver Pausa #20 o “Tres miradas sobre la crisis” en pausaopinion.blogspot.com). Pensé en cómo esos relatos se entremezclan con otros. Y pensé en ese relato bajo la extraña forma de rumor que es Internet. Se dice que en un momento se vieron deudores hipotecarios quemando sus casas, que hay lugares atestados de carpas iglú y middle americans viviendo dentro de ellas y hocicando para entrar a dormir. Que General Motors y Ford están acogotadas, lo mismo que General Electric. Que la sinuosa curva del índice Dow Jones Industrial entre 1925 y mediados de 1930, punto de gesta de la Gran Depresión, muestra una asombrosa similitud con la trazada entre 2003 y julio de 2008. Y que todavía no se llegó al punto más bajo en la comparación: julio de 1932.
IMPERATOR HUSSEIN. Ese es uno de los intríngulis que recibe el nuevo presidente norteamericano, ungido por un sistema electoral donde el ganador puede haber recibido menos votos que el perdedor. Décadas de política financiera de Estado dedicadas a abrir el lugar y las regulaciones para el flexible mercado de finanzas devinieron en esta bola tóxica, amasada entre 2005 y 2007, de créditos y papeles sobre papeles. En estricto rigor, las finanzas se volvieron ampliamente más ineficaces, corruptas, torpes, imprevisoras, omnímodas, enormes y deliradas que antes. Y se plantea en el futuro no sólo la cuestión hipotecaria: restan las deudas de las tarjetas de crédito y el desempleo producido por la recesión en ciernes, resultado de la feroz caída de la demanda.
A la normativa de producción y distribución hogareña se suma la defensa de la casa. Economía y espada. Allí, las guerras abiertas, con sus más de 200 centros de detención (más o menos clandestinos, según el caso) alrededor de todo el mundo. Los más conocidos: Abu Grahib, en Irak, y Guantánamo, en Cuba, con las fotos digitales de internos torturados rodeados de sonrientes soldados.
Obama ganó claramente en los estados donde hay grandes megalópolis –por ejemplo, Nueva York, California, Illinois, con Chicago, donde se festejó el triunfo– cuyas cuotas de diversidad, en todos los órdenes, ilusionan tanto como asombran. Obama ganó en la ciudad, en todo lo que ella representó como proyecto, en todo lo que ella implica hoy como crisis. Ganó en un archipiélago urbano.
Y allí donde estuvieron los votantes que en 2004 recompensaron las guerras de Afganistán e Irak, el cierre feroz a la inmigración, la prédica del club del rifle y el rechazo explícito del matrimonio homosexual, base discursiva de la campaña de Bush, Obama perdió. El mapa electoral de quienes no lo votaron es muy significativo. Es la notable mayor parte del territorio. Incluye, en su totalidad práctica, los lugares de residencia de esas clases medias y medias bajas cuya gastronomía y dieta guardan una cifra oculta acerca de su modo de fagocitarse al mundo. Lugares en los que, en su mayoría, se promueve una educación pública estatal que todavía sigue rechazando la teoría de Darwin: el evolucionismo. Allí están la tierra del Katrina, Louisiana, el Mississipi, Texas: lugares que fueron el núcleo electoral del republicano Mc Cain y que vienen votando a Bush desde el 2000… Parece que allí viven los que nunca dudan.
Simbólicamente, la famosa “esperanza en el cambio” encarnada en los votantes de Barack Hussein Obama de por sí tiene como epicentro otro cuerpo, el del Imperator nuevo. Es el cuerpo del mismísimo Obama el que sirve de soporte de la imagen construida por el marketing electoral, mucho más allá que sus acciones previas como senador (entre las que hay varias en la línea del, por él favorecido, “Acta del Muro Seguro”, eufemismo barato para denominar la estúpida idea de construir un muro de separación en el límite con México). De un saque, con un movimiento bascular fenomenal, Estados Unidos pasó de un texano bruto, homofóbico, delirante místico, muy blanco, defensor a ultranza del guerrero estado de excepción, descendiente de una familia de la política, republicano, a un hawaiano de verba atildada, egresado de la escuela de leyes de Harvard, defensor de los derechos civiles, con nombre musulmán, hijo de padres divorciados de los 60 con presencia de inmigración keniata, negro, demócrata.
Es que la potencia imperial misma está en esa capacidad productiva e innovadora. Aun frente a un panorama de declinación general de su destino manifiesto, Estados Unidos tiene un producto bruto nacional equivalente a las cuatro potencias que vienen detrás (Japón, Alemania, Inglaterra y la ascendente China). De hecho, el tamaño económico de California equivale al de Francia, el de Texas al de Canadá, el de Florida a Corea del Sur, el de Nueva York a Brasil, el de Nueva Jersey a todo Rusia, el de Louisiana a Indonesia. Argentina equivale Michigan.
Con todo, Estados Unidos sigue siendo la nación decisiva. Con todo, lo decisivo todavía sigue pasando por una nación.
Obama, entonces, tiene por delante el problema de una nueva forma Estado –ese es el campo abierto de su posibilidad y aquello que como promesa entraña su cuerpo como gesto. Forma de Estado para una otra forma de gobierno del capital globalizado, cuyo imperio seguirá vigente –tal es el límite intrínseco de Obama; tales son los rigores reservados para quienes poseen la dignidad y los vestidos del Imperator.
Publicado en Pausa #28, 21 de noviembre de 2008.
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sábado, 15 de noviembre de 2008
Seguridad y distribución del ingreso
Por Miguel Antonio Rodríguez
Por estos tiempos es un lugar casi común que los medios refieran al tema de la “inseguridad” como eufemismo de la violencia (en la forma de delito) con más o menos honestidad, con más o menos fortuna, pero casi normalmente –dadas sus necesidades, ya que el tiempo periodístico es un déspota prácticamente inhumano – con escasa capacidad de análisis.
Tanto las crónicas periodísticas como las declaraciones de funcionarios, y hasta las manifestaciones de especialistas, son prácticamente calcadas y presentan una deficiencia algo grave: no arriban a criterios que puedan producir solución alguna, con paupérrimas afirmaciones como “es un problema complejo” o “profundo” –dicha sin exponer en qué consiste esa complejidad o profundidad–. Se nos deja exactamente en el mismo lugar del que partimos pero con el sabor desagradable de estar ante un fenómeno inexplicable.
Lo mismo sucede con las (innumerables) marchas de una sociedad que se ha tornado en mendicante de un Estado que pareciera serle indiferente en razón de una maldad que tontamente es presentada como ontológica.
Debemos advertir que, desde el inicio, no tomamos “delito” o “seguridad” con el contenido que hoy le da la opinión pública. Esto es: “algunos” delitos que tienen como víctimas a “algunas” personas. A partir de esta concepción, no causa sensación de inseguridad el terrible maltrato al que son sometidos los menores (pobres), violencia que lleva a que en el Hospital Alassia se atiendan un promedio de 13 chicos severamente golpeados por semana. Casi dos por día. O lo peligrosísimo que es ser hoy un niño Toba, prácticamente destinado a morir como mosca por la infamia de la desnutrición.
Primero habría que indicar que el delito que causa la sensación de inseguridad es aquel que se perpetra contra la propiedad, que a su vez es causa de otros. Tanto desde el punto de vista del origen del delincuente como de su objetivo, entonces, estamos frente a un fenómeno económico, cuestión que es férreamente negada o directamente ignorada.
El objetivo primario del ladrón no es el homicidio o la violación. El delincuente, que está y que amenaza, el ladrón, busca dinero, de una u otra forma. Si quitamos esta pretensión, desaparece el delito que lleva a la concepción pública de inseguridad. Se podrá objetar que de hecho los ladrones también dañan, violan o matan, pero deberá aceptarse que no es eso lo que primero buscan, lo que pone al delincuente en marcha.
Cuando, como también ocurre en Santa Fe, un ladrón ingresa al domicilio de una señora y termina asesinándola, no es el homicidio la causa por la cual se entra en la casa; ya adentro –por una u otra razón– se desata la tragedia.
EL DELITO ES UNA REDISTRIBUCIÓN DEL INGRESO. Entendido el móvil real de quien roba, es claro que el delito es una forma de redistribuir el ingreso, la peor. Donde no llega el trabajo con remuneración digna o el rostro vergonzante de la asistencia social, fatalmente llegará el delito con su inevitable secuela de dolor.
No podemos dejar de observar que si por un lado hay una presión sin piedad para un consumo casi sin límite, a través de los medios masivos de comunicación, por el otro se le niega a una gran parte de la población la posibilidad misma de adquirir legalmente esas casi infinitas cosas: habiendo o no trabajo, lo que se gana es insuficiente para no ser un fracaso económico según el estándar mediático. Los actores de la inseguridad están así ya en el escenario.
En este marco, las soluciones que se proponen, como las que se piden, son meros parches que sólo pueden demorar un delito que, ya vimos, está en el aire como la flecha salida del arco. Son manotazos a la desesperada, de los que nadie puede seriamente creer que tengan la propiedad de solucionar este problema, en tanto que no apuntan a la causa que lo produce.
Si no se termina con la cuestión de fondo, la económica: ¿cuántos policías puede tener una comunidad, cuántos presos? Los que hoy demencialmente sostienen que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra tal vez no hayan reparado en que todas cárceles del país están colapsadas. Es más, hemos recibido una advertencia de las Naciones Unidas por el hacinamiento. Hasta hay presos superpoblando las comisarías.
¿Los jueces y la justicia? No se ignora la venalidad que existe en la Justicia, cuestión que puede ser extendida a casi toda institución argentina. Ahora bien, ¿realmente se piensa que un grupo nuevo de jueces impolutos solucionará la delincuencia?
¿Son las leyes? Pensemos con un ejemplo: como solución, se pretende bajar la edad de la imputabilidad penal. ¿Cuál es el límite? De seguir así, tendremos cárceles guarderías para chicos de 11 o 12 años y “delincuentes” de 10, 9 y menos. Recuérdese la sanción en serie de el paquete de leyes Blumberg: con ellas la situación es casi exactamente igual que antes.
También hay iniciativas supuestamente ingeniosas, como el canje de armas. Promovido desde el Estado nacional, de cierta forma deviene en la mera renovación del parque de armas, pero con financiación del estado. Los delitos con armas no han disminuido.
LA SOLUCIÓN TAMBIÉN ES ECONÓMICA. Es también de destacar que todos los opinantes, tarde o temprano, hacen referencia a la situación socioeconómica como la verdadera solución de la delincuencia productora de la inseguridad. Esto es cierto.
Sin embargo, gobernantes y gobernados ubican un cambio de este tipo en el mediano y largo plazo, sin indicar siquiera un camino para cumplir con una reforma socioeconómica de inciertos lapsos, en una especie de utopía de la cual otros serán responsables y que, en definitiva, nada tiene que ver con el hoy, dado que hoy nada se hace –ni se pide–. Ni siquiera se siente culpa por el incumplimiento con ese futuro.
El delito como casi cualquier problema solo tiene solución por donde se produjo. Si se ubica la redistribución en el largo plazo, allí se esta colocando la solución del delito.
Por lo tanto no estamos ante un problema insoluble ni mucho menos, sólo que la forma en que la sociedad plantea todos los problemas “sociales” lo prolonga.
Lo que no se le dice a doña rosa es que debe demandar (o realizar) la redistribución de la riqueza en el corto plazo o continuará –hasta ese inasible plazo mediano o largo–siendo víctima de la delincuencia.
Finalmente, anticipando una objeción, digamos que lo económico no desterrará el delito en su totalidad. No llegará la delincuencia cero de la mano de la redistribución, porque la sociedad produce delincuentes también por otros motivos, pero estos (desde la pedofilia a las estafas, o de la corruptela del funcionariado a la trata de personas) son enormemente minoritarios y no componen la llamada sensación de inseguridad.
Publicado en Pausa #27, 14 de noviembre de 2008.
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Por estos tiempos es un lugar casi común que los medios refieran al tema de la “inseguridad” como eufemismo de la violencia (en la forma de delito) con más o menos honestidad, con más o menos fortuna, pero casi normalmente –dadas sus necesidades, ya que el tiempo periodístico es un déspota prácticamente inhumano – con escasa capacidad de análisis.
Tanto las crónicas periodísticas como las declaraciones de funcionarios, y hasta las manifestaciones de especialistas, son prácticamente calcadas y presentan una deficiencia algo grave: no arriban a criterios que puedan producir solución alguna, con paupérrimas afirmaciones como “es un problema complejo” o “profundo” –dicha sin exponer en qué consiste esa complejidad o profundidad–. Se nos deja exactamente en el mismo lugar del que partimos pero con el sabor desagradable de estar ante un fenómeno inexplicable.
Lo mismo sucede con las (innumerables) marchas de una sociedad que se ha tornado en mendicante de un Estado que pareciera serle indiferente en razón de una maldad que tontamente es presentada como ontológica.
Debemos advertir que, desde el inicio, no tomamos “delito” o “seguridad” con el contenido que hoy le da la opinión pública. Esto es: “algunos” delitos que tienen como víctimas a “algunas” personas. A partir de esta concepción, no causa sensación de inseguridad el terrible maltrato al que son sometidos los menores (pobres), violencia que lleva a que en el Hospital Alassia se atiendan un promedio de 13 chicos severamente golpeados por semana. Casi dos por día. O lo peligrosísimo que es ser hoy un niño Toba, prácticamente destinado a morir como mosca por la infamia de la desnutrición.
Primero habría que indicar que el delito que causa la sensación de inseguridad es aquel que se perpetra contra la propiedad, que a su vez es causa de otros. Tanto desde el punto de vista del origen del delincuente como de su objetivo, entonces, estamos frente a un fenómeno económico, cuestión que es férreamente negada o directamente ignorada.
El objetivo primario del ladrón no es el homicidio o la violación. El delincuente, que está y que amenaza, el ladrón, busca dinero, de una u otra forma. Si quitamos esta pretensión, desaparece el delito que lleva a la concepción pública de inseguridad. Se podrá objetar que de hecho los ladrones también dañan, violan o matan, pero deberá aceptarse que no es eso lo que primero buscan, lo que pone al delincuente en marcha.
Cuando, como también ocurre en Santa Fe, un ladrón ingresa al domicilio de una señora y termina asesinándola, no es el homicidio la causa por la cual se entra en la casa; ya adentro –por una u otra razón– se desata la tragedia.
EL DELITO ES UNA REDISTRIBUCIÓN DEL INGRESO. Entendido el móvil real de quien roba, es claro que el delito es una forma de redistribuir el ingreso, la peor. Donde no llega el trabajo con remuneración digna o el rostro vergonzante de la asistencia social, fatalmente llegará el delito con su inevitable secuela de dolor.
No podemos dejar de observar que si por un lado hay una presión sin piedad para un consumo casi sin límite, a través de los medios masivos de comunicación, por el otro se le niega a una gran parte de la población la posibilidad misma de adquirir legalmente esas casi infinitas cosas: habiendo o no trabajo, lo que se gana es insuficiente para no ser un fracaso económico según el estándar mediático. Los actores de la inseguridad están así ya en el escenario.
En este marco, las soluciones que se proponen, como las que se piden, son meros parches que sólo pueden demorar un delito que, ya vimos, está en el aire como la flecha salida del arco. Son manotazos a la desesperada, de los que nadie puede seriamente creer que tengan la propiedad de solucionar este problema, en tanto que no apuntan a la causa que lo produce.
Si no se termina con la cuestión de fondo, la económica: ¿cuántos policías puede tener una comunidad, cuántos presos? Los que hoy demencialmente sostienen que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra tal vez no hayan reparado en que todas cárceles del país están colapsadas. Es más, hemos recibido una advertencia de las Naciones Unidas por el hacinamiento. Hasta hay presos superpoblando las comisarías.
¿Los jueces y la justicia? No se ignora la venalidad que existe en la Justicia, cuestión que puede ser extendida a casi toda institución argentina. Ahora bien, ¿realmente se piensa que un grupo nuevo de jueces impolutos solucionará la delincuencia?
¿Son las leyes? Pensemos con un ejemplo: como solución, se pretende bajar la edad de la imputabilidad penal. ¿Cuál es el límite? De seguir así, tendremos cárceles guarderías para chicos de 11 o 12 años y “delincuentes” de 10, 9 y menos. Recuérdese la sanción en serie de el paquete de leyes Blumberg: con ellas la situación es casi exactamente igual que antes.
También hay iniciativas supuestamente ingeniosas, como el canje de armas. Promovido desde el Estado nacional, de cierta forma deviene en la mera renovación del parque de armas, pero con financiación del estado. Los delitos con armas no han disminuido.
LA SOLUCIÓN TAMBIÉN ES ECONÓMICA. Es también de destacar que todos los opinantes, tarde o temprano, hacen referencia a la situación socioeconómica como la verdadera solución de la delincuencia productora de la inseguridad. Esto es cierto.
Sin embargo, gobernantes y gobernados ubican un cambio de este tipo en el mediano y largo plazo, sin indicar siquiera un camino para cumplir con una reforma socioeconómica de inciertos lapsos, en una especie de utopía de la cual otros serán responsables y que, en definitiva, nada tiene que ver con el hoy, dado que hoy nada se hace –ni se pide–. Ni siquiera se siente culpa por el incumplimiento con ese futuro.
El delito como casi cualquier problema solo tiene solución por donde se produjo. Si se ubica la redistribución en el largo plazo, allí se esta colocando la solución del delito.
Por lo tanto no estamos ante un problema insoluble ni mucho menos, sólo que la forma en que la sociedad plantea todos los problemas “sociales” lo prolonga.
Lo que no se le dice a doña rosa es que debe demandar (o realizar) la redistribución de la riqueza en el corto plazo o continuará –hasta ese inasible plazo mediano o largo–siendo víctima de la delincuencia.
Finalmente, anticipando una objeción, digamos que lo económico no desterrará el delito en su totalidad. No llegará la delincuencia cero de la mano de la redistribución, porque la sociedad produce delincuentes también por otros motivos, pero estos (desde la pedofilia a las estafas, o de la corruptela del funcionariado a la trata de personas) son enormemente minoritarios y no componen la llamada sensación de inseguridad.
Publicado en Pausa #27, 14 de noviembre de 2008.
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viernes, 7 de noviembre de 2008
Teología y AFJP
¿Qué hay detrás de la consigna “basta de política”? El autor sugiere dos respuestas: dictadura y menemismo.
Por Juan Pascual
Las pesadillas políticas que la fácil y mala ciencia ficción ingenia deben su poca verosimilitud a los ángulos rectos con que delinean sus fantasías: son muy cuadradas para ser arte. Torpemente, esas pesadillas plantean una causa única, opresiva e identificable, para una serie ilimitada de fenómenos desastrosos, que existen sólo como efectos.
Sin embargo, el modelo de ese infierno, el motivo de esa forma de narrar, es muy antiguo (acaso ancestral, milenario, fundante) y más eficaz que las amenazas de la ficción científica berreta. En este modelo, la causa estipulada como fuente de todo efecto, la causa única presente–más allá de (y gracias a) las variaciones– tiene un nombre corto y conocido. Es el Mal (con mayúscula). La construcción mítica del Mal es uno de los ejes de la argumentación política. Detrás del Mal, de la amenaza, está el cercano infierno, del cual hay que defenderse.
Desde los cielos sale la línea paralela a la del Mal: la que se halla en su reverso. Es la imaginación de un mundo carente de todo tipo de roce y fricción. Todos aquellos que estén allí son salvos, nada les faltará: serán completos como círculos. No se trata del Edén, ya que la culpa (si originaria, mejor) sigue siendo necesaria en esta gramática. Se trata de un mundo anterior al castigo a Babel, en el que todos somos una unidad y nadie discute, pues hablamos el mismo lenguaje. Un mundo del Bien.
Pero cuando se es soñado por este tipo programa político, sólo una opción es posible: la eliminación de los conflictos en pos del Bien. En breve: el conflicto (y toda acción que lo produzca) es el Mal; el Bien es la ausencia del conflicto (y toda acción que de éste nos defienda).
Bien y Mal se complementan, en tanto se crea que los conflictos vienen dados por un algo, un otro, una cosa externa y extraña (la subversión marxista leninista, el terrorismo islámico, los movimientos populares, el Mal), que viene a alterar lo que naturalmente es beato (el occidente cristiano, los defensores de la libertad, el mercado, el Bien). Esa clave política y teológica obtura una cuestión básica: los conflictos se producen por la lógica misma de las relaciones en la que los mismos conflictos se encuentran.
Son las características de origen (génesis), las redes y posiciones existentes (estructura) y la variación de los movimientos (dinámica) de las relaciones sociales las que construyen y son construidas por los conflictos, las contradicciones, las diferencias, las diversidades, las subversiones. Soñar un Mal y un Bien puros, a erradicar o a imponer en la sociedad, es continuar bebiendo sangre de los otros, que no son los nuestros, hasta volverlos cadáveres, si es necesario.
Sin embargo, lo político también se relaciona con los momentos en que sí se percibe que el conflicto es inmanente a la sociedad. No sólo eso: que el conflicto es productivo para la sociedad. Que del conflicto viene la innovación, la posibilidad: lo impensado. Y que desde el conflicto puede surgir un ejercicio de la justicia que no demande tanto exterminio.
En la última contienda de local que tuvo a Alfio Basile como DT de la Selección, el director de cámaras de la transmisión desde el circo de River supo detenerse varias veces, de ostensible y explícito modo, en una bandera colgada de la platea. Con visible letra negra rezaba: “Basta de política”. Era el símbolo de la Argentina el que repudiaba a la política, en el centro del espectáculo cultural más multitudinario, festivo, nacional y comunitario del país: el de los gladiadores. La eficacia simbólica del gesto radica en la forma teológica de ese Bien y ese Mal allí presentes.
Hay que defender al país de la política.
Nuestra historia reciente reconoce dos versiones en las que este repudio cobró efectividad. La primera entendió que el Mal se adhería a los cuerpos. Entonces, seleccionó 30.000 humanos, incluyendo nonatos, los enlistó, los secuestró, los mantuvo cautivos, los torturó y luego los desapareció, siempre en defensa del Bien: una sociedad segura (estos es: más que sin organizaciones armadas, sin política de base) y una democracia de libertad mesurada y sin excesos (traducido: de gobierno determinado por la caótica dirigencia de los sistemas corporativos de defensa del capital). Y la segunda versión entendió que lo que hay que licuar son las relaciones sociales desde las cuales surgen los conflictos. Que hace falta mucho más que matar. Que la respuesta requiere una activa política del Estado en pos de que el mercado pueda actuar en su plenitud sirviéndose libremente de la potencia de lo público y lo privado.
Y esa es la diferencia crucial de la economía de la dictadura y del menemismo. Para el gobierno militar el achicamiento estructural de la fuerza pública –vender YPF– era un límite. Límite que, justamente, hace visible todo lo que entrañó la reforma del Estado –privatizaciones–, el fin de la promoción industrial y la apertura externa a las importaciones –destrucción de la vetusta industria local–, la pérdida de la soberanía monetaria –conocida como convertibilidad– y la transformación del sistema previsional –las AFJP, regulación inseparable del déficit y el aumento exponencial de la deuda externa.
La construcción de ese Estado para el mercado se hizo en nombre de la modernización y de la defensa de la libertad. El Bien fue el ajuste final de lo que era ser un ciudadano postdictadura a lo que es, en los 90 y hoy, ser un consumidor (des)empleado. Y el Mal fue lo que detenía la libertad de lo económico. Como todo fue una fiesta de crédito, viajes al exterior y licuadoras, no faltó el promotor audiovisual que se regocijase curtiendo a los docentes, jubilados, empleados del Estado o, luego, piqueteros que indicaban, sin error alguno, la ineluctable proximidad del 2001.
En el “basta de política” hay que reconocer la voz de esa política constituida. Es decir, el odio al conflicto, en tanto odio al otro. No es el “que se vayan todos”: la consigna, rodeada de asambleas populares y barriales, ONGs, fábricas recuperadas y organización de la gestión piquetera, apuntaba a los problemas de la representación y de la participación directa. “Basta de política” apunta más lejos: es la (teológica) forma política de asfixiar la política. Eso significa dos cosas: dictadura o menemismo. Más bien, una sola: dictadura y menemismo. Hoy, eso es seguridad policial “dura” y jurisprudencia “firme” a medida de las leyes del mercado.
También eso que ahí se llama “la política” está discutiendo la recuperación de las cajas previsionales. Se trata del fin de una aberración reconocida casi por todo el arco partidario. Las AFJP no cumplieron ninguno de sus legítimos objetivos financieros: jamás aliviaron de su carga al Estado, nunca abrieron un mercado para capitales productivos, no les interesó –no necesitaron de– la inscripción de los trabajadores en negro. Ni ofrecieron mejores jubilaciones, ni podrían haberlas ofrecido jamás. Sí fueron efectivas en el cobro de las comisiones, usurarias por lo demás.
Nótese la dimensión. Las rutas estuvieron cortadas más de 100 días en una puja por la distribución de no más de 2 mil millones de pesos. Hoy, en la cartera de las AFJP están los bancos Macro, Patagonia y Galicia, grandes proveedoras de luz y gas, Molinos, Metrovías, Telecom, el grupo Clarín, por ejemplo. Las AFJP, funcionando como ordenado oligopolio, son el principal accionista de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires: una gota en la tempestad internacional, que en el pago chico moja y mucho. El Estado nacional puede comenzar a recibir un flujo anual de poco más de 14 mil millones, más un total aportado que supera los 80 mil millones de pesos. Eso significa también que puede liberar ingresos de la masa de impuestos comunes que hoy utiliza para pagar las jubilaciones, y darles otro uso (o coparticiparlos).
Hace 15 años que “la política” no tiene una oportunidad como ésta para reconstruir lo público. Eso comprende al oficialismo, la oposición y los diferentes movimientos sociales. Y eso demanda, primero, que el gobierno abra el proyecto a la discusión, evitando genuinamente cualquier defecto técnico en la forma del debate o de la letra. Luego, requiere afinar la capacidad imaginativa para producir un instrumento legal que regule no sólo la intangibilidad de una gran caja de aportes, como garantía de mejores jubilaciones, sino la movilidad de un fondo que se valorice financiando la producción y la obra pública. Y, finalmente, obliga a dejar de lado las acusaciones que no comprenden que la oportunidad del retorno de las cajas al Estado supera la contingencia de cualquier gobierno. Porque por delante hay un conflicto que hoy en lo financiero transciende nuestras fronteras y que en lo demográfico y laboral presenta un problema inédito: la estructural y creciente falta de aportantes para el aumento de los beneficiarios.Ese conflicto no será productivo si se evita o se bastardea la discusión actual. Y lo que se opone a la productividad del conflicto es lo mismo que aviva su demonización: el juego del Bien y Mal, la política teológica.
Publicado en Pausa #26, 7 de noviembre de 2008.
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Por Juan Pascual
Las pesadillas políticas que la fácil y mala ciencia ficción ingenia deben su poca verosimilitud a los ángulos rectos con que delinean sus fantasías: son muy cuadradas para ser arte. Torpemente, esas pesadillas plantean una causa única, opresiva e identificable, para una serie ilimitada de fenómenos desastrosos, que existen sólo como efectos.
Sin embargo, el modelo de ese infierno, el motivo de esa forma de narrar, es muy antiguo (acaso ancestral, milenario, fundante) y más eficaz que las amenazas de la ficción científica berreta. En este modelo, la causa estipulada como fuente de todo efecto, la causa única presente–más allá de (y gracias a) las variaciones– tiene un nombre corto y conocido. Es el Mal (con mayúscula). La construcción mítica del Mal es uno de los ejes de la argumentación política. Detrás del Mal, de la amenaza, está el cercano infierno, del cual hay que defenderse.
Desde los cielos sale la línea paralela a la del Mal: la que se halla en su reverso. Es la imaginación de un mundo carente de todo tipo de roce y fricción. Todos aquellos que estén allí son salvos, nada les faltará: serán completos como círculos. No se trata del Edén, ya que la culpa (si originaria, mejor) sigue siendo necesaria en esta gramática. Se trata de un mundo anterior al castigo a Babel, en el que todos somos una unidad y nadie discute, pues hablamos el mismo lenguaje. Un mundo del Bien.
Pero cuando se es soñado por este tipo programa político, sólo una opción es posible: la eliminación de los conflictos en pos del Bien. En breve: el conflicto (y toda acción que lo produzca) es el Mal; el Bien es la ausencia del conflicto (y toda acción que de éste nos defienda).
Bien y Mal se complementan, en tanto se crea que los conflictos vienen dados por un algo, un otro, una cosa externa y extraña (la subversión marxista leninista, el terrorismo islámico, los movimientos populares, el Mal), que viene a alterar lo que naturalmente es beato (el occidente cristiano, los defensores de la libertad, el mercado, el Bien). Esa clave política y teológica obtura una cuestión básica: los conflictos se producen por la lógica misma de las relaciones en la que los mismos conflictos se encuentran.
Son las características de origen (génesis), las redes y posiciones existentes (estructura) y la variación de los movimientos (dinámica) de las relaciones sociales las que construyen y son construidas por los conflictos, las contradicciones, las diferencias, las diversidades, las subversiones. Soñar un Mal y un Bien puros, a erradicar o a imponer en la sociedad, es continuar bebiendo sangre de los otros, que no son los nuestros, hasta volverlos cadáveres, si es necesario.
Sin embargo, lo político también se relaciona con los momentos en que sí se percibe que el conflicto es inmanente a la sociedad. No sólo eso: que el conflicto es productivo para la sociedad. Que del conflicto viene la innovación, la posibilidad: lo impensado. Y que desde el conflicto puede surgir un ejercicio de la justicia que no demande tanto exterminio.
En la última contienda de local que tuvo a Alfio Basile como DT de la Selección, el director de cámaras de la transmisión desde el circo de River supo detenerse varias veces, de ostensible y explícito modo, en una bandera colgada de la platea. Con visible letra negra rezaba: “Basta de política”. Era el símbolo de la Argentina el que repudiaba a la política, en el centro del espectáculo cultural más multitudinario, festivo, nacional y comunitario del país: el de los gladiadores. La eficacia simbólica del gesto radica en la forma teológica de ese Bien y ese Mal allí presentes.
Hay que defender al país de la política.
Nuestra historia reciente reconoce dos versiones en las que este repudio cobró efectividad. La primera entendió que el Mal se adhería a los cuerpos. Entonces, seleccionó 30.000 humanos, incluyendo nonatos, los enlistó, los secuestró, los mantuvo cautivos, los torturó y luego los desapareció, siempre en defensa del Bien: una sociedad segura (estos es: más que sin organizaciones armadas, sin política de base) y una democracia de libertad mesurada y sin excesos (traducido: de gobierno determinado por la caótica dirigencia de los sistemas corporativos de defensa del capital). Y la segunda versión entendió que lo que hay que licuar son las relaciones sociales desde las cuales surgen los conflictos. Que hace falta mucho más que matar. Que la respuesta requiere una activa política del Estado en pos de que el mercado pueda actuar en su plenitud sirviéndose libremente de la potencia de lo público y lo privado.
Y esa es la diferencia crucial de la economía de la dictadura y del menemismo. Para el gobierno militar el achicamiento estructural de la fuerza pública –vender YPF– era un límite. Límite que, justamente, hace visible todo lo que entrañó la reforma del Estado –privatizaciones–, el fin de la promoción industrial y la apertura externa a las importaciones –destrucción de la vetusta industria local–, la pérdida de la soberanía monetaria –conocida como convertibilidad– y la transformación del sistema previsional –las AFJP, regulación inseparable del déficit y el aumento exponencial de la deuda externa.
La construcción de ese Estado para el mercado se hizo en nombre de la modernización y de la defensa de la libertad. El Bien fue el ajuste final de lo que era ser un ciudadano postdictadura a lo que es, en los 90 y hoy, ser un consumidor (des)empleado. Y el Mal fue lo que detenía la libertad de lo económico. Como todo fue una fiesta de crédito, viajes al exterior y licuadoras, no faltó el promotor audiovisual que se regocijase curtiendo a los docentes, jubilados, empleados del Estado o, luego, piqueteros que indicaban, sin error alguno, la ineluctable proximidad del 2001.
En el “basta de política” hay que reconocer la voz de esa política constituida. Es decir, el odio al conflicto, en tanto odio al otro. No es el “que se vayan todos”: la consigna, rodeada de asambleas populares y barriales, ONGs, fábricas recuperadas y organización de la gestión piquetera, apuntaba a los problemas de la representación y de la participación directa. “Basta de política” apunta más lejos: es la (teológica) forma política de asfixiar la política. Eso significa dos cosas: dictadura o menemismo. Más bien, una sola: dictadura y menemismo. Hoy, eso es seguridad policial “dura” y jurisprudencia “firme” a medida de las leyes del mercado.
También eso que ahí se llama “la política” está discutiendo la recuperación de las cajas previsionales. Se trata del fin de una aberración reconocida casi por todo el arco partidario. Las AFJP no cumplieron ninguno de sus legítimos objetivos financieros: jamás aliviaron de su carga al Estado, nunca abrieron un mercado para capitales productivos, no les interesó –no necesitaron de– la inscripción de los trabajadores en negro. Ni ofrecieron mejores jubilaciones, ni podrían haberlas ofrecido jamás. Sí fueron efectivas en el cobro de las comisiones, usurarias por lo demás.
Nótese la dimensión. Las rutas estuvieron cortadas más de 100 días en una puja por la distribución de no más de 2 mil millones de pesos. Hoy, en la cartera de las AFJP están los bancos Macro, Patagonia y Galicia, grandes proveedoras de luz y gas, Molinos, Metrovías, Telecom, el grupo Clarín, por ejemplo. Las AFJP, funcionando como ordenado oligopolio, son el principal accionista de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires: una gota en la tempestad internacional, que en el pago chico moja y mucho. El Estado nacional puede comenzar a recibir un flujo anual de poco más de 14 mil millones, más un total aportado que supera los 80 mil millones de pesos. Eso significa también que puede liberar ingresos de la masa de impuestos comunes que hoy utiliza para pagar las jubilaciones, y darles otro uso (o coparticiparlos).
Hace 15 años que “la política” no tiene una oportunidad como ésta para reconstruir lo público. Eso comprende al oficialismo, la oposición y los diferentes movimientos sociales. Y eso demanda, primero, que el gobierno abra el proyecto a la discusión, evitando genuinamente cualquier defecto técnico en la forma del debate o de la letra. Luego, requiere afinar la capacidad imaginativa para producir un instrumento legal que regule no sólo la intangibilidad de una gran caja de aportes, como garantía de mejores jubilaciones, sino la movilidad de un fondo que se valorice financiando la producción y la obra pública. Y, finalmente, obliga a dejar de lado las acusaciones que no comprenden que la oportunidad del retorno de las cajas al Estado supera la contingencia de cualquier gobierno. Porque por delante hay un conflicto que hoy en lo financiero transciende nuestras fronteras y que en lo demográfico y laboral presenta un problema inédito: la estructural y creciente falta de aportantes para el aumento de los beneficiarios.Ese conflicto no será productivo si se evita o se bastardea la discusión actual. Y lo que se opone a la productividad del conflicto es lo mismo que aviva su demonización: el juego del Bien y Mal, la política teológica.
Publicado en Pausa #26, 7 de noviembre de 2008.
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viernes, 24 de octubre de 2008
Contar las muertes
¿Qué hay detrás de la noción de la (supuesta) “memoria completa”? El autor ensaya una respuesta en este artículo.
Por Luciano Alonso
Aunque quizás ya no exista como actor colectivo y se disuelva en una miríada de organizaciones que van desde la oposición acérrima hasta la asociación estrecha con el poder gubernamental, el movimiento argentino por los derechos humanos consiguió en tres décadas de desarrollo algunos reclamos compartidos. Al decir de Sebastián Pereyra, instaló en la sociedad una noción de justicia y dio a otros actores elementos para pensar sus propios reclamos y su relación con el Estado. Construyó también una memoria social sobre los crímenes del terrorismo de Estado, a pesar de la oposición de casi todos los gobiernos y medios de comunicación empresariales. Y logró que el Estado nacional reasumiera el problema la aplicación de justicia respecto de esos crímenes y que los tribunales recomenzaran a condenar a los culpables, luego de exculpaciones e indultos varios.
La política de promoción de los juicios a represores por el Estado nacional es el elemento más visible de esa tercera dimensión. No es que el gobierno de Néstor Kirchner haya producido una apertura inédita hacia los reclamos de los organismos; al menos desde la gobernación de Eduardo Duhalde en Buenos Aires éstos fueron revirtiendo su exclusión respecto del Estado. Sin embargo, hay que admitir un vuelco en la política de derechos humanos y la obtención de resultados concretos en las acciones legales.
Esos logros, traducidos en convocatorias judiciales, imputaciones, condenas y cárceles –aún con números reducidísimos y ventajas de las que no gozan los ladrones de gallinas–, produjeron el surgimiento revulsivo de una contra-memoria y de variados intentos por detener tales avances. Tras la inflexión de 2001-2002 se relanzaron las fuerzas de derecha en el plano cultural y mediático. Interpenetrando a casi todas las organizaciones políticas, crecieron con la campaña de Blumberg y con el llamado “conflicto del campo”. La noción de una supuesta “memoria completa” va en ese camino.
Mientras amplios sectores de la sociedad asumen discursos derechistas, otros se pliegan desempolvando la “teoría de los dos demonios”. Esta representación imaginaria de un pasado en el cual extremismos de signo político contrario y violencia equivalente se habrían abatido sobre la sociedad argentina se presenta ahora matizada, pero no por eso menos clara. En ese contexto, el ataque a los organismos de derechos humanos más controversiales y la rememoración de los crímenes de “la guerrilla” cumplen la función de deslegitimar los juicios a los genocidas.
Recurrentemente surgen la prensa personajes que ponen en cuestión los reclamos de justicia mediante la impugnación de la cifra de detenidos-desaparecidos que arrojó el terror de Estado. Asumiendo los 8.900 casos registrados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), imputan a distintas agrupaciones o a una nebulosa intelectualidad de izquierdas la supuesta mentira de los 30.000 desaparecidos.
La operación mediática es al menos de mala fe ya que esa cifra nunca pretendió ser un conteo claro de muertes. Es más: hasta que se establezca el destino de cada uno con una certeza mayor, ni siquiera pueden ser consideradas realmente muertes. No es que los detenidos-desaparecidos estén en Madrid o en Cuba, como todavía pueden aullar con total desparpajo y mala conciencia personajes como Cecilia Pando, sino que las Fuerzas Armadas y de Seguridad –el Estado– no respondieron aún sobre el destino dado a cada uno de ellos. Que la tortura, el asesinato y el ocultamiento de los cuerpos fueron los métodos represivos de la lucha antipopular es sabido; no en cambio qué es lo que ocurrió con cada secuestrado. Ese dato oculto configura un crimen permanente.
La cifra de desapariciones pone en juego el régimen de verdad sobre la dictadura construido trabajosamente por los organismos de derechos humanos. Falta decir con Elena Cruz que habrían sido “apenas” 200 ó 400 “terroristas” para cerrar el círculo y negar el carácter del aniquilamiento planificado. Los que impugnan la cifra de 30.000 no están interesados en la construcción de ninguna “verdad histórica” sino en la relativización del politicidio. “No fueron tantos” y “algo habrán hecho” son dos clásicos de la justificación de los crímenes de lesa humanidad.
Algunos detalles muestran una represión aún más sanguinaria y capilar que la constatada por la Conadep. Ateniendo su pesquisa al período iniciado en marzo de 1976 ese organismo recibió unas mil denuncias adicionales; hacia 1975 la violencia paraestatal ya se había cobrado la vida de más de 1.500 militantes de las izquierdas peronistas y marxistas, sin contar Ezeiza. La reciente desclasificación de documentos en Estados Unidos, disponibles en el Archivo de Seguridad Nacional de la Georgetown University, hace ahora que la cifra declarada por el movimiento de derechos humanos parezca razonable e incluso limitada: un agente de la DINA chilena informaba en julio de 1978 que el área de inteligencia del Ejército Argentino había computado para esa fecha 22.000 opositores eliminados.
El impacto en los sectores sociales más humildes es todavía un horror por descubrir. La identificación de pequeños pueblos donde la totalidad de los varones adolescentes y adultos pasaron por un campo de detención y los desaparecidos representan un porcentaje altísimo de la escasa población, nos pone frente a una dimensión inconmensurable del terror. Como lo apuntó Ludmila Da Silva Catela, la memoria es muchas veces un estigma, una marca al interior de una comunidad que no ha denunciado jamás los crímenes de los que fue objeto. Es fácil suponer, desde la relación privilegiada con las reparticiones policiales y judiciales que tienen las clases medias y altas, que se denuncian las violaciones, robos, asesinatos y secuestros. Otra cosa es estar en la posición de extrañamiento respecto de esos poderes que tienen las clases más humildes.
Sea cual fuera la cantidad, lo más relevante fue el intento exitoso de liquidar disidentes y cortar el ciclo de movilizaciones populares. Si toda muerte es una tragedia personal y familiar, ese cúmulo de muertes tiene un sentido trágico agigantado: un conjunto de agrupaciones –equivocadas o no–, miles de militantes, millones de individuos que trataron de ser clases sociales, enfrentados con fuerzas que no pudieron superar y aniquilados ora en sus cuerpos, ora en sus voluntades.
Pero además de contar los muertos, las operaciones comunicacionales de la derecha conservadora, liberal o peri-fascista también se preocupan en dar un contenido cualitativo a la “teoría de los dos demonios”. Así, en los últimos tiempos hemos asistido a descripciones pormenorizadas de los asesinatos de José Ignacio Rucci, Arturo Mor Roig o Julio Argentino del Valle Larraburu. Para los “intelectuales” derechistas, se trata ahora de contar las muertes. El terror de Estado se diluye con el uso intencional de estrategias discursivas que otorgan entidad a unos crímenes en tanto callan o disminuyen otros.
Es defendible que esas muertes y muchas otras fueron asesinatos, en ocasiones atroces. Y fueron también errores políticos mayúsculos, que enajenaron el apoyo popular y variadas alianzas a las “formaciones especiales”, que ya perdían el rumbo de la revolución y se dirigían hacia su inmolación. Pero, pregunta incómoda: ¿Se le dedica a los militantes, profesionales, trabajadores o vecinos eliminados por los agentes del terror estatal tanta letra escrita y tanto recordatorio audiovisual? Pongámonos cuantitativos: ¿Qué cantidad de información se vuelca en función de la cantidad de bajas? Como lo mostrara hace más de dos décadas Noam Chomsky, un cura asesinado en la Polonia comunista tenía más centimetraje de diario que centenares de religiosos masacrados por la derecha latinoamericana. Algo parecido se perfila ahora. Los pocos muertos por la violencia insurgente aparecen con nombre propio, ideales, actitudes valorables; los muchos muertos por la violencia estatal seguirían mayormente en el anonimato, de no ser por los recordatorios de compañeros y familiares.
Desde el más puro posicionamiento ciudadano (ni siquiera militante) exijo, reclamo un recuerdo detallado de lo que le ocurrió a cada uno de los detenidos-desaparecidos. Pido con firmeza de parte de testigos, funcionarios o comunicadores la misma cantidad de páginas que las dedicadas a Rucci para la vida, los sueños, las torturas y el trágico destino de cada uno de los 30.000. Por favor, cuenten en detalle en las páginas centrales de la prensa local los asesinatos de todos los militantes populares. Describan desde el suplicio de Floreal Avellaneda, mil veces dicho en una línea morbosa sin más datos sobre su vida, hasta el aniquilamiento del último de los detenidos de una localidad jujeña en la cual nadie denunció las desapariciones. Y después discutan las responsabilidades.
De seguro que este reclamo cae en saco roto. Primero porque los muertos de la derecha, de las agencias del poder, tienen más valor en el imaginario de los medios hegemónicos que los cuerpos de los pobres o de los izquierdistas. Segundo, porque dar información sobre los propios crímenes es lo que los ejecutores del terrorismo de Estado nunca hicieron.
Publicado en Pausa #24, 24 de octubre de 2008.
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Por Luciano Alonso
Aunque quizás ya no exista como actor colectivo y se disuelva en una miríada de organizaciones que van desde la oposición acérrima hasta la asociación estrecha con el poder gubernamental, el movimiento argentino por los derechos humanos consiguió en tres décadas de desarrollo algunos reclamos compartidos. Al decir de Sebastián Pereyra, instaló en la sociedad una noción de justicia y dio a otros actores elementos para pensar sus propios reclamos y su relación con el Estado. Construyó también una memoria social sobre los crímenes del terrorismo de Estado, a pesar de la oposición de casi todos los gobiernos y medios de comunicación empresariales. Y logró que el Estado nacional reasumiera el problema la aplicación de justicia respecto de esos crímenes y que los tribunales recomenzaran a condenar a los culpables, luego de exculpaciones e indultos varios.
La política de promoción de los juicios a represores por el Estado nacional es el elemento más visible de esa tercera dimensión. No es que el gobierno de Néstor Kirchner haya producido una apertura inédita hacia los reclamos de los organismos; al menos desde la gobernación de Eduardo Duhalde en Buenos Aires éstos fueron revirtiendo su exclusión respecto del Estado. Sin embargo, hay que admitir un vuelco en la política de derechos humanos y la obtención de resultados concretos en las acciones legales.
Esos logros, traducidos en convocatorias judiciales, imputaciones, condenas y cárceles –aún con números reducidísimos y ventajas de las que no gozan los ladrones de gallinas–, produjeron el surgimiento revulsivo de una contra-memoria y de variados intentos por detener tales avances. Tras la inflexión de 2001-2002 se relanzaron las fuerzas de derecha en el plano cultural y mediático. Interpenetrando a casi todas las organizaciones políticas, crecieron con la campaña de Blumberg y con el llamado “conflicto del campo”. La noción de una supuesta “memoria completa” va en ese camino.
Mientras amplios sectores de la sociedad asumen discursos derechistas, otros se pliegan desempolvando la “teoría de los dos demonios”. Esta representación imaginaria de un pasado en el cual extremismos de signo político contrario y violencia equivalente se habrían abatido sobre la sociedad argentina se presenta ahora matizada, pero no por eso menos clara. En ese contexto, el ataque a los organismos de derechos humanos más controversiales y la rememoración de los crímenes de “la guerrilla” cumplen la función de deslegitimar los juicios a los genocidas.
Recurrentemente surgen la prensa personajes que ponen en cuestión los reclamos de justicia mediante la impugnación de la cifra de detenidos-desaparecidos que arrojó el terror de Estado. Asumiendo los 8.900 casos registrados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), imputan a distintas agrupaciones o a una nebulosa intelectualidad de izquierdas la supuesta mentira de los 30.000 desaparecidos.
La operación mediática es al menos de mala fe ya que esa cifra nunca pretendió ser un conteo claro de muertes. Es más: hasta que se establezca el destino de cada uno con una certeza mayor, ni siquiera pueden ser consideradas realmente muertes. No es que los detenidos-desaparecidos estén en Madrid o en Cuba, como todavía pueden aullar con total desparpajo y mala conciencia personajes como Cecilia Pando, sino que las Fuerzas Armadas y de Seguridad –el Estado– no respondieron aún sobre el destino dado a cada uno de ellos. Que la tortura, el asesinato y el ocultamiento de los cuerpos fueron los métodos represivos de la lucha antipopular es sabido; no en cambio qué es lo que ocurrió con cada secuestrado. Ese dato oculto configura un crimen permanente.
La cifra de desapariciones pone en juego el régimen de verdad sobre la dictadura construido trabajosamente por los organismos de derechos humanos. Falta decir con Elena Cruz que habrían sido “apenas” 200 ó 400 “terroristas” para cerrar el círculo y negar el carácter del aniquilamiento planificado. Los que impugnan la cifra de 30.000 no están interesados en la construcción de ninguna “verdad histórica” sino en la relativización del politicidio. “No fueron tantos” y “algo habrán hecho” son dos clásicos de la justificación de los crímenes de lesa humanidad.
Algunos detalles muestran una represión aún más sanguinaria y capilar que la constatada por la Conadep. Ateniendo su pesquisa al período iniciado en marzo de 1976 ese organismo recibió unas mil denuncias adicionales; hacia 1975 la violencia paraestatal ya se había cobrado la vida de más de 1.500 militantes de las izquierdas peronistas y marxistas, sin contar Ezeiza. La reciente desclasificación de documentos en Estados Unidos, disponibles en el Archivo de Seguridad Nacional de la Georgetown University, hace ahora que la cifra declarada por el movimiento de derechos humanos parezca razonable e incluso limitada: un agente de la DINA chilena informaba en julio de 1978 que el área de inteligencia del Ejército Argentino había computado para esa fecha 22.000 opositores eliminados.
El impacto en los sectores sociales más humildes es todavía un horror por descubrir. La identificación de pequeños pueblos donde la totalidad de los varones adolescentes y adultos pasaron por un campo de detención y los desaparecidos representan un porcentaje altísimo de la escasa población, nos pone frente a una dimensión inconmensurable del terror. Como lo apuntó Ludmila Da Silva Catela, la memoria es muchas veces un estigma, una marca al interior de una comunidad que no ha denunciado jamás los crímenes de los que fue objeto. Es fácil suponer, desde la relación privilegiada con las reparticiones policiales y judiciales que tienen las clases medias y altas, que se denuncian las violaciones, robos, asesinatos y secuestros. Otra cosa es estar en la posición de extrañamiento respecto de esos poderes que tienen las clases más humildes.
Sea cual fuera la cantidad, lo más relevante fue el intento exitoso de liquidar disidentes y cortar el ciclo de movilizaciones populares. Si toda muerte es una tragedia personal y familiar, ese cúmulo de muertes tiene un sentido trágico agigantado: un conjunto de agrupaciones –equivocadas o no–, miles de militantes, millones de individuos que trataron de ser clases sociales, enfrentados con fuerzas que no pudieron superar y aniquilados ora en sus cuerpos, ora en sus voluntades.
Pero además de contar los muertos, las operaciones comunicacionales de la derecha conservadora, liberal o peri-fascista también se preocupan en dar un contenido cualitativo a la “teoría de los dos demonios”. Así, en los últimos tiempos hemos asistido a descripciones pormenorizadas de los asesinatos de José Ignacio Rucci, Arturo Mor Roig o Julio Argentino del Valle Larraburu. Para los “intelectuales” derechistas, se trata ahora de contar las muertes. El terror de Estado se diluye con el uso intencional de estrategias discursivas que otorgan entidad a unos crímenes en tanto callan o disminuyen otros.
Es defendible que esas muertes y muchas otras fueron asesinatos, en ocasiones atroces. Y fueron también errores políticos mayúsculos, que enajenaron el apoyo popular y variadas alianzas a las “formaciones especiales”, que ya perdían el rumbo de la revolución y se dirigían hacia su inmolación. Pero, pregunta incómoda: ¿Se le dedica a los militantes, profesionales, trabajadores o vecinos eliminados por los agentes del terror estatal tanta letra escrita y tanto recordatorio audiovisual? Pongámonos cuantitativos: ¿Qué cantidad de información se vuelca en función de la cantidad de bajas? Como lo mostrara hace más de dos décadas Noam Chomsky, un cura asesinado en la Polonia comunista tenía más centimetraje de diario que centenares de religiosos masacrados por la derecha latinoamericana. Algo parecido se perfila ahora. Los pocos muertos por la violencia insurgente aparecen con nombre propio, ideales, actitudes valorables; los muchos muertos por la violencia estatal seguirían mayormente en el anonimato, de no ser por los recordatorios de compañeros y familiares.
Desde el más puro posicionamiento ciudadano (ni siquiera militante) exijo, reclamo un recuerdo detallado de lo que le ocurrió a cada uno de los detenidos-desaparecidos. Pido con firmeza de parte de testigos, funcionarios o comunicadores la misma cantidad de páginas que las dedicadas a Rucci para la vida, los sueños, las torturas y el trágico destino de cada uno de los 30.000. Por favor, cuenten en detalle en las páginas centrales de la prensa local los asesinatos de todos los militantes populares. Describan desde el suplicio de Floreal Avellaneda, mil veces dicho en una línea morbosa sin más datos sobre su vida, hasta el aniquilamiento del último de los detenidos de una localidad jujeña en la cual nadie denunció las desapariciones. Y después discutan las responsabilidades.
De seguro que este reclamo cae en saco roto. Primero porque los muertos de la derecha, de las agencias del poder, tienen más valor en el imaginario de los medios hegemónicos que los cuerpos de los pobres o de los izquierdistas. Segundo, porque dar información sobre los propios crímenes es lo que los ejecutores del terrorismo de Estado nunca hicieron.
Publicado en Pausa #24, 24 de octubre de 2008.
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